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martes, 2 de abril de 2013

EL OJO DEL HURACÁN



Inspirado en "Más fácil, más cómodo, más suicida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/KXgW3qGq9Y
Inspirado en "Carteristas, atracadores y semáforos", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/tV4BFJdNcM
Inspirado en "Cuando John Ford era facha", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/3NSoALaN00


El buque espacial Lymossth-327 orbitaba ya atraído por la gravedad artificial de la estación internacional Kappa-4. Ponía así fin a su habitual trayecto entre el planeta Marte y el segundo satélite más grande de Saturno, después de una breve y desacostumbrada estancia en Titán. Su mermada tripulación se disponía una vez más a descansar de su agotador viaje interplanetario, poniéndose a cobijo de las tormentas solares, que habían alcanzado su cota superior ­­­de virulencia durante los últimos años. Los trece tripulantes del navío espacial se apresuraron a aligerar la carga que transportaban en la bodega y la Lymossth-327 pronto quedó completamente vacía, a excepción de sus vitales reservas de oxígeno y combustible. Después de dejar el transbordador bajo custodia de las autoridades locales, se dirigieron a la cantina de la estación espacial. Con un poco de suerte todavía estarían a tiempo de tomarse un buen filete de krhon mientras se trasegaban una jarra de blintsz tras otra.

La comida nunca había gozado de buena fama en las lunas de Saturno, de hecho casi nadie recomendaba tomarse un filete de krhon más allá de la influencia gravitatoria de la Tierra, pero aún así había servido para llenar sus arrugados estómagos, tal vez demasiado acostumbrados ya a la bazofia proteica que ingerían durante las maratonianas travesías que los llevaban de un lado a otro de la galaxia. El blintsz sin embargo era excelente, o al menos así se lo había parecido a todos ellos, sin excepción. Se habían bebido cuarenta y cinco jarras entre todos, lo cual no representaba ni mucho menos una mala media. Cuando el capitán Horckstafter se dispuso a pagar con el dinero expedido por la Federación Interestelar de Comercio, la negativa del encargado de la cantina no pudo menos que sorprenderle.

—Sus créditos no valen aquí, compañero —le dijo.
—Pero… —balbuceó el capitán Horckstafter—, si son nuevos.
—No lo dudo, amigo. Pero aquí no sirven.
—Debe de haber algún malentendido —intervino el sobrecargo Williams, adelantándose.
—Está bien, Williams —aclaró el capitán—. Yo me encargo.

Percival Williams era el miembro de la dotación de la Lymossth-327 de más edad y se decía de él que había sido sincronizado más de mil veces y, aunque su aspecto no lo sugería, muy pocos ponían en duda semejante afirmación. Ni siquiera el viejo Matthis, dueño de la nave de abastecimiento y ahora retirado, guardaba recuerdo del día en que Percival Williams se había hecho las pruebas de aptitud, necesarias para la obtención de su permiso de tripulante del buque espacial Lymossth-327. Matthis creía firmemente que el propio Williams venía incluido en la nave, como si de un extra más se tratase, a pesar de que la Lymossth-327 había sido concebida originalmente para evadir las patrullas interplanetarias y el equipamiento suplementario no había figurado entre las exigencias del equipo de diseño que lo había proyectado. De hecho había sido obtenido por la empresa de transporte Milleage 2000 a través de una subasta del Departamento de Justicia, poco después de haber sido confiscada a sus antiguos patrones, unos traficantes de mercancías muy  poco espabilados. El sobrecargo Williams volvió a dejar libre el espacio entre el capitán y el encargado de la cantina. Éste dijo de nuevo:

—No es que no sirvan. Es que no valen una mierda —explicó—. Los separatistas de Tetis y Dione se han empeñado en hacernos la puñeta y vaya si lo han conseguido.

Algunos ciclos atrás un líder regional del satélite Dione había comenzado a cobrar cierta relevancia entre los gobernantes locales, llegando incluso a asistir a los vedados congresos del partido que gobernaba la galaxia. Su fama y poder se habían ido extendiendo hasta que un buen día llamaron con fuerza a la puerta de la vecina Tetis. A partir de entonces todo había sucedido de manera vertiginosa. Un senador apareció muerto y la Federación Interestelar de Comercio quiso poner fin a las aspiraciones soberanistas de la zona mediante el ajusticiamiento de algunos líderes circunscritos al gobernador local, un títere en manos de la ya entonces autodenominada resistencia. Los rebeldes recogieron el guante y desde entonces habían invertido en su causa ingentes recursos económicos y, ¿por qué no decirlo?, una nada despreciable cantidad de vidas humanas. Su mayor victoria contra el absolutismo que representaba la Federación no se hizo esperar demasiado; consiguieron apoderarse de un sistema diseñado para apantallar la radiación de fondo remanente derivada de la muerte de la Supernova F/X 211, transformándolo en un sistema capaz de apantallar la señal emitida por la Federación Interestelar de Comercio, dejando así ciegos a todos los sistemas monetarios de la región. Horckstafter y su tripulación habían oído hablar de la historia aunque ignoraban una importante parte de la misma. El capitán volvió a encararse con el encargado.

—Pero entonces, ¿cómo pretende cobrar sus servicios? Resulta obvio que usted sabía que no podríamos pagarle y sin embargo nos ha servido todo y cuanto le hemos pedido. ¿Por qué?
—No crean que no van a pagarme —declaró—. Lo harán. Y con creces.
—Me temo que no le sigo —Horckstafter deslizó instintivamente la mano derecha sobre la culata de su disparador. De soslayo observó cómo Philig y Morgan hacían lo mismo—. ¿No habrá creído que…?
—Dejen las armas tranquilas, amigos. Aquí tampoco funcionan —apostilló con una leve y maliciosa sonrisa—. ¿Ven eso de ahí arriba?
—¿Inhibidores? —preguntó Horckstafter.
—Sí.
—Díganos entonces —intervino el sargento Morgan, visiblemente alterado—, ¿cómo cojones va a cobrarnos, amigo?
—Muy sencillo. Me vais a traer una cosa. Haréis un pequeño viaje para mí.

De repente el gesto del encargado de la cantina sufrió un cambio drástico. Se había vuelto macilento y sombrío. Prosiguió, ante el estupor generalizado de la tripulación.

—Esa nave en la que habéis llegado —continuó mientras hacía un gesto con la cabeza, en dirección a la Lymossth-327— servirá perfectamente.
—La Lymossth sólo va a moverse de ahí para volver a Marte —informó Williams—. Así que ya puede olvidarse del tema, amigo.
—No soy su amigo —le espetó— y les conviene hacerse a la idea de que esa preciosa nave va a hacer un pequeño recadito para el viejo Joe.
—El viejo Joe puede lamerme el culo si quiere pero…
—¡Morgan! —Horckstafter le lanzó una furibunda mirada—. Cierre el pico.
—Sí, señor. Lo siento, señor.

