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miércoles, 13 de marzo de 2013

EL ARCHIENEMIGO DE HITLER



Si les digo que fue un 13 de marzo, tal día como hoy, se quedarán igual que si les digo que sucedió un sábado de hace 70 años. Ahora bien, si les hablo de Tom Cruise y de la Operación Valquiria la cosa cambia, ¿no? Seguro que a muchos ya les suena ahora el complot para quitar de en medio a Adolf Hitler. Pues lo que sucedió el 13 de marzo de 1943, hace hoy setenta años, fue un pequeño ensayo (de los muchos que se acabarían sucediendo) de aquella peliculera «Ansatz Valkyrie». Y es que al Führer no había manera de quitárselo de encima, si no era a base de tiros. Descerrajados por su propia arma y por su propia mano, eso sí.

El gran responsable de los confabulados, y el que había urdido la mayor parte de las conspiraciones contra el canciller —ya veremos que hay unas cuantas— atendía por Herrmann Karl Robert "Henning" von Tresckow, y desconozco si es o no el personaje que interpretaba Cruise, ya que no veo muchas películas de Tom. El caso es que todo comenzó aquel esperanzador 13 de marzo. Hitler se había desplazado a Smolensk para pasar revista a sus tropas y para arengarlas en el asalto final a la Unión Soviética. Allá por la primavera de 1943 la Wehrmacht acabada de perder su primera gran batalla, Stalingrado. El plan inicial era pegarle cuatro tiros al enano de bigote, así por la patilla, y confiar en que el ejército se uniera a la chispa golpista. El problema de quitarse a Hitler de un plumazo era Himmler —a día de hoy todavía nos preguntamos quién estaba más loco de los dos—, que no había viajado con el «sonrisas».  Los instigadores temían por tanto una posible guerra civil entre las Waffen-SS (comandadas por Himmler) y el ejército regular. Se enfundaron las pistolas y pasaron al Plan B. Lo que harían sería volar al Führer por los aires.

El plan B consistía en colocar cargas explosivas en el avión que llevaría de vuelta a Hitler a su cuartel general de Prusia Oriental. Pero meterle cuatro petardos por el culo a Hitler no era coser y cantar y se las tuvieron que ingeniar muy pero que muy bien. Vean sino lo que hicieron. La cosa tiene su gracia porque intervinieron británicos, franceses y alemanes. Tresckow preguntó al coronel Heinz Brandt si podía hacer entrega de una botella de Cointreau al también coronel Helmuth Stieff, que por aquella época todavía no se había pasado al bando conspirador, como pago de una apuesta. El coronel Brandt aceptó gustoso y así fue cómo el explosivo subió a bordo, en forma de botella. ¿Qué había dentro? Pues la suficiente cantidad de «Plastic C» para mandar a Hitler al infierno, envuelto en una preciosa carcasa magnética, ambos de fabricación británica. El temporizador incorporado en la bomba debió haber detonado treinta minutos después de iniciarse el vuelo, pero las bajas temperaturas del maletero sin calefacción congelaron el artilugio y el pequeño cabrón salió ileso. Fabian von Schlabrendorff, que consiguió vivir hasta 1980, recuperó la dichosa botella y todos tan contentos. Habría que echar mano del Plan C si querían quitarse de encima a Adolfito. Y del D también. Y del F. Y del G…

Sólo una semana después los conspiradores volvieron a frotarse las manos. Se había informado de que el Führer planeaba acudir a la inauguración de una sala de exposiciones en un museo de Berlín. ¡Qué culto el cabrón! No se engañen. En esa sala sólo se expondrían las banderas y armas soviéticas capturadas en el frente. Para el caso daba lo mismo. La sala estaría repleta de bombas preparadas para detonar con temporizadores de 10 minutos. La visita del canciller estaba programada para una media hora escasa, pero a última hora se redujo a unos ocho minutos. Nuestros conspiradores no se lo podían creer. Debieron flipar cuando Hitler llegó al museo, inauguró la sala, hizo un breve recorrido, dio un efímero discurso y salió por las puertas del museo ¡en menos de dos minutos! A los implicados les faltó el tiempo para desactivar las bombas y quitárselas de encima, pero pudieron arreglárselas de nuevo haciéndose los tontos y silbando distraídamente.

A partir de entonces la cosa se ponía cruda para los conchabados contra Hitler, ya que al Führer dejó de vérsele por los campos de batalla de toda Europa y los cabecillas de la conspiración carecían de privilegios de acceso a las zonas reservadas del canciller. Entre ellas, la famosa Guarida del Lobo. Ése sería el escenario, un año más tarde, de la famosa y mencionada Operación Valquiria. Pero eso es harina de otro costal, y ya hablaremos de ella en otra ocasión. Les adelanto, sin embargo, que la cosa no llegó a buen término (a no ser para el hijo de puta, se entiende) y el amigo Tresckow acabó suicidándose un día después del fallido atentado. Sirvan sus postreras palabras, dirigidas a von Schlabrendorff, como sentido homenaje a un gran hombre que intentó quitarnos de en medio a uno de los peores hijos de puta de toda la historia:

"El mundo entero nos vilipendia ahora, pero todavía estoy totalmente convencido de que hicimos lo correcto. Hitler es el archienemigo no sólo de Alemania, sino del mundo. Cuando, en el tiempo de algunas horas, me vaya ante Dios para dar cuenta de lo que he hecho y dejado de hacer, sé que voy a ser capaz de justificar lo que hice en la lucha contra Hitler. Dios prometió a Abraham que no destruiría Sodoma si se podía encontrar a sólo diez hombres justos en la ciudad, por lo que espero que Dios no destruirá Alemania. Ninguno de nosotros puede quejarse acerca de la muerte, quien se unió a nuestras filas cuando nos enfundamos la camisa de Neso. El valor moral del hombre sólo se establece en el punto en que está dispuesto a dar su vida en defensa de sus convicciones".

martes, 15 de enero de 2013

EL ASPIRANTE (SOLUCIÓN)

Inspirado en "Corbatas de toda la vida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nqkIfJGh

El profesor de matemáticas y el pésimo escritor de novelas (Mike opinaba que no vendería ni un solo ejemplar de su nueva novela si pensaba escribirla del mismo modo en que se había estado documentando) se apresuraron a explicar sus postreras y extemporáneas internadas en el despacho de Peter Mallory, el difunto director adjunto del UAT. El primero en hablar fue el matemático. Aseguró haber vuelto únicamente en busca de unos papeles que había dejado olvidados en el despacho de Peter Mallory. El bibliotecario corroboró su historia y a continuación todas las miradas se dirigieron hacia el escritor de novelas. En este punto el vendedor de seguros afirmó que Peter Mallory seguía con vida cuando él había entrado en el despacho del director adjunto, por lo que el escritor tampoco había sido quién se había cargado al director adjunto.

—¡Basta ya! —exclamó Mike—. Ya he tenido bastante. Ignoro si los números primos le han permitido al señor M dar con una solución al problema de Fermat…

—Teorema —corrigió el matemático.

—Me importa una mierda —Mike estaba furioso—. Tengo mis dudas acerca de usted, señor M. Ahora bien, no albergo ni una sola acerca de las declaraciones del escritor y del bibliotecario. Dejen que las revise, señores.

Los cuatro sospechosos y la señorita Alison Moran habían permanecido hasta entonces arremolinados en torno a Mike Phobes, atendiendo solícitamente a sus ruegos y peticiones, mientras los dos agentes del UAT y el forense se cuidaban de custodiar el cuerpo de Peter Mallory. Ahora reinaba en el despacho del director adjunto un silencio sepulcral e incluso los agentes del UAT se disponían a escuchar las elucidaciones que Phobes estaba a punto de llevar a cabo.

—En primer lugar tenemos a un escritor, del que por cierto no he oído hablar, que dice haberse documentado acerca de la vida infante de Napoleón Bonaparte. Y tiene la poca vergüenza de decirnos que Napoleón, el Corso, había nacido en la frontera franco italiana. Me parece de traca. Creo que su absurda declaración ha tenido desde el principio el único objeto de alejarlo de toda sospecha, siendo tan nítida su desfachatez que difícilmente hubiera sido posible considerarlo ni siquiera sospechoso, habida cuenta que tanto él como el vendedor de seguros eran las últimas personas que habían visto a Peter Mallory con vida. Luego aparece un bibliotecario que dice estar interesado en restaurar un extraño volumen firmado ni más ni menos que por el mismísimo Sócrates. «Ya saben, el filósofo». Esas fueron sus palabras exactas, ¿no es cierto, señor B?

