Mostrando entradas con la etiqueta escribe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escribe. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de abril de 2013

EL OJO DEL HURACÁN



Inspirado en "Más fácil, más cómodo, más suicida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/KXgW3qGq9Y
Inspirado en "Carteristas, atracadores y semáforos", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/tV4BFJdNcM
Inspirado en "Cuando John Ford era facha", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/3NSoALaN00


El buque espacial Lymossth-327 orbitaba ya atraído por la gravedad artificial de la estación internacional Kappa-4. Ponía así fin a su habitual trayecto entre el planeta Marte y el segundo satélite más grande de Saturno, después de una breve y desacostumbrada estancia en Titán. Su mermada tripulación se disponía una vez más a descansar de su agotador viaje interplanetario, poniéndose a cobijo de las tormentas solares, que habían alcanzado su cota superior ­­­de virulencia durante los últimos años. Los trece tripulantes del navío espacial se apresuraron a aligerar la carga que transportaban en la bodega y la Lymossth-327 pronto quedó completamente vacía, a excepción de sus vitales reservas de oxígeno y combustible. Después de dejar el transbordador bajo custodia de las autoridades locales, se dirigieron a la cantina de la estación espacial. Con un poco de suerte todavía estarían a tiempo de tomarse un buen filete de krhon mientras se trasegaban una jarra de blintsz tras otra.

La comida nunca había gozado de buena fama en las lunas de Saturno, de hecho casi nadie recomendaba tomarse un filete de krhon más allá de la influencia gravitatoria de la Tierra, pero aún así había servido para llenar sus arrugados estómagos, tal vez demasiado acostumbrados ya a la bazofia proteica que ingerían durante las maratonianas travesías que los llevaban de un lado a otro de la galaxia. El blintsz sin embargo era excelente, o al menos así se lo había parecido a todos ellos, sin excepción. Se habían bebido cuarenta y cinco jarras entre todos, lo cual no representaba ni mucho menos una mala media. Cuando el capitán Horckstafter se dispuso a pagar con el dinero expedido por la Federación Interestelar de Comercio, la negativa del encargado de la cantina no pudo menos que sorprenderle.

—Sus créditos no valen aquí, compañero —le dijo.
—Pero… —balbuceó el capitán Horckstafter—, si son nuevos.
—No lo dudo, amigo. Pero aquí no sirven.
—Debe de haber algún malentendido —intervino el sobrecargo Williams, adelantándose.
—Está bien, Williams —aclaró el capitán—. Yo me encargo.

Percival Williams era el miembro de la dotación de la Lymossth-327 de más edad y se decía de él que había sido sincronizado más de mil veces y, aunque su aspecto no lo sugería, muy pocos ponían en duda semejante afirmación. Ni siquiera el viejo Matthis, dueño de la nave de abastecimiento y ahora retirado, guardaba recuerdo del día en que Percival Williams se había hecho las pruebas de aptitud, necesarias para la obtención de su permiso de tripulante del buque espacial Lymossth-327. Matthis creía firmemente que el propio Williams venía incluido en la nave, como si de un extra más se tratase, a pesar de que la Lymossth-327 había sido concebida originalmente para evadir las patrullas interplanetarias y el equipamiento suplementario no había figurado entre las exigencias del equipo de diseño que lo había proyectado. De hecho había sido obtenido por la empresa de transporte Milleage 2000 a través de una subasta del Departamento de Justicia, poco después de haber sido confiscada a sus antiguos patrones, unos traficantes de mercancías muy  poco espabilados. El sobrecargo Williams volvió a dejar libre el espacio entre el capitán y el encargado de la cantina. Éste dijo de nuevo:

—No es que no sirvan. Es que no valen una mierda —explicó—. Los separatistas de Tetis y Dione se han empeñado en hacernos la puñeta y vaya si lo han conseguido.

Algunos ciclos atrás un líder regional del satélite Dione había comenzado a cobrar cierta relevancia entre los gobernantes locales, llegando incluso a asistir a los vedados congresos del partido que gobernaba la galaxia. Su fama y poder se habían ido extendiendo hasta que un buen día llamaron con fuerza a la puerta de la vecina Tetis. A partir de entonces todo había sucedido de manera vertiginosa. Un senador apareció muerto y la Federación Interestelar de Comercio quiso poner fin a las aspiraciones soberanistas de la zona mediante el ajusticiamiento de algunos líderes circunscritos al gobernador local, un títere en manos de la ya entonces autodenominada resistencia. Los rebeldes recogieron el guante y desde entonces habían invertido en su causa ingentes recursos económicos y, ¿por qué no decirlo?, una nada despreciable cantidad de vidas humanas. Su mayor victoria contra el absolutismo que representaba la Federación no se hizo esperar demasiado; consiguieron apoderarse de un sistema diseñado para apantallar la radiación de fondo remanente derivada de la muerte de la Supernova F/X 211, transformándolo en un sistema capaz de apantallar la señal emitida por la Federación Interestelar de Comercio, dejando así ciegos a todos los sistemas monetarios de la región. Horckstafter y su tripulación habían oído hablar de la historia aunque ignoraban una importante parte de la misma. El capitán volvió a encararse con el encargado.

