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jueves, 7 de marzo de 2013

EL HIJO DE LA REVOLUCIÓN



Inspirado en "El misterio del 'Castillo Montealegre'", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nBDIDsj4Ye
Inspirado en "La consejera y la catedrática", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/PP9MosPPxh


Sentado en su viejo escritorio, el que había usado casi veinte años atrás, el pistolero aporreaba incesantemente las gastadas teclas de su viejo portátil. Su astigmática vista le sugería irse a hacer puñetas delante del televisor o a leer el libro de la Conconstrina, pero no le recomendaba seguir con la tecla. El libro de marras era el segundo que leía de Nieves y, junto con Juan Eslava, la mujer era una de las autoras más refrescantes que se había echado a la cara en los últimos años. Dejó volar un rato más su imaginación y volvió a fijar su atención en lo que estaba haciendo: escribir el relato semanal inspirado en el artículo de Pérez-Reverte. Recordó lo que una chica le había preguntado durante un delicioso encuentro que había mantenido el lunes por la tarde con unos muchachos de instituto: “¿Por qué siempre escribes sobre Reverte?”. Había respondido a esa y a otras preguntas con total sinceridad. No escribía sobre Reverte. Cogía una idea, una palabra, un objeto de los artículos del maestro y a partir de ahí, creaba su propio mundo, su relato semanal. A veces también le daba por los ensayos. Con alguno se divertía bastante y su faceta de aleccionador, de pedante profesor de andar por casa, se vía satisfecha durante unos cuantos días. A veces no le duraba ni un par de horas, pero casi siempre se entretenía escribiendo esas pequeñas y divertidas historias.

Esta semana le tocaba escribir sobre un naufragio, sobre un desalmado que había ordenado torpedear una embarcación neutral. Nazi tenía que ser, se dijo. Estuvo toda la semana dándole vueltas al asunto, pero no se le ocurría nada fresco, novedoso. ¿Acaso se estaba apagando el sol que tan fulgurosamente había brillado en su interior durante los últimos meses? Y la verdad es que ya había escrito sobre naufragios, sobre nazis y sobre personas desalmadas, como si una cosa no fuese indisolublemente ligada con la otra. Echó mano entonces del ignoto artículo de la semana siguiente. Una nueva historia sobre lo mal estructurada que estaba España. Un nuevo ejemplo de la necedad colectiva y de la individual. Le encantaba leer cosas así en los artículos de Reverte pero por desgracia también había escrito sobre ello y temía no sólo volver sobre sus pasos, sino no aprender nada de ello. Así que decidió darse un pequeño respiro e improvisar. Tal vez Chávez pudiera resultar un gran tema sobre el que escribir. ¿Quién sabe? A lo mejor el personal estaba receptivo y se podría meter entre pecho y espalda una perorata sobre Bolívar, Pizarro o alguno de los genocidas que camparon a sus anchas por Sudamérica en esos primeros años de cristianización del continente americano, en busca de la gloria del impero y de la suya personal, incansables tras el mítico Dorado.

¿Qué contar de Chávez? Algunos amigos suyos elogiaban su persona, lo lloraban e incluso echaban de menos la figura de un Chávez local. El pistolero pasaba. Le daba lo mismo. Ahora estaba muerto y pronto sería polvo. Es ley de vida. A los muertos es mejor dejarlos tranquilos, pero el pistolero era incapaz de dejarlo estar, al menos en su fuero interno. El debate había comenzado en sus entrañas y las cartas estaban todas sobre la mesa, aunque todavía nadie se hubiese molestado en darles la vuelta. El difunto encajaba perfectamente en el perfil populista que tanto gusta a los socialistas, ya sean de verdad o de boquilla. El comandante había quitado de la pobreza a muchos compatriotas y había nacionalizado en tiempo récord gran cantidad de los recursos naturales y económicos de su país, lo que, nos guste o no, es siempre algo positivo. Había plantado cara al gigante norteamericano y eso también había sido meritorio. Hugo incluso había llegado a ganarse la tirria del Borbón y también eso era de admirar, aunque no resultaba suficiente. No al menos para los criterios del pistolero. No por haber luchado contra Hitler era uno buena persona. Ese era el problema (uno de los muchos) de los acérrimos comunistas. Stalin había sido tan genocida o más que el propio Adolfo pero, como son las cosas, mucha gente sigue llevando chapas y llaveros del infame Joseph sin que nadie se atreva a procesarlos. Y eso que su sucesor, el amigo Kruschev (o Jrushchov, como ustedes prefieran), se encargó de llamarle de todo menos bonito en aquel famoso discurso del sesenta y tres.

