martes, 20 de septiembre de 2011

ESCENA DÉCIMO PRIMERA

Ataviado con tus dos bidones de sabroso, refrescante y energético líquido —que por cierto nunca llegarás a probar— te diriges a lo largo de lo que tu cabeza llama el pasillo norte, en dirección al cuarto en dónde te has incorporado. Sin duda en esa habitación podrás encontrar algo que sirva a tus propósitos —esperas poder encontrar alguna junta mal sellada, un panel de mandos al aire libre o algo que pueda provocar un cortocircuito una vez viertas sobre ello un poco del líquido que pesadamente transportas.

Flanqueas la puerta sin la menor oposición, ya que reconoce tu presencia y te permite el paso. Entras y de un rápido vistazo reconoces la cama sobre la que te encontrabas recostado, y más allá de una especie de biombo intuyes una mesa repleta de maquinaria ligera que sin duda está conectada a una red de alimentación que muy pronto se verá cortocircuitada. Avanzas con la intención de explorar esa zona de la estancia, cuya visión ahora te es impedida por la posición del biombo.

Casi extasiado puedes comprobar que al menos una veintena de aparatos están conectados a lo que supones es la red eléctrica interna propia de la nave. Buscas algo con lo que puedas practicar un agujero en uno de los bidones —el simple tapón desenroscado haría que el líquido vertido se derramara en un santiamén, imposibilitando el efecto ‘simultaneidad’ que pretendes dar en tu golpe— y crees haberlo encontrado cuando te haces con una especie de destornillador con el que poder practicar tu ansiado agujerito.

Una vez más repasas mentalmente tu plan: Perforarás ligeramente uno de los bidones que ahora descansan al pie de la cama, dejarás que gotee lentamente pero a buen ritmo  —no sabes el tiempo que necesitas ni el que puedes agotar antes de que eventualmente alguien te encuentre—, y cuando creas haber dejado correr suficiente líquido debajo de la mesa-parrilla que tienes ante ti, echarás el resto de la carne en el asador, dejando que el otro bidón fluya libremente sobre todo el panel de mandos de la sala de monitoreo que hay al otro lado del pasillo. Esperarás agachado en el cuarto en dónde has encontrado los bidones. Esperas por todos los dioses que nadie decida tomarse un descansito y regalarse un refrigerio en pleno incendio. No lo esperas, se lo imploras a la creación, ya que es posiblemente tu única esperanza…


Practicas una leve incisión en un bidón, recostándolo de forma que pueda gotear más de la mitad de su contenido antes de perder el equilibrio. Coges el otro con una mano y decides llevarte el ‘destornillador’ contigo, ya que es posible que lo vayas a necesitar. Sales al pasillo y te diriges a la sala de monitoreo, tras comprobar que nadie merodea por los alrededores. Entras a la sala en cuestión y compruebas que la discusión ha tomado ya un cáliz más tranquilo y que tal vez hayas llegado en el momento oportuno, tanto si han decidido ajusticiarte como si no, la calma no te favorece en absoluto.

Esperas un interminable minuto más, tras el cual salta la primera alarma de incendio. Al parecer el temporizador que has diseñado ha funcionado como un reloj. Sin perder tiempo y a la velocidad del rayo, abres el bidón que tienes contigo y lo viertes sobre todo el panel de mandos de la sala, provocando inmediatamente un cortocircuito que provoca de nuevo una nueva serie de chispazos y un diminuto incendio debajo de una de las placas de metal de la mesa principal.

No pretendes hacerte amigo del incendio ni avivarlo, debes alcanzar cuanto antes la segura posición del cuarto-cantina, todo tu plan se vendrá abajo si te descubren y no tienes ni la menor oportunidad de acceder a la sala de reprogramado neuronal. Como alma que lleva el diablo corres a través del pasillo y te acercas cada vez más a la puerta que ha de abrirse ante tus narices, en cuanto estés lo suficientemente cerca. No aminoras la marcha al llegar a la puerta colisionas de bruces con ella, haciéndote añicos la nariz.

Sin tiempo para quejarte comprendes amargamente que tal vez el sistema de seguridad de la nave haya bloqueado el sistema de apertura automática de las puertas, impidiendo la propagación del incendio a lo largo de la nave. Maldices todo lo que se te pasa por la cabeza, ahora si que estás perdido. En buen embrollo te has metido, has llamado al lobo a tu guarida, has quedado con él y le has preparado unas pastas, que sabiamente rechazará para poder hartarse bien comiéndote las tripas y tu precioso culo de gilipollas.

