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jueves, 7 de marzo de 2013

EL HIJO DE LA REVOLUCIÓN



Inspirado en "El misterio del 'Castillo Montealegre'", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nBDIDsj4Ye
Inspirado en "La consejera y la catedrática", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/PP9MosPPxh


Sentado en su viejo escritorio, el que había usado casi veinte años atrás, el pistolero aporreaba incesantemente las gastadas teclas de su viejo portátil. Su astigmática vista le sugería irse a hacer puñetas delante del televisor o a leer el libro de la Conconstrina, pero no le recomendaba seguir con la tecla. El libro de marras era el segundo que leía de Nieves y, junto con Juan Eslava, la mujer era una de las autoras más refrescantes que se había echado a la cara en los últimos años. Dejó volar un rato más su imaginación y volvió a fijar su atención en lo que estaba haciendo: escribir el relato semanal inspirado en el artículo de Pérez-Reverte. Recordó lo que una chica le había preguntado durante un delicioso encuentro que había mantenido el lunes por la tarde con unos muchachos de instituto: “¿Por qué siempre escribes sobre Reverte?”. Había respondido a esa y a otras preguntas con total sinceridad. No escribía sobre Reverte. Cogía una idea, una palabra, un objeto de los artículos del maestro y a partir de ahí, creaba su propio mundo, su relato semanal. A veces también le daba por los ensayos. Con alguno se divertía bastante y su faceta de aleccionador, de pedante profesor de andar por casa, se vía satisfecha durante unos cuantos días. A veces no le duraba ni un par de horas, pero casi siempre se entretenía escribiendo esas pequeñas y divertidas historias.

Esta semana le tocaba escribir sobre un naufragio, sobre un desalmado que había ordenado torpedear una embarcación neutral. Nazi tenía que ser, se dijo. Estuvo toda la semana dándole vueltas al asunto, pero no se le ocurría nada fresco, novedoso. ¿Acaso se estaba apagando el sol que tan fulgurosamente había brillado en su interior durante los últimos meses? Y la verdad es que ya había escrito sobre naufragios, sobre nazis y sobre personas desalmadas, como si una cosa no fuese indisolublemente ligada con la otra. Echó mano entonces del ignoto artículo de la semana siguiente. Una nueva historia sobre lo mal estructurada que estaba España. Un nuevo ejemplo de la necedad colectiva y de la individual. Le encantaba leer cosas así en los artículos de Reverte pero por desgracia también había escrito sobre ello y temía no sólo volver sobre sus pasos, sino no aprender nada de ello. Así que decidió darse un pequeño respiro e improvisar. Tal vez Chávez pudiera resultar un gran tema sobre el que escribir. ¿Quién sabe? A lo mejor el personal estaba receptivo y se podría meter entre pecho y espalda una perorata sobre Bolívar, Pizarro o alguno de los genocidas que camparon a sus anchas por Sudamérica en esos primeros años de cristianización del continente americano, en busca de la gloria del impero y de la suya personal, incansables tras el mítico Dorado.

¿Qué contar de Chávez? Algunos amigos suyos elogiaban su persona, lo lloraban e incluso echaban de menos la figura de un Chávez local. El pistolero pasaba. Le daba lo mismo. Ahora estaba muerto y pronto sería polvo. Es ley de vida. A los muertos es mejor dejarlos tranquilos, pero el pistolero era incapaz de dejarlo estar, al menos en su fuero interno. El debate había comenzado en sus entrañas y las cartas estaban todas sobre la mesa, aunque todavía nadie se hubiese molestado en darles la vuelta. El difunto encajaba perfectamente en el perfil populista que tanto gusta a los socialistas, ya sean de verdad o de boquilla. El comandante había quitado de la pobreza a muchos compatriotas y había nacionalizado en tiempo récord gran cantidad de los recursos naturales y económicos de su país, lo que, nos guste o no, es siempre algo positivo. Había plantado cara al gigante norteamericano y eso también había sido meritorio. Hugo incluso había llegado a ganarse la tirria del Borbón y también eso era de admirar, aunque no resultaba suficiente. No al menos para los criterios del pistolero. No por haber luchado contra Hitler era uno buena persona. Ese era el problema (uno de los muchos) de los acérrimos comunistas. Stalin había sido tan genocida o más que el propio Adolfo pero, como son las cosas, mucha gente sigue llevando chapas y llaveros del infame Joseph sin que nadie se atreva a procesarlos. Y eso que su sucesor, el amigo Kruschev (o Jrushchov, como ustedes prefieran), se encargó de llamarle de todo menos bonito en aquel famoso discurso del sesenta y tres.