Antes de continuar, el pistolero echó un vistazo por la ventana y se sorprendió al ver que la lluvia había remitido, y de inmediato volvió a depositar toda su atención en el procesador de textos. En el reproductor de audio sonaba Queen. La famosa canción de la aspiradora. ¿Recuerdan? Un último vistazo por la ventana y al tema. Habíamos dejado al pistolero pensando en Chávez, Stalin y Kruschev, aunque fuese Hitler el que había llevado una existencia más paralela a la del comandante. Para empezar ambos habían tratado de sentar sus posaderas en el trono presidencial mediante la sana costumbre del golpe de estado. Ambos se habían pasado por la cárcel, condenados a dos añitos de reflexión, tras los cuales se dieron cuenta de que la violencia no era el camino. No al menos a la vista de todo quisqui. Huguito y Adolfito, Adolfito y Huguito salieron de la trena con cara de buenos niños, prometiendo portarse bien. Nada más lejos de la realidad. En cuanto pudieron (ambos tardaron más o menos lo mismo, unos seis años; otro dato curioso, ¿verdad?) se alistaron en el partido subversivo de turno y asaltaron el poder, de forma más o menos ordenada, legal y, digámoslo todo, con el apoyo de las urnas. Ya los tenemos mandando.

Ahora Hugo y Adolfo mandan en sus respectivos. Ambos habían atacado la república pero ambos supieron aprovecharse del sistema y consiguieron sentar sus, ahora sí, felices traseros en el rojo terciopelo de los sillones presidenciales. Pero lo jodido viene ahora. Gobernar. Ambos prometieron pan al hambriento y ambos cumplieron su promesa. Ambos acabaron también con las libertades individuales de sus pueblos. Y es que ni a Chávez ni a Hitler le molaba mucho la oposición ni los medios de la misma. No seamos ahora más papistas que el Papa al decir que tanto uno como otro acabó ordenando su nochecita de los cuchillos largos, ya que en el caso del venezolano apenas se han podido constatar los hechos ni hay literatura fiable al respecto. Pero sigamos. Habíamos dejado a nuestros amigos dando pan a los pobres y coartando las libertades individuales del personal. ¿Periódicos disidentes? Fuera. ¿Radios poco o nada afines al régimen? A hacer gárgaras. ¿Queréis sindicatos? A la porra con ellos. Y mientras tanto la moneda de unos y de los otros no vale ni para limpiarse el culo, la inflación subiendo como la espuma y cada vez los discursos más encendidos, contra el culpable judío uno y contra el pertinaz capitalista el otro que, aunque ambos con cierta razón, no era para ponerse así, hombre.

A la mente del pistolero volvió la idea de los polos opuestos. De las energías encontradas, de las posiciones irreconciliables. De nuevo pensó en Hitler, en Stalin, en Franco y en la madre que los parió a todos. Pensó en lo curioso que resulta la visión que tiene la gente y la historia de uno u otro líder político, guerrillero o mesías de turno según esté de uno y otro lado. A veces, se dijo, resulta incluso fácil. Miren sino el caso de Mussolini. No cree el pistolero que haya nadie que se haga estampitas con la figura del Duce, por muy descerebrado que sea. Le sorprende, sin embargo, lo bien parado que ha salido de la historia el hijo puta de Stalin (al menos eso sucede a veces cuando alguien saca el tema) y lo mal parado y escocido que ha salido de la misma uno de sus grandes hijos, Napoleón Bonaparte. El corso, pensó el pistolero, tuvo muy mala suerte al mantener a su lado a gentuza como Murat o al infame hijo de puta de Talleyrand. El resto, lo hizo todo de puta madre. ¿No están de acuerdo? Echen un vistazo a los semáforos, a la arqueología, al numerado de las calles, divididas en números pares e impares según la acera de la misma, a la mayoría de las constituciones europeas (basadas en el código Napoleónico), a la separación de iglesia y estado, la aconfesionalidad de Francia, a la Academia de Ciencias francesa y a toda la porrada de progreso que ha traído el pequeño corso. La madre que lo parió, pensarán muchos. Gente que no se ha leído un libro en su puta vida, pensarán otros.