No puedes quedarte como un tonto a las puertas de ningún sitio, debes buscar cuanto antes un lugar en el que refugiarte. Piensas que lo más probable es que ambos cuartos con sendos incendios provocados por ti estén sellados a cal y canto, puede que el sistema informático sea una mierda —en el peor de los casos, no te engañes— pero crees que hasta un ciego podría ver ese movimiento. Echas a correr en sentido contrario, esperando que nadie se tope contigo, sobre todo alguien que te pueda freír las pelotas.

Sin tiempo a poder asimilarlo, te encuentras de frente con unos cuantos soldados ataviados con sus trajes de guerra y sendas armas exactamente iguales a la que habías sujetado —nunca has podido saber cómo cojones abrir fuego con uno de esos juguetes— en el bosque, y uno de ellos parece haberte reconocido y se dirige corriendo hacia ti.

—¡Teniente, me alegro de verle! —grita el soldado—, ¡no tenemos tiempo que perder, coja un arma!

Otro soldado que también parece haberte reconocido secunda al primero:

—¡Richard, por el amor de dios, la nave no responde! —vocifera mientras te cede su arma—, ¡estamos girando rumbo a su cuartel general!

—Teniente, por todos los dioses, ¡¡reaccione!! —grita de nuevo el primer soldado. Una explosión se oye al sur de la nave, o te has pasado con el fuego o alguien os está atacando—. No puede quedarse ahí parado, la Afiliación lo necesita. El mundo entero lo necesita, por el amor de dios, Mike, ¿quieres decirle algo?

—Richard, sabemos lo que te han hecho y entendemos que te puedas sentir confuso, pero ahora es el momento de luchar. Quizás todo lo demás no tenga sentido ya…

Una vez más te ves en la conjetura de decidir tu siguiente paso. No os daré opciones concretas, sino que os pediré que me indiquéis vagamente y sin lujo de detalles que os apetece que haga vuestro personaje. Podrá seguir a los soldados que tiene en frente, podrá dejarlos atrás y seguir buscando una entrada a la cámara de reprogramado neuronal, o tal vez tú hayas pensado que a lo mejor pueda…

ESCENA DÉCIMA

La sala de reprogramado neuronal es clave en todo este embrollo, estás convencid@ de ello, pero debes lograr acceder a ella sin perder la ventaja que tienes actualmente; ahora mismo nadie sabe dónde estás. Te parece muy bien, hasta ahora no te ha resultado grata la compañía.

Decides que la mejor forma de hacer saltar las alarmas es declarando un incendio, no uno de proporciones bíblicas, no se trata de morir por morir, pero una buena barbacoa será algo que te pueda venir muy bien; además, pocas cosas podrían resultar más desconcertantes que un incendio a bordo de una nave –ya sea espacial o no, eso no te incumbe. Por lo que a ti respecta pasarás a bordo el tiempo justo y necesario.

Se te ocurren varias formas de provocar un incendio, e incluso dentro del recinto cerrado y estanco que supones que es la nave, crees que sobrecargando el sistema energético del que se alimenta es más que probable que alguna chispa haga su trabajo para que puedas disfrutar de un precioso fuego calentito donde poner el culo de algún que otro hijo de puta dispuesto a incordiar en tu maniobra de distracción.

Sin embargo no es probable que tengas ni el tiempo suficiente ni la paciencia para poder dedicarte a buscar la mejor forma de sobrecargar un sistema del que por cierto nada sabes. Lo mejor será utilizar el viejo truco de boy scout consistente el echar algún tipo de líquido sobre algún panel de mandos desprotegido o alguna junta eléctrica mal sellada. El propio centro de mandos que habías visto anteriormente servirá.

Necesitarás encontrar agua –el más común y mortal de los líquidos, en sentido mitológico, por supuesto– y algún lugar donde verterla a tu gusto, a ser posible sobre algún entramado de cables desprotegido. Lo primero es lo primero, necesitas un contenedor para el agua, podrías usar tu propia orina, pero en este momento estás seguro de no poder echar ni gota.

Caminas un poco más a lo largo del pasillo hasta que te encuentras con otra puerta que se abre de forma automática, al detectar tu presencia. Se trata de una especie de comedor, es posible que hayas tenido suerte y te felicitas, con un poco de ayuda divina tal vez puedas llevar a cabo tu barbacoa, y quien sabe, quizás incluso puedas recuperar la tarjeta al fin y al cabo.