Joe dejó a un lado el pequeño paño con el que había estado jugueteando desde el inicio de la conversación y se frotó los ojos en un visible gesto de cansancio. Antes de ser interrumpido de nuevo dejó muy claro a los tripulantes de la Lymossth-327 que era él quién tenía todos los triunfos y que las cosas resultarían mucho más fáciles para todos si decidían colaborar con sus propósitos. Fue entonces cuando sus compinches entraron en escena. De un lateral del establecimiento emergieron algunos hombres armados con deflectores modificados, totalmente ajenos al efecto de los inhibidores instalados en la cantina de Joe. La dotación de la Lymossth pronto fue rodeada.

—A estos señores y a mí —dijo Joe con un tono de burla en su voz— nos gustaría que empezaran a colaborar con nosotros.
—Ningún hombre a mi cargo hará nada de lo que usted diga, Joe —Horckstafter parecía totalmente resuelto a terminar de una vez por todas con toda aquella pantomima—. Le recuerdo que la custodia improcedente de una tripulación adherida al tratado de comercio interestelar constituye un grave cargo de piratería.
—No me diga. ¿Sabe qué, Horckstafter? Empiezo a estar harto de su falta de colaboración. Me está provocando un ataque de furia. Y eso no sería agradable de ver. No, señor.

El último arrebato de furia de Joe se había producido hacía diecinueve días y había puesto patas arriba el establecimiento. El auténtico encargado de la cantina y sus cuatro empleados llevaban muertos desde entonces; yacían olvidados en un apartado trastero detrás del edificio principal de la cantina. Joe McAllister y su pandilla de facinerosos se habían presentado famélicos en las dependencias del Food Star y habían dado buena cuenta de todos y cada uno de los platos y bebidas que Gork Mandel y sus chicos les habían puesto al alcance. Una vez finalizado el banquete había comenzado la ronda de preguntas. Como si del teniente de una patrulla policial se tratase, McAllister preguntaba una y otra vez a Mandel y a sus empleados acerca de una rara especie de mineral luminiscente, mientras los chicos de Joe se entretenían aporreando una vieja máquina recreativa que había dejado de entretener a los visitantes del Food Star hacía más de veinte o treinta ciclos. La poca información que Joe había obtenido de Gork Mandel había sido el infortunado pretexto que había llevado a los Lobos de la Galaxia a matar a todos los trabajadores de la estación espacial, comenzando por los mal pagados trabajadores del Food Star. Ahora, aflorando como lo haría un viejo recuerdo, el incidente volvía a la mollera de Joe.

Dos soldados al servicio de Joe McAllister abandonaron sus posiciones, en respuesta a un insignificante gesto de su patrono. Pronto varios miembros más de la camarilla de maleantes de Joe siguieron su ejemplo. Unos instantes después, la dotación de la Lymossth-327 había sido duramente reprimida mediante la fuerza y sólo quedaban en pie el capitán Horckstafter y los dos hombres de sus flancos, el sargento Morgan y el sobrecargo Williams, todos ellos amenazados por los cañones de los letales deflectores. La brutal paliza propinada a los indefensos tripulantes produjo un extraño efecto relajante en el gesto de Joe que, de espaldas al capitán Horckstafter, volvió a dirigirse a éste:

—Es muy posible que ahora colabore, ¿verdad capitán?
—Sí, pero por favor —suplicó—, no vuelva a hacerlo.
—Lo haré cuantas veces me plazca —atajó Joe—. A menos que me traigan lo que quiero.
—Haremos lo que nos diga.
—Bien. Por fin nos entendemos.

Medio hipo ciclo después siete miembros del personal de la Lymossth-327 se hallaban a bordo del buque espacial, junto con otros diez compinches de Joe McAllister, todos con claras y concisas instrucciones que facilitarían su búsqueda del extraño material refulgente. El capitán Horckstafter había solicitado a Joe McAllister permanecer en la estación espacial orbital, proporcionando los cuidados necesarios para el restablecimiento de tres de sus hombres. Dos de los tripulantes de la Lymossth habían muerto.

El fugitivo Joe McAllister había ordenado a tres de sus hombres que custodiasen a los prisioneros en la estación orbital. Dos de ellos se apostarían como centinelas, en el perímetro externo de la estación orbital. Nadie esperaba sin embargo a ningún viajero rezagado, ya que todos se habrían cuidado mucho de no viajar en plena tormenta solar. El tercero se encargaría de vigilar a Horckstafter y a dos de sus hombres, que hacían lo posible por conservar la vida de un tercero, mientras soportaban con rabia contenida las bromas satíricas de su carcelero, que parecía disfrutar con los ímprobos esfuerzos que el capitán y sus hombres realizaban. Finalmente el tercer hombre expiró, uniéndose a las dos bajas anteriores. Horckstafter y los otros dos se dejaron caer sobre sus traseros. Estaban agotados.

—Vaya, ¡qué pena! Al final ha cascado, ¿eh? —dijo el carcelero.
—Cabrones —murmuró uno de los hombres de Horckstafter.
—¿Qué has dicho, gilipollas?
—Nada —intervino el capitán Horckstafter—. No ha dicho nada. Su paciencia se había agotado.
—Ya me parecía.
—Yo, sin embargo —Horckstafter subrayó sus palabras, detenidamente—, sí que tengo algo que decirte, hijo —el capitán le clavó sus fríos ojos azules—. Y me gustaría que te acercaras un poco más. El carcelero obedeció mansamente, acuclillándose al lado del capitán. Éste prosiguió. —Necesito que corras esas cortinas, hijo. Voy a contarte una historia y quiero que nadie nos moleste.
—Me encantan las historias —dijo el carcelero, entre balbuceos.
—¿Qué demonios le pasa a éste, capitán? —inquirió uno de sus hombres.
—Dejadnos solos, chicos —ordenó el capitán, que no había dejado de trepanar el cerebro del carcelero con sus gélidos ojos—. Vigilad a los centinelas.

Arthur Kangder se aseguró de que los dos centinelas apostados en el exterior de la estación orbital continuasen completamente ajenos a todo lo que sucedía en el interior de la cantina. Tras echar un fugaz vistazo a través de la ventana ordenó al otro miembro de la dotación de la Lymossth-327 que vigilase a los centinelas, mientras él corría todas las cortinas del establecimiento, tanto las delanteras como las traseras. Mientras tanto el capitán Horckstafter y el carcelero se habían encerrado en la cocina del local, en dónde ahora mismo reinaba una tétrica tranquilidad. El carcelero, obedeciendo los designios del capitán Horckstafter, se había ido introduciendo en una enorme marmita lo suficientemente grande como para cocinar a toda una familia de krhons al tiempo que se desnudaba. El capitán comenzó su relato.

—Verás, hijo. La historia que voy a contarte es muy vieja. Sucedió en un remoto lugar llamado Inglaterra. Un viejo médico retirado es el protagonista de la misma. No recuerdo su nombre, pero nos da lo mismo, ¿no te parece?
—Sí —respondió el bandido—. ¿Quién es usted? —preguntó después de hacer acopio de todas sus fuerzas, tras lo cual se dejó reposar, extenuado—. ¿Es usted un psíquico?
—Creo que sí, hijo —Horckstafter decía la verdad—. Me parece que acabamos de averiguarlo. ¿Te parece que continúe? El muchacho no dijo nada, incapaz de retirar su mirada de los glaciales y azules ojos del capitán.

