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sábado, 16 de febrero de 2013

CARLITOS



Inspirado en "Colmillos en la memoria", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/OZ4uTMeH

Nos cuenta don Arturo esta semana la historia de Sherlock, un bonito can que se ha llevado a casa procedente de la perrera y a mí me tocaría, en justicia, narrar una bonita e incluso curiosa historia acerca del nombre del perro, o hablaros de una famosa batalla que tuvo lugar muchos años atrás muy cerca de la región de dónde es oriundo el cánido. Podría llegar incluso a tejer para vosotros una intrigante y peliaguda historia con Holmes como protagonista, escoltado siempre por el buen doctor Watson, pero no me da la gana. Resulta que ya he escrito este año cuatro historias sobre perros y no hace demasiado tiempo que hemos estado de visita en el 221B de Baker Street, así que de momento creo que podremos posponer una cosa y otra. Planeo mezclar ambas cosas en un futuro no muy lejano, pero creo que me irá bien dejar que entretanto pase un poco de tiempo. Así que, después de todo, os preguntaréis, ¿de qué cojones va a hablarnos hoy este capullo? Pues hoy os voy hablar de Carlitos. 

Nos pasamos por casa de Carlos por la tarde, después de un obligado y placentero paseo (todo hay que decirlo) por un parque local, luego de meternos entre pecho y espalda media tonelada de cocido gallego (ni madrileño ni pollas, ¡gallego!) y bastantes más filloas de las que debiéramos. El caso es que siempre que nos juntamos en casa de Carlos nos lo pasamos de puta madre o, como diría un cursi, pipa. Inmediatamente nos pusimos a ver videos en el youtube (como casi siempre), empezando por los magos y mentalistas de moda. Y claro, para variar, nos partimos el culo. Como siempre que vemos videos en youtube. O una película o un documental. Para el caso es lo mismo, vaya.

No es que el mago o el mentalista fuesen graciosos ni mucho menos (el mago tiene pinta de enfermo; de mal nutrido y de algo más) pero, como siempre pasa en estos casos, el personal tiene más gana de cachondeo que de otra cosa. Y es que resulta imposible ver nada con Carlos sin que uno se descojone. En cierta ocasión casi nos meamos de la risa intentando ver Terminator. Sí, Terminator. ¿Recuerdan la escena de la persecución a toda hostia por la ciudad, con los coches hechos polvo? Pues Carlos y el cabrón de mi hermano no paraban de fingir una supuesta conversación entre el T800 y el padre de John Connor (no le he jodido la peli a nadie, ¿verdad?), en dónde uno le pedía al otro (a tiros, eso sí) los papeles del seguro. Volví a darles otra oportunidad con El Exorcista, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Tengo peor presencia de este episodio pero recuerdo perfectamente que tuvimos que ver la escena de la papilla de guisantes unas quince veces, a santo de los malos modales de la niña y de lo derecha que andaría con unas buenas hostias. En fin, que cuando no se puede, no se puede.

Lejos de quedarnos flipados con los prodigios de los prestidigitadores (que también, oiga), nos moríamos de risa comentando todas y cada una de las jugadas de los amigos que salen en Discovery Max. Y es que el hipnotismo da mucho juego. La gente parece de trapo en manos de estos julais, y la verdad es que los trucos son buenos de cojones, aunque a los productores ya les vale. Yo entiendo que la gente tiene que dejarse llevar por el mago y que eso de distraer la atención es punto vital, pero lo cierto es que la mitad de la peña a la que le hacían los trucos parecía bebida. Y mucho.

Un poco hartos ya del mago y del mentalista decidimos cambiar de tercio. Para bien. Se nos ocurrió buscar videos graciosos (seguimos en youtube, no se me despisten) y claro, al final acabas viendo siempre los mismos videos (súper graciosos, eso sí) de tortazos y de caídas. Hasta que dimos con la tecla. Atención. Buscad esto en el youtube, amigos: “driving russia”. Da igual que lo busquéis en castellano, en inglés o en ruso, hay vídeos para parar un tren. Y te meas de risa. Garantizado.