Entretenido en tu particular versión del cuento de la lechera buscas un recipiente que pueda servir a tus propósitos. ‘E voilà’, das con una jarra que sin duda es usada para refrescar los sedientos gaznates de los blancos soldaditos que te quieren cortar la cabeza; es normal, piensas, el instinto homicida deshidrata el cuerpo.

Sin tener que buscar mucho más encuentras abundante líquido en el interior de un nacarado armario empotrado en uno de los laterales de la estancia. Hay varios bidones de lo que supones es algún tipo de bebida energética, no sabes por qué pero lo sabes. Decides abrir uno de los bidones nuevos que ahora están frente a tu nariz –hay otros abiertos, pero no te dan la confianza suficiente; como si el veneno fresco no fuera a matarte o a hacerte daño…

Una nueva idea se te ocurre: decides dejar a un lado la jarra –que además es de un plástico poco rígido y ni siquiera podría servirte como arma– y llevarte dos bidones, uno en cada brazo, y usarlos como temporizadores. Practicarás un pequeño agujero en el primero y lo dejarás justo encima de un lugar que pueda servir a tus propósitos, tal como una junta mal sellada en alguna esquina de la nave. Dejarás que gotee de forma suficientemente lenta como para que te de tiempo de practicar otro agujero en el otro bidón y echarlo encima de los mandos de la habitación en dónde has sido testigo del debate del siglo: vida y muerte de un pobre teniente amnésico. Conmovedor.

Piensas que tu plan es perfecto, ¿por qué no habría de serlo? No sólo conseguirás –eso esperas al menos– provocar un incendio, sino dos, creando la sensación real de accidente a bordo de la nave, ya que no podrías estar a la vez en varios lugares de la misma. De repente se te ocurre que tal vez pudieras, y lo que es peor, que tal vez pueda hacerlo toda la tripulación. Desechas de inmediato tal idea, no por imposible ni absurda, sino porque no te apetece jugar un partido en el que sabes cuál será el resultado hagas lo que hagas. Te consuelas a ti mism@ diciéndote que lo que tenga que suceder, sucederá.

Ahí vamos…!

No os pediré en esta ocasión ni que decidáis ni que me deis un punto de partida con el que poder continuar la historia. Creo que hemos estado algún tiempo desconectados y estoy seguro de que todos necesitamos volver a engancharnos. Espero poder atraparos una vez más, sin vosotros no tiene sentido continuar, pero debemos estar enganchados. Espero por supuesto que aquellos de vosotros que sintáis el gusanillo del próximo paso dentro de vuestras cabezas, lo compartáis con todos nosotros, pues tal es la esencia de todo este ejercicio. Gracias a todos y a todas una vez más. Un fuerte abrazo.

ESCENA NOVENA

Te has pasado un buen rato meditando sobre tu siguiente paso y tal vez hayas llegado a la mejor de las conclusiones. Huir sin la tarjeta en tu poder parece una buena opción a simple vista, pero quizás sea lo peor que puedes hacer en este preciso instante, pues ahora nada tienes que pueda servir de escudo entre tu y todos los hijos de puta armados que pueda haber a bordo de la nave; incluso los que se han quedado en el claro del bosque te freirían al comprobar que no llevas encima la tarjeta del demonio.

Decides pues continuar en la nave, aunque no más tiempo del estrictamente necesario, ya que el continuo vaivén al que parece sujeta no te agrada demasiado, eso sin mencionar la poca hospitalidad con la que seguramente tratarán a un teniente al que desean ajustar las cuentas. Que les den. A ellos y a sus leyes, y a su maldita Afiliación también.

Reconfortad@ por tus pensamientos abandonas la estancia, y tras echar un último vistazo a la acalorada discusión de la sala de mando, comienzas a caminar a lo largo del pasillo tenuemente iluminado. Al poco rato te encuentras con un mapa en la pared. Se trata de una especiea de esquema, concretamente del procedimiento a seguir en caso de varias incidencias graves en la nave. Puedes leerlo perfectamente, ya que no está escrito con ilegibles símbolos, sino en inglés.