—Pero entonces, ¿cómo pretende cobrar sus servicios? Resulta obvio que usted sabía que no podríamos pagarle y sin embargo nos ha servido todo y cuanto le hemos pedido. ¿Por qué?
—No crean que no van a pagarme —declaró—. Lo harán. Y con creces.
—Me temo que no le sigo —Horckstafter deslizó instintivamente la mano derecha sobre la culata de su disparador. De soslayo observó cómo Philig y Morgan hacían lo mismo—. ¿No habrá creído que…?
—Dejen las armas tranquilas, amigos. Aquí tampoco funcionan —apostilló con una leve y maliciosa sonrisa—. ¿Ven eso de ahí arriba?
—¿Inhibidores? —preguntó Horckstafter.
—Sí.
—Díganos entonces —intervino el sargento Morgan, visiblemente alterado—, ¿cómo cojones va a cobrarnos, amigo?
—Muy sencillo. Me vais a traer una cosa. Haréis un pequeño viaje para mí.

De repente el gesto del encargado de la cantina sufrió un cambio drástico. Se había vuelto macilento y sombrío. Prosiguió, ante el estupor generalizado de la tripulación.

—Esa nave en la que habéis llegado —continuó mientras hacía un gesto con la cabeza, en dirección a la Lymossth-327— servirá perfectamente.
—La Lymossth sólo va a moverse de ahí para volver a Marte —informó Williams—. Así que ya puede olvidarse del tema, amigo.
—No soy su amigo —le espetó— y les conviene hacerse a la idea de que esa preciosa nave va a hacer un pequeño recadito para el viejo Joe.
—El viejo Joe puede lamerme el culo si quiere pero…
—¡Morgan! —Horckstafter le lanzó una furibunda mirada—. Cierre el pico.
—Sí, señor. Lo siento, señor.

Joe dejó a un lado el pequeño paño con el que había estado jugueteando desde el inicio de la conversación y se frotó los ojos en un visible gesto de cansancio. Antes de ser interrumpido de nuevo dejó muy claro a los tripulantes de la Lymossth-327 que era él quién tenía todos los triunfos y que las cosas resultarían mucho más fáciles para todos si decidían colaborar con sus propósitos. Fue entonces cuando sus compinches entraron en escena. De un lateral del establecimiento emergieron algunos hombres armados con deflectores modificados, totalmente ajenos al efecto de los inhibidores instalados en la cantina de Joe. La dotación de la Lymossth pronto fue rodeada.

—A estos señores y a mí —dijo Joe con un tono de burla en su voz— nos gustaría que empezaran a colaborar con nosotros.
—Ningún hombre a mi cargo hará nada de lo que usted diga, Joe —Horckstafter parecía totalmente resuelto a terminar de una vez por todas con toda aquella pantomima—. Le recuerdo que la custodia improcedente de una tripulación adherida al tratado de comercio interestelar constituye un grave cargo de piratería.
—No me diga. ¿Sabe qué, Horckstafter? Empiezo a estar harto de su falta de colaboración. Me está provocando un ataque de furia. Y eso no sería agradable de ver. No, señor.

El último arrebato de furia de Joe se había producido hacía diecinueve días y había puesto patas arriba el establecimiento. El auténtico encargado de la cantina y sus cuatro empleados llevaban muertos desde entonces; yacían olvidados en un apartado trastero detrás del edificio principal de la cantina. Joe McAllister y su pandilla de facinerosos se habían presentado famélicos en las dependencias del Food Star y habían dado buena cuenta de todos y cada uno de los platos y bebidas que Gork Mandel y sus chicos les habían puesto al alcance. Una vez finalizado el banquete había comenzado la ronda de preguntas. Como si del teniente de una patrulla policial se tratase, McAllister preguntaba una y otra vez a Mandel y a sus empleados acerca de una rara especie de mineral luminiscente, mientras los chicos de Joe se entretenían aporreando una vieja máquina recreativa que había dejado de entretener a los visitantes del Food Star hacía más de veinte o treinta ciclos. La poca información que Joe había obtenido de Gork Mandel había sido el infortunado pretexto que había llevado a los Lobos de la Galaxia a matar a todos los trabajadores de la estación espacial, comenzando por los mal pagados trabajadores del Food Star. Ahora, aflorando como lo haría un viejo recuerdo, el incidente volvía a la mollera de Joe.