En este último tramo de nuestra improvisada “jam session” de youtube nos descojonamos con las hostias y leñazos que se meten en Rusia, que son para verlas, insisto. Y la verdad, ahora entiendo aquella noticia que no hace tanto tiempo vi referida en un noticiario y que decía que en Rusia ahora es moda llevar una cámara adosada en el salpicadero. Por lo visto hay hostias cada dos por tres y buena falta les hace para los juicios. Hay de todo. Medianas que se pasan por el forro, Fitipaldis a doscientos por la ciudad adelante, camiones volcados, adelantamientos por la derecha, por la izquierda, por arriba y por abajo. Coches, motos, camiones, autobuses y hasta reactores y helicópteros. Están que lo regalan estos rusos. Digo yo que irán todos borrachos porque no se entiende la terrible cantidad de accidentes que hay. Háganme caso, vean un par de videos y pártanse el culo.

Pensaba yo que después del test drive ruso ya no me quedarían ganas de reírme más pero estaba muy equivocado. Lo mejor estaba aún por llegar. Ya fuera de casa de mi amigo nos despedimos (ellos se iban a tupir de churrasco y nosotros lo haremos mañana) cuando oímos a una señora llamar a grito pelado a un tal Carlitos. Yo en principio miré a mi amigo Carlos pero inmediatamente me puse a buscar con la vista a un niño pequeño. Pero la sorpresa resultó mayúscula (y también la carcajada) cuando la señora dirigió sus gritos a un pequeño perro (de esos que por aquí llamamos lambeconas) llamado ¡¡Carlitos!! La madre que la parió, señora, ¿pero cómo se le ocurre llamarle al perro Carlitos? A mí me dio la risa y, sin poder contenerme, me descojoné de Carlitos, de su “madre” y de lo cruel que puede ser la vida, incluso para un pobre perro llamado Carlitos. Lo peor llegó cuando la mujer, en lo que sin duda pretendió ser un hermoso y maternal gesto, llamó al perro por su diminutivo. ¡¡Litos!! ¡¡Litos!! Os juro que el resto del camino lo hice pensando que me meaba.

martes, 15 de enero de 2013

EL ASPIRANTE (SOLUCIÓN)

Inspirado en "Corbatas de toda la vida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nqkIfJGh

El profesor de matemáticas y el pésimo escritor de novelas (Mike opinaba que no vendería ni un solo ejemplar de su nueva novela si pensaba escribirla del mismo modo en que se había estado documentando) se apresuraron a explicar sus postreras y extemporáneas internadas en el despacho de Peter Mallory, el difunto director adjunto del UAT. El primero en hablar fue el matemático. Aseguró haber vuelto únicamente en busca de unos papeles que había dejado olvidados en el despacho de Peter Mallory. El bibliotecario corroboró su historia y a continuación todas las miradas se dirigieron hacia el escritor de novelas. En este punto el vendedor de seguros afirmó que Peter Mallory seguía con vida cuando él había entrado en el despacho del director adjunto, por lo que el escritor tampoco había sido quién se había cargado al director adjunto.

—¡Basta ya! —exclamó Mike—. Ya he tenido bastante. Ignoro si los números primos le han permitido al señor M dar con una solución al problema de Fermat…

—Teorema —corrigió el matemático.

—Me importa una mierda —Mike estaba furioso—. Tengo mis dudas acerca de usted, señor M. Ahora bien, no albergo ni una sola acerca de las declaraciones del escritor y del bibliotecario. Dejen que las revise, señores.

Los cuatro sospechosos y la señorita Alison Moran habían permanecido hasta entonces arremolinados en torno a Mike Phobes, atendiendo solícitamente a sus ruegos y peticiones, mientras los dos agentes del UAT y el forense se cuidaban de custodiar el cuerpo de Peter Mallory. Ahora reinaba en el despacho del director adjunto un silencio sepulcral e incluso los agentes del UAT se disponían a escuchar las elucidaciones que Phobes estaba a punto de llevar a cabo.