No prestas demasiada atención al hecho de que reconozcas el idioma, ahora mismo toda tu atención se centra en una leyenda impresa en el mapa, una etiqueta que señala exactamente el punto preciso en dónde intuyes –lo sabes, es como una corazonada, sólo que tú nunca has tenido ninguna– que se encuentra la deseada tarjeta: “Zona de REPROGRAMADO NEURONAL. Área de DESINTOXICACIÓN EXTERNA”. Nivel de Alerta 6.


La nave se divide en tres secciones, que claramente están representadas por tres colores, el rojo, el verde y el azul. El rojo delimita la zona interna de la nave, de mayor interés para ti ya que alberga en su interior la cámara con la leyenda que ahora mismo se está apoderando de tu voluntad. Necesitas acceder a esa cámara por cualquier medio, pero no de cualquier forma, necesitas trazar un plan. Y lo necesitas ya.

¿Que harás para acceder al interior de la cámara de Reprogramado Neuronal? ¿Acaso hay algo, un pequeño detalle que has dejado pasar y que podría servir a tu propósito? ¿Se te ocurre alguna idea para atraer la atención del personal de la nave y poder así entrar en la zona roja? Aportad una vez más vuestro granito de arena y podremos continuar con la historia.

ESCENA OCTAVA

En poco más de un par de segundos los cuatro soldados que te habían cercado más allá del claro del bosque se han replegado hacia tu posición y están atrayendo hacia ti el fuego de las patrullas que se adentran en el claro del bosque.

Sobre vuestras cabezas, el vehículo aéreo despega mientras las decenas de soldados se aproximan cada vez más hacia vosotros cinco. Ignoras porque has dejado que los cuatro soldados se unan a ti –sobre todo después de intentar hacerlos trizas– pero ahora mismo solo ellos cuatro responden al fuego de los muchos soldados que poco a poco, y de forma inexorable os están acorralando.


Antes de poder ver como el transporte aéreo se acerca lo suficiente a vuestra posición y abre fuego contra los soldados que os cercan, asegurándoos así un buen fuego de cobertura, oyes como uno de los soldados te llama hijo de puta al mismo tiempo que te golpea la cabeza con el rifle que porta. Semiinconsciente eres rescatad@ del claro del bosque, junto con los otros cuatro soldados que ocupaban un lugar próximo a ti, en tu improvisado refugio detrás de uno de los transportes terrestres.

Recuperas el sentido tendid@ sobre una especie de camilla de hospital, con el lado izquierdo de tu cuerpo sujeto a la camilla, mientras el derecho permanece todavía sin ajustar. Parece que alguien te haya dejado a medio atar, o que alguien haya aflojado tus ataduras a propósito. Sea como fuese, no piensas quedarte mucho tiempo sobre la camilla.

Una vez has aflojado todas tus ataduras, te incorporas sobre la camilla y sientes como el mundo gira a tu alrededor sin que puedas hacer nada por evitarlo. Echas una pierna fuera de la camilla y girando tu precioso culo, te ayudas y haces colgar tu otra pierna sobre la camilla, das un pequeño saltito para incorporarte sobre el suelo de la estancia y te caes de bruces. Al parecer, el vaivén de tu cabeza todavía te impide guardar el equilibrio, algo que deberás agradecer con una buena patada en el culo al soldado que te ha golpeado la cabeza.


Debes de encontrarte aún sobre el vehículo aéreo, ya que no te puedes dejar de oír un ligero susurro en el aire, como si se tratase de un motor silencioso que consumiese poco y que generase todavía menos potencia, acompañado de la extraña sensación de balanceo continuo, aunque esta última característica bien pudiera deberse todavía a tu dolorida cabeza. Pensándolo bien, puede que incluso el sonido del motor sea producto de tu ‘estropeada’ cabecita…

Al salir de la habitación te encuentras en un pasillo blanco e impoluto, con luz difusa muy intensa, como en una estéril. Avanzas un poco y encuentras una puerta que se abre automáticamente al detectar tu presencia. Dentro hay una especie de sala de control, de vigilancia más bien, con miles de monitores que muestran imágenes de los muchos rincones de la nave.

En uno de los monitores puedes ver a varios soldados reunidos alrededor de una especie de puesto de mando, discutiendo acaloradamente sobre algo que parece ser de vital importancia para ellos, a juzgar por el número de galones intervinientes en la disputa. Te acercas un poco más al monitor, y el sistema de vigilancia, de forma automática, pasa el audio recogido a través de la cámara que monitoriza la sala de reuniones que estás viendo.