El bibliotecario miraba resentido a Mike Phobes, que lo contemplaba detenidamente. Phobes Continuó.

—Sócrates no ha escrito ningún libro, ¿verdad señor B? —preguntó tranquilamente.

—No —respondió el bibliotecario—. Sólo trataba de impresionar al director adjunto.

—Lo intuía. Ahora bien, ¿querrá usted, señorita Moran, confirmarnos a todos una pequeña sospecha que tengo?

Allison Moran contemplaba entretenida toda la escena. Realmente se estaba divirtiendo al ver cómo Mike Phobes hacía a la perfección el papel de detective belga. Allison pensó que hasta tenía sus propios ojos verdes. Ojos de gato.

—Por supuesto, señor Phobes —Allison accedió.

—Díganos, Allison. ¿La cita del vendedor de seguros había sido cambiada en una o varias ocasiones a lo largo de la semana?

—Sí —contestó la secretaria—. Pero, ¿cómo puede haberlo sabido?

—Lo he intuido. Si los hechos no se amoldan a las teorías, deben amoldarse éstas a los hechos. Y lo cierto es que si nos permitimos creer por un instante que el señor Mallory no esperaba o no recordaba la visita del señor V, todo concuerda. La cosa ha ido así, más o menos.

»El matemático, el escritor y el bibliotecario han ido desfilando por el despacho del director adjunto desde las nueve y media de la mañana hasta aproximadamente las once menos cuarto. El asesino y su cómplice debían actuar antes de las once de la mañana, hora en que el asesino sabía que yo iba a presentarme en el despacho de Peter Mallory. Pero me temo que usted, señor M, lo complicó todo, volviendo al despacho de Peter en busca de esos papeles olvidados. El asesino había olvidado la postrera visita del vendedor de seguros y, junto con su cómplice, dispuso el asesinato, que no podía dilatarse más en el tiempo. Y bien, como ya saben, las prisas son malas consejeras.
 
—No entiendo nada, señor Phobes —dijo la secretaria.

—Es muy sencillo, señorita Moran. ¿Cuáles son las dos últimas personas que han visto con vida al señor Mallory?

—El escritor y el vendedor de seguros —respondió Allison.

—Entonces ellos son el asesino y el cómplice —dijo el matemático. Dos y dos…

—Se equivoca usted —repuso Mike—. El cómplice está entre ellos. Pero no el asesino.

—¿Cómo? —parecieron exclamar todos al unísono.

—Les he dicho antes que se olviden ustedes del vendedor de seguros. Él no debería haber estado aquí. No al menos en los planes de nuestro asesino. ¿No es así, Peter Mallory?

Todos los presentes se quedaron con la boca abierta. Peter Mallory se había levantado y se estaba deshaciendo el nudo de la corbata. —Maldita sea, E, lo has apretado a conciencia —el escritor parecía orgulloso del four-in-hand que le había hecho al director adjunto. Todavía estupefactos, el pequeño corro que ahora se arremolinaba alrededor del resucitado Peter Mallory continuó atento a las explicaciones de Mike Phobes.

—Sospeché que algo raro ocurría cuando vi que tu elegante traje beige no pegaba nada con esa corbata chillona. Deberían prohibir el azul celeste en tan regia prenda, ¿no le parece, señor E?

—¿A mí que me dice? —preguntó el escritor.

—Se lo pregunto a usted porque esa corbata es suya. Y es horrible, perdone mi sinceridad, se lo ruego —Mike Phobes continuó con su disquisición—. Usted y Mallory lo habían planeado todo pero a última hora les entraron las prisas, y el inesperado retorno del profesor de matemáticas y la relegada cita con el vendedor de seguros lo acabó por precipitar todo. Usted, Mallory, trató de quitarse la corbata para que el señor E pudiese usarla como soga y ahorcarlo, pero olvidó que el nudo Pratt con el que suele anudar sus corbatas no se deshace por completo al tirar del extremo más estrecho de la corbata, sino que deja un pequeño e incómodo nudo —todos seguían, embobados, el relato de Mike.

»Consciente del tiempo que le haría perder ese incómodo nudo, el señor E tomó la corbata del señor Mallory y le cedió a éste su propia corbata, anudada con un sencillo four-in-hand. Éste ha sido uno de los errores que han cometido. Al iniciar la ronda de declaraciones, el señor E llevaba su corbata anudada con un medio Windsor. Pero ¿por qué semejante nudo, excesivamente grueso, para tan estrecha corbata? La respuesta resulta obvia. El señor E trataba de ocultar la fastidiosa marca que el director adjunto había producido en la corbata cuando trató de deshacer un nudo imposible de descomponer.

—Mike, hijo —Peter Mallory se mostraba abstraído—, ¿cómo encaja en su teoría la presencia del vendedor de seguros? Declaró haber estado en mi despacho durante unos diez minutos.

—Si no me equivoco —continuó diciendo Phobes— yo diría que el vendedor de seguros aprovechó muy bien esos diez minutos. ¿No es así, señor V?

—No sé a qué se refiere usted, señor —repuso el vendedor.

—Usted era, señor V, la única pieza (junto con el inoportuno regreso del señor M) que no estaba bajo el control del señor Mallory. Yo diría que durante esos diez minutos estuvieron ustedes discutiendo el precio en metálico de su silencio, aunque yo me inclinaría más bien por la promesa del director adjunto de firmarle uno de esos seguros que usted vende. ¿Voy bien?

—Perfectamente, Phobes —concedió el director adjunto—. Un trabajo soberbio, agente. Pero, ¿quiere hacerme creer que ha resuelto usted un caso de asesinato basándose en los nudos y colores de nuestras corbatas? La verdad, no sé muy bien qué creer.

—Gracias, jefe. Pero no lo he resuelto gracias a las corbatas. Ellas se han limitado a confirmar mi primera hipótesis.

—¿Y cuál es su primera hipótesis, Phobes? —preguntó concernidamente el director adjunto.

—¿Puedo hablar con sinceridad, jefe? —Mike parecía estar divirtiéndose.

—Adelante, Phobes.

—Bien. Mi primera hipótesis es que usted es gilipollas, jefe. No se ofenda.

—¡Como dices!

—Obtuve la prueba definitiva en el instante en que el forense le dio a usted la vuelta, señor, revelando su burdo intento de deshacerse del pañuelo de seda que acompaña a su corbata roja. ¿De qué otra manera iba usted a intercambiar su corbata con el escritor de novelas y olvidarse del pañuelo? —Todos miraban incrédulos el trozo de pañuelo rojo que Peter Mallory se había introducido en la manga izquierda de su traje y que asomaba colgando de su brazo, acusándolo formalmente de su gran estupidez.

—Está bien. Que todo el mundo vuelva a su puesto de trabajo —ordenó el director adjunto—. Usted, Moran, tramite el formulario de ascenso del agente Phobes. Y usted, amigo —dijo mientras se dirigía al vendedor de seguros—, va a tener que volver mañana. De todas formas, ¿a dónde cojones pensaba ir con el formulario de un seguro de vida? Yo sólo quería hacerme un maldito seguro dental. «Puñeteras muelas», masculló.

sábado, 12 de enero de 2013

EL ASPIRANTE

Inspirado en "Corbatas de toda la vida", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/nqkIfJGh

Mark Phobes entró por la puerta de las oficinas del UAT pocos minutos después de las once de la mañana, justo en el instante en que la preciosa Alley Moran se terminaba la segunda de cinco tazas de café sólo, sin azúcar, que despacharía a lo largo de su jornada laboral, que hoy duraría un par de horas más debido al trabajo extra que tendría que hacer. Pero eso todavía no lo sabía, así que aún se encontraba de un excelente humor. La señorita Moran saludó al señor Phobes con la exquisita educación que sus padres le habían pagado en el más caro de los High School privados del sur de Alabama, aunque ciertamente algo venida a menos por los malos hábitos que había adquirido en su corta pero intensa época universitaria o, como a ella le gustaba llamarle, “el descanso de mi vida”. Sus virulentos modales sólo salían a flote, revelando lo peor de su ser, cuando alguien se lo curraba de veras y lograba sacarla de sus casillas. En semejantes lances la eficiente secretaria Moran guardaba más parecido con un King Kong al que hubieran metido por el culo un nido de avispas de muy mala leche que con la pequeña y coqueta gatita que Mark Phobes tenía justo delante de sus fríos e impersonales ojos verdes.