El pistolero abandonó de golpe sus pensamientos. Tenía mucho trabajo pendiente y aún tenía que pensar en algo que poder ofrecerles a los Erizos del club de lectura. Les había propuesto escribir una historia en común pero lo cierto es que estaba completamente desubicado. Tal vez lo más sensato sería dejar que los muchachos le propusiesen un tema sobre el que escribir y a partir de ahí tirar millas. No, se dijo. Voy a sorprenderlos. Creo que lo mejor será regalarles algo en forma de relato. Tal vez… Sí. Ya lo tenía. Echó un nuevo vistazo por la ventana y un esplendoroso rayo de sol le cruzó el rostro. Se puso a escribir de inmediato.

jueves, 24 de enero de 2013

LA HIJA DE NAPOLEÓN

Inspirado en "Una mujer de treinta siglos", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/UKVUIm9m
Inspirado en "Una carta de 1588", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/rsn7F4yL

Por todos es conocida la trayectoria vital del precoz general de artillería que en un principio aceptó el puesto de Primer Cónsul Vitalicio de la República Francesa (título que ya se las traía, pero bueno…) y que más tarde se auto coronó Primer Emperador de Francia, así que no nos detendremos demasiado en el buen corso. Decir únicamente que el nacimiento de su hija data de sus campañas en Egipto, allá por el año 1798, trece años antes de que su segunda esposa, María Luisa de Austria, pariera a su único hijo varón, el segundo de los Napoleones. Sepa también el escéptico lector que su hija vive todavía entre nosotros, pero no adelantemos acontecimientos.

La primera esposa de Napoleón Bonaparte jamás atendió por Josefina hasta que se le metió entre ceja y ceja a su segundo marido, ya que toda la vida de dios se había hecho llamar Rosa o, más familiarmente, «Yeyette» —si a alguien le place puede buscar el significado del palabro (debe sonar algo así como el famoso «ye-yé» de la Conchita Velasco) y compartirlo con todos nosotros—, hasta que se desposó en primeras nupcias con el vizconde de Beauharnais, allá por el año 1780. Los dos hijos del matrimonio Beauharnais fueron criados en los albores de la Revolución Francesa y durante el reinado del «Terror» el vizconde fue guillotinado y a la pobre Josefina le faltó el canto de un duro para acabar como su solícito marido. El resto ya todos lo conocemos bien. Rosa pasa a ser Josefina (para mayor deleite del Gran Wyoming) y las idas y venidas del teniente húsar Hippolyte Charles del número 6 de la Rué Chantereine trastornan poco a poco al joven general corso. Hasta que vuelve de Egipto y todo cambia.

Napoleón y Josefina llevaban unos años intentando tener un hijo, pero no había manera. Bonaparte pensaba que si la expedición de Egipto se demoraba más de lo deseable, muchos de sus oficiales querrían tener a su lado a sus esposas y amantes, y él mismo soñaba con llevarse al Nilo a Josefina y trajinársela a base de bien, pero una vez más los ingleses se iban a encargar de poner pequeñas chinas en las botas de media caña del general de artillería. Entre las putaditas que llevaron a cabo los ingleses se encontraba la difusión de una melodramática carta de Napoleón dirigida a Josefina e interceptada por el Almirante Horacio Nelson. La prensa sensacionalista inglesa (¿acaso han tenido de otro tipo?) tildaba al general francés (Napoleón había nacido en Córcega pero se sentía más francés que Luis de Funes o que Jean Reno y, por supuesto, mucho más que el Gerard Depardieu) de lloromica y meapilas (llevaban algo de razón, pero sólo con respecto al tono de las epístolas que le enviaba a su esposa), algo que no sentó nada bien al Sire, que en la guerra el corso era de los que los tienen bien puestos.

Cuando Napoleón regresó de Egipto las cosas con Josefina se arreglaron, aunque a medias. El nuevo cargo de Napoleón como Primer Cónsul Vitalicio le da a su matrimonio la estabilidad que le faltaba, pero el vientre de Josefina jamás pudo volver a engendrar. De esta época data el nacimiento de su inmortal hija. ¿Les apetece saber cómo fue? Veámoslo.