Percibes que los dos bandos que se han formado alrededor de sendas opiniones discuten sobre la ejecución de cierto teniente, según ciertas reglas de la Afiliación. Esta vez no necesitas mucho más para darte cuenta de que sobras en el mundo de algunas personas, y que, por si no lo tenías claro, tu cabeza es un buen trofeo, que quedará de maravilla en el salón de un joven soldado en busca de un poco de fama y reconocimiento, que no dudará en hacerte volar la tapa de los sesos a la menor oportunidad que se le presente.

Poco te importan los argumentos de uno u otro bando. Mientras discuten, te están dando un tiempo precioso que no puedes perder, debiendo actuar con toda rapidez, pero sin dejar de lado la sabiduría y debiendo escoger debidamente y de forma estratégica cada uno de tus siguientes pasos, adelantándote incluso a sus próximos pasos, con el fin de sacar ventaja de tus acciones.

Varias opciones se te presentan, pero sólo una de ellas podrás escoger para dar continuidad a la historia. A) Lo mejor que puedes hacer es quedarte un rato más en el puesto de vigilancia e intentar recabar la máxima información posible, aún a riesgo de que te descubran y termine de forma trágica tu historia. B) Has oído lo suficiente como para estar segur@ de abandonar la nave a la primera de cambio. Intentarás buscar un lugar de la nave desde el que poder abandonarla, ya sea a través de un transporte secundario, de un paracaídas o lo que diablos incorpore de serie el puñetero artefacto volador sobre el que te encuentras. C) No te dejarán ir muy lejos y mucho menos sin algo que pueda mantenerlos a raya, y lejos de tratarse de un arma, lo que los mantiene acojonados es esa maldita placa de circuitería. Debes encontrarla y hacerte con ella de nuevo antes de iniciar cualquier otra opción. D) Hart@ de tanta huida y confusión, decides entregarte a los soldados de la nave, después de todo, ellos te han salvado de los primeros soldados del complejo. Puede que no sólo salves tu vida, sino que incluso te dejen ir en paz, ¿quién sabe? E) Intentarás acceder a sala de control de la nave, valiéndote de lo poco que puedas encontrar en tu camino… F) Cualquiera otra acción que algun@ de vosotros considere atractiva o apropiada llevar a cabo.

ESCENA SÉPTIMA

(Comienza esta nueva escena con el boceto que ha realizado Ana da Madanela, y que no sólo me parece interesante, si no que también es de las pocas respuestas que me habéis dado. He decidido por tanto respetar la redacción tal cual, sin cambiar ni un solo punto o coma.)

Incorporaste firme e decididamente mostrando na man esquerda a placa base que ansían os soldados, mentras na dereita enseñas unha caixiña de explosivos que fará que os seus cús volen polos aires se tratan de joderte. Os seus semblantes cambian ó ver a túa actitude, e parece que o medo se apodera deles. Un soldado que parece estar ó mando fai un aceno ós seus compañeiros, e estes comezan abrirse cambiando as súas posicións ata deixar un oco por onde ti poidas saír. A túa ameaza xurdiu efecto, parece que a placa base é o suficientemente importante para eles como para deixar que marches e intentar capturarte máis adiante.

Non esperas máis, camiñando de espaldas vas alonxandote lentamente sen deixar de ameazar con destruir a placa. Cando estás a unha distancia prudencial deles, sacas o tirador que activa a detonación e lanzalo polo aire cara o grupo de soldados, e entón cando comezas a correr con todas as túas forzas mentras sostes firmemente a placa base na túa man esquerda, intentado protexela. A explosión parece que non foi quen de acabar con todos os soldados, así que colles outra das caixiñas e repites a operación. Non te preocupa o feito de usar outra dosis de explosivos, posto que aínda che quedan as caixas dos cinturons dos compañeiros que te salvaron ó inicio desta aventura, tres caixas en cada un deles.

Dirixeste entón a un dos vehículos que se divisaban antes de que te descubriran, e confias en que poida axudarche a saír desta, confiando ademais, en que dentro deles poidas atopar máis armas ou polo menos algún outro descubrimento que che permita conseguir máis información sobre esta extraña misión.

Subes al vehículo sin apartar la mirada de la zona del bosque en la que te han emboscado los soldados, y a tientas tratas de arrancar el vehículo. Es inútil, carece de potencia para poder ponerse en marcha, y una vez más tus planes se ven frustrados. Tratas desesperadamente de buscar un sistema alternativo de arranque, pero la sencillez del panel de mandos te insta a pensar que no existe método alternativo de arranque al botoncito rojo que se encuentra a la derecha del volante.