—Le está esperando, señor Phobes —dijo la gatita.

—Gracias, Alley. ¿Todo bien? —su naturaleza cortés se interesó por la muchacha.

—Muy bien, Mark. Ahora entra, no querrás impacientarlo.

Mark Phobes echó un último vistazo, tal vez con demasiada lujuria, a las medidas de la joven secretaria. Los delicados dedos de Alley Moran desembocaban en unas muy cuidadas uñas, mantenidas sin duda gracias a una cara manicura (Mark pensó que las secretarias buenorras se gastaban una fortuna en ponerme monas), con las que grácilmente sujetaba el teléfono en lo que parecía el excelente truco de un prestigioso funambulista. «El señor Phobes ha llegado. Lo hago pasar». Mark no acertó a oír a nadie al otro lado del aparato y unos segundos más tarde franqueaba la puerta del lujoso despacho del señor Mallory.

Peter Mallory no sólo no se encontraba de pie para recibir a Mike sino que su sillón estaba orientado a la amplia galería de la que gozaba el espléndido despacho del director adjunto del UAT, dándole la espalda a cualquiera que entrase por la puerta que comunicaba el bufete de Peter con el de su felina secretaria. Mike avanzó dubitativo a través de la instancia, sin pronunciar ni una sola palabra, hasta que por fin atisbó, a los pies del mamotreto que Mallory usaba como mesa de estudio, los excesivamente lustrosos zapatos negros del director adjunto, y tras ellos el cadáver del aludido.

Salió corriendo del despacho y llamó a gritos a la lúbrica secretaria. Minutos más tarde entraron de nuevo en el despacho de Peter Mallory, acompañados por un par de agentes de la UAT y un forense de la plantilla. Fue éste quien confirmó lo que todo el mundo había sospechado hasta entonces. El director adjunto había pasado a mejor vida, estrangulado por una ridícula y poco sobria corbata azul celeste, que más bien daba la impresión de formar parte de una desafortunada camisa con chorreras o, peor aún, alguna clase de babero institucional. Por lo demás, el director adjunto del UAT lucía con elegancia, aún en el trance de la muerte, un refinado traje beige compuesto por unos pantalones cortados a medida y una chaqueta de dos botones.

Mientras los agentes tomaban huellas y notas de todos los objetos y recovecos del enorme bufete del difunto director adjunto del UAT, el forense certificaba su muerte y daba la vuelta al cadáver, para tomarle la temperatura del hígado, mediante la cual intentaría descifrar la franja horaria aproximada de la muerte de Peter Mallory. Fue entonces cuando Mike Phobes no pudo dejar de observar que el director adjunto se había decidido, el mismo día de su muerte, a cambiar su clásico nudo Pratt por uno que le pegaba mucho menos: el four-in-hand.

—Está bien, Alley —dijo Mike—. Traigamos aquí a los sospechosos.

Allison Katherine Moran hizo localizar a los cuatro hombres que desde las nueve y media de la mañana habían desfilado ante Peter Mallory. Todos y cada uno de ellos se habían escurrido a través de su propia oficina hacia el despacho de su superior y todos ellos, sin excepción, habían abandonado la estancia a través de la puerta principal del despacho del director adjunto, puesto que la señorita Moran no había vuelto a ver a ninguno de ellos. Alley no dejó de hacerle notar a Mike Phobes que todos los sospechosos todavía permanecían en el edificio en el momento en que ella los había llamado a sus respectivos teléfonos móviles. No daremos aquí los nombres de los cuatro sospechosos, todos y cada uno de ellos son respetables ciudadanos y, aunque uno de ellos sea un taimado asesino, los nombres de todos ellos deben permanecer por el momento en el anonimato. Baste dar sus descripciones y ocupaciones habituales. Son éstas.

El profesor de matemáticas había sido el primero de los cuatro visitantes en presentarse ante Mr. Mallory, poco después de las nueve y media de la mañana. Días antes había concertado su cita con el señor Mallory a través de su neumática secretaria. Vestía un traje negro raído y llevaba puesta una desgastada y maloliente camisa blanca (Mike podía olerla desde dónde se encontraba), dejándose el último botón de la camisa sin ajustar. La corbata hacía juego con su ajado traje e iba anudada según la moda americana. Mike Phobes reparó en sus marrones zapatos. Bien lustrados, pero marrones. A continuación escuchó su versión de los hechos. El profesor de matemáticas había ido a ver al director adjunto del UAT con la certeza de haber descubierto una evidencia acerca de la imposibilidad de demostrar el teorema de Fermat. Se había presentado en el despacho de Peter Mallory con varias carpetas repletas de folios y más folios que, según el docente, dejaban patente la imposibilidad de alcanzar una solución real al problema del famoso teorema. Dicha demostración se basaba, en palabras del entusiasta matemático, en el producto interno infinito de un conjunto finito de números primos. «Sencillamente genial», habían sido sus palabras exactas. El profesor había abandonado el despacho del director adjunto poco después de las diez menos cinco de la mañana.

La siguiente identidad correspondía a un escritor de novelas baratas (Mike no había oído hablar de él y no digamos ya conocer su obra) que había regresado de Francia unos días atrás. Era el único de los cuatro que no había concertado una cita con Peter Mallory, por tratarse de uno de los miembros de su círculo íntimo. Los modales demasiado amanerados del escritor apenas quedaban ocultos detrás de un pulcro traje gris, sin duda hecho a medida, y que confería a su dueño una pose muy atractiva, a la vez galante y ensoñadora. Completaban el atuendo una elegante camisa de seda azul desteñido y una sobria corbata roja anudada con lo que parecía un medio Windsor —sí, Mike estaba seguro, era un medio Windsor—, junto con unos elegantes y refinados zapatos negros (sin duda italianos). El escritor había entrado en el despacho de Mallory unos pocos minutos después de las diez de la mañana y había permanecido dentro del mismo una media hora. Según el propio interesado le había relatado al director adjunto —había dejado claro que «era mi amigo»—, su viaje al sur de Francia había sido motivado para recabar algunos detalles íntimos de la vida de Napoleón Bonaparte, sobre la cual estaba escribiendo un libro. Al parecer, el entusiasta escritor había pasado unos días en la misma villa francesa en dónde había nacido el emperador, justo en la frontera con el país transalpino.

El tercer hombre entró en el despacho de Mr. Mallory sobre las once menos cuarto y apenas permaneció dentro un par de minutos. Resultó ser un bibliotecario local que buscaba a su particular Rey Midas entre los altos cargos del UAT («buena suerte, capullo», pensó Mike). El hombre, menudo y literalmente enfundado en un traje azul oscuro, con camisa blanca y corbata burdeos estrecha muy bien anudada, aunque con un desafortunado nudo, según el criterio de Mike Phobes, era el que más nervioso se mostraba de los cuatro. Mike no pudo evitar fijarse en que el bibliotecario era el único que había sabido combinar (tal vez hubiera sido su mujer) el color del cinturón con el de los mocasines. El nervioso bibliotecario pronto reveló el motivo de su visita. Al parecer pretendía, sin mucho éxito, impresionar al señor Mallory con el catálogo de libros que iban a ser restaurados por su departamento y entre los que figuraban varios ejemplares de Herodoto, Plutarco e incluso un poco conocido volumen que había firmado Sócrates, «ya saben, el filósofo».

Finalmente marchó ante Mike Phobes el último candidato a pasar los próximos veinte años a la sombra, un vendedor de seguros. Lucía un traje bien cortado marrón, acompañado de una camisa azul claro y una elegante pero mal anudada corbata marrón de punto. Sus zapatos eran negros y su cinturón castaño. Mike Phobes no dejó de notar que todo el conjunto le sentaba fantásticamente bien a nuestro vendedor de seguros. Comenzó a hablar y dijo que había entrado en el despacho de Peter Mallory unos minutos antes de las once de la mañana y que había permanecido en el mismo no más de diez minutos, durante los cuales había puesto al día al señor Mallory de los muchos y variados productos que componían el abanico de ofertas que contenía su cartera de servicios. El vendedor afirmó que el director adjunto se había decidido por una modalidad bastante estándar de seguro de vida, en el que su propia esposa sería la beneficiaria.