Napoleón y Josefina pasaban los veranos en un bonito apartamento de Plombiéres, en dónde ésta tomaba profusamente las aguas de la zona, con la esperanza de poder concebir. Josefina era propensa a las jaquecas y cada vez con mayor frecuencia demandaba al médico de Napoleón, un tal Corvisart, las píldoras que la curasen. Josefina decía de estas estupendas píldoras que obraban milagros, pero lo cierto es que el buen doctor sólo suministraba a la esposa del Sire unas pequeñas migas de pan envueltas en papel de plata, quién sabe si por orden del general galo. Cierto día el balcón del apartamento se desplomó y Josefina se precipitó al suelo desde una altura de unos cuatro metros, causándose importantes heridas internas, lo que acabaría por impedirle concebir un hijo con Napoleón. Josefina se deprimió sobremanera y se enclaustró en una antigua afición que había adquirido en su Martinica natal: el cultivo de rosas.

Josefina deseaba que sus rosas durasen más tiempo, ya que a los pocos días se marchitaban y, como mucho, florecían durante apenas un día o dos. Rosa se dedicó en cuerpo y alma al cultivo de más de doscientas especies y finalmente logró cruzar una variedad de rosa de la Provenza con un espécimen de rosa traído de la China, de notable vigor y famoso por la fuerza de sus ejemplares. Acababa de nacer la rosa «té». Ésta era mucho más pálida que la erótica rosa provenzal, pero resultaba ser mucho más duradera y podía florecer durante semanas. A partir de la rosa «té» Josefina consiguió por fin crear el híbrido perfecto, que combina la robustez asiática con el aroma y presencia embriagadores de la variedad transalpina. Josefina había traído al mundo a su segunda hija y aunque Napoleón Bonaparte lo ignoraba, había dado al Sire un hermoso y robusto sucesor.

martes, 15 de enero de 2013

EL ASPIRANTE (SOLUCIÓN)

Inspirado en "Corbatas de toda la vida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nqkIfJGh

El profesor de matemáticas y el pésimo escritor de novelas (Mike opinaba que no vendería ni un solo ejemplar de su nueva novela si pensaba escribirla del mismo modo en que se había estado documentando) se apresuraron a explicar sus postreras y extemporáneas internadas en el despacho de Peter Mallory, el difunto director adjunto del UAT. El primero en hablar fue el matemático. Aseguró haber vuelto únicamente en busca de unos papeles que había dejado olvidados en el despacho de Peter Mallory. El bibliotecario corroboró su historia y a continuación todas las miradas se dirigieron hacia el escritor de novelas. En este punto el vendedor de seguros afirmó que Peter Mallory seguía con vida cuando él había entrado en el despacho del director adjunto, por lo que el escritor tampoco había sido quién se había cargado al director adjunto.

—¡Basta ya! —exclamó Mike—. Ya he tenido bastante. Ignoro si los números primos le han permitido al señor M dar con una solución al problema de Fermat…

—Teorema —corrigió el matemático.

—Me importa una mierda —Mike estaba furioso—. Tengo mis dudas acerca de usted, señor M. Ahora bien, no albergo ni una sola acerca de las declaraciones del escritor y del bibliotecario. Dejen que las revise, señores.

Los cuatro sospechosos y la señorita Alison Moran habían permanecido hasta entonces arremolinados en torno a Mike Phobes, atendiendo solícitamente a sus ruegos y peticiones, mientras los dos agentes del UAT y el forense se cuidaban de custodiar el cuerpo de Peter Mallory. Ahora reinaba en el despacho del director adjunto un silencio sepulcral e incluso los agentes del UAT se disponían a escuchar las elucidaciones que Phobes estaba a punto de llevar a cabo.

—En primer lugar tenemos a un escritor, del que por cierto no he oído hablar, que dice haberse documentado acerca de la vida infante de Napoleón Bonaparte. Y tiene la poca vergüenza de decirnos que Napoleón, el Corso, había nacido en la frontera franco italiana. Me parece de traca. Creo que su absurda declaración ha tenido desde el principio el único objeto de alejarlo de toda sospecha, siendo tan nítida su desfachatez que difícilmente hubiera sido posible considerarlo ni siquiera sospechoso, habida cuenta que tanto él como el vendedor de seguros eran las últimas personas que habían visto a Peter Mallory con vida. Luego aparece un bibliotecario que dice estar interesado en restaurar un extraño volumen firmado ni más ni menos que por el mismísimo Sócrates. «Ya saben, el filósofo». Esas fueron sus palabras exactas, ¿no es cierto, señor B?

El bibliotecario miraba resentido a Mike Phobes, que lo contemplaba detenidamente. Phobes Continuó.