Dos soldados al servicio de Joe McAllister abandonaron sus posiciones, en respuesta a un insignificante gesto de su patrono. Pronto varios miembros más de la camarilla de maleantes de Joe siguieron su ejemplo. Unos instantes después, la dotación de la Lymossth-327 había sido duramente reprimida mediante la fuerza y sólo quedaban en pie el capitán Horckstafter y los dos hombres de sus flancos, el sargento Morgan y el sobrecargo Williams, todos ellos amenazados por los cañones de los letales deflectores. La brutal paliza propinada a los indefensos tripulantes produjo un extraño efecto relajante en el gesto de Joe que, de espaldas al capitán Horckstafter, volvió a dirigirse a éste:

—Es muy posible que ahora colabore, ¿verdad capitán?
—Sí, pero por favor —suplicó—, no vuelva a hacerlo.
—Lo haré cuantas veces me plazca —atajó Joe—. A menos que me traigan lo que quiero.
—Haremos lo que nos diga.
—Bien. Por fin nos entendemos.

Medio hipo ciclo después siete miembros del personal de la Lymossth-327 se hallaban a bordo del buque espacial, junto con otros diez compinches de Joe McAllister, todos con claras y concisas instrucciones que facilitarían su búsqueda del extraño material refulgente. El capitán Horckstafter había solicitado a Joe McAllister permanecer en la estación espacial orbital, proporcionando los cuidados necesarios para el restablecimiento de tres de sus hombres. Dos de los tripulantes de la Lymossth habían muerto.

El fugitivo Joe McAllister había ordenado a tres de sus hombres que custodiasen a los prisioneros en la estación orbital. Dos de ellos se apostarían como centinelas, en el perímetro externo de la estación orbital. Nadie esperaba sin embargo a ningún viajero rezagado, ya que todos se habrían cuidado mucho de no viajar en plena tormenta solar. El tercero se encargaría de vigilar a Horckstafter y a dos de sus hombres, que hacían lo posible por conservar la vida de un tercero, mientras soportaban con rabia contenida las bromas satíricas de su carcelero, que parecía disfrutar con los ímprobos esfuerzos que el capitán y sus hombres realizaban. Finalmente el tercer hombre expiró, uniéndose a las dos bajas anteriores. Horckstafter y los otros dos se dejaron caer sobre sus traseros. Estaban agotados.

—Vaya, ¡qué pena! Al final ha cascado, ¿eh? —dijo el carcelero.
—Cabrones —murmuró uno de los hombres de Horckstafter.
—¿Qué has dicho, gilipollas?
—Nada —intervino el capitán Horckstafter—. No ha dicho nada. Su paciencia se había agotado.
—Ya me parecía.
—Yo, sin embargo —Horckstafter subrayó sus palabras, detenidamente—, sí que tengo algo que decirte, hijo —el capitán le clavó sus fríos ojos azules—. Y me gustaría que te acercaras un poco más. El carcelero obedeció mansamente, acuclillándose al lado del capitán. Éste prosiguió. —Necesito que corras esas cortinas, hijo. Voy a contarte una historia y quiero que nadie nos moleste.
—Me encantan las historias —dijo el carcelero, entre balbuceos.
—¿Qué demonios le pasa a éste, capitán? —inquirió uno de sus hombres.
—Dejadnos solos, chicos —ordenó el capitán, que no había dejado de trepanar el cerebro del carcelero con sus gélidos ojos—. Vigilad a los centinelas.

Arthur Kangder se aseguró de que los dos centinelas apostados en el exterior de la estación orbital continuasen completamente ajenos a todo lo que sucedía en el interior de la cantina. Tras echar un fugaz vistazo a través de la ventana ordenó al otro miembro de la dotación de la Lymossth-327 que vigilase a los centinelas, mientras él corría todas las cortinas del establecimiento, tanto las delanteras como las traseras. Mientras tanto el capitán Horckstafter y el carcelero se habían encerrado en la cocina del local, en dónde ahora mismo reinaba una tétrica tranquilidad. El carcelero, obedeciendo los designios del capitán Horckstafter, se había ido introduciendo en una enorme marmita lo suficientemente grande como para cocinar a toda una familia de krhons al tiempo que se desnudaba. El capitán comenzó su relato.

—Verás, hijo. La historia que voy a contarte es muy vieja. Sucedió en un remoto lugar llamado Inglaterra. Un viejo médico retirado es el protagonista de la misma. No recuerdo su nombre, pero nos da lo mismo, ¿no te parece?
—Sí —respondió el bandido—. ¿Quién es usted? —preguntó después de hacer acopio de todas sus fuerzas, tras lo cual se dejó reposar, extenuado—. ¿Es usted un psíquico?
—Creo que sí, hijo —Horckstafter decía la verdad—. Me parece que acabamos de averiguarlo. ¿Te parece que continúe? El muchacho no dijo nada, incapaz de retirar su mirada de los glaciales y azules ojos del capitán.