»Como iba diciendo, este médico pretendía llevar a cabo un nuevo experimento. Para ello requirió de todo el buen hacer de su mayordomo. Juntos redujeron a un maleante que había entrado en su casa a altas horas de la madrugada, con la intención de robar. El facineroso resultó ser un condenado a muerte que se había fugado, evitando así su inmisericorde destino. El médico le propuso un trato. Si aceptaba ser el sujeto de sus investigaciones y salía con vida de las mismas, ni el médico ni su mayordomo, un ex campeón de boxeo, le impedirían irse por dónde había venido. De lo contrario, colgaría del extremo de una cuerda. Por supuesto el individuo aceptó. ¿Qué podía perder?

»El experimento pronto estuvo preparado. El médico explicó al reo los pasos a seguir. Tras desnudarse, el condenado a muerte se sumergiría en una bañera repleta de agua caliente. Luego el médico cortaría las venas del reo y dejaría que se desangrara para, inmediatamente, y con la ayuda de su mayordomo, realizarle una transfusión de un plasma de su invención, de similares propiedades que la sangre. Si todo salía bien, el condenado sería revivido mediante un masaje cardiaco y el experimento sería todo un éxito.

»El condenado notó el agua caliente en sus tobillos y pronto se sumergió en la bañera, comenzando a sudar profusamente. El médico repitió de nuevo sus indicaciones y cuando hubo terminado le abrió las venas. El preciado líquido rojo comenzó a teñir el agua de la bañera. El reo respiraba cada vez con más ansia y pronto pidió desesperadamente aplacar su terrible sed. En pocos minutos se desmayó y su cabeza rebotó contra el borde de la bañera. De repente el mayordomo se apresuró a acercar a la bañera los útiles para la transfusión, pero el médico lo disuadió con un gesto de su mano.

»—Deje eso y acérqueme una toalla —dijo el médico.
»—Pero señor, la transfusión… —replicó el mayordomo.
»—No habrá ninguna transfusión. El experimento ha sido todo un éxito.
»—Me temo que no comprendo al señor —el mayordomo no salía de su asombro.
»—Es muy sencillo. El experimento ha sido un ensayo —muy acertado, debo decir— de control mental. ¿Ve estas ampollas?  —Le mostró unos pequeños frascos manchados de un líquido rojizo—, son parte del experimento. Sólo he pretendido hacer creer a ese pobre fugitivo que iba a morir. Lo he dispuesto todo para que así lo creyera y, como puede ver, amigo mío, ha resultado.
»—Comprendo… —mintió el mayordomo.
»—Despierte a ese hombre, por favor —le ordenó mientras le tendía un frasco de sales.
»—Señor. Este hombre no se despierta. Me temo que haya muerto, señor.

—Lo mismo que este otro, capitán —uno de sus hombres lo interrumpió, mientras sujetaba el brazo inerte del hombre sumergido en la marmita.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí, marinero? —preguntó el capitán.
—El suficiente, señor.
—Está bien. Traiga a su compañero. Acabemos con esos dos de ahí afuera.

Entonces se desató el infierno. La cacería vendría justo después.

Uno de los dos hombres que habían permanecido recluidos con el capitán Horckstafter refirió más tarde, delante de un tribunal internacional, los hechos de los que fue testigo. Su novelesco relato dejó de una pieza a todos los miembros de la cámara, que apenas podían dar crédito a la narración del testigo, que aseveraba haber visto con sus propios ojos cómo el capitán Horckstafter había puesto fin a las vidas de los dos centinelas con el único apoyo de sus desnudas manos. Al ser preguntado acerca de la naturaleza del ataque y de su ejecución, sólo acertó a decir que tenía la impresión de haber presenciado un aquelarre a cámara lenta. Peor suerte corrieron los fugitivos que habían secuestrado a parte de la tripulación de la Lymossth-327, incluida la propia nave. Al ser cuestionado, el testigo se refirió a la búsqueda y posterior captura de la Lymossth como una cacería, como un brutal juego ancestral de acoso y derribo. En su intervención final el informador manifestó lo siguiente, que pasa a ser referido textualmente:

« ¿Recuerdan esas viejas películas que a veces pasan por la televisión? Esas de vaqueros. Pues todos esos cowboys de pacotilla, todos esos mojigatos meapilas, empezando por James Stewart, no disparaban a nadie por la espalda, no mataban a nadie que no se lo mereciera y ante todo defendían ideales como la justicia, el honor y todas esas patochadas, que fueron borradas de un plumazo, gracias a Dios, por Sergio Leone y Clint Eastwood. Antes de Leone e Eastwood los cowboys eran eso, cowboys. Después empezó a hablarse de pistoleros. De asesinos. Del te mato o me matas. Del te disparo por la espalda porque entre pistoleros la única ley que existe es la del más rápido. El honor no tenía cabida en el salvaje Oeste, que para algo era salvaje. A fin de cuentas eso es lo que vi aquel día en la estación espacial. Vi a Clint Eastwood desatado. Vi a William Munny, al Hombre sin Nombre, a Harry Callahan, al Rubio. A todos ellos. Encarnados en esos terribles ojos azules.»

miércoles, 9 de enero de 2013

UN PERRO QUE SE LLAMABA BINGO (PARTE 1 de 3)

Inspirado en "No compres ese perro", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/a5maV0Sb

Bingo bajó cautelosamente la ladera, tratando de no despeñarse. Apenas hacía un rato que el sol se recortaba sobre los peñascos pero ya podía sentir todo el calor del verano en su lomo. Su húmedo hocico y su ajetreada lengua difícilmente disipaban todo el calor que la remota y desierta vertiente le suministraba, situada en una yerma y desamparada región de Nueva Gales del Sur. Siguió procediendo sensatamente, poniendo mucha atención en su descenso, y al cabo de unos pocos minutos consiguió alcanzar su objetivo. A ambos lados se extendía una vasta y desolada llanura que se prolongaba hasta donde su cansada vista le permitía alcanzar. De frente, a lo lejos, podía divisar un pequeño bosque de robles australianos, y a sus espaldas quedaba la abrupta cordillera que acababa de salvar.

No podía quedarse quieto y restregarse sus escocidos ojos, pero hubiese dado cualquier cosa a quién tuviera a bien enterrar un palo o cualquier otra cosa en sus irritadas cuencas oculares y comenzara lentamente a frotárselas como dios manda, hasta hacerle sangre, si fuera necesario. Desechó la idea al instante. Agradecería el gesto enormemente, pero no tendría nada a cambio con que obsequiar al buen samaritano que aliviase su enrojecimiento ocular. A Bingo no le gustaba deber favores a nadie y ese era un favor que ciertamente debiera ser recompensado de forma inmediata. Continuó su camino y se encontró con Randall.