—Sócrates no ha escrito ningún libro, ¿verdad señor B? —preguntó tranquilamente.

—No —respondió el bibliotecario—. Sólo trataba de impresionar al director adjunto.

—Lo intuía. Ahora bien, ¿querrá usted, señorita Moran, confirmarnos a todos una pequeña sospecha que tengo?

Allison Moran contemplaba entretenida toda la escena. Realmente se estaba divirtiendo al ver cómo Mike Phobes hacía a la perfección el papel de detective belga. Allison pensó que hasta tenía sus propios ojos verdes. Ojos de gato.

—Por supuesto, señor Phobes —Allison accedió.

—Díganos, Allison. ¿La cita del vendedor de seguros había sido cambiada en una o varias ocasiones a lo largo de la semana?

—Sí —contestó la secretaria—. Pero, ¿cómo puede haberlo sabido?

—Lo he intuido. Si los hechos no se amoldan a las teorías, deben amoldarse éstas a los hechos. Y lo cierto es que si nos permitimos creer por un instante que el señor Mallory no esperaba o no recordaba la visita del señor V, todo concuerda. La cosa ha ido así, más o menos.

»El matemático, el escritor y el bibliotecario han ido desfilando por el despacho del director adjunto desde las nueve y media de la mañana hasta aproximadamente las once menos cuarto. El asesino y su cómplice debían actuar antes de las once de la mañana, hora en que el asesino sabía que yo iba a presentarme en el despacho de Peter Mallory. Pero me temo que usted, señor M, lo complicó todo, volviendo al despacho de Peter en busca de esos papeles olvidados. El asesino había olvidado la postrera visita del vendedor de seguros y, junto con su cómplice, dispuso el asesinato, que no podía dilatarse más en el tiempo. Y bien, como ya saben, las prisas son malas consejeras.
 
—No entiendo nada, señor Phobes —dijo la secretaria.

—Es muy sencillo, señorita Moran. ¿Cuáles son las dos últimas personas que han visto con vida al señor Mallory?

—El escritor y el vendedor de seguros —respondió Allison.

—Entonces ellos son el asesino y el cómplice —dijo el matemático. Dos y dos…

—Se equivoca usted —repuso Mike—. El cómplice está entre ellos. Pero no el asesino.

—¿Cómo? —parecieron exclamar todos al unísono.

—Les he dicho antes que se olviden ustedes del vendedor de seguros. Él no debería haber estado aquí. No al menos en los planes de nuestro asesino. ¿No es así, Peter Mallory?

Todos los presentes se quedaron con la boca abierta. Peter Mallory se había levantado y se estaba deshaciendo el nudo de la corbata. —Maldita sea, E, lo has apretado a conciencia —el escritor parecía orgulloso del four-in-hand que le había hecho al director adjunto. Todavía estupefactos, el pequeño corro que ahora se arremolinaba alrededor del resucitado Peter Mallory continuó atento a las explicaciones de Mike Phobes.

—Sospeché que algo raro ocurría cuando vi que tu elegante traje beige no pegaba nada con esa corbata chillona. Deberían prohibir el azul celeste en tan regia prenda, ¿no le parece, señor E?

—¿A mí que me dice? —preguntó el escritor.

—Se lo pregunto a usted porque esa corbata es suya. Y es horrible, perdone mi sinceridad, se lo ruego —Mike Phobes continuó con su disquisición—. Usted y Mallory lo habían planeado todo pero a última hora les entraron las prisas, y el inesperado retorno del profesor de matemáticas y la relegada cita con el vendedor de seguros lo acabó por precipitar todo. Usted, Mallory, trató de quitarse la corbata para que el señor E pudiese usarla como soga y ahorcarlo, pero olvidó que el nudo Pratt con el que suele anudar sus corbatas no se deshace por completo al tirar del extremo más estrecho de la corbata, sino que deja un pequeño e incómodo nudo —todos seguían, embobados, el relato de Mike.

»Consciente del tiempo que le haría perder ese incómodo nudo, el señor E tomó la corbata del señor Mallory y le cedió a éste su propia corbata, anudada con un sencillo four-in-hand. Éste ha sido uno de los errores que han cometido. Al iniciar la ronda de declaraciones, el señor E llevaba su corbata anudada con un medio Windsor. Pero ¿por qué semejante nudo, excesivamente grueso, para tan estrecha corbata? La respuesta resulta obvia. El señor E trataba de ocultar la fastidiosa marca que el director adjunto había producido en la corbata cuando trató de deshacer un nudo imposible de descomponer.