Mike y Allison no pudieron evitar mirarse subrepticiamente el uno al otro y es que ambos conocían de sobra que el director adjunto Mallory no estaba casado. Como punto y final a la ronda de declaraciones Mike Phobes dejó que todos los sospechosos añadieran aquello que consideraran oportuno y que pudiera servir para esclarecer el caso. El bibliotecario declaró que al abandonar el despacho del director adjunto el hombre que decía ser el profesor de matemáticas estaba esperando fuera del mismo, y le pidió que no cerrara la puerta, que ya lo haría él más tarde. El matemático declaró por su parte que cuándo él había abandonado el despacho por segunda vez el escritor de novelas había vuelto tras sus pasos y se había introducido de nuevo en la oficina del director adjunto. Mike intervino.

—Tres de ustedes han mentido deliberadamente —dijo—. Aunque me da lo mismo. Sé cuál de ustedes es el asesino —todos miraron a Mike con una mezcla de desprecio y sorpresa pintada en sus rostros—. Sé además quién es el cómplice del asesino.

¿Y tú? ¿Sabes quién asesinó al director adjunto Peter Mallory? ¿Conoces la identidad de su cómplice?

miércoles, 9 de enero de 2013

UN PERRO QUE SE LLAMABA BINGO (PARTE 2 de 3)

Inspirado en "La fragata 'Mercedes' y el ARQUA", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/yxvquCmI

Una pequeña brisa cruzó fugazmente la desolada planicie y tanto Randall como Bingo levantaron solemnemente sus cabezas y disfrutaron del regalo que la inclemente meteorología australiana les hacía. El canguro tomó de nuevo la palabra.

—Y bien, Bingo. ¿Conoces alguna historia que puedas intercambiar conmigo?

Por vez primera el perro miraba al marsupial con un negligente mohín. Puede que Bingo Jones no tuviese una barriga para transportar cuentos dentro de ella, ni para intercambiarlos con los miembros de su especie, pero era un perro inteligente, y si Bingo Jones tenía que ingeniárselas para contarle a Randall una historia, se inventaría una que dejase perplejo al canguro. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar, conque pidió a Randall que contase él primero su historia, así al menos ganaría algo de tiempo.

—Está bien. Yo contaré antes mi historia. Pero has de entender una cosa. No te puedo contar la historia que llevo en mi vientre. Resulta obvio, ya que después de contártela tendríamos que intercambiar nuestras tablas y no veo que tú lleves bolsa alguna en tu panza.

Bingo Jones aceptó. Se dispuso a escuchar atentamente el relato del marsupial. Su historia comenzó así.

—Ya que no te puedo contar la historia que llevo dentro y, por extensión, tampoco ninguna otra que me haya aprendido de memoria y que figure en las tablas de las que te he hablado, te contaré algo más acerca de este nuestro ritual. No sé si el ritual es algo propio de los canguros grises o si lo compartimos con el resto de las familias de canguros, aunque me inclino más por la primera posibilidad, habida cuenta del diferente tamaño de nuestros sacos marsupiales. Algunas familias incluso carecen del mismo, con lo cual…

Bingo emitió un débil gruñido que no pasó inadvertido al canguro Randall.

—Si ves que me voy por las ramas, me avisas. Como has hecho ahora —¿Le guiñó un ojo? —. Decía que en lugar de contarte una de las historias que he aprendido de memoria, lo que haré será contarte el origen de nuestro ritual. Es igual de misterioso y estoy seguro de que será un relato de tu agrado, mi nuevo amigo. Éste es.

»Sucedió hace muchos, muchos años, cuando Australia aún acababa de separarse de los otros continentes. ¿Sabes que hay otros continentes, Bingo? —Bingo asintió, algo decepcionado por el titubeante comienzo de la historia, pero no se lo hizo notar a Randall— En esa época, un barco enorme, imponente, algo que los escritores de novelas baratas tildarían de “bíblicas proporciones” (como si en la biblia no hubiese también cosas pequeñas...) se precipitó en nuestras costas. A bordo de esta monumental embarcación viajaba una formidable manada de canguros blancos. Antes los canguros no eran rojos o pajizos, grises o pardos, sino blancos. Todos nosotros éramos blancos, Bingo.

Bingo había tomado el hilo del relato con mucho más interés y se mostraba impaciente. Volvió a ladrarle al canguro, indicándole que continuara contando su historia. Randall prosiguió.

—A bordo del navío viajaba también un poderoso mago que había sido desterrado de un lejano reino. Australia no era ni mucho menos la meta de su viaje y la visión del barco destrozado en miles de pedazos, tal vez millones, terminó por enloquecerlo por completo. Cuando se hubo recuperado del terrible impacto emocional que había sufrido tomó la determinación de reconstruir el barco, y murmuró su último conjuro.

—¿Qué murmuró, Randall? —Bingo Jones se mostraba de nuevo impaciente.

—A eso voy. Deja que te cuente la historia. No me interrumpas, ¿quieres?

»El viejo mago hizo acopio de todas sus bríos e ingenio y consiguió invocar a las fuerzas de la naturaleza, a las que comunicó sus propósitos —Bingo sentía cómo su corazón latía desbocado—. Dio orden al viento y al agua de recoger todos y cada uno de los trozos del barco y reunirlos en la playa, apelotonando los restos del naufragio en una torre tan alta y gruesa que impedía el paso de la luz del sol en pleno mediodía. Más tarde, indicó al fuego que esculpiese en cada tabla del naufragio las historias que el mago le iba relatando. El fuego esculpió todas y cada una de las historias en el idioma de los canguros, del cual ya te he hablado —Bingo asintió—. Cuando el fuego hubo terminado su cometido se retiró de nuevo al interior de la isla y allí permaneció todavía durante miles de años, esperando a que los «Koories» lo descubriesen. A continuación el mago introdujo una tabla gravada en cada uno de los sacos marsupiales de los canguros y los hizo alejarse de la costa, murmurando su último conjuro. Inmediatamente convocó de nuevo al viento y al agua, a los cuales pidió que lo llevasen mar a dentro, y que lo sumergiesen en lo más profundo del océano.

—¿Y qué pasa con vosotros? ¿Cuál es el conjuro, Randall?—preguntó ansioso el perro.

—Como ya sabes, cada uno de nosotros porta un trozo del navío naufragado. En cada una de las tablas hay gravada una historia que el mago relató al fuego primigenio y que debe ser transmitida de canguro en canguro, hasta que uno de nosotros complete la totalidad de las historias contadas por el mago. Cuando eso suceda, el mago tomará cuerpo en el canguro que reúna todas las historias y verá así reconstruido su barco.

—Es una historia fantástica —dijo Bingo.

—Gracias. Sabía que la disfrutarías.

—Sólo hay una cosa que no me has explicado. Has dicho algo acerca de que todos los canguros erais blancos, pero tú no eres blanco… De hecho sólo tienes un pequeño mechón blanco justo debajo del cuello, sobre la garganta.

—No. No lo soy. Te explicaré porqué. Antes de nada debes saber que cuando uno de nosotros muere, le transmite a sus hijos todas y cada una de las historias que hemos aprendido de memoria a lo largo de nuestra vida. De otra forma la maldición que pesa sobre nosotros sería eterna y nunca podríamos quitárnosla de encima.

El perro asintió e indicó al canguro que continuase con su relato.

—Cada uno de nosotros era blanco al llegar a Australia, y con cada historia que intercambiamos con uno de nuestros semejantes, se nos colorea un mechón de pelo, de modo que cuantas más historias intercambiemos, menos pelaje blanco conservaremos. Por cierto, nuestros hijos nacen exactamente con el mismo número de mechones coloreados que tengamos nosotros en el momento de concebirlos. Y al reunir todas las historias escritas por el mago, perderemos por completo todo vestigio de color blanco de nuestro pelaje.

—Es una historia fantástica —Bingo Jones seguía perplejo—. No tengo palabras. Me has dejado con la boca abierta. ¿Hay algo de verdad en tu historia, Randall?

—Toda historia tiene algo de verdad, Bingo. ¿Qué me dices de la tuya?

El perro había asistido tan maravilladlo al relato del canguro que había olvidado pensar en una historia que poder contarle a Randall. Se avergonzó y no pudo evitar pedir disculpas al marsupial. Solicitó unos minutos para ordenar los datos más relevantes de su historia —mintió. Al cabo de un rato comenzó a relatar su historia, al tiempo que se la iba inventando.