Quizás existan otras cosas que deban preocuparte más allá del arranque del estúpido vehículo en el que te has subido. Acaba de amanecer y los soldados Cyborg se están recargando, lenta pero inexorablemente. Al cabo de unos pocos minutos podrían estar de nuevo operativos, y eso supondría volver a empezar de nuevo, con demasiados perros de presa rastreando tu bonito culo.

Al final del claro puedes ver cómo una pequeña patrulla de soldados Cyborg se dirige hacia tu posición, abriendo fuego. Se trata de unos 10 o 12 soldados, y sus armas han alcanzado tu vehículo, el cual abandonas de inmediato para resguardarte de su fuego, tras un nuevo vehículo. Ahora estás a salvo durante unos segundos, tiempo que aprovechas para echar un vistazo a tu alrededor y ver cómo están las cosas.


Tu flanco izquierdo está ocupado por cuatro de los seis soldados que te han emboscado, al parecer has dejado fuera de combate a dos de ellos. Te felicitas, no lo has hecho nada mal. Estos cuatro soldados están respondiendo al fuego de la decena de soldados que se interna en el claro. Poco a poco el reducido grupo de cuatro soldados se repliega hacia tu posición, repelido por el fuego de la docena de soldados, superiores en número y en posición.

Tu casco muestra ahora la posición de ambos grupos armados, así como la tuya propia, a través de una proyección en la visera. Puedes además percatarte de la posición de nuevos grupos, mucho más numerosos que el primero, que se dirigen hacia el claro de bosque en dónde te encuentras. Eso sin olvidarte de los soldados ‘caídos’ que se encentran todavía desperdigados por el claro del bosque. En unos pocos minutos estarás el centro de una buena barbacoa.

Una vez más tendrás que tomar una decisión e intentar salvar el culo y la maldita placa base que aún portan tus cada vez más temblorosas manos. No tendrás alternativa, deberás decidir por ti mism@ el destino de tus propias acciones. Será suficiente con aportar un nuevo punto de partida, sea con una simple idea, acción o idea a desarrollar.

ESCENA SEXTA

Mientras los soldados patrullan el perímetro del claro del bosque en dónde te encuentras, retrocedes unos pocos metros, encaminándote hacia unos viejos troncos podridos y en mal estado, pero lo suficientemente bien dispuestos como para servirte de improvisado refugio. Pretendes abrir la valija y no deseas tener cerca la presencia de las tropas aéreas.

Acaricias una vez más la metálica y gris superficie del objeto que tienes frente a ti, y cuya imagen forman ahora tus retinas: la valija que portaban los soldados y que según has podido escuchar, aunque interrumpidamente, tiene suma importancia en todo este asunto. Eso intuyes, al menos.

Anteriormente te habías percatado del poco peso que tenía la valija, y de lo fácil y cómodo que te ha resultado hasta ahora el transportarla. Sin embargo y más que nunca, puedes sentir lo mucho que pesa, simbólicamente hablando; ante ti se muestra el continente del objeto clave que ha de mantener unido y cohesionado el universo tal y cómo es hoy día, y aunque ignoras por completo su total y absoluta trascendencia, no te resulta ajena su vital importancia.

Tratas de abrir la valija como si se tratase de un recipiente con rosca, mas no tienes acierto en tus acometidas. Utilizas ambas manos pero tus intentos resultan inútiles. Decides cambiar de estrategia y al presionar la valija, como si de un absurdo sistema infantil de seguridad se tratase, logras abrirla por fin.

Dejas la tapa a un lado y echas una mirada al interior del recipiente. Puedes comprobar que dentro, recubierta por varias capas de material acolchado muy suave y extremadamente resistente, se mantiene a salvo una pequeña tarjeta, una especie de placa base, surcada por interminables circuitos.

La tarjeta lleva impresiones muy parecidas –por no decir exactamente iguales- a las que habías visto por primera vez en el cuarto en dónde has conseguido tu valioso casco. Símbolos que volverías a ver más tarde el los laterales de las armas que tanto los soldados como tu portabais. Vuelves la vista a un lado del tronco en el que te has recostado, en donde descansa tu arma, y puedes comprobar que efectivamente se trata de los mismos símbolos, dispuestos de forma distinta, sin duda debido a la diferencia de mensajes inscritos en uno y otro aparato.