—En primer lugar tenemos a un escritor, del que por cierto no he oído hablar, que dice haberse documentado acerca de la vida infante de Napoleón Bonaparte. Y tiene la poca vergüenza de decirnos que Napoleón, el Corso, había nacido en la frontera franco italiana. Me parece de traca. Creo que su absurda declaración ha tenido desde el principio el único objeto de alejarlo de toda sospecha, siendo tan nítida su desfachatez que difícilmente hubiera sido posible considerarlo ni siquiera sospechoso, habida cuenta que tanto él como el vendedor de seguros eran las últimas personas que habían visto a Peter Mallory con vida. Luego aparece un bibliotecario que dice estar interesado en restaurar un extraño volumen firmado ni más ni menos que por el mismísimo Sócrates. «Ya saben, el filósofo». Esas fueron sus palabras exactas, ¿no es cierto, señor B?

El bibliotecario miraba resentido a Mike Phobes, que lo contemplaba detenidamente. Phobes Continuó.

—Sócrates no ha escrito ningún libro, ¿verdad señor B? —preguntó tranquilamente.

—No —respondió el bibliotecario—. Sólo trataba de impresionar al director adjunto.

—Lo intuía. Ahora bien, ¿querrá usted, señorita Moran, confirmarnos a todos una pequeña sospecha que tengo?

Allison Moran contemplaba entretenida toda la escena. Realmente se estaba divirtiendo al ver cómo Mike Phobes hacía a la perfección el papel de detective belga. Allison pensó que hasta tenía sus propios ojos verdes. Ojos de gato.

—Por supuesto, señor Phobes —Allison accedió.

—Díganos, Allison. ¿La cita del vendedor de seguros había sido cambiada en una o varias ocasiones a lo largo de la semana?

—Sí —contestó la secretaria—. Pero, ¿cómo puede haberlo sabido?

—Lo he intuido. Si los hechos no se amoldan a las teorías, deben amoldarse éstas a los hechos. Y lo cierto es que si nos permitimos creer por un instante que el señor Mallory no esperaba o no recordaba la visita del señor V, todo concuerda. La cosa ha ido así, más o menos.

»El matemático, el escritor y el bibliotecario han ido desfilando por el despacho del director adjunto desde las nueve y media de la mañana hasta aproximadamente las once menos cuarto. El asesino y su cómplice debían actuar antes de las once de la mañana, hora en que el asesino sabía que yo iba a presentarme en el despacho de Peter Mallory. Pero me temo que usted, señor M, lo complicó todo, volviendo al despacho de Peter en busca de esos papeles olvidados. El asesino había olvidado la postrera visita del vendedor de seguros y, junto con su cómplice, dispuso el asesinato, que no podía dilatarse más en el tiempo. Y bien, como ya saben, las prisas son malas consejeras.
 
—No entiendo nada, señor Phobes —dijo la secretaria.

—Es muy sencillo, señorita Moran. ¿Cuáles son las dos últimas personas que han visto con vida al señor Mallory?

—El escritor y el vendedor de seguros —respondió Allison.

—Entonces ellos son el asesino y el cómplice —dijo el matemático. Dos y dos…

—Se equivoca usted —repuso Mike—. El cómplice está entre ellos. Pero no el asesino.

—¿Cómo? —parecieron exclamar todos al unísono.

—Les he dicho antes que se olviden ustedes del vendedor de seguros. Él no debería haber estado aquí. No al menos en los planes de nuestro asesino. ¿No es así, Peter Mallory?

Todos los presentes se quedaron con la boca abierta. Peter Mallory se había levantado y se estaba deshaciendo el nudo de la corbata. —Maldita sea, E, lo has apretado a conciencia —el escritor parecía orgulloso del four-in-hand que le había hecho al director adjunto. Todavía estupefactos, el pequeño corro que ahora se arremolinaba alrededor del resucitado Peter Mallory continuó atento a las explicaciones de Mike Phobes.

—Sospeché que algo raro ocurría cuando vi que tu elegante traje beige no pegaba nada con esa corbata chillona. Deberían prohibir el azul celeste en tan regia prenda, ¿no le parece, señor E?

—¿A mí que me dice? —preguntó el escritor.

—Se lo pregunto a usted porque esa corbata es suya. Y es horrible, perdone mi sinceridad, se lo ruego —Mike Phobes continuó con su disquisición—. Usted y Mallory lo habían planeado todo pero a última hora les entraron las prisas, y el inesperado retorno del profesor de matemáticas y la relegada cita con el vendedor de seguros lo acabó por precipitar todo. Usted, Mallory, trató de quitarse la corbata para que el señor E pudiese usarla como soga y ahorcarlo, pero olvidó que el nudo Pratt con el que suele anudar sus corbatas no se deshace por completo al tirar del extremo más estrecho de la corbata, sino que deja un pequeño e incómodo nudo —todos seguían, embobados, el relato de Mike.