—Mike, hijo —Peter Mallory se mostraba abstraído—, ¿cómo encaja en su teoría la presencia del vendedor de seguros? Declaró haber estado en mi despacho durante unos diez minutos.

—Si no me equivoco —continuó diciendo Phobes— yo diría que el vendedor de seguros aprovechó muy bien esos diez minutos. ¿No es así, señor V?

—No sé a qué se refiere usted, señor —repuso el vendedor.

—Usted era, señor V, la única pieza (junto con el inoportuno regreso del señor M) que no estaba bajo el control del señor Mallory. Yo diría que durante esos diez minutos estuvieron ustedes discutiendo el precio en metálico de su silencio, aunque yo me inclinaría más bien por la promesa del director adjunto de firmarle uno de esos seguros que usted vende. ¿Voy bien?

—Perfectamente, Phobes —concedió el director adjunto—. Un trabajo soberbio, agente. Pero, ¿quiere hacerme creer que ha resuelto usted un caso de asesinato basándose en los nudos y colores de nuestras corbatas? La verdad, no sé muy bien qué creer.

—Gracias, jefe. Pero no lo he resuelto gracias a las corbatas. Ellas se han limitado a confirmar mi primera hipótesis.

—¿Y cuál es su primera hipótesis, Phobes? —preguntó concernidamente el director adjunto.

—¿Puedo hablar con sinceridad, jefe? —Mike parecía estar divirtiéndose.

—Adelante, Phobes.

—Bien. Mi primera hipótesis es que usted es gilipollas, jefe. No se ofenda.

—¡Como dices!

—Obtuve la prueba definitiva en el instante en que el forense le dio a usted la vuelta, señor, revelando su burdo intento de deshacerse del pañuelo de seda que acompaña a su corbata roja. ¿De qué otra manera iba usted a intercambiar su corbata con el escritor de novelas y olvidarse del pañuelo? —Todos miraban incrédulos el trozo de pañuelo rojo que Peter Mallory se había introducido en la manga izquierda de su traje y que asomaba colgando de su brazo, acusándolo formalmente de su gran estupidez.

—Está bien. Que todo el mundo vuelva a su puesto de trabajo —ordenó el director adjunto—. Usted, Moran, tramite el formulario de ascenso del agente Phobes. Y usted, amigo —dijo mientras se dirigía al vendedor de seguros—, va a tener que volver mañana. De todas formas, ¿a dónde cojones pensaba ir con el formulario de un seguro de vida? Yo sólo quería hacerme un maldito seguro dental. «Puñeteras muelas», masculló.

martes, 23 de octubre de 2012

FRANCO Y HITLER: ESOS LOCOS BAJITOS

Inspirado en "Dunkerke y Melilla (por ejemplo)", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/C8XkyerP

Tal día como hoy, el 23 de Octubre de 1940, se reunían en Hendaya, en la estación de trenes de la localidad fronteriza francesa, dos pequeños pero matones dictadores. Dos grandísimos hijos de puta, oiga. Dos pobres hombres que habían venido a este cruel mundo con un solo cojón y, claro, aprovechaban cualquier ocasión para que el personal no se percatase de su falta de huevos.

Aquella reunión de Hendaya no sirvió para nada. Cada uno de ellos se subió al famoso vagón del «Erika» —en el que había llegado Adolfo desde París, unos minutos antes de que se presentase el Generalísimo— con un monólogo preparado y de ahí no hubo dios que bajase de la burra a ninguno de los angelitos. Y eso que días antes habían mandado a sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer y Joachim von Ribbentrop, el mismo que un año antes había firmado con su homónimo ruso el famoso Pacto Ribbentrop-Molotov. Famoso por ser un pacto de mentirijillas, ya se sabe.

Para simplificar mucho la cosa diremos que Hitler pretendía que Franco diera al Tercer Reich el visto bueno para invadir la estratégica Gibraltar (planeada para el 10 de enero de 1941) y que cediese una isla en Canarias y otra en Guinea Ecuatorial, por eso de la supremacía naval. Quería también establecer una o dos bases militares en territorio español. Franco, por su parte, se tiró de la moto e imploró al führer que le cediese media África septentrional y un cachito de Francia. Si más tarde Hitler se hacía con Gibraltar, Franco también se la pedía.