Sostienes por un momento la tarjeta con la palma de tu mano izquierda abierta, mientras te acercas sigilosamente al arma, extendiendo tu brazo derecho, rozando levemente el arma con tus dedos índice y corazón. Has oído un ruido detrás de ti y piensas que tal vez las tropas aéreas puedan haber extendido su radio de acción mientras te entretenías contemplando la misteriosa tarjeta.

Te incorporas lenta y suavemente sobre tus rodillas, echando hacia atrás tu cabeza para poder mirar por detrás del árbol. Estiras un poco el cuello buscando el claro del bosque en dónde has visto por última vez a los soldados que han descendido de la nave, e inmediatamente vuelves a esconderte entre los viejos y podridos troncos: dos de los seis soldados están casi encima de ti.

Tu corazón vuelve a palpitar aceleradamente de nuevo. Te sientes acorralad@ y tal vez lo estés. Echas otro vistazo a tu alrededor y puedes ver que los restantes soldados han tomado posiciones alrededor de tu posición, y te rodean inexorablemente; sin duda conocen tu posición. Algo que llevas encima –posiblemente la valija o tal vez su contenido- te ha delatado y te has dado cuenta demasiado tarde. No podrás evitar la confrontación.

En breves momentos tendrás a todos los soldados encima de ti, y habrás de decidirte por una de las siguientes opciones: a) Te incorporas lo más despacio posible y sin hacer el menor gesto que pueda interpretarse como una amenaza, portando la placa madre en un lugar visible y seguro, con intención de dársela a los soldados e intentar salvar tu vida. b) Antes de que puedan echarse encima de ti y se acabe el juego, tratarás de romper o dejar inservible la placa base que supones buscan los soldados. Nada te mantendrá con vida una vez que la placa esté en su poder, y si has de morir, al menos harás que ellos se jodan tanto como tú. c) Te incorporas firme y decididamente, mostrando en tu mano izquierda la placa base que ansían los soldados, mientras en la derecha les enseñas una cajita de explosivos que hará que sus culos vuelen por los aires si tratan de joderte. d) No podrás retrasar más el averiguar cómo demonios funciona el arma que ahora sostienes con la mano derecha. La maldita placa base ha caído en tus manos y tal vez tu misión deba ser protegerla y dar tu vida por ella, con lo cual deberás componértelas para averiguar cómo funciona el arma y comenzar a usarla de una vez por todas.

NOTA: Los más aventureros e imaginativos podréis dar continuidad vosotros mismos a la historia, bien proporcionando un nuevo punto de partida de la historia o, si lo preferís, escribiendo directamente parte de la siguiente escena. En vuestras manos está el siguiente capítulo, como siempre. Gracias por seguir con la historia. Nos leemos.

ESCENA QUINTA

Tus mejillas se han secado por completo, ya que ahora se encuentran a merced del gélido viento de la noche, una vez que te has despojado del casco. Han pasado menos de dos minutos desde que tus extraños compañeros de reparto se han dejado caer, inertes por completo y faltos de energía.

Echas un rápido vistazo a la valija que todavía sostiene el soldado de tu derecha. No parece contener nada demasiado pesado, a juzgar por su reducido tamaño. La tomas con tu mano derecha y la sostienes un rato frente a ti, como en un extraño ritual de reconocimiento. Decides no abrirla todavía, esperas poder continuar con tu marcha –ahora en solitario- un poco más, ya que aun te encuentras demasiado cerca del complejo.

No esperas poder encontrar gran cosa inspeccionando los cuerpos de los robots que permanecen rendidos a tus pies, ya que solo portan cada uno un cinturón a mayores de lo que tú llevas encima. Te haces con los cinturones, cruzándotelos por el pecho. Tampoco deseas averiguar ahora mismo lo que puedan contener, aunque no crees que pueda tratarse de algo que pueda significar la diferencia entre la vida o la muerte. Todo lo contrario opinas de la valija que ahora descansa sobre tu cadera izquierda, colgada de uno de los cinturones.

Dedicas un ultimo vistazo al complejo donde esta mañana te has ‘despertado’ y te pones en marcha, portando los dos cintos de tus compañeros, la valija que reposa sobre tu cadera y las tres ligeras y extrañas armas de rayos. Todavía ignoras como poder abrir fuego con ellas, pero aun no es el momento de averiguarlo.