»Como iba diciendo, este médico pretendía llevar a cabo un nuevo experimento. Para ello requirió de todo el buen hacer de su mayordomo. Juntos redujeron a un maleante que había entrado en su casa a altas horas de la madrugada, con la intención de robar. El facineroso resultó ser un condenado a muerte que se había fugado, evitando así su inmisericorde destino. El médico le propuso un trato. Si aceptaba ser el sujeto de sus investigaciones y salía con vida de las mismas, ni el médico ni su mayordomo, un ex campeón de boxeo, le impedirían irse por dónde había venido. De lo contrario, colgaría del extremo de una cuerda. Por supuesto el individuo aceptó. ¿Qué podía perder?

»El experimento pronto estuvo preparado. El médico explicó al reo los pasos a seguir. Tras desnudarse, el condenado a muerte se sumergiría en una bañera repleta de agua caliente. Luego el médico cortaría las venas del reo y dejaría que se desangrara para, inmediatamente, y con la ayuda de su mayordomo, realizarle una transfusión de un plasma de su invención, de similares propiedades que la sangre. Si todo salía bien, el condenado sería revivido mediante un masaje cardiaco y el experimento sería todo un éxito.

»El condenado notó el agua caliente en sus tobillos y pronto se sumergió en la bañera, comenzando a sudar profusamente. El médico repitió de nuevo sus indicaciones y cuando hubo terminado le abrió las venas. El preciado líquido rojo comenzó a teñir el agua de la bañera. El reo respiraba cada vez con más ansia y pronto pidió desesperadamente aplacar su terrible sed. En pocos minutos se desmayó y su cabeza rebotó contra el borde de la bañera. De repente el mayordomo se apresuró a acercar a la bañera los útiles para la transfusión, pero el médico lo disuadió con un gesto de su mano.

»—Deje eso y acérqueme una toalla —dijo el médico.
»—Pero señor, la transfusión… —replicó el mayordomo.
»—No habrá ninguna transfusión. El experimento ha sido todo un éxito.
»—Me temo que no comprendo al señor —el mayordomo no salía de su asombro.
»—Es muy sencillo. El experimento ha sido un ensayo —muy acertado, debo decir— de control mental. ¿Ve estas ampollas?  —Le mostró unos pequeños frascos manchados de un líquido rojizo—, son parte del experimento. Sólo he pretendido hacer creer a ese pobre fugitivo que iba a morir. Lo he dispuesto todo para que así lo creyera y, como puede ver, amigo mío, ha resultado.
»—Comprendo… —mintió el mayordomo.
»—Despierte a ese hombre, por favor —le ordenó mientras le tendía un frasco de sales.
»—Señor. Este hombre no se despierta. Me temo que haya muerto, señor.

—Lo mismo que este otro, capitán —uno de sus hombres lo interrumpió, mientras sujetaba el brazo inerte del hombre sumergido en la marmita.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí, marinero? —preguntó el capitán.
—El suficiente, señor.
—Está bien. Traiga a su compañero. Acabemos con esos dos de ahí afuera.

Entonces se desató el infierno. La cacería vendría justo después.

Uno de los dos hombres que habían permanecido recluidos con el capitán Horckstafter refirió más tarde, delante de un tribunal internacional, los hechos de los que fue testigo. Su novelesco relato dejó de una pieza a todos los miembros de la cámara, que apenas podían dar crédito a la narración del testigo, que aseveraba haber visto con sus propios ojos cómo el capitán Horckstafter había puesto fin a las vidas de los dos centinelas con el único apoyo de sus desnudas manos. Al ser preguntado acerca de la naturaleza del ataque y de su ejecución, sólo acertó a decir que tenía la impresión de haber presenciado un aquelarre a cámara lenta. Peor suerte corrieron los fugitivos que habían secuestrado a parte de la tripulación de la Lymossth-327, incluida la propia nave. Al ser cuestionado, el testigo se refirió a la búsqueda y posterior captura de la Lymossth como una cacería, como un brutal juego ancestral de acoso y derribo. En su intervención final el informador manifestó lo siguiente, que pasa a ser referido textualmente:

« ¿Recuerdan esas viejas películas que a veces pasan por la televisión? Esas de vaqueros. Pues todos esos cowboys de pacotilla, todos esos mojigatos meapilas, empezando por James Stewart, no disparaban a nadie por la espalda, no mataban a nadie que no se lo mereciera y ante todo defendían ideales como la justicia, el honor y todas esas patochadas, que fueron borradas de un plumazo, gracias a Dios, por Sergio Leone y Clint Eastwood. Antes de Leone e Eastwood los cowboys eran eso, cowboys. Después empezó a hablarse de pistoleros. De asesinos. Del te mato o me matas. Del te disparo por la espalda porque entre pistoleros la única ley que existe es la del más rápido. El honor no tenía cabida en el salvaje Oeste, que para algo era salvaje. A fin de cuentas eso es lo que vi aquel día en la estación espacial. Vi a Clint Eastwood desatado. Vi a William Munny, al Hombre sin Nombre, a Harry Callahan, al Rubio. A todos ellos. Encarnados en esos terribles ojos azules.»