Randall resultó ser un ejemplar macho de canguro que estaba de muy buen ver. Poseía todas las buenas cualidades que una hembra sana y en época de cría podría haber solicitado en cualquiera de los formularios que los obsequiosos cuidadores de las reservas ponían al alcance de las féminas mayores de edad al término de la temporada de lluvias que, dicho sea de paso, solía ser más bien corta en esa remota región desértica. Randall miró de soslayo al bueno de Bingo y saludó el paso del can con una leve y casi imperceptible mueca. Bingo pronto se encontraría al límite de sus fuerzas y juzgó oportuno detenerse a parlamentar con el apuesto canguro.

—Buenos días —dijo.

—Hola —contestó el canguro.

El gesto cruzado del canguro Randall había desaparecido. Bingo reparó en el cambio.

—Me llamo Bingo.

—Yo soy Randall.

—Randall, ¿eh? Eres un «macropus giganteus», ¿verdad?

—¡Bingooo! —Respondió el canguro gris—. Oh, perdona. No pretendía…

—No tiene importancia, me lo dicen a menudo —los dos se echaron a reír.

Ambas especies se contemplaron amistosamente antes de seguir con la plática. De nuevo fue Bingo quién habló de nuevo.

—Por cierto, Randall, ¿conoces el origen de la palabra canguro?

—Conozco el significado de lo que «tú» crees que significa. Y también conozco el verdadero significado de las palabras «Kan Ghu Ru».

El sorprendido perro se quedó perplejo. Bingo Jones, que había trabajado codo con codo con muchos humanos —incluso había llegado a ser redactor jefe del prestigioso «Ladrido de Sydney»—, no pudo evitar ruborizarse y encogerse de hombros. Solicitó de inmediato una explicación al marsupial. La disquisición del macrópodo no se hizo esperar.

—El hombre blanco cree que las palabras «Kan Ghu Ru» significan «No Lo Sé», pero los «Koories» y otros muchos hombres de color conocen perfectamente su significado —Bingo asistía entusiasmado a la explicación de su nuevo amigo Randall—. Estos tres vocablos no tienen sentido por sí solos, ya que nuestro idioma es principalmente fonético, y carecemos de una escritura establecida. Pero pronunciadas una tras otra, estas voces denotan la bolsa marsupial que llevamos adherida a nuestra panza, y su significado quizás te sorprenda.

Bingo Jones ladró nerviosamente a su interlocutor, indicándole que prosiguiera con su relato.

—«Kan Ghu Ru» significa, mi nuevo amigo, «El saco de los cuentos».

—El saco de los cuentos… —murmuró Bingo.

—Efectivamente.

—Creo que no lo entiendo.

—Cada uno de nosotros lleva en su barriga un cuento, una tabla con figuras arañadas en la madera que nos permiten recordar los puntos más relevantes de cada historia —Bingo no acertaba a disimular su vacilación y descansaba ahora sobre sus cuartos traseros, exudando pródigamente. Cada uno de nosotros debe aprender de memoria la historia contenida en su tabla —Randall extrajo de su bolsa un pegajoso y babeante trozo de madera— y una vez asimilada debe ser entregada a otro canguro, que cederá su propia plancha. Este es el verdadero uso que damos a nuestras bolsas marsupiales y nuestra tradición nos obliga a ejercer dicho ritual con todos los miembros de nuestra comunidad. Yo he aprendido de memoria la historia de mi tabla. ¿Tú conoces alguna historia que me puedas contar, Bingo?

—¡Increíble! ¡Quién iba a decirlo!

Bingo Jones había disfrutado mientras Randall lo ilustraba acerca de las tradiciones y usos marsupiales y estaba dispuesto a intercambiar con éste una de las muchas historias que le habían referido los humanos, allá en la lejana Sydney. Ansiaba, asimismo, poder escuchar la historia que el canguro estaba a punto de contarle.

sábado, 15 de diciembre de 2012

EL MÁS TERRIBLE DE LOS ASILOS


Inspirado en "El asilo de Petrinja", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/WTCH4uoE

Han pasado veinte años y todavía me parece que fue ayer. He querido olvidar el día concreto en que echamos abajo la puerta de aquel execrable asilo, pero sé que a poco que me esfuerce, podré evocar todos y cada uno de los horrores que envolvieron aquel terrible episodio de principios de la guerra. Habíamos contemplado infinidad de atrocidades durante los seis meses de servicio que habíamos prestado desde la arbitraria invasión que desencadenó la cruenta guerra, pero ninguno de nosotros esperaba ver durante todo el transcurso del conflicto —algunos todavía lo llaman así; los que lo hemos vivido hablamos de infierno y exterminio— tanto horror y tanta barbarie desatados.

El tufo a cadáver nos sorprendió a todos con los pulmones exentos de aire, y la primera bocanada hizo vomitar a muchos de nosotros, que añadimos nuestra propia náusea a la repugnante alfombra de corruptos excrementos y putrefacciones que trágicamente nos daba la bienvenida a aquella inmunda cripta. Uno de mis compañeros de escuadrón fue el primero en echarse el fusil al hombro y ayudar a los ancianos, que días antes habían sido abandonados por los cuidadores del asilo. Se habían llevado a los que podían caminar y al resto los contemplamos horrorizados, sin saber muy bien qué hacer con ellos.

Entre los cadáveres en descomposición podían verse aún los restos de Las mil y una noches, el cantar de Mio Cid o el propio Beowulf, todos ellos víctimas del infame abandono de sus cuidadores. Otros muchos presentaban un estado al borde mismo de la muerte, tal era el caso de las Novelas Ejemplares, la divina comedia y la Odisea, que muy pronto verían ponerse el sol en sus vidas. Algunos ancianos todavía podrían salvar sus vidas, aunque deberían pagar el terrible peaje que el abandono había causado en sus llagados miembros, en sus maltratados órganos y, en algunos casos, en su maltrecha y desamparada sique.

Todavía sigo teniendo pesadillas y sé que jamás podré reponerme del todo de la terrible experiencia que todos nosotros vivimos durante aquel aciago episodio de la guerra. Muchos compañeros de aquel escuadrón de la muerte —lo bautizamos así al alejarnos de aquel infame templo del desamparo— no han podido seguir adelante y han puesto fin a sus vidas de forma prematura. Yo también he pensado seguir su ejemplo, aunque nunca he tenido valor para empuñar la H&K USP del cuarenta y cinco que descansa justo al lado de Cantares Gallegos y de una vieja edición del Quijote.

martes, 4 de diciembre de 2012

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Inspirado en "Aquella España cañí", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/gb6ZIKW9

Vuelve Diciembre a nuestro calendario y vuelve también el puente más deseado de todo el año: El puente de la Constitución. O el puente de la Inmaculada, como ustedes prefieran. El caso es que este año el calendario nos ha jodido bien la marrana y ha dejado caer en sábado a la Inmaculada Concepción. Aunque peor fue la jugarreta del año pasado: todos nos quedamos con cara de gilipollas al ver que Nochebuena y Fin de Año se nos iban también a un puto sábado. Y es que al personal se la sopla mucho eso de la Nochebuena, la Constitución y demás soplaguindeces por el estilo con las que nadie se identifica y que, sin embargo, esperamos como agua de mayo para tirarnos a la bartola todo el santo día en el sofá o, en el caso de los más intrépidos, meterse un tute de cuarenta o cincuenta horas de coche en tres o cuatro días para recorrer la mitad norte de la geografía nacional, con tremendos bancos de niebla incluídos, sin olvidarnos de las traicioneras nevadas de la época.