UN PERRO QUE SE LLAMABA BINGO (PARTE 1 de 3)

Inspirado en "No compres ese perro", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/a5maV0Sb

Bingo bajó cautelosamente la ladera, tratando de no despeñarse. Apenas hacía un rato que el sol se recortaba sobre los peñascos pero ya podía sentir todo el calor del verano en su lomo. Su húmedo hocico y su ajetreada lengua difícilmente disipaban todo el calor que la remota y desierta vertiente le suministraba, situada en una yerma y desamparada región de Nueva Gales del Sur. Siguió procediendo sensatamente, poniendo mucha atención en su descenso, y al cabo de unos pocos minutos consiguió alcanzar su objetivo. A ambos lados se extendía una vasta y desolada llanura que se prolongaba hasta donde su cansada vista le permitía alcanzar. De frente, a lo lejos, podía divisar un pequeño bosque de robles australianos, y a sus espaldas quedaba la abrupta cordillera que acababa de salvar.

No podía quedarse quieto y restregarse sus escocidos ojos, pero hubiese dado cualquier cosa a quién tuviera a bien enterrar un palo o cualquier otra cosa en sus irritadas cuencas oculares y comenzara lentamente a frotárselas como dios manda, hasta hacerle sangre, si fuera necesario. Desechó la idea al instante. Agradecería el gesto enormemente, pero no tendría nada a cambio con que obsequiar al buen samaritano que aliviase su enrojecimiento ocular. A Bingo no le gustaba deber favores a nadie y ese era un favor que ciertamente debiera ser recompensado de forma inmediata. Continuó su camino y se encontró con Randall.

Randall resultó ser un ejemplar macho de canguro que estaba de muy buen ver. Poseía todas las buenas cualidades que una hembra sana y en época de cría podría haber solicitado en cualquiera de los formularios que los obsequiosos cuidadores de las reservas ponían al alcance de las féminas mayores de edad al término de la temporada de lluvias que, dicho sea de paso, solía ser más bien corta en esa remota región desértica. Randall miró de soslayo al bueno de Bingo y saludó el paso del can con una leve y casi imperceptible mueca. Bingo pronto se encontraría al límite de sus fuerzas y juzgó oportuno detenerse a parlamentar con el apuesto canguro.

—Buenos días —dijo.

—Hola —contestó el canguro.

El gesto cruzado del canguro Randall había desaparecido. Bingo reparó en el cambio.

—Me llamo Bingo.

—Yo soy Randall.

—Randall, ¿eh? Eres un «macropus giganteus», ¿verdad?

—¡Bingooo! —Respondió el canguro gris—. Oh, perdona. No pretendía…

—No tiene importancia, me lo dicen a menudo —los dos se echaron a reír.

Ambas especies se contemplaron amistosamente antes de seguir con la plática. De nuevo fue Bingo quién habló de nuevo.

—Por cierto, Randall, ¿conoces el origen de la palabra canguro?

—Conozco el significado de lo que «tú» crees que significa. Y también conozco el verdadero significado de las palabras «Kan Ghu Ru».

El sorprendido perro se quedó perplejo. Bingo Jones, que había trabajado codo con codo con muchos humanos —incluso había llegado a ser redactor jefe del prestigioso «Ladrido de Sydney»—, no pudo evitar ruborizarse y encogerse de hombros. Solicitó de inmediato una explicación al marsupial. La disquisición del macrópodo no se hizo esperar.

—El hombre blanco cree que las palabras «Kan Ghu Ru» significan «No Lo Sé», pero los «Koories» y otros muchos hombres de color conocen perfectamente su significado —Bingo asistía entusiasmado a la explicación de su nuevo amigo Randall—. Estos tres vocablos no tienen sentido por sí solos, ya que nuestro idioma es principalmente fonético, y carecemos de una escritura establecida. Pero pronunciadas una tras otra, estas voces denotan la bolsa marsupial que llevamos adherida a nuestra panza, y su significado quizás te sorprenda.

Bingo Jones ladró nerviosamente a su interlocutor, indicándole que prosiguiera con su relato.

—«Kan Ghu Ru» significa, mi nuevo amigo, «El saco de los cuentos».

—El saco de los cuentos… —murmuró Bingo.

—Efectivamente.

—Creo que no lo entiendo.

—Cada uno de nosotros lleva en su barriga un cuento, una tabla con figuras arañadas en la madera que nos permiten recordar los puntos más relevantes de cada historia —Bingo no acertaba a disimular su vacilación y descansaba ahora sobre sus cuartos traseros, exudando pródigamente. Cada uno de nosotros debe aprender de memoria la historia contenida en su tabla —Randall extrajo de su bolsa un pegajoso y babeante trozo de madera— y una vez asimilada debe ser entregada a otro canguro, que cederá su propia plancha. Este es el verdadero uso que damos a nuestras bolsas marsupiales y nuestra tradición nos obliga a ejercer dicho ritual con todos los miembros de nuestra comunidad. Yo he aprendido de memoria la historia de mi tabla. ¿Tú conoces alguna historia que me puedas contar, Bingo?

—¡Increíble! ¡Quién iba a decirlo!

Bingo Jones había disfrutado mientras Randall lo ilustraba acerca de las tradiciones y usos marsupiales y estaba dispuesto a intercambiar con éste una de las muchas historias que le habían referido los humanos, allá en la lejana Sydney. Ansiaba, asimismo, poder escuchar la historia que el canguro estaba a punto de contarle.

martes, 4 de diciembre de 2012

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Inspirado en "Aquella España cañí", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/gb6ZIKW9

Vuelve Diciembre a nuestro calendario y vuelve también el puente más deseado de todo el año: El puente de la Constitución. O el puente de la Inmaculada, como ustedes prefieran. El caso es que este año el calendario nos ha jodido bien la marrana y ha dejado caer en sábado a la Inmaculada Concepción. Aunque peor fue la jugarreta del año pasado: todos nos quedamos con cara de gilipollas al ver que Nochebuena y Fin de Año se nos iban también a un puto sábado. Y es que al personal se la sopla mucho eso de la Nochebuena, la Constitución y demás soplaguindeces por el estilo con las que nadie se identifica y que, sin embargo, esperamos como agua de mayo para tirarnos a la bartola todo el santo día en el sofá o, en el caso de los más intrépidos, meterse un tute de cuarenta o cincuenta horas de coche en tres o cuatro días para recorrer la mitad norte de la geografía nacional, con tremendos bancos de niebla incluídos, sin olvidarnos de las traicioneras nevadas de la época.

De las cuatro fechas rojas que se han mencionado (el autor ha escogido las cuatro más cercanas en el tiempo, por comodidad), sólo dos de ellas conmemoran hechos reales, con mayor o menor infamia implícita. El lector avispado habrá advertido la frivolidad de la fecha que conmemora el referéndum de 1978, y que recoge, permítanme decirlo con todas las letras, una poca mierda pinchada en un palo. Lo que tenemos en España desde hace 34 años es un mal arreglo entre fachas y republicanos arrepentidos, con ansia de mandar, aunque sólo fuese un poquito. La buena es la de 1812, la que habría que haberle metido por el culo al infame de Fernando VII antes de decapitarlo en la Plaza Mayor, que para eso estaba. En fin, me pierde la boca y ustedes no me echan el freno, que no hemos venido aquí a hablar de la infamia de los Borbones.

Decía que ni la Natividad del Señor ni la Inmaculada Concepción conmemoran fechas históricas. Ni Dios sabe cuándo nació Jesucristo y el 25 de Diciembre ha sido hábilmente escogido por la iglesia —en minúscula— para apropiarse del carácter vital de una antigua festividad pagana al estilo de Samaín o Halloween (que vienen a ser lo mismo); ya saben, si no puedes con ellos, únete a ellos. En cuanto a la Inmaculada Concepción, se celebra el día 8 de Diciembre por decreto. Porque sí y punto. Porque lo dijo el Noveno de los Píos. Pío IX.

Corría el año 1854 cuando el papa de marras zanjaba de una vez por todas una discusión que se había venido produciendo durante los últimos setecientos años, y que trataba de justificar si la Virgen María había sido o no concebida libre del pecado original. ¿Qué leches es esto?, se preguntará el incrédulo lector. Pues es, ni más ni menos, el pecado que se transmite a todos los homo sapiens sapiens cristianos nacidos de Eva y Adán. El problema radica en que, históricamente, es Jesucristo el primer humano que nace libre de pecado original y que es él quien redime a su madre del mismo. Santo Tomás y los dominicos (mucho más vehementes y radicales que el famoso filósofo estudiado en el C.O.U.) se preguntaban de qué narices había redimido Jesucristo a su madre si la Virgen había nacido libre del dichoso pecado original. Enfrente se habían encontrado con la postura de los franciscanos, que se les había metido entre ceja y ceja la intachabilidad de la virgen y que, finalmente, se llevaron el gato al agua.