»Consciente del tiempo que le haría perder ese incómodo nudo, el señor E tomó la corbata del señor Mallory y le cedió a éste su propia corbata, anudada con un sencillo four-in-hand. Éste ha sido uno de los errores que han cometido. Al iniciar la ronda de declaraciones, el señor E llevaba su corbata anudada con un medio Windsor. Pero ¿por qué semejante nudo, excesivamente grueso, para tan estrecha corbata? La respuesta resulta obvia. El señor E trataba de ocultar la fastidiosa marca que el director adjunto había producido en la corbata cuando trató de deshacer un nudo imposible de descomponer.

—Mike, hijo —Peter Mallory se mostraba abstraído—, ¿cómo encaja en su teoría la presencia del vendedor de seguros? Declaró haber estado en mi despacho durante unos diez minutos.

—Si no me equivoco —continuó diciendo Phobes— yo diría que el vendedor de seguros aprovechó muy bien esos diez minutos. ¿No es así, señor V?

—No sé a qué se refiere usted, señor —repuso el vendedor.

—Usted era, señor V, la única pieza (junto con el inoportuno regreso del señor M) que no estaba bajo el control del señor Mallory. Yo diría que durante esos diez minutos estuvieron ustedes discutiendo el precio en metálico de su silencio, aunque yo me inclinaría más bien por la promesa del director adjunto de firmarle uno de esos seguros que usted vende. ¿Voy bien?

—Perfectamente, Phobes —concedió el director adjunto—. Un trabajo soberbio, agente. Pero, ¿quiere hacerme creer que ha resuelto usted un caso de asesinato basándose en los nudos y colores de nuestras corbatas? La verdad, no sé muy bien qué creer.

—Gracias, jefe. Pero no lo he resuelto gracias a las corbatas. Ellas se han limitado a confirmar mi primera hipótesis.

—¿Y cuál es su primera hipótesis, Phobes? —preguntó concernidamente el director adjunto.

—¿Puedo hablar con sinceridad, jefe? —Mike parecía estar divirtiéndose.

—Adelante, Phobes.

—Bien. Mi primera hipótesis es que usted es gilipollas, jefe. No se ofenda.

—¡Como dices!

—Obtuve la prueba definitiva en el instante en que el forense le dio a usted la vuelta, señor, revelando su burdo intento de deshacerse del pañuelo de seda que acompaña a su corbata roja. ¿De qué otra manera iba usted a intercambiar su corbata con el escritor de novelas y olvidarse del pañuelo? —Todos miraban incrédulos el trozo de pañuelo rojo que Peter Mallory se había introducido en la manga izquierda de su traje y que asomaba colgando de su brazo, acusándolo formalmente de su gran estupidez.

—Está bien. Que todo el mundo vuelva a su puesto de trabajo —ordenó el director adjunto—. Usted, Moran, tramite el formulario de ascenso del agente Phobes. Y usted, amigo —dijo mientras se dirigía al vendedor de seguros—, va a tener que volver mañana. De todas formas, ¿a dónde cojones pensaba ir con el formulario de un seguro de vida? Yo sólo quería hacerme un maldito seguro dental. «Puñeteras muelas», masculló.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UNA DE SHERLOCK HOLMES

Inspirado en "El tornillo del Graf Spee", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/4xIburU2

—¡Watson! ¡Corra! ¡Venga aquí, pronto!

El buen doctor despegó furibundamente sus ojos de las crónicas de sucesos de «The Times» y trotó a través de la estancia que hacía las veces de salón en las dependencias que compartía con el mejor y más famoso detective de todos los tiempos, Sherlock Holmes. El médico se había licenciado del ejército de su graciosa majestad hacía ya unos cuantos años, y desde entonces se había ido a vivir junto con el excéntrico investigador, colaborando en los gastos de las habitaciones que compartían en el 221B de Baker Street.