De las cuatro fechas rojas que se han mencionado (el autor ha escogido las cuatro más cercanas en el tiempo, por comodidad), sólo dos de ellas conmemoran hechos reales, con mayor o menor infamia implícita. El lector avispado habrá advertido la frivolidad de la fecha que conmemora el referéndum de 1978, y que recoge, permítanme decirlo con todas las letras, una poca mierda pinchada en un palo. Lo que tenemos en España desde hace 34 años es un mal arreglo entre fachas y republicanos arrepentidos, con ansia de mandar, aunque sólo fuese un poquito. La buena es la de 1812, la que habría que haberle metido por el culo al infame de Fernando VII antes de decapitarlo en la Plaza Mayor, que para eso estaba. En fin, me pierde la boca y ustedes no me echan el freno, que no hemos venido aquí a hablar de la infamia de los Borbones.

Decía que ni la Natividad del Señor ni la Inmaculada Concepción conmemoran fechas históricas. Ni Dios sabe cuándo nació Jesucristo y el 25 de Diciembre ha sido hábilmente escogido por la iglesia —en minúscula— para apropiarse del carácter vital de una antigua festividad pagana al estilo de Samaín o Halloween (que vienen a ser lo mismo); ya saben, si no puedes con ellos, únete a ellos. En cuanto a la Inmaculada Concepción, se celebra el día 8 de Diciembre por decreto. Porque sí y punto. Porque lo dijo el Noveno de los Píos. Pío IX.

Corría el año 1854 cuando el papa de marras zanjaba de una vez por todas una discusión que se había venido produciendo durante los últimos setecientos años, y que trataba de justificar si la Virgen María había sido o no concebida libre del pecado original. ¿Qué leches es esto?, se preguntará el incrédulo lector. Pues es, ni más ni menos, el pecado que se transmite a todos los homo sapiens sapiens cristianos nacidos de Eva y Adán. El problema radica en que, históricamente, es Jesucristo el primer humano que nace libre de pecado original y que es él quien redime a su madre del mismo. Santo Tomás y los dominicos (mucho más vehementes y radicales que el famoso filósofo estudiado en el C.O.U.) se preguntaban de qué narices había redimido Jesucristo a su madre si la Virgen había nacido libre del dichoso pecado original. Enfrente se habían encontrado con la postura de los franciscanos, que se les había metido entre ceja y ceja la intachabilidad de la virgen y que, finalmente, se llevaron el gato al agua.

Se conoce que al bueno de Pío IX se le hincharon los cojones con tanto tira y afloja y decidió poner en orden el gallinero. Tampoco debía de haber mucho jaleo si no tenían nada mejor sobre lo que debatir. El caso es que el papa decretó la festividad de la Inmaculada Concepción mediante una «definición dogmática» que, según el cardenal Lambruschini, hacía falta, y mucha: “Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Pues vale.

Si la curia hubiese tratado de tocar el bolsillo del respetable (una vez más), habrían pintado bastos, pero como el personal no hace ascos a un día de relajo y la cosa no estaba como para tirar cohetes (media España sangraba todavía por las heridas infringidas por la Primera Guerra Carlista; la otra media estaba a punto de hacer lo propio en la segunda), el pueblo aceptó asépticamente la “Bula Ineffabilis Deus” gracias a lo cual, llegados a estas fechas, se nos llena la boca de palabras como puente, acueducto, oleoducto, al mismo tiempo que a las agencias de viajes y a los hoteles se les llena el bolsillo con nuestro dinerito. Ahora menos porque estamos en crisis.

jueves, 29 de noviembre de 2012

EL REGRESO

Inspirado en "Sobre lugares y libros", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/VCNE6khX

El vuelo 673 acumulaba ya dos horas de retraso y tenía toda la pinta de querer acumular unas cuantas más. Por enésima vez se repantingó en su incómodo asiento, y de nuevo echó una furtiva mirada, cargada de lascivia, a las tremendas piernas de la rubia de enfrente. La chica tendría veintipocos años, más cerca de los veinte que de los treinta, y correspondía a sus sigilosas miradas abriendo y cerrando muy lentamente sus sabrosos y húmedos labios, pintados de un rojo que la mayoría de los hombres consideraría coto privado de las prostitutas y que, sin embargo, la chica portaba con la misma naturalidad que mienten los políticos. Más allá de la puerta de embarque los empleados de la compañía aérea se relajaban fumando un cigarrillo tras otro. Cerró los ojos y se zambulló en sus pensamientos.

El año en que Belice obtenía su independencia del Reino Unido,  Milton Greene estrenaba su mayoría de edad y lo celebraba abandonando el pequeño país caribeño en busca de su propia fortuna. Su primer destino había sido una ruinosa ciudad de Carolina del Norte, en donde comenzó sus estudios de interpretación, que finalmente abandonaría poco tiempo después. A sus veintiún años vería publicada su ópera prima, inspirada en una inquietante historia que su abuelo materno acostumbraba a contarle durante las interminables noches de la temporada de huracanes. La intriga databa de los tiempos en que ingleses y españoles se peleaban a brazo partido por el oro del antiguo Imperio Maya. Los corsarios ingleses acosaban con sus cañones a los honrados españoles, que muy diligentemente saqueaban el oro local. Durante un terrible asedio inglés, una muy importante personalidad española vio truncados sus días en la pequeña población costera y el destacamento español destinado en la bahía de Honduras construyó un suntuoso sepulcro unas pocas millas tierra adentro para honrar la memoria de tan principal persona.

El sepulcro fue finalmente edificado muchos meses después, y del cadáver de la muy importante personalidad sólo quedaron sus huesos y ropas, que al fin pudieron recibir sepultura. Algunos años después, durante el dominio inglés de la zona, una comitiva de su graciosa majestad celebró exequias en memoria de uno de sus más respetados dirigentes. Se quebrantó el sello del panteón y el sarcófago del anciano español fue hallado abierto, con todos sus huesos esparcidos por el suelo de la sepultura. A todos los presentes extrañó que la tapa del ataúd, de piedra maciza, estuviera desplazada de su posición ordinaria.

El transcurso de los siglos ha visto cómo hasta en cuatro ocasiones más ha sido quebrantado el sello de la cámara mortuoria, y cómo en cada una de ellas todos los ataúdes han resultado abiertos, con las pesadas losas de piedra desplazadas de su original posición. Asimismo, los restos de cada féretro yacían indefectiblemente al pie de los ataúdes. Cientos de años después del primer enterramiento, un descendiente directo de aquel lord británico adquiere la propiedad del viejo mausoleo, gracias a las ventas millonarias que producen sus numerosas novelas.