jueves, 7 de marzo de 2013

EL HIJO DE LA REVOLUCIÓN



Inspirado en "El misterio del 'Castillo Montealegre'", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nBDIDsj4Ye
Inspirado en "La consejera y la catedrática", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/PP9MosPPxh


Sentado en su viejo escritorio, el que había usado casi veinte años atrás, el pistolero aporreaba incesantemente las gastadas teclas de su viejo portátil. Su astigmática vista le sugería irse a hacer puñetas delante del televisor o a leer el libro de la Conconstrina, pero no le recomendaba seguir con la tecla. El libro de marras era el segundo que leía de Nieves y, junto con Juan Eslava, la mujer era una de las autoras más refrescantes que se había echado a la cara en los últimos años. Dejó volar un rato más su imaginación y volvió a fijar su atención en lo que estaba haciendo: escribir el relato semanal inspirado en el artículo de Pérez-Reverte. Recordó lo que una chica le había preguntado durante un delicioso encuentro que había mantenido el lunes por la tarde con unos muchachos de instituto: “¿Por qué siempre escribes sobre Reverte?”. Había respondido a esa y a otras preguntas con total sinceridad. No escribía sobre Reverte. Cogía una idea, una palabra, un objeto de los artículos del maestro y a partir de ahí, creaba su propio mundo, su relato semanal. A veces también le daba por los ensayos. Con alguno se divertía bastante y su faceta de aleccionador, de pedante profesor de andar por casa, se vía satisfecha durante unos cuantos días. A veces no le duraba ni un par de horas, pero casi siempre se entretenía escribiendo esas pequeñas y divertidas historias.

Esta semana le tocaba escribir sobre un naufragio, sobre un desalmado que había ordenado torpedear una embarcación neutral. Nazi tenía que ser, se dijo. Estuvo toda la semana dándole vueltas al asunto, pero no se le ocurría nada fresco, novedoso. ¿Acaso se estaba apagando el sol que tan fulgurosamente había brillado en su interior durante los últimos meses? Y la verdad es que ya había escrito sobre naufragios, sobre nazis y sobre personas desalmadas, como si una cosa no fuese indisolublemente ligada con la otra. Echó mano entonces del ignoto artículo de la semana siguiente. Una nueva historia sobre lo mal estructurada que estaba España. Un nuevo ejemplo de la necedad colectiva y de la individual. Le encantaba leer cosas así en los artículos de Reverte pero por desgracia también había escrito sobre ello y temía no sólo volver sobre sus pasos, sino no aprender nada de ello. Así que decidió darse un pequeño respiro e improvisar. Tal vez Chávez pudiera resultar un gran tema sobre el que escribir. ¿Quién sabe? A lo mejor el personal estaba receptivo y se podría meter entre pecho y espalda una perorata sobre Bolívar, Pizarro o alguno de los genocidas que camparon a sus anchas por Sudamérica en esos primeros años de cristianización del continente americano, en busca de la gloria del impero y de la suya personal, incansables tras el mítico Dorado.

¿Qué contar de Chávez? Algunos amigos suyos elogiaban su persona, lo lloraban e incluso echaban de menos la figura de un Chávez local. El pistolero pasaba. Le daba lo mismo. Ahora estaba muerto y pronto sería polvo. Es ley de vida. A los muertos es mejor dejarlos tranquilos, pero el pistolero era incapaz de dejarlo estar, al menos en su fuero interno. El debate había comenzado en sus entrañas y las cartas estaban todas sobre la mesa, aunque todavía nadie se hubiese molestado en darles la vuelta. El difunto encajaba perfectamente en el perfil populista que tanto gusta a los socialistas, ya sean de verdad o de boquilla. El comandante había quitado de la pobreza a muchos compatriotas y había nacionalizado en tiempo récord gran cantidad de los recursos naturales y económicos de su país, lo que, nos guste o no, es siempre algo positivo. Había plantado cara al gigante norteamericano y eso también había sido meritorio. Hugo incluso había llegado a ganarse la tirria del Borbón y también eso era de admirar, aunque no resultaba suficiente. No al menos para los criterios del pistolero. No por haber luchado contra Hitler era uno buena persona. Ese era el problema (uno de los muchos) de los acérrimos comunistas. Stalin había sido tan genocida o más que el propio Adolfo pero, como son las cosas, mucha gente sigue llevando chapas y llaveros del infame Joseph sin que nadie se atreva a procesarlos. Y eso que su sucesor, el amigo Kruschev (o Jrushchov, como ustedes prefieran), se encargó de llamarle de todo menos bonito en aquel famoso discurso del sesenta y tres.