Al fin ingresó en la habitación de su amigo. El aspecto de la dependencia era lamentable, como de costumbre. Sherlock Holmes se había encerrado en su cuarto un indeterminado día de la pasada semana, aprovechando el viaje que el doctor Watson había realizado al sur del condado de Kent, con motivo de una visita de cortesía. Desde entonces sólo la señora Hudson se había atrevido a entrar en las habitaciones del detective y, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se había permitido pasar más allá del quicio de la puerta. Ahora Watson entraba a tropel en el improvisado laboratorio del genio londinense.

—¡Holmes! Dígame, por favor. ¿Qué ha sucedido? —preguntó sin aliento.

—No se alarme, mi buen amigo —Sherlock Holmes estaba de pie sobre una sucia y húmeda alfombra, con gesto triunfal—. Al fin he podido extraer algo de provecho de mi investigación.

John Watson miraba receloso al tenaz alquimista que, ataviado con su habitual batín y acompañado de unas extrañas gafas de cristal, que cubrían una amplia superficie de su cara, le acercaba una silla al tiempo que le tendía cordialmente una mano para que tomase asiento. El tupé del detective permanecía sorprendentemente tieso, como si un resorte lo hubiese dejado en semejante postura. Su apariencia tenía además el mismo aspecto que el pavo asado de las pasadas navidades, que el propio Sherlock Holmes se había empeñado en preparar con la intención de sorprender al buen doctor, que se había limitado a decir «Lo ha conseguido, Holmes. Me ha sorprendido».

—¿Quiere hacerme el favor, doctor? ¿Le importaría probar esto? —Sherlock Holmes colocó delante del médico un plato de postre con alguna suerte de souffle cremoso, poco apetitoso, a juzgar por el aspecto del mismo. Ante la vacilona mirada de Watson, Sherlock Holmes aclaró el motivo de su petición— Verá, Watson. Creo que he inventado una nueva salsa. Deliciosa, como usted podrá comprobar de inmediato.

—Es que... —Watson trató de negarse pero le faltó convicción— Está bien. ¿Usted la ha probado, Holmes? No es que no me fíe, pero...

—¡Oh! Vamos, Watson. No sea usted gallina. Pruébelo sin miedo, sea buen chico.

Por fin se decidió a probar el soufflé, adornado con la misteriosa salsa, que parecía estar compuesta por dos salsas distintas mezcladas, tal y como se podía colegir de los tonos amarillento y verdoso de la misma. El doctor quedó prendado con el resultado y en su rostro se dibujó la misma expresión de satisfacción, perplejidad y orgullo que acostumbraba a mostrar cada vez que su compañero esgrimía sus lógicas y sesudas explicaciones, esclareciendo los múltiples enigmas e incógnitas que componían cada uno de sus casos, que sólo el genio de Sherlock Holmes era capaz de desentrañar.

—¡Bravo, Holmes! Es maravilloso. ¿Cómo lo ha logrado?

—Casi me da vergüenza admitirlo, pero el mérito es todo de la señora Hudson. Fue ella quien, negligentemente, me hizo tropezar mientras recogía parte de la vajilla con la que me ha estado sitiando durante los últimos días —Watson asistía perplejo al discurso de su amigo.

—Al parecer, amigo mío, su torpeza ha provocado que yo mezclase una sal de azufre con un reactivo bastante peligroso. Mi habilidad y destreza, junto con la rapidez de mis movimientos, han evitado un pequeño y engorroso desastre.

—No comprendo, Holmes, qué relación tiene todo eso con el sabrosísimo adobo que acabo de probar —el doctor Watson se había levantado por fin de la mesa. Sherlock Holmes continuó con su disertación.

—El caso es que he expulsado de inmediato a nuestra patrona y ella ha dejado toda la vajilla apilada en esa mesa auxiliar de la que usted acaba de levantarse —el doctor Watson permanecía atento, jugueteando con su bigote—. Como bien sabe, doctor, hoy la señora Hudson ha preparado una excelente «caldeirada» de abadejo, condimentada únicamente con un excelente aceite de oliva virgen extra. Traído de España, por supuesto. Esos bárbaros desconocen muchas de las veleidades de nuestro tiempo, pero ¡vive Dios que saben cocinar!