Al abrir de nuevo los ojos se encuentra otra vez a la chica mirándolo, de hito en hito. Le sostiene la mirada durante un breve lapso de tiempo y finalmente decide dedicarle una sonrisa. Ella le corresponde con un precioso gesto, invitándolo a sentarse a su lado, pero antes de que pueda sentarse a su lado la megafonía del aeropuerto anuncia el embarque de su vuelo. Cordialmente se saludan con una breve inclinación y un ligero atisbo de sonrisa mientras se disponen a unirse a la doble fila de personas que forma delante de la puerta de embarque. Dentro del avión ella lo busca con la mirada y se sienta junto él.

—¿Puedo sentarme? —preguntó ella.

—Por supuesto. Apartó su vieja sudadera del Manchester United.

—Dígame. ¿Se quedará usted unos días en Ciudad de Belice? —Ellen hablaba con un tono cargado de sensualidad y Milton apenas era capaz de apartar los ojos de sus carnosos labios.

—Lamentablemente no —su voz aparentaba trémula, pero parecía estar siendo sincero—. He de coger un pasaje para el interior. Mi destino es Belmopán.

—Ah, ya veo —parecía decepcionada—. Bueno, tal vez en otra ocasión.

Milton no respondió. A duras penas logró despegar sus ojos de los labios de la chica. Se felicitó por ello y echó un último vistazo a la terminal del aeropuerto.

—¿Ya había estado en Belice? —Ellen parecía sostener todo el peso de la conversación.

—En realidad me he criado aquí. He vuelto para enterrar a mi madre.

—¡Oh, pobrecito! Es por eso que estás tan pálido, ¿eh? —su interés parecía real. Su mano pasó rozando el hombro de Milton, dudando si debía dejarla o no sobre su antebrazo. Finalmente la posó durante un breve instante.

—Sí, bueno... Es que no soporto los lugares cerrados.

jueves, 22 de noviembre de 2012

MIS AMIGOS SHAKESPEARE Y CERVANTES

Inspirado en "La tumba olvidada", de Arturo Pérez-Reverte,
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Exceptuando a los muchos imbéciles e ignorantes que campan por España y por el mundo entero, si preguntáramos a cualquier persona con un poco de cultura —hablo de cultura de la buena, no de métricas baratas ni de erudición con respecto al personal que conforma el putiferio nacional— acerca de cuál (o cuáles) es la figura más importante de la literatura universal, una inmensa mayoría se tendría que debatir entre Don Miguel de Cervantes Saavedra y Mister William Shakespeare, según el encuestado peque más o menos de ser hijo de las Españas o de la Gran Bretaña. El resto de los encuestados entrarían en la categoría de gilipollas, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los 20.000 euros.

A estas alturas de la película a nadie tiene que extrañar que Cervantes y Shakespeare son considerados como los más grandes representantes de la literatura hispánica e inglesa, respectivamente, sino incluso universal. A ambos les tocó vivir durante la misma época y fue tanta la semejanza entre ellos que la muerte inclusive quiso llevarlos a los dos de la mano, dejando apenas un día de descanso entre los dos pasamientos. «El Bardo de Avon» introdujo en sus obras centenares de aforismos que desde entonces han ido abriéndose camino en el inglés, construyendo en buena parte lo que hoy en día llamamos «idioma de Shakespeare». Cervantes, por su parte, cogió la poca mierda que se hablaba y escribía por estos parajes y la convirtió, de la noche a la mañana, en lo que hoy hablamos cientos de millones de personas. Castellano o español. Lo mismo da.

Incluso al final de sus vidas ambos fueron enterrados en sendas iglesias y conventos. William descansa en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) de Stratford, mientras que Don Miguel reposa eternamente en el subsuelo del convento de las Trinitarias, en Madrid, en una puta fosa común, eso sí. Y es que las dos gotas de agua son distintas de cojones.

Shakespeare no descansa muy cerca del altar mayor de la iglesia de la Santísima Trinidad  por su cara bonita ni tampoco gracias a su fama o prestigio como dramaturgo (que los tuvo, todo hay que decirlo), sino debido a la más prosaica cifra de 440 libras. Que el lector escéptico eche cuentas acerca de lo que le costaría hoy en día sufragarse un entierro decente consistente en nicho y maceta, lo pase a libras y tenga en cuenta la inflación acumulada de 400 años, para acabar dándose cuenta de que a Shakespeare le costó un ojo de la cara poder enterrarse en tamaña iglesia. Y es que el talento se paga, señores. Y ciertamente Shakespeare se lo merecía, por supuesto.

Ahora bien, Don Miguel no huele en vida nada que pueda asemejarse ni a las migajas de lo que los isabelinos derrochaban con Shakespeare. Ve sin embargo como Felipe II firma una providencia que lo manda apresar, supuestamente por herir en duelo a un tal Antonio Sigura. Decide entonces pasar a Italia, en dónde lee apasionadamente las novelas caballerescas y se imbuye del arte y estilo italianos. A continuación se embarca con rumbo a Lepanto, para hacer frente al taimado turco en la famosa y a la postre inútil batalla. Años más tarde, a su regreso a España es apresado por una flotilla turca, junto con su hermano Rodrigo, permaneciendo cinco años cautivo en Argel.

Trata de escapar hasta en cuatro ocasiones, asumiendo en todas ellas la autoría de los planes de evasión, pagando únicamente él por sus intentos de fuga. Es aquí en donde conoce al ladino Juan Blanco de Paz, que tenía bastante poco de esto último. Los tres primeros intentos de evasión se frustrar o bien porque un moro abandonó a Miguel y a otros compañeros de fuga en el desierto, o bien por la delación de un cómplice traidor. Finalmente, en el cuarto y último intento de escape, Cervantes dispone de la fragata de un comerciante valenciano, lista para evacuar a sesenta cristianos, pero uno de ellos, el taimado y ladino Juan Blanco de Paz, se chiva (no me digáis porque, él también se iba a pirar) y echa por tierra las esperanzas del complutense. Después de este último intento de fuga, Cervantes sería trasladado a Constantinopla de donde la evasión sería imposible. Felizmente en 1580 los padres Trinitarios Antonio de la Bella y Juan Gil liberan a Cervantes, tras haber hecho una pequeña colecta en la zona.

Volvamos al hijoputa de Juan Blanco de Paz. Este dominico español no era trigo limpio en Argel, durante el cautiverio de Cervantes, pero tampoco lo era mucho tiempo atrás. Era descendiente de conversos, que gracias a cuatro duros bien pagados pudieron labrar al buen rapaz un puesto nada desdeñable en la época: comisario de la Inquisición, nada menos. Que nadie se me sobresalte si vuelvo a tildar de hijo de puta al amigo Blanco, y a todos los chulos de putas que han tenido algo que ver con la secular institución del Santo Oficio. Decía que Juan Blanco de Paz acababa de recibir su comisaría del Alto Tribunal, y regresaba de Roma cuando fue cautivo de los moros, en Argel. Cuando Juan Blanco delató los planes de Don Miguel de Cervantes, durante el famoso capítulo de la fragata valenciana, este vil personaje cobró un escudo de oro y una jarra de manteca por haberse hecho el valiente delante de Cervantes. El rescate de este pajarraco costó a las arcas españolas la sustanciosa cifra de mil escudos de oro. Cervantes fue liberado por la mitad, y sólo le costó al erario público 200 escudos de nada. Pasó por Roma el amigo Blanco, dejando otro buen pufo en Italia y, habiéndose presentado en España, le fue concedida una prebenda en la Colegial de Baza, Granada. Siempre han medrado los hijos de puta.