Antes de continuar, el pistolero echó un vistazo por la ventana y se sorprendió al ver que la lluvia había remitido, y de inmediato volvió a depositar toda su atención en el procesador de textos. En el reproductor de audio sonaba Queen. La famosa canción de la aspiradora. ¿Recuerdan? Un último vistazo por la ventana y al tema. Habíamos dejado al pistolero pensando en Chávez, Stalin y Kruschev, aunque fuese Hitler el que había llevado una existencia más paralela a la del comandante. Para empezar ambos habían tratado de sentar sus posaderas en el trono presidencial mediante la sana costumbre del golpe de estado. Ambos se habían pasado por la cárcel, condenados a dos añitos de reflexión, tras los cuales se dieron cuenta de que la violencia no era el camino. No al menos a la vista de todo quisqui. Huguito y Adolfito, Adolfito y Huguito salieron de la trena con cara de buenos niños, prometiendo portarse bien. Nada más lejos de la realidad. En cuanto pudieron (ambos tardaron más o menos lo mismo, unos seis años; otro dato curioso, ¿verdad?) se alistaron en el partido subversivo de turno y asaltaron el poder, de forma más o menos ordenada, legal y, digámoslo todo, con el apoyo de las urnas. Ya los tenemos mandando.

Ahora Hugo y Adolfo mandan en sus respectivos. Ambos habían atacado la república pero ambos supieron aprovecharse del sistema y consiguieron sentar sus, ahora sí, felices traseros en el rojo terciopelo de los sillones presidenciales. Pero lo jodido viene ahora. Gobernar. Ambos prometieron pan al hambriento y ambos cumplieron su promesa. Ambos acabaron también con las libertades individuales de sus pueblos. Y es que ni a Chávez ni a Hitler le molaba mucho la oposición ni los medios de la misma. No seamos ahora más papistas que el Papa al decir que tanto uno como otro acabó ordenando su nochecita de los cuchillos largos, ya que en el caso del venezolano apenas se han podido constatar los hechos ni hay literatura fiable al respecto. Pero sigamos. Habíamos dejado a nuestros amigos dando pan a los pobres y coartando las libertades individuales del personal. ¿Periódicos disidentes? Fuera. ¿Radios poco o nada afines al régimen? A hacer gárgaras. ¿Queréis sindicatos? A la porra con ellos. Y mientras tanto la moneda de unos y de los otros no vale ni para limpiarse el culo, la inflación subiendo como la espuma y cada vez los discursos más encendidos, contra el culpable judío uno y contra el pertinaz capitalista el otro que, aunque ambos con cierta razón, no era para ponerse así, hombre.

A la mente del pistolero volvió la idea de los polos opuestos. De las energías encontradas, de las posiciones irreconciliables. De nuevo pensó en Hitler, en Stalin, en Franco y en la madre que los parió a todos. Pensó en lo curioso que resulta la visión que tiene la gente y la historia de uno u otro líder político, guerrillero o mesías de turno según esté de uno y otro lado. A veces, se dijo, resulta incluso fácil. Miren sino el caso de Mussolini. No cree el pistolero que haya nadie que se haga estampitas con la figura del Duce, por muy descerebrado que sea. Le sorprende, sin embargo, lo bien parado que ha salido de la historia el hijo puta de Stalin (al menos eso sucede a veces cuando alguien saca el tema) y lo mal parado y escocido que ha salido de la misma uno de sus grandes hijos, Napoleón Bonaparte. El corso, pensó el pistolero, tuvo muy mala suerte al mantener a su lado a gentuza como Murat o al infame hijo de puta de Talleyrand. El resto, lo hizo todo de puta madre. ¿No están de acuerdo? Echen un vistazo a los semáforos, a la arqueología, al numerado de las calles, divididas en números pares e impares según la acera de la misma, a la mayoría de las constituciones europeas (basadas en el código Napoleónico), a la separación de iglesia y estado, la aconfesionalidad de Francia, a la Academia de Ciencias francesa y a toda la porrada de progreso que ha traído el pequeño corso. La madre que lo parió, pensarán muchos. Gente que no se ha leído un libro en su puta vida, pensarán otros.

El pistolero abandonó de golpe sus pensamientos. Tenía mucho trabajo pendiente y aún tenía que pensar en algo que poder ofrecerles a los Erizos del club de lectura. Les había propuesto escribir una historia en común pero lo cierto es que estaba completamente desubicado. Tal vez lo más sensato sería dejar que los muchachos le propusiesen un tema sobre el que escribir y a partir de ahí tirar millas. No, se dijo. Voy a sorprenderlos. Creo que lo mejor será regalarles algo en forma de relato. Tal vez… Sí. Ya lo tenía. Echó un nuevo vistazo por la ventana y un esplendoroso rayo de sol le cruzó el rostro. Se puso a escribir de inmediato.

miércoles, 13 de febrero de 2013

LUGARES DONDE LEÍ


Inspirado en "Lugares donde leí", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/zqZLTN8v