—No querrá decir que ha mezclado usted el aceite de oliva —Watson ya había identificado uno de los dos ingredientes de la exquisita salsa holmesiana— con algo dulce; tal es el regusto que ha dejado en mi paladar.

—Bravo, doctor. Le felicito. Se trata de miel. Miel española, para más señas.

—¿Me deja usted probar de nuevo, Holmes?

—Podrá usted hartarse cuando hayamos atendido a nuestro cliente, Watson. Sin duda se trata de algo verdaderamente urgente, a juzgar por los sofocados pasos que lo acercan a nosotros.

Unos pocos segundos más tarde se presentaba ante la extraña pareja un pequeño hombrecillo de cetrino aspecto, recortadas facciones y oscuro y descuidado cabello. El detective le ofreció asiento y le sugirió que tomase un par de bocanadas de aire antes de comenzar con el relato de su problema.

William Pearson, que así se llamaba el visitante de sus dependencias, era un simple mercader de objetos antiguos, un anticuario, en palabras más modernas. Al parecer, se había hecho con un cargamento que había arribado a Londres unos días antes, repleto de jugosas materias y elementos. Ofreció varios de ellos al detective privado, que rápidamente rehusó por carecer de interés para sus investigaciones y tratados.

Sherlock Holmes lamentó no poder servirle de ayuda e invitó a su visitante a abandonar la estancia, agradeciendo cortésmente la visita que les había dispensado. El menudo invitado pidió antes poder acudir al lavabo, alegando una repentina indisposición. Desapareció apresuradamente ante la atónita mirada del doctor Watson, que apenas tuvo tiempo de comunicarle a su  enigmática visita que él mismo podía atenderlo, en calidad de médico doctor.

Un par de minutos más tarde el señor Pearson salía del lavabo con renovados ánimos. Una vez estuvo de nuevo frente a Sherlock Holmes volvió a ofrecerle algo que el detective juzgó de inmediato como algo prodigioso, mostrando en esta ocasión toda su atención e interés. William Pearson apenas tuvo tiempo para abrir la boca y ofrecer al sabueso el nuevo objeto cuando éste atajó sus intenciones y le ofreció veinte guineas de oro por la mercancía. Desapareció entre los trastos de su cuarto y regresó contando un gran puñado de monedas relucientes, que descuidadamente depositó sobre la mesa del salón, al tiempo que arrebataba el valioso objeto de las manos de Mister Pearson. A continuación dió las buenas tardes a su invitado y cerró tras de él la puerta de las habitaciones.

—Rápido, Watson. Haga su equipaje. Nos vamos. Diga a la señora Hudson que nos llame un simón. Debemos ponernos en marcha cuanto antes.
—Holmes, ¿a qué viene tanta prisa? —el doctor contemplaba confiado e ignorante el objeto que Sherlock Holmes todavía sostenía entre sus delgados dedos de experto violinista—. ¿Es que se ha vuelto usted loco, amigo mío?

—Para nada, mi buen doctor, estoy muy cuerdo.

—¿A dónde piensa dirigirse tan precipitadamente?

—A Suiza, por supuesto. Es mi deseo cerrar un episodio del pasado. Si tenemos éxito en esta arriesgada empresa, tal vez pueda usted regalar al mundo el relato del más épico y peligroso de mis casos; en el supuesto de que salgamos victoriosos. Debemos enfrentarnos una vez más con el  «Napoleón del Crimen».

El doctor Watson quedó asombrado al escuchar de nuevo, tantos años después, una mención al profesor James Moriarty. El propio Holmes había regresado, literalmente, de la muerte en aquellas cataratas de Reichenbach. Pero el eminente matemático y genio criminal había perecido en ellas, estaba seguro.

—Holmes, amigo mío. ¿Quiere usted decir que...?

—Observe bien este objeto que he adquirido recientemente por veinte guineas de oro, Watson. ¿No le trae recuerdos a la memoria? Vamos, haga un pequeño esfuerzo, mi buen amigo. ¿Se acuerda ya?

El rostro de John H. Watson era un poema para Sherlock Holmes, que escrutó perfectamente, dándose perfecta cuenta de que el buen doctor había caído por fin en la cuenta.

—Perfectamente, doctor. ¡A la aventura, Watson!