Sigamos con Cervantes y Shakespeare. Cervantes se relamía de las heridas de Lepanto, de las del cautiverio y de las que le había infringido el ladino ese en el alma, y comenzaba así su carrera como escritor y novelista, el primero que desempeñó tan bello oficio en las Españas. Gozó de prestigio entre las buenas gentes que eran capaces de apreciar su ingenio y sagacidad, que lo elevaron a los altares del «Príncipe de los Ingenios», más no tuvo cojones de cobrar como dios manda por su trabajo. Ya hemos dicho —y si no lo decimos ahora, no importa demasiado— que se nos fue Cervantes más pobre que las ratas, lleno de miseria y cobrando cuatro perras por sus geniales obras, todavía inalcanzables y a la altura del mayor de los ingenios de nuestras letras. Tan pobre que ha tenido que ser enterrado de prestado, en una asquerosa fosa común, en donde sus huesos se retuercen en busca de los huesos de ese maldito traidor llamado Juan Blanco de Paz. Hablo por mí.

Y mientras nuestro gran héroe de las letras se iba de este mundo lleno de miseria —los dos, Cervantes y el mundo—, el bardo inglés gozaba cada vez más de los placeres que sus contemporáneos le ofrecían a manos llenas. Incluso llegó a casarse con Anne Hathaway, que como sabe el escéptico lector es «Catwoman» en la celebrada tercera y última parte de la saga del «Caballero Oscuro», intitulada «The Dark Knight Rises». En serio, Shakespeare sabía deleitarse con los gozos y deleites que sus rebosantes arcas le permitían. Entre ellas, el alpiste. Era muy amigo de la bebida el inglés, ¿y quién no?.

Muchos grafólogos atribuyen a Shakespeare la firma «Sakspere» hallada en varios documentos mercantiles y judiciales, que a ojo de buen cubero —no sólo resultaba evidente para los grafólogos— denota un intelecto de nivel académico ciertamente insuficiente. ¿Se han hecho ya la pregunta? ¿Quieren que se la formule yo? Muy bien. Vamos allá. ¿Realmente fue Shakespeare el autor de todas esas obras inmortales? Veamos cómo dar respuesta a este enigma.

Mientras unos dicen que Sir Francis Bacon escribía muchas de las obras que el famoso e inmortal dramaturgo representaba, otros postulan, no sin ciertas interesantes evidencias, que el negro —sirva la expresión— que escribía para Shakespeare no era otro sino que el poeta Christopher Marlowe. Ambas teorías gozan de adeptos hoy en día, pero ambas son ciertamente conspiratorias. Mientras los seguidores de Bacon como autor de las obras postulan un poético trasfondo masónico, los que sustentan la tesis de Marlowe parecen demasiado obsesionados con la conspiración. La respuesta hay que buscarla en otro lugar, en el decimoséptimo conde de Oxford, Edward de Vere.

Edward de Vere, al contrario que Shakespeare, era un reputado poeta y escritor, perfecto para ejercer el papel de dramaturgo en la sombra. El tal conde de Oxford no podía hacer pública la autoría de sus obras o vería como la Reina Isabel I le cancelaría su renta anual de 1.000 libras, en concepto de mantenimiento y representación nobiliaria. Tampoco era el amigo de Vere muy adicto a la fama, si no a las pilinguis y al derroche, hecho que finalmente provocó las represalias de la monarca por su mala gestión del patrimonio. Llegó incluso a ceder ciertos derechos a la compañía Chamberlain, de lo que logró aprovecharse el propio Shakespeare.

Ya ven, es lo de siempre, «unos cardan la lana y otros se llevan la fama». Pero a fin de cuentas da lo mismo que Shakespeare o Marlowe, Bacon o de Vere hayan escrito las obras que han hecho inmortal al más famoso de los bardos. Lo realmente importante aquí es que, mientras los ingleses apreciaban y recompensaban el ingenio y buen hacer de sus súbditos (esto ha sido una constante a lo largo de la historia), los obtusos españoles dejamos pasar sin pena ni gloria (bueno, penas aún tuvo Cervantes que llevarse unas cuantas a la tumba) al mejor de los ingenios de todos los tiempos, escatimándole los cuatro duros que por justicia le hubieran correspondido. Es lo de todos los días, somos y hemos sido el hazmerreír de la Europa civilizada y culta. Si no es por una cosa es por la otra. Eso si, ¿han visto como al vil e infame siempre le damos los cuartos y las nominaciones?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UNA DE SHERLOCK HOLMES

Inspirado en "El tornillo del Graf Spee", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/4xIburU2

—¡Watson! ¡Corra! ¡Venga aquí, pronto!

El buen doctor despegó furibundamente sus ojos de las crónicas de sucesos de «The Times» y trotó a través de la estancia que hacía las veces de salón en las dependencias que compartía con el mejor y más famoso detective de todos los tiempos, Sherlock Holmes. El médico se había licenciado del ejército de su graciosa majestad hacía ya unos cuantos años, y desde entonces se había ido a vivir junto con el excéntrico investigador, colaborando en los gastos de las habitaciones que compartían en el 221B de Baker Street.

Al fin ingresó en la habitación de su amigo. El aspecto de la dependencia era lamentable, como de costumbre. Sherlock Holmes se había encerrado en su cuarto un indeterminado día de la pasada semana, aprovechando el viaje que el doctor Watson había realizado al sur del condado de Kent, con motivo de una visita de cortesía. Desde entonces sólo la señora Hudson se había atrevido a entrar en las habitaciones del detective y, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se había permitido pasar más allá del quicio de la puerta. Ahora Watson entraba a tropel en el improvisado laboratorio del genio londinense.

—¡Holmes! Dígame, por favor. ¿Qué ha sucedido? —preguntó sin aliento.

—No se alarme, mi buen amigo —Sherlock Holmes estaba de pie sobre una sucia y húmeda alfombra, con gesto triunfal—. Al fin he podido extraer algo de provecho de mi investigación.

John Watson miraba receloso al tenaz alquimista que, ataviado con su habitual batín y acompañado de unas extrañas gafas de cristal, que cubrían una amplia superficie de su cara, le acercaba una silla al tiempo que le tendía cordialmente una mano para que tomase asiento. El tupé del detective permanecía sorprendentemente tieso, como si un resorte lo hubiese dejado en semejante postura. Su apariencia tenía además el mismo aspecto que el pavo asado de las pasadas navidades, que el propio Sherlock Holmes se había empeñado en preparar con la intención de sorprender al buen doctor, que se había limitado a decir «Lo ha conseguido, Holmes. Me ha sorprendido».