Resulta curioso y deprimente ver cómo el aburrimiento y el tedio se apoderan poco a poco de tu rutina y se hacen irremisiblemente con el control de tu vida, por mucho que uno se empeñe en impedírselo. Y cuanto más si se desempeña un trabajo como el mío. Soy funcionario de prisiones desde hace más de veinte años y durante los últimos tres me he dedicado a escuchar ilegítimamente muchas de las conversaciones privadas que los presos mantienen con sus visitas. Ahórrense el escándalo y créanme cuando les digo que muy pocas cosas suceden en las prisiones sin que nosotros, los perros carceleros —como cariñosamente nos llaman los reclusos—, nos enteremos. Otra cosa muy distinta es que el trapicheo y el tráfico de influencias convengan a unos y a otros. Pero aparquemos por un momento las lecciones éticas, que ni ustedes ni yo hemos venido hoy aquí ofreciendo o buscando consejo moral. Hemos venido a lo que venimos cada semana. Yo, como siempre, ansío encontrar a alguien que me escuche y ustedes tratan de evadirse —aunque sólo sea durante unos pocos minutos— del cochino mundo que nos ha tocado compartir. Procedamos pues.

Ya les he dicho que durante los últimos tres años he estado jugando a los espías con buena parte de nuestro parking de reclusos, escuchando sus más privadas conversaciones que, por cierto, poco o nada tienen de interesante. Una pequeña confesión de infidelidad por aquí, un te echo tanto de menos por allá; ya se hacen ustedes cargo, no me pidan por favor que les proporcione detalles vergonzosos acerca de nuestros internos. Oficialmente, yo estoy asignado a una ardua y perpetua tarea de papeleo —no hace falta que les diga que no existe semejante encomienda, ¿verdad?— y me tomo el asunto del espionaje como una especie de hobby, lo que me ha llevado incluso a confeccionar una ficha personal de cada uno de los objetivos que de vez en cuando he tenido que escuchar. El único sujeto medianamente interesante con el que me he topado se llama Anthony McCoy. 

Tiene el tal McCoy un envidiable historial delictivo y actualmente cumple una doble condena por el robo de más de quince millones de dólares en bonos y el triple asesinato de dos policías y una pobre señora que simplemente se encontraba en el lugar equivocado a la hora equivocada. McCoy logró escaparse en un primer momento pero sus compinches acabaron por ceder a las presiones de la policía —es un eufemismo tan válido como otro cualquiera para referirse a cuatro patadas en los cojones y un par de hostias en la cabeza—y finalmente vendieron la piel de su jefe. Antes de que se hiciera de noche el propio Anthony McCoy compartía pabellón en los calabozos del condado con sus ex-empleados. Cuentan que se dirigió a ellos muy cordialmente y, sin ningún atisbo de acritud en su voz, les comunicó que ninguno de ellos llegaría vivo a la sala del magistrado. Aquella misma noche los dos fueron envenenados por el personal de los calabozos sin que, meses después, se haya podido aún averiguar absolutamente nada acerca del doble homicidio. 

Anthony McCoy ha mostrado desde el primer día un talante sosegado e incluso ha tratado de sacar provecho de su reclusión lo mejor que ha podido, convirtiéndose en un ávido lector. En pocos meses se ha leído de arriba abajo toda la biblioteca de la cárcel y en menos de un año nos vimos obligados a pedir fondos para la adquisición de nuevas obras. La biblioteca local incluso ha llegado a cedernos parte de su estropeada y anquilosada colección. A pesar de que sospechamos de Anthony McCoy como cabecilla organizador de un par de motines fallidos —para ser honrados deberíamos hablar de leve conato de motín—, lo cierto es que nunca ha protagonizado el menor altercado y siempre ha mantenido una actitud ejemplar, al menos de cara a la galería. Sin duda sus intentos de motín lo han puesto sobre aviso de cuáles de sus hombres —y de los nuestros— son realmente merecedores de su confianza.

No es de extrañar que todo el mundo en el talego se ande con pies de plomo cuando trata con el bueno de McCoy. Yo por si acaso siempre me he cuidado, y mucho, del fulano. McCoy sabe, sin embargo, que muchos de sus hombres hablan con nosotros y nos cuentan, muy de vez en cuando, alguna que otra menudencia, lo que les permite seguir jugando tan tranquilos al siempre apetecible juego del agente doble. Por su parte, nuestro alcaide parece convencido de que Anthony McCoy no dirá ni mu a ninguno de sus hombres de dentro acerca de dónde demonios escondió el botín de su ya tristemente famoso atraco. Está seguro, sin embargo, de que McCoy conoce nuestras intenciones y tal vez sospecha que de vez en cuando espiamos las conversaciones que mantiene con sus visitas. Es por esto que últimamente me tiene haciendo horas extras tratando de descifrar algún mensaje que hubiese podido darle a alguna de las personas que viene a verlo. Tres de sus últimas visitas han sido especialmente significativas. Así se las relaté al alcaide.
 