Se conoce que al bueno de Pío IX se le hincharon los cojones con tanto tira y afloja y decidió poner en orden el gallinero. Tampoco debía de haber mucho jaleo si no tenían nada mejor sobre lo que debatir. El caso es que el papa decretó la festividad de la Inmaculada Concepción mediante una «definición dogmática» que, según el cardenal Lambruschini, hacía falta, y mucha: “Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Pues vale.

Si la curia hubiese tratado de tocar el bolsillo del respetable (una vez más), habrían pintado bastos, pero como el personal no hace ascos a un día de relajo y la cosa no estaba como para tirar cohetes (media España sangraba todavía por las heridas infringidas por la Primera Guerra Carlista; la otra media estaba a punto de hacer lo propio en la segunda), el pueblo aceptó asépticamente la “Bula Ineffabilis Deus” gracias a lo cual, llegados a estas fechas, se nos llena la boca de palabras como puente, acueducto, oleoducto, al mismo tiempo que a las agencias de viajes y a los hoteles se les llena el bolsillo con nuestro dinerito. Ahora menos porque estamos en crisis.

jueves, 29 de noviembre de 2012

EL REGRESO

Inspirado en "Sobre lugares y libros", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/VCNE6khX

El vuelo 673 acumulaba ya dos horas de retraso y tenía toda la pinta de querer acumular unas cuantas más. Por enésima vez se repantingó en su incómodo asiento, y de nuevo echó una furtiva mirada, cargada de lascivia, a las tremendas piernas de la rubia de enfrente. La chica tendría veintipocos años, más cerca de los veinte que de los treinta, y correspondía a sus sigilosas miradas abriendo y cerrando muy lentamente sus sabrosos y húmedos labios, pintados de un rojo que la mayoría de los hombres consideraría coto privado de las prostitutas y que, sin embargo, la chica portaba con la misma naturalidad que mienten los políticos. Más allá de la puerta de embarque los empleados de la compañía aérea se relajaban fumando un cigarrillo tras otro. Cerró los ojos y se zambulló en sus pensamientos.

El año en que Belice obtenía su independencia del Reino Unido,  Milton Greene estrenaba su mayoría de edad y lo celebraba abandonando el pequeño país caribeño en busca de su propia fortuna. Su primer destino había sido una ruinosa ciudad de Carolina del Norte, en donde comenzó sus estudios de interpretación, que finalmente abandonaría poco tiempo después. A sus veintiún años vería publicada su ópera prima, inspirada en una inquietante historia que su abuelo materno acostumbraba a contarle durante las interminables noches de la temporada de huracanes. La intriga databa de los tiempos en que ingleses y españoles se peleaban a brazo partido por el oro del antiguo Imperio Maya. Los corsarios ingleses acosaban con sus cañones a los honrados españoles, que muy diligentemente saqueaban el oro local. Durante un terrible asedio inglés, una muy importante personalidad española vio truncados sus días en la pequeña población costera y el destacamento español destinado en la bahía de Honduras construyó un suntuoso sepulcro unas pocas millas tierra adentro para honrar la memoria de tan principal persona.

El sepulcro fue finalmente edificado muchos meses después, y del cadáver de la muy importante personalidad sólo quedaron sus huesos y ropas, que al fin pudieron recibir sepultura. Algunos años después, durante el dominio inglés de la zona, una comitiva de su graciosa majestad celebró exequias en memoria de uno de sus más respetados dirigentes. Se quebrantó el sello del panteón y el sarcófago del anciano español fue hallado abierto, con todos sus huesos esparcidos por el suelo de la sepultura. A todos los presentes extrañó que la tapa del ataúd, de piedra maciza, estuviera desplazada de su posición ordinaria.

El transcurso de los siglos ha visto cómo hasta en cuatro ocasiones más ha sido quebrantado el sello de la cámara mortuoria, y cómo en cada una de ellas todos los ataúdes han resultado abiertos, con las pesadas losas de piedra desplazadas de su original posición. Asimismo, los restos de cada féretro yacían indefectiblemente al pie de los ataúdes. Cientos de años después del primer enterramiento, un descendiente directo de aquel lord británico adquiere la propiedad del viejo mausoleo, gracias a las ventas millonarias que producen sus numerosas novelas.

Al abrir de nuevo los ojos se encuentra otra vez a la chica mirándolo, de hito en hito. Le sostiene la mirada durante un breve lapso de tiempo y finalmente decide dedicarle una sonrisa. Ella le corresponde con un precioso gesto, invitándolo a sentarse a su lado, pero antes de que pueda sentarse a su lado la megafonía del aeropuerto anuncia el embarque de su vuelo. Cordialmente se saludan con una breve inclinación y un ligero atisbo de sonrisa mientras se disponen a unirse a la doble fila de personas que forma delante de la puerta de embarque. Dentro del avión ella lo busca con la mirada y se sienta junto él.

—¿Puedo sentarme? —preguntó ella.

—Por supuesto. Apartó su vieja sudadera del Manchester United.

—Dígame. ¿Se quedará usted unos días en Ciudad de Belice? —Ellen hablaba con un tono cargado de sensualidad y Milton apenas era capaz de apartar los ojos de sus carnosos labios.

—Lamentablemente no —su voz aparentaba trémula, pero parecía estar siendo sincero—. He de coger un pasaje para el interior. Mi destino es Belmopán.

—Ah, ya veo —parecía decepcionada—. Bueno, tal vez en otra ocasión.

Milton no respondió. A duras penas logró despegar sus ojos de los labios de la chica. Se felicitó por ello y echó un último vistazo a la terminal del aeropuerto.

—¿Ya había estado en Belice? —Ellen parecía sostener todo el peso de la conversación.

—En realidad me he criado aquí. He vuelto para enterrar a mi madre.

—¡Oh, pobrecito! Es por eso que estás tan pálido, ¿eh? —su interés parecía real. Su mano pasó rozando el hombro de Milton, dudando si debía dejarla o no sobre su antebrazo. Finalmente la posó durante un breve instante.

—Sí, bueno... Es que no soporto los lugares cerrados.

jueves, 22 de noviembre de 2012

MIS AMIGOS SHAKESPEARE Y CERVANTES

Inspirado en "La tumba olvidada", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/DED3gLZd

Exceptuando a los muchos imbéciles e ignorantes que campan por España y por el mundo entero, si preguntáramos a cualquier persona con un poco de cultura —hablo de cultura de la buena, no de métricas baratas ni de erudición con respecto al personal que conforma el putiferio nacional— acerca de cuál (o cuáles) es la figura más importante de la literatura universal, una inmensa mayoría se tendría que debatir entre Don Miguel de Cervantes Saavedra y Mister William Shakespeare, según el encuestado peque más o menos de ser hijo de las Españas o de la Gran Bretaña. El resto de los encuestados entrarían en la categoría de gilipollas, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los 20.000 euros.

A estas alturas de la película a nadie tiene que extrañar que Cervantes y Shakespeare son considerados como los más grandes representantes de la literatura hispánica e inglesa, respectivamente, sino incluso universal. A ambos les tocó vivir durante la misma época y fue tanta la semejanza entre ellos que la muerte inclusive quiso llevarlos a los dos de la mano, dejando apenas un día de descanso entre los dos pasamientos. «El Bardo de Avon» introdujo en sus obras centenares de aforismos que desde entonces han ido abriéndose camino en el inglés, construyendo en buena parte lo que hoy en día llamamos «idioma de Shakespeare». Cervantes, por su parte, cogió la poca mierda que se hablaba y escribía por estos parajes y la convirtió, de la noche a la mañana, en lo que hoy hablamos cientos de millones de personas. Castellano o español. Lo mismo da.

Incluso al final de sus vidas ambos fueron enterrados en sendas iglesias y conventos. William descansa en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) de Stratford, mientras que Don Miguel reposa eternamente en el subsuelo del convento de las Trinitarias, en Madrid, en una puta fosa común, eso sí. Y es que las dos gotas de agua son distintas de cojones.