Antes de continuar, el pistolero echó un vistazo por la ventana y se sorprendió al ver que la lluvia había remitido, y de inmediato volvió a depositar toda su atención en el procesador de textos. En el reproductor de audio sonaba Queen. La famosa canción de la aspiradora. ¿Recuerdan? Un último vistazo por la ventana y al tema. Habíamos dejado al pistolero pensando en Chávez, Stalin y Kruschev, aunque fuese Hitler el que había llevado una existencia más paralela a la del comandante. Para empezar ambos habían tratado de sentar sus posaderas en el trono presidencial mediante la sana costumbre del golpe de estado. Ambos se habían pasado por la cárcel, condenados a dos añitos de reflexión, tras los cuales se dieron cuenta de que la violencia no era el camino. No al menos a la vista de todo quisqui. Huguito y Adolfito, Adolfito y Huguito salieron de la trena con cara de buenos niños, prometiendo portarse bien. Nada más lejos de la realidad. En cuanto pudieron (ambos tardaron más o menos lo mismo, unos seis años; otro dato curioso, ¿verdad?) se alistaron en el partido subversivo de turno y asaltaron el poder, de forma más o menos ordenada, legal y, digámoslo todo, con el apoyo de las urnas. Ya los tenemos mandando.

Ahora Hugo y Adolfo mandan en sus respectivos. Ambos habían atacado la república pero ambos supieron aprovecharse del sistema y consiguieron sentar sus, ahora sí, felices traseros en el rojo terciopelo de los sillones presidenciales. Pero lo jodido viene ahora. Gobernar. Ambos prometieron pan al hambriento y ambos cumplieron su promesa. Ambos acabaron también con las libertades individuales de sus pueblos. Y es que ni a Chávez ni a Hitler le molaba mucho la oposición ni los medios de la misma. No seamos ahora más papistas que el Papa al decir que tanto uno como otro acabó ordenando su nochecita de los cuchillos largos, ya que en el caso del venezolano apenas se han podido constatar los hechos ni hay literatura fiable al respecto. Pero sigamos. Habíamos dejado a nuestros amigos dando pan a los pobres y coartando las libertades individuales del personal. ¿Periódicos disidentes? Fuera. ¿Radios poco o nada afines al régimen? A hacer gárgaras. ¿Queréis sindicatos? A la porra con ellos. Y mientras tanto la moneda de unos y de los otros no vale ni para limpiarse el culo, la inflación subiendo como la espuma y cada vez los discursos más encendidos, contra el culpable judío uno y contra el pertinaz capitalista el otro que, aunque ambos con cierta razón, no era para ponerse así, hombre.

A la mente del pistolero volvió la idea de los polos opuestos. De las energías encontradas, de las posiciones irreconciliables. De nuevo pensó en Hitler, en Stalin, en Franco y en la madre que los parió a todos. Pensó en lo curioso que resulta la visión que tiene la gente y la historia de uno u otro líder político, guerrillero o mesías de turno según esté de uno y otro lado. A veces, se dijo, resulta incluso fácil. Miren sino el caso de Mussolini. No cree el pistolero que haya nadie que se haga estampitas con la figura del Duce, por muy descerebrado que sea. Le sorprende, sin embargo, lo bien parado que ha salido de la historia el hijo puta de Stalin (al menos eso sucede a veces cuando alguien saca el tema) y lo mal parado y escocido que ha salido de la misma uno de sus grandes hijos, Napoleón Bonaparte. El corso, pensó el pistolero, tuvo muy mala suerte al mantener a su lado a gentuza como Murat o al infame hijo de puta de Talleyrand. El resto, lo hizo todo de puta madre. ¿No están de acuerdo? Echen un vistazo a los semáforos, a la arqueología, al numerado de las calles, divididas en números pares e impares según la acera de la misma, a la mayoría de las constituciones europeas (basadas en el código Napoleónico), a la separación de iglesia y estado, la aconfesionalidad de Francia, a la Academia de Ciencias francesa y a toda la porrada de progreso que ha traído el pequeño corso. La madre que lo parió, pensarán muchos. Gente que no se ha leído un libro en su puta vida, pensarán otros.

El pistolero abandonó de golpe sus pensamientos. Tenía mucho trabajo pendiente y aún tenía que pensar en algo que poder ofrecerles a los Erizos del club de lectura. Les había propuesto escribir una historia en común pero lo cierto es que estaba completamente desubicado. Tal vez lo más sensato sería dejar que los muchachos le propusiesen un tema sobre el que escribir y a partir de ahí tirar millas. No, se dijo. Voy a sorprenderlos. Creo que lo mejor será regalarles algo en forma de relato. Tal vez… Sí. Ya lo tenía. Echó un nuevo vistazo por la ventana y un esplendoroso rayo de sol le cruzó el rostro. Se puso a escribir de inmediato.

jueves, 24 de enero de 2013

LA HIJA DE NAPOLEÓN

Inspirado en "Una mujer de treinta siglos", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/UKVUIm9m
Inspirado en "Una carta de 1588", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/rsn7F4yL

Por todos es conocida la trayectoria vital del precoz general de artillería que en un principio aceptó el puesto de Primer Cónsul Vitalicio de la República Francesa (título que ya se las traía, pero bueno…) y que más tarde se auto coronó Primer Emperador de Francia, así que no nos detendremos demasiado en el buen corso. Decir únicamente que el nacimiento de su hija data de sus campañas en Egipto, allá por el año 1798, trece años antes de que su segunda esposa, María Luisa de Austria, pariera a su único hijo varón, el segundo de los Napoleones. Sepa también el escéptico lector que su hija vive todavía entre nosotros, pero no adelantemos acontecimientos.