—¿Quiere hacerme el favor, doctor? ¿Le importaría probar esto? —Sherlock Holmes colocó delante del médico un plato de postre con alguna suerte de souffle cremoso, poco apetitoso, a juzgar por el aspecto del mismo. Ante la vacilona mirada de Watson, Sherlock Holmes aclaró el motivo de su petición— Verá, Watson. Creo que he inventado una nueva salsa. Deliciosa, como usted podrá comprobar de inmediato.

—Es que... —Watson trató de negarse pero le faltó convicción— Está bien. ¿Usted la ha probado, Holmes? No es que no me fíe, pero...

—¡Oh! Vamos, Watson. No sea usted gallina. Pruébelo sin miedo, sea buen chico.

Por fin se decidió a probar el soufflé, adornado con la misteriosa salsa, que parecía estar compuesta por dos salsas distintas mezcladas, tal y como se podía colegir de los tonos amarillento y verdoso de la misma. El doctor quedó prendado con el resultado y en su rostro se dibujó la misma expresión de satisfacción, perplejidad y orgullo que acostumbraba a mostrar cada vez que su compañero esgrimía sus lógicas y sesudas explicaciones, esclareciendo los múltiples enigmas e incógnitas que componían cada uno de sus casos, que sólo el genio de Sherlock Holmes era capaz de desentrañar.

—¡Bravo, Holmes! Es maravilloso. ¿Cómo lo ha logrado?

—Casi me da vergüenza admitirlo, pero el mérito es todo de la señora Hudson. Fue ella quien, negligentemente, me hizo tropezar mientras recogía parte de la vajilla con la que me ha estado sitiando durante los últimos días —Watson asistía perplejo al discurso de su amigo.

—Al parecer, amigo mío, su torpeza ha provocado que yo mezclase una sal de azufre con un reactivo bastante peligroso. Mi habilidad y destreza, junto con la rapidez de mis movimientos, han evitado un pequeño y engorroso desastre.

—No comprendo, Holmes, qué relación tiene todo eso con el sabrosísimo adobo que acabo de probar —el doctor Watson se había levantado por fin de la mesa. Sherlock Holmes continuó con su disertación.

—El caso es que he expulsado de inmediato a nuestra patrona y ella ha dejado toda la vajilla apilada en esa mesa auxiliar de la que usted acaba de levantarse —el doctor Watson permanecía atento, jugueteando con su bigote—. Como bien sabe, doctor, hoy la señora Hudson ha preparado una excelente «caldeirada» de abadejo, condimentada únicamente con un excelente aceite de oliva virgen extra. Traído de España, por supuesto. Esos bárbaros desconocen muchas de las veleidades de nuestro tiempo, pero ¡vive Dios que saben cocinar!

—No querrá decir que ha mezclado usted el aceite de oliva —Watson ya había identificado uno de los dos ingredientes de la exquisita salsa holmesiana— con algo dulce; tal es el regusto que ha dejado en mi paladar.

—Bravo, doctor. Le felicito. Se trata de miel. Miel española, para más señas.

—¿Me deja usted probar de nuevo, Holmes?

—Podrá usted hartarse cuando hayamos atendido a nuestro cliente, Watson. Sin duda se trata de algo verdaderamente urgente, a juzgar por los sofocados pasos que lo acercan a nosotros.

Unos pocos segundos más tarde se presentaba ante la extraña pareja un pequeño hombrecillo de cetrino aspecto, recortadas facciones y oscuro y descuidado cabello. El detective le ofreció asiento y le sugirió que tomase un par de bocanadas de aire antes de comenzar con el relato de su problema.

William Pearson, que así se llamaba el visitante de sus dependencias, era un simple mercader de objetos antiguos, un anticuario, en palabras más modernas. Al parecer, se había hecho con un cargamento que había arribado a Londres unos días antes, repleto de jugosas materias y elementos. Ofreció varios de ellos al detective privado, que rápidamente rehusó por carecer de interés para sus investigaciones y tratados.

Sherlock Holmes lamentó no poder servirle de ayuda e invitó a su visitante a abandonar la estancia, agradeciendo cortésmente la visita que les había dispensado. El menudo invitado pidió antes poder acudir al lavabo, alegando una repentina indisposición. Desapareció apresuradamente ante la atónita mirada del doctor Watson, que apenas tuvo tiempo de comunicarle a su  enigmática visita que él mismo podía atenderlo, en calidad de médico doctor.

Un par de minutos más tarde el señor Pearson salía del lavabo con renovados ánimos. Una vez estuvo de nuevo frente a Sherlock Holmes volvió a ofrecerle algo que el detective juzgó de inmediato como algo prodigioso, mostrando en esta ocasión toda su atención e interés. William Pearson apenas tuvo tiempo para abrir la boca y ofrecer al sabueso el nuevo objeto cuando éste atajó sus intenciones y le ofreció veinte guineas de oro por la mercancía. Desapareció entre los trastos de su cuarto y regresó contando un gran puñado de monedas relucientes, que descuidadamente depositó sobre la mesa del salón, al tiempo que arrebataba el valioso objeto de las manos de Mister Pearson. A continuación dió las buenas tardes a su invitado y cerró tras de él la puerta de las habitaciones.

—Rápido, Watson. Haga su equipaje. Nos vamos. Diga a la señora Hudson que nos llame un simón. Debemos ponernos en marcha cuanto antes.
—Holmes, ¿a qué viene tanta prisa? —el doctor contemplaba confiado e ignorante el objeto que Sherlock Holmes todavía sostenía entre sus delgados dedos de experto violinista—. ¿Es que se ha vuelto usted loco, amigo mío?

—Para nada, mi buen doctor, estoy muy cuerdo.

—¿A dónde piensa dirigirse tan precipitadamente?

—A Suiza, por supuesto. Es mi deseo cerrar un episodio del pasado. Si tenemos éxito en esta arriesgada empresa, tal vez pueda usted regalar al mundo el relato del más épico y peligroso de mis casos; en el supuesto de que salgamos victoriosos. Debemos enfrentarnos una vez más con el  «Napoleón del Crimen».

El doctor Watson quedó asombrado al escuchar de nuevo, tantos años después, una mención al profesor James Moriarty. El propio Holmes había regresado, literalmente, de la muerte en aquellas cataratas de Reichenbach. Pero el eminente matemático y genio criminal había perecido en ellas, estaba seguro.

—Holmes, amigo mío. ¿Quiere usted decir que...?

—Observe bien este objeto que he adquirido recientemente por veinte guineas de oro, Watson. ¿No le trae recuerdos a la memoria? Vamos, haga un pequeño esfuerzo, mi buen amigo. ¿Se acuerda ya?

El rostro de John H. Watson era un poema para Sherlock Holmes, que escrutó perfectamente, dándose perfecta cuenta de que el buen doctor había caído por fin en la cuenta.

—Perfectamente, doctor. ¡A la aventura, Watson!