Shakespeare no descansa muy cerca del altar mayor de la iglesia de la Santísima Trinidad  por su cara bonita ni tampoco gracias a su fama o prestigio como dramaturgo (que los tuvo, todo hay que decirlo), sino debido a la más prosaica cifra de 440 libras. Que el lector escéptico eche cuentas acerca de lo que le costaría hoy en día sufragarse un entierro decente consistente en nicho y maceta, lo pase a libras y tenga en cuenta la inflación acumulada de 400 años, para acabar dándose cuenta de que a Shakespeare le costó un ojo de la cara poder enterrarse en tamaña iglesia. Y es que el talento se paga, señores. Y ciertamente Shakespeare se lo merecía, por supuesto.

Ahora bien, Don Miguel no huele en vida nada que pueda asemejarse ni a las migajas de lo que los isabelinos derrochaban con Shakespeare. Ve sin embargo como Felipe II firma una providencia que lo manda apresar, supuestamente por herir en duelo a un tal Antonio Sigura. Decide entonces pasar a Italia, en dónde lee apasionadamente las novelas caballerescas y se imbuye del arte y estilo italianos. A continuación se embarca con rumbo a Lepanto, para hacer frente al taimado turco en la famosa y a la postre inútil batalla. Años más tarde, a su regreso a España es apresado por una flotilla turca, junto con su hermano Rodrigo, permaneciendo cinco años cautivo en Argel.

Trata de escapar hasta en cuatro ocasiones, asumiendo en todas ellas la autoría de los planes de evasión, pagando únicamente él por sus intentos de fuga. Es aquí en donde conoce al ladino Juan Blanco de Paz, que tenía bastante poco de esto último. Los tres primeros intentos de evasión se frustrar o bien porque un moro abandonó a Miguel y a otros compañeros de fuga en el desierto, o bien por la delación de un cómplice traidor. Finalmente, en el cuarto y último intento de escape, Cervantes dispone de la fragata de un comerciante valenciano, lista para evacuar a sesenta cristianos, pero uno de ellos, el taimado y ladino Juan Blanco de Paz, se chiva (no me digáis porque, él también se iba a pirar) y echa por tierra las esperanzas del complutense. Después de este último intento de fuga, Cervantes sería trasladado a Constantinopla de donde la evasión sería imposible. Felizmente en 1580 los padres Trinitarios Antonio de la Bella y Juan Gil liberan a Cervantes, tras haber hecho una pequeña colecta en la zona.

Volvamos al hijoputa de Juan Blanco de Paz. Este dominico español no era trigo limpio en Argel, durante el cautiverio de Cervantes, pero tampoco lo era mucho tiempo atrás. Era descendiente de conversos, que gracias a cuatro duros bien pagados pudieron labrar al buen rapaz un puesto nada desdeñable en la época: comisario de la Inquisición, nada menos. Que nadie se me sobresalte si vuelvo a tildar de hijo de puta al amigo Blanco, y a todos los chulos de putas que han tenido algo que ver con la secular institución del Santo Oficio. Decía que Juan Blanco de Paz acababa de recibir su comisaría del Alto Tribunal, y regresaba de Roma cuando fue cautivo de los moros, en Argel. Cuando Juan Blanco delató los planes de Don Miguel de Cervantes, durante el famoso capítulo de la fragata valenciana, este vil personaje cobró un escudo de oro y una jarra de manteca por haberse hecho el valiente delante de Cervantes. El rescate de este pajarraco costó a las arcas españolas la sustanciosa cifra de mil escudos de oro. Cervantes fue liberado por la mitad, y sólo le costó al erario público 200 escudos de nada. Pasó por Roma el amigo Blanco, dejando otro buen pufo en Italia y, habiéndose presentado en España, le fue concedida una prebenda en la Colegial de Baza, Granada. Siempre han medrado los hijos de puta.

Sigamos con Cervantes y Shakespeare. Cervantes se relamía de las heridas de Lepanto, de las del cautiverio y de las que le había infringido el ladino ese en el alma, y comenzaba así su carrera como escritor y novelista, el primero que desempeñó tan bello oficio en las Españas. Gozó de prestigio entre las buenas gentes que eran capaces de apreciar su ingenio y sagacidad, que lo elevaron a los altares del «Príncipe de los Ingenios», más no tuvo cojones de cobrar como dios manda por su trabajo. Ya hemos dicho —y si no lo decimos ahora, no importa demasiado— que se nos fue Cervantes más pobre que las ratas, lleno de miseria y cobrando cuatro perras por sus geniales obras, todavía inalcanzables y a la altura del mayor de los ingenios de nuestras letras. Tan pobre que ha tenido que ser enterrado de prestado, en una asquerosa fosa común, en donde sus huesos se retuercen en busca de los huesos de ese maldito traidor llamado Juan Blanco de Paz. Hablo por mí.

Y mientras nuestro gran héroe de las letras se iba de este mundo lleno de miseria —los dos, Cervantes y el mundo—, el bardo inglés gozaba cada vez más de los placeres que sus contemporáneos le ofrecían a manos llenas. Incluso llegó a casarse con Anne Hathaway, que como sabe el escéptico lector es «Catwoman» en la celebrada tercera y última parte de la saga del «Caballero Oscuro», intitulada «The Dark Knight Rises». En serio, Shakespeare sabía deleitarse con los gozos y deleites que sus rebosantes arcas le permitían. Entre ellas, el alpiste. Era muy amigo de la bebida el inglés, ¿y quién no?.

Muchos grafólogos atribuyen a Shakespeare la firma «Sakspere» hallada en varios documentos mercantiles y judiciales, que a ojo de buen cubero —no sólo resultaba evidente para los grafólogos— denota un intelecto de nivel académico ciertamente insuficiente. ¿Se han hecho ya la pregunta? ¿Quieren que se la formule yo? Muy bien. Vamos allá. ¿Realmente fue Shakespeare el autor de todas esas obras inmortales? Veamos cómo dar respuesta a este enigma.

Mientras unos dicen que Sir Francis Bacon escribía muchas de las obras que el famoso e inmortal dramaturgo representaba, otros postulan, no sin ciertas interesantes evidencias, que el negro —sirva la expresión— que escribía para Shakespeare no era otro sino que el poeta Christopher Marlowe. Ambas teorías gozan de adeptos hoy en día, pero ambas son ciertamente conspiratorias. Mientras los seguidores de Bacon como autor de las obras postulan un poético trasfondo masónico, los que sustentan la tesis de Marlowe parecen demasiado obsesionados con la conspiración. La respuesta hay que buscarla en otro lugar, en el decimoséptimo conde de Oxford, Edward de Vere.

Edward de Vere, al contrario que Shakespeare, era un reputado poeta y escritor, perfecto para ejercer el papel de dramaturgo en la sombra. El tal conde de Oxford no podía hacer pública la autoría de sus obras o vería como la Reina Isabel I le cancelaría su renta anual de 1.000 libras, en concepto de mantenimiento y representación nobiliaria. Tampoco era el amigo de Vere muy adicto a la fama, si no a las pilinguis y al derroche, hecho que finalmente provocó las represalias de la monarca por su mala gestión del patrimonio. Llegó incluso a ceder ciertos derechos a la compañía Chamberlain, de lo que logró aprovecharse el propio Shakespeare.

Ya ven, es lo de siempre, «unos cardan la lana y otros se llevan la fama». Pero a fin de cuentas da lo mismo que Shakespeare o Marlowe, Bacon o de Vere hayan escrito las obras que han hecho inmortal al más famoso de los bardos. Lo realmente importante aquí es que, mientras los ingleses apreciaban y recompensaban el ingenio y buen hacer de sus súbditos (esto ha sido una constante a lo largo de la historia), los obtusos españoles dejamos pasar sin pena ni gloria (bueno, penas aún tuvo Cervantes que llevarse unas cuantas a la tumba) al mejor de los ingenios de todos los tiempos, escatimándole los cuatro duros que por justicia le hubieran correspondido. Es lo de todos los días, somos y hemos sido el hazmerreír de la Europa civilizada y culta. Si no es por una cosa es por la otra. Eso si, ¿han visto como al vil e infame siempre le damos los cuartos y las nominaciones?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

UNA DE SHERLOCK HOLMES

Inspirado en "El tornillo del Graf Spee", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/4xIburU2

—¡Watson! ¡Corra! ¡Venga aquí, pronto!

El buen doctor despegó furibundamente sus ojos de las crónicas de sucesos de «The Times» y trotó a través de la estancia que hacía las veces de salón en las dependencias que compartía con el mejor y más famoso detective de todos los tiempos, Sherlock Holmes. El médico se había licenciado del ejército de su graciosa majestad hacía ya unos cuantos años, y desde entonces se había ido a vivir junto con el excéntrico investigador, colaborando en los gastos de las habitaciones que compartían en el 221B de Baker Street.