Franco sabía que Gran Bretaña no estaba vencida y que Estados Unidos pronto entraría en la contienda, así que echó para atrás el deseo de Hitler de tomar el Peñón. El führer, por su parte, no quería enemistarse con Petain ni con Mussolini, así que lo de ceder los citados terrotorios a España, como que no. Lo cierto es que Hitler habría podido darle a Paco lo que el Generalísimo le hubiera pedido, sin temer para nada lo que por un lado el traidor de Petain o el teatrero de Mussolini —ya os hablaré de este pájaro en otra ocasión, que da para mucho el tío— dijeran o dejaran de decir. Porque hay que ver lo inútiles que salieron los muchachos.

El gabacho ya se había bajado los pantalones ante Hitler unos meses antes, en el mismo vagón en el que Alemania había firmado los armisticios de 1918. Durante años los franceses anduvieron paseando el vagón por todo París, pavoneándose del amaño que habían hecho firmar a von Hindenburg, para dejarlo en 1927 en un museo. Hitler lo mandó quitar del museo y allí firmaron el armisticio de 1940 él y el amigo Petain. Acto seguido mandó volar el vagón. Luego Petain condenaría a muerte a Charles de Gaulle, emigrado a Inglaterra, aunque ya se sabe, luego De Gaulle volvió triunfal a Francia e incluso perdonó la vida de Petain, condenado a muerte por alta traición. Hoy De Gaulle tiene un aeropuerto y el Petain sigue sin tener vergüenza.

Hitler también quiso encontrarse con Winston Churchill y proponerle un apaño bastante guapo, en palabras del bigotudo. Hitler dejaría a Inglaterra y a su Commonwealth que piratease por los mares de todo el mundo (bueno, por el Mar del Norte y poco más) siempre y cuando el formidable gordito dejara que Hitler campase a sus anchas por toda Europa, algo que ya casi pudo hacer el solito. Churchill tubo que soportar ver como ardía su querida Londres, noche tras noche, durante 86 interminables jornadas. Y es que Hitler sabía como presionar a la peña.

Franco terminó por mandar a la famosa División Azul a luchar contra el enemigo comunista aunque, eso sí, los disfraces y los juguetes los ponía Alemania. Mussolini acabó colgado por las patas de atrás, junto con su última amante, en una gasolinera de Milán. Le dieron tantas hostias que al final se le hinchó la cara como una pelota de baloncesto. En cuanto a Churchill, mandó a tomar por el culo a Hitler y guió a los aliados a la victoria. Más tarde recibió el Nobel de Literatura por contarnos cómo había sido eso de la Segunda Guerra Mundial, exactamente por "su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos". No dejen, si tienen ocasión, de acercarse a la obra de Sir Winston Leonard Spencer-Churchill. Merece la pena.

lunes, 8 de octubre de 2012

EL MAYOR GOL DE LA HISTORIA


Inspirado en "Cuartos de final en Goes", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/GPtDcHwA

Aprovechando la coyuntura de un nuevo «partido del siglo» —y ya van unos cuantos— entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid Club de Fútbol me permito hoy desempolvar un viejo capítulo de nuestra historia, recordándoles un soberbio gol. Tal vez no haya sido un tanto de la más bella de las facturas, pero eso sí, está considerado como el mayor gol de la historia. No hablo del emotivo gol de don Andrés Iniesta en Johannesburgo, que hizo campeón al equipo español, ni de aquel majestuoso zapatazo de Zinedine Zidane en la final de aquella Copa de Europa del 2002, la Novena de los madridistas. Ni siquiera voy a hablarles del gol de Dios, aquel que le marcó Diego Maradona a los perros de Albión, eso sí, con la manita. Aunque tengan mucho que ver los ingleses en esta historia. Pasen y vean.

Corría el año 1700 cuando se moría, el día de todos los santos, el último miembro de la rama española de los Austrias, Carlos II, hijo de Felipe IV. El tal Carlos fue llamado el «Hechizado», aunque un apodo menos condescendiente y más ajustado a la realidad hubiese sido «memo» o, directamente, «mentecato». Lo cierto es que el pobre hombre no tuvo la culpa de que sus antepasados con lazos de consanguinidad se hubiesen pasado los años fornicando entre sí, obteniendo como resultado al malpocado regente que, por cierto, era más feo que un pecado. A decir verdad, hasta aquí no hay mayor problema. Que se muere Carlos II, pues que ocupe el trono su hijo y santas pascuas. Ah, que no tuvo hijos. Bueno, entonces que lo ocupe un miembro de la casa real austríaca y todos contentos —por aquella época ni siquiera existían aspiraciones republicanas como tal, aunque el respetable ya llevaba tiempo con los cojones hinchados de tanto rey hijo de la grandísima puta—. Pues tampoco, porque Carlitos decide nombrar como sucesor a un sobrino-nieto suyo, un franchute que pronto sería conocido como Felipe V. Ya la tenemos liada.