Su anciana madre fue la primera en desfilar por la sala de entrevistas. Lo hizo muy temprano, a pesar de que tenemos entendido que vive relativamente lejos de la prisión estatal, aunque tal vez hubiese pasado la noche en algún motel de tres al cuarto de la zona. Como siempre fue la madre de Anthony quien llevó todo el peso de la conversación, haciendo pucheros cada vez que sus resecos y enrojecidos ojos se lo permitían. McCoy sólo intervino para contarle a su madre que había encontrado el verdadero camino en la biblia. Anthony le confesó a su madre que muchos años atrás, en la arboleda cercana a la vieja casa familiar del lago, había leído un pasaje de la biblia que lo había impresionado y que ahora, tanto tiempo después, todavía se estremecía con su lectura. Su incrédula madre se mostró gratamente sorprendida y pidió al señor que bendijese a su descarrilado hijo.

Anthony McCoy recibió a continuación la visita de una de las cuatro chicas que decía ser su novia y a las que, en realidad, Anthony trataba por igual. La chica se deshizo en gimoteos en más de una ocasión y McCoy se las vio y de las deseó para que la pobre muchacha no se dejara los higadillos a base de lloros y sollozos. Fue entonces cuando Anthony McCoy pidió a su novia que no se desesperase, le dijo que pronto estarían de nuevo juntos, y comenzó a relatarle la terrible odisea por la que había tenido que pasar Dostoievski, cumpliendo primero condena en Siberia y más tarde trabajando de forma incesante en la redacción conjunta de «Crimen y castigo» y «El jugador». Inmediatamente le entregó su ejemplar de «Crimen y castigo» y le dijo que dentro había unos pasajes especialmente subrayados para ella. Su novia se fue muy contenta y McCoy pareció quedar en paz.

La tercera de las entrevistas de Anthony McCoy, que ahora parcialmente les expongo aquí, la mantuvo con un primo suyo, al que la policía metropolitana considera su lugarteniente. Anthony habló esa tarde con su primo de cosas bastante triviales hasta que de repente ambos se pusieron a hablar muy en serio. El primo de Anthony había preguntado a McCoy si éste se aburría mucho en la trena y Anthony contestó que su cuerpo permanecía encerrado pero que su mente vagaba por los mundos imaginarios —y no tan imaginarios— de los maravillosos libros que había estado leyendo. Dijo identificarse con Rolando Deschain, el protagonista de la épica saga de Stephen King, La Torre Oscura. Según McCoy, al igual que Rolando, él también había sido traicionado por sus mejores amigos, viéndose obligado a tomar una penosa y catastrófica decisión. El primo de McCoy dijo no haber leído nunca nada de Stephen King y Anthony McCoy le recomendó encarecidamente que comenzara sus aventuras en el Mundo Medio en una apartada sala de lectura de la biblioteca del estado, en la segunda planta. «En la esquina norte de esa mágica sala puede uno sentirse como si estuviese en el mismísimo centro del baile de fin de año de Gilead. Sabrás de que rincón te hablo porque el suelo crujirá bajo tus pies».

Casi sin dejarme tiempo para pronunciar del todo esta última frase, el alcaide dio un respingo y saltó del sillón de su despacho. «Es la señal que hemos estado esperando. Su primo es el cómplice que ha de llevarnos al lugar en dónde se hallan escondidos los bonos robados». El alcaide estaba excitado y yo apenas era capaz de seguir sus eléctricas idas y venidas por todo el despacho. «¿Acaso no te das cuenta?», me preguntó. «¿No ves que ha pretendido engañarnos con esa patraña de la biblia?», escupió. 

Yo permanecí callado y atento a sus explicaciones. «En cuanto a lo del escritor ruso ese…, en fin, puede pasar», dijo mientras volvía a sentarse. «Está muy claro que se ve a sí mismo como el tal Rolando ese, traicionado por sus amigos. Él mismo lo ha confesado. ¿No lo has oído? Ha dicho que había tenido que tomar una desagradable decisión. ¡Matar a sus amigos! Al igual que lo había hecho Rolando Deschain. En cuanto al suelo que cruje, resulta obvio que es debajo de la tarima de la biblioteca estatal a dónde ha enviado a su primo a recoger los bonos robados. ¡Debemos darnos prisa!»

Un ayudante del alcaide y yo mismo salimos a toda prisa del despacho del alcaide. Éste nos seguía a poca distancia. Mientras nos dirigíamos a los coches a mí me dio tiempo a meditar en lo raro que me resultaba que Anthony McCoy enviase a estas alturas a su lugarteniente a por un botín que difícilmente él podría disfrutar. Pensé en lo rápido que debían tomar decisiones Rolando y su ka-tet y de repente lo vi todo claro. Me maldije por haber sido engañado como un chiquillo.