Al fin ingresó en la habitación de su amigo. El aspecto de la dependencia era lamentable, como de costumbre. Sherlock Holmes se había encerrado en su cuarto un indeterminado día de la pasada semana, aprovechando el viaje que el doctor Watson había realizado al sur del condado de Kent, con motivo de una visita de cortesía. Desde entonces sólo la señora Hudson se había atrevido a entrar en las habitaciones del detective y, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se había permitido pasar más allá del quicio de la puerta. Ahora Watson entraba a tropel en el improvisado laboratorio del genio londinense.

—¡Holmes! Dígame, por favor. ¿Qué ha sucedido? —preguntó sin aliento.

—No se alarme, mi buen amigo —Sherlock Holmes estaba de pie sobre una sucia y húmeda alfombra, con gesto triunfal—. Al fin he podido extraer algo de provecho de mi investigación.

John Watson miraba receloso al tenaz alquimista que, ataviado con su habitual batín y acompañado de unas extrañas gafas de cristal, que cubrían una amplia superficie de su cara, le acercaba una silla al tiempo que le tendía cordialmente una mano para que tomase asiento. El tupé del detective permanecía sorprendentemente tieso, como si un resorte lo hubiese dejado en semejante postura. Su apariencia tenía además el mismo aspecto que el pavo asado de las pasadas navidades, que el propio Sherlock Holmes se había empeñado en preparar con la intención de sorprender al buen doctor, que se había limitado a decir «Lo ha conseguido, Holmes. Me ha sorprendido».

—¿Quiere hacerme el favor, doctor? ¿Le importaría probar esto? —Sherlock Holmes colocó delante del médico un plato de postre con alguna suerte de souffle cremoso, poco apetitoso, a juzgar por el aspecto del mismo. Ante la vacilona mirada de Watson, Sherlock Holmes aclaró el motivo de su petición— Verá, Watson. Creo que he inventado una nueva salsa. Deliciosa, como usted podrá comprobar de inmediato.

—Es que... —Watson trató de negarse pero le faltó convicción— Está bien. ¿Usted la ha probado, Holmes? No es que no me fíe, pero...

—¡Oh! Vamos, Watson. No sea usted gallina. Pruébelo sin miedo, sea buen chico.

Por fin se decidió a probar el soufflé, adornado con la misteriosa salsa, que parecía estar compuesta por dos salsas distintas mezcladas, tal y como se podía colegir de los tonos amarillento y verdoso de la misma. El doctor quedó prendado con el resultado y en su rostro se dibujó la misma expresión de satisfacción, perplejidad y orgullo que acostumbraba a mostrar cada vez que su compañero esgrimía sus lógicas y sesudas explicaciones, esclareciendo los múltiples enigmas e incógnitas que componían cada uno de sus casos, que sólo el genio de Sherlock Holmes era capaz de desentrañar.

—¡Bravo, Holmes! Es maravilloso. ¿Cómo lo ha logrado?

—Casi me da vergüenza admitirlo, pero el mérito es todo de la señora Hudson. Fue ella quien, negligentemente, me hizo tropezar mientras recogía parte de la vajilla con la que me ha estado sitiando durante los últimos días —Watson asistía perplejo al discurso de su amigo.

—Al parecer, amigo mío, su torpeza ha provocado que yo mezclase una sal de azufre con un reactivo bastante peligroso. Mi habilidad y destreza, junto con la rapidez de mis movimientos, han evitado un pequeño y engorroso desastre.

—No comprendo, Holmes, qué relación tiene todo eso con el sabrosísimo adobo que acabo de probar —el doctor Watson se había levantado por fin de la mesa. Sherlock Holmes continuó con su disertación.

—El caso es que he expulsado de inmediato a nuestra patrona y ella ha dejado toda la vajilla apilada en esa mesa auxiliar de la que usted acaba de levantarse —el doctor Watson permanecía atento, jugueteando con su bigote—. Como bien sabe, doctor, hoy la señora Hudson ha preparado una excelente «caldeirada» de abadejo, condimentada únicamente con un excelente aceite de oliva virgen extra. Traído de España, por supuesto. Esos bárbaros desconocen muchas de las veleidades de nuestro tiempo, pero ¡vive Dios que saben cocinar!

—No querrá decir que ha mezclado usted el aceite de oliva —Watson ya había identificado uno de los dos ingredientes de la exquisita salsa holmesiana— con algo dulce; tal es el regusto que ha dejado en mi paladar.

—Bravo, doctor. Le felicito. Se trata de miel. Miel española, para más señas.

—¿Me deja usted probar de nuevo, Holmes?

—Podrá usted hartarse cuando hayamos atendido a nuestro cliente, Watson. Sin duda se trata de algo verdaderamente urgente, a juzgar por los sofocados pasos que lo acercan a nosotros.

Unos pocos segundos más tarde se presentaba ante la extraña pareja un pequeño hombrecillo de cetrino aspecto, recortadas facciones y oscuro y descuidado cabello. El detective le ofreció asiento y le sugirió que tomase un par de bocanadas de aire antes de comenzar con el relato de su problema.

William Pearson, que así se llamaba el visitante de sus dependencias, era un simple mercader de objetos antiguos, un anticuario, en palabras más modernas. Al parecer, se había hecho con un cargamento que había arribado a Londres unos días antes, repleto de jugosas materias y elementos. Ofreció varios de ellos al detective privado, que rápidamente rehusó por carecer de interés para sus investigaciones y tratados.

Sherlock Holmes lamentó no poder servirle de ayuda e invitó a su visitante a abandonar la estancia, agradeciendo cortésmente la visita que les había dispensado. El menudo invitado pidió antes poder acudir al lavabo, alegando una repentina indisposición. Desapareció apresuradamente ante la atónita mirada del doctor Watson, que apenas tuvo tiempo de comunicarle a su  enigmática visita que él mismo podía atenderlo, en calidad de médico doctor.

Un par de minutos más tarde el señor Pearson salía del lavabo con renovados ánimos. Una vez estuvo de nuevo frente a Sherlock Holmes volvió a ofrecerle algo que el detective juzgó de inmediato como algo prodigioso, mostrando en esta ocasión toda su atención e interés. William Pearson apenas tuvo tiempo para abrir la boca y ofrecer al sabueso el nuevo objeto cuando éste atajó sus intenciones y le ofreció veinte guineas de oro por la mercancía. Desapareció entre los trastos de su cuarto y regresó contando un gran puñado de monedas relucientes, que descuidadamente depositó sobre la mesa del salón, al tiempo que arrebataba el valioso objeto de las manos de Mister Pearson. A continuación dió las buenas tardes a su invitado y cerró tras de él la puerta de las habitaciones.

—Rápido, Watson. Haga su equipaje. Nos vamos. Diga a la señora Hudson que nos llame un simón. Debemos ponernos en marcha cuanto antes.
—Holmes, ¿a qué viene tanta prisa? —el doctor contemplaba confiado e ignorante el objeto que Sherlock Holmes todavía sostenía entre sus delgados dedos de experto violinista—. ¿Es que se ha vuelto usted loco, amigo mío?

—Para nada, mi buen doctor, estoy muy cuerdo.

—¿A dónde piensa dirigirse tan precipitadamente?

—A Suiza, por supuesto. Es mi deseo cerrar un episodio del pasado. Si tenemos éxito en esta arriesgada empresa, tal vez pueda usted regalar al mundo el relato del más épico y peligroso de mis casos; en el supuesto de que salgamos victoriosos. Debemos enfrentarnos una vez más con el  «Napoleón del Crimen».

El doctor Watson quedó asombrado al escuchar de nuevo, tantos años después, una mención al profesor James Moriarty. El propio Holmes había regresado, literalmente, de la muerte en aquellas cataratas de Reichenbach. Pero el eminente matemático y genio criminal había perecido en ellas, estaba seguro.

—Holmes, amigo mío. ¿Quiere usted decir que...?

—Observe bien este objeto que he adquirido recientemente por veinte guineas de oro, Watson. ¿No le trae recuerdos a la memoria? Vamos, haga un pequeño esfuerzo, mi buen amigo. ¿Se acuerda ya?

El rostro de John H. Watson era un poema para Sherlock Holmes, que escrutó perfectamente, dándose perfecta cuenta de que el buen doctor había caído por fin en la cuenta.

—Perfectamente, doctor. ¡A la aventura, Watson!