No se me pierdan, que ahora viene lo bueno. El trono de España es reclamado por austríacos y franceses, que gozan del apoyo de parte de las tropas españolas, los fieles a Felipe V. Como los galos siempre se han llevado de pena con todo dios, entre las filas fieles al archiduque Carlos se encuentran Portugal, el Reino de Gran Bretaña, Saboya, el Sacro Imperio, Prusia y las Provincias Unidas (hoy Holanda). La Guerra de Sucesión Española estaba servida, y no vería su fin hasta que en 1713 se firma el archiconocido Tratado de Utrecht.

Los dos bandos se dieron de hostias en tres frentes: en Flandes y el Rin, en el frente italiano y por supuesto en la península ibérica. De la campaña española data la toma de Gibraltar por parte de los ingleses. El 4 de Agosto de 1704 arribó a la bahía de Algeciras una flota de navíos ingleses y holandeses compuesta por unos 12.000 hombres y 1.500 cañones, que debieron hacer frente a los casi 80 soldados borbónicos, 300 milicianos mal preparados y 120 cañones, 40 de ellos inservibles. Aún así, Gibraltar aguantó unas cinco horas de bombardeos, hasta que un batallón de 350 soldados catalanes, hartos de tanta bomba y tanta hostia, saltaron de los barcos e iniciaron el asalto terrestre. Desde entonces se conoce a la playita en donde desembarcaron como «Catalan Bay».

La trifulca se termina, como hemos dicho, con la firma del Tratado de Utrecht, en 1713. Todos ganan. Austria obtuvo parte de los Países Bajos católicos y varias posesiones en Italia, a cambio de renunciar al trono español. Francia gana el trono de España para Felipe V, que se convierte así en el primer Borbón español, aunque pierde importantes posesiones en favor de Inglaterra, que se hace con Terranova, la Acadia, la isla de San Cristóbal en las Antillas y la bahía de Hudson. Inglaterra es la gran vencedora, que obtiene de España no sólo Gibraltar sino también Menorca, confirmando así su supremacía en el Mediterráneo y en las rutas de comercio, gracias a sus privilegios en el mercado de esclavos, mediante el «derecho de asiento».

España también ganó. Ganó a un acérrimo monarca, que entre sus grandes virtudes contaba con la mayor de las destrezas negociadoras. Vean si no. Los ingleses, años después de lo de Utrecht permitieron recobrar Gibraltar. Jorge I de Inglaterra propuso a Felipe V recuperar el Peñón, siempre y cuando el obstinado Borbón interrumpiera el asedio de Sicilia. El regente con el reinado más longevo de España insistió en Sicilia y declinó la oferta del primer monarca de la casa de Hanover de Inglaterra e Irlanda.

Pero aún hay más. El Príncipe-Elector del Sacro Imperio Romano Germánico propuso de nuevo al monarca Borbón recuperar la soberanía de Gibraltar a cambio de parte de la isla española de Santo Domingo. Otra vez nones. El monarca español (francés, no lo olvidemos) dijo que antes muerto, que de eso nada. Se tuvo que tragar sus palabras cuando fueron los propios franceses los que arrebataron Santo Domingo a la corona española. Al final ni una cosa ni otra. En Sicilia se habla italiano y en Gibraltar español. ¡Ah, no! ¡Que se habla inglés, tú!

Lo dicho, que a los españoles nos han colado un buen gol. Y ahora espérate a que la UEFA (con otro gabacho al frente) no nos cuele otro y acceda a conceder a Gibraltar permiso para jugar competiciones europeas. A más de uno iba a darle la risa. Otros en cambio estarían muy orgullosos al ver eso de Gibraltar - Español. Aunque el mayor gol de la historia nada ha tenido que ver con Gibraltar ni con su soberanía, sino con las reales posaderas del Borbón, que ya lleva entre nosotros 300 años. Y decir que no ha salido ni uno bueno.