La primera esposa de Napoleón Bonaparte jamás atendió por Josefina hasta que se le metió entre ceja y ceja a su segundo marido, ya que toda la vida de dios se había hecho llamar Rosa o, más familiarmente, «Yeyette» —si a alguien le place puede buscar el significado del palabro (debe sonar algo así como el famoso «ye-yé» de la Conchita Velasco) y compartirlo con todos nosotros—, hasta que se desposó en primeras nupcias con el vizconde de Beauharnais, allá por el año 1780. Los dos hijos del matrimonio Beauharnais fueron criados en los albores de la Revolución Francesa y durante el reinado del «Terror» el vizconde fue guillotinado y a la pobre Josefina le faltó el canto de un duro para acabar como su solícito marido. El resto ya todos lo conocemos bien. Rosa pasa a ser Josefina (para mayor deleite del Gran Wyoming) y las idas y venidas del teniente húsar Hippolyte Charles del número 6 de la Rué Chantereine trastornan poco a poco al joven general corso. Hasta que vuelve de Egipto y todo cambia.

Napoleón y Josefina llevaban unos años intentando tener un hijo, pero no había manera. Bonaparte pensaba que si la expedición de Egipto se demoraba más de lo deseable, muchos de sus oficiales querrían tener a su lado a sus esposas y amantes, y él mismo soñaba con llevarse al Nilo a Josefina y trajinársela a base de bien, pero una vez más los ingleses se iban a encargar de poner pequeñas chinas en las botas de media caña del general de artillería. Entre las putaditas que llevaron a cabo los ingleses se encontraba la difusión de una melodramática carta de Napoleón dirigida a Josefina e interceptada por el Almirante Horacio Nelson. La prensa sensacionalista inglesa (¿acaso han tenido de otro tipo?) tildaba al general francés (Napoleón había nacido en Córcega pero se sentía más francés que Luis de Funes o que Jean Reno y, por supuesto, mucho más que el Gerard Depardieu) de lloromica y meapilas (llevaban algo de razón, pero sólo con respecto al tono de las epístolas que le enviaba a su esposa), algo que no sentó nada bien al Sire, que en la guerra el corso era de los que los tienen bien puestos.

Cuando Napoleón regresó de Egipto las cosas con Josefina se arreglaron, aunque a medias. El nuevo cargo de Napoleón como Primer Cónsul Vitalicio le da a su matrimonio la estabilidad que le faltaba, pero el vientre de Josefina jamás pudo volver a engendrar. De esta época data el nacimiento de su inmortal hija. ¿Les apetece saber cómo fue? Veámoslo.

Napoleón y Josefina pasaban los veranos en un bonito apartamento de Plombiéres, en dónde ésta tomaba profusamente las aguas de la zona, con la esperanza de poder concebir. Josefina era propensa a las jaquecas y cada vez con mayor frecuencia demandaba al médico de Napoleón, un tal Corvisart, las píldoras que la curasen. Josefina decía de estas estupendas píldoras que obraban milagros, pero lo cierto es que el buen doctor sólo suministraba a la esposa del Sire unas pequeñas migas de pan envueltas en papel de plata, quién sabe si por orden del general galo. Cierto día el balcón del apartamento se desplomó y Josefina se precipitó al suelo desde una altura de unos cuatro metros, causándose importantes heridas internas, lo que acabaría por impedirle concebir un hijo con Napoleón. Josefina se deprimió sobremanera y se enclaustró en una antigua afición que había adquirido en su Martinica natal: el cultivo de rosas.

Josefina deseaba que sus rosas durasen más tiempo, ya que a los pocos días se marchitaban y, como mucho, florecían durante apenas un día o dos. Rosa se dedicó en cuerpo y alma al cultivo de más de doscientas especies y finalmente logró cruzar una variedad de rosa de la Provenza con un espécimen de rosa traído de la China, de notable vigor y famoso por la fuerza de sus ejemplares. Acababa de nacer la rosa «té». Ésta era mucho más pálida que la erótica rosa provenzal, pero resultaba ser mucho más duradera y podía florecer durante semanas. A partir de la rosa «té» Josefina consiguió por fin crear el híbrido perfecto, que combina la robustez asiática con el aroma y presencia embriagadores de la variedad transalpina. Josefina había traído al mundo a su segunda hija y aunque Napoleón Bonaparte lo ignoraba, había dado al Sire un hermoso y robusto sucesor.