Pese a saber que te encuentras en busca y captura, te sorprende que no haya ningún vehiculo aéreo tras tu pista, ni que miles de hombres invadan ya el bosque con el fin de capturarte. No te huele bien del todo, pero prefieres huir de una vez por todas, ya tendrás tiempo de conjeturar sobre todos los detalles.


Es noche cerrada, pero eso no supone ni el más mínimo de los problemas para ti, puedes ver perfectamente, gracias una vez mas a tu maravilloso casco, que parece incorporar algún tipo de visor nocturno. Es una ventaja poder moverte de noche con la misma velocidad y seguridad que lo hubieses podido hacer de día.

Mientras caminas echas mano a un compartimento de uno de los cinturones que portas sobre tu pecho, cuyo contenido extraes. Se trata de una diminuta cajita negra, demasiado pesada para el poco tamaño que ocupa. Puedes contar hasta tres cajitas similares en cada uno de los cintos. Guardas el resto y te propones a abrir una de ellas.

Después de prestar atención a la cajita durante un buen instante, te das cuenta de que sobresale de una de sus caras una pequeña superficie del tamaño de una tarjeta telefónica. Forcejeas un rato con esa especie de tirador y al fin logras activar el mecanismo de apertura. Solo que no se trata de un mecanismo de apertura, sino de un mecanismo de detonación, y rápidamente arrojas la cajita lo más lejos posible de ti.

La detonación provoca un gran estruendo a unos treinta y cinco metros de tu posición, dejando un gran cráter alrededor del punto de impacto. Te sorprende no haber salido volando por los aires, pero si pretendías dar pistas de tu paradero, no podías haberlo hecho mejor.

Echas a correr poseid@ por el pánico; ahora tus perseguidores saben que posees explosivos y estas segur@ de que serán mucho mas persuasivos de lo que ya han sido. Al poco tiempo te encuentras en un claro del bosque. A tu alrededor, decenas de soldados en el suelo, caídos del mismo modo que tus dos compañeros, intuyes. Junto a ellos, una veintena de vehículos de transporte de tropas y quizás una docena de vehículos puramente de asalto, con grandes armas encajadas en sus partes superiores.

Te preguntas si acaso todos y cada uno de tus perseguidores y quizá todos o alguno de sus superiores puedan ser seres robóticos que necesiten la luz del sol para poder subsistir, y se te ocurre que tal vez puedas utilizar semejante hecho en tu favor.

Aun ensimismad@ en tus pensamientos, divisas a lo lejos una luz que desciende del cielo, se trata de una especie de nave espacial o de un moderno helicóptero, silencioso por completo. Del interior del vehiculo aéreo surgen seis soldados mas, ataviados de forma distinta que tus perseguidores. No parece que te hayan descubierto, mientras tanto, permaneces agazapad@ entre unos arbustos que rodean el claro de bosque.

No vas a permanecer el resto de la noche agazapad@ enre los arbustos. Antes de que amanezca habrás tomado de nuevo la iniciativa, y tomaras una de las siguientes decisiones: a) Esperas, pacientemente entre los arbustos, que los soldados de la nave no te encuentren, e intentas seguir tu camino una vez se hayan marchado. b) Decides delatar tu posición y acercarte a los soldados de la nave. c) Esperas que los soldados regresen a la nave y se vayan para hacerte con un vehiculo terrestre y huir del bosque lo antes posible. d) Antes de que los soldados te encuentren, das media vuelta y vuelves al complejo del que has huido. Si todos los soldados han ‘caído’ es posible que puedas moverte a tus anchas por el complejo para recabar algo mas de información. e) Ahora es un momento como otro cualquiera para intentar probar suerte con las armas y descifrar su funcionamiento. Seis soldados no son demasiados y tal vez tengas suerte. f) No puedes aguantar la curiosidad y decides abrir la valija mientras los soldados siguen buscando entre las tropas que permanecen en el suelo.

ESCENA CUARTA

Aceptas la mano tendida de uno de tus compañeros y arqueas tu columna vertebral al tiempo que flexionas tu pierna izquierda para introducirte con mayor comodidad por la entrada al torrente de aguas fecales que tu segundo compañero ha preparado para ti, mientras diriges una interminable mirada a tu inmediato compañero, instintiva, pero que no deja de ser un gesto de agradecimiento y gratitud.

Antes de dejar que te introduzcas por completo en las tuberías fecales, tu compañero presiona uno de los botones laterales de tu casco. No has tenido tiempo para familiarizarte con el, pero el casco es mucho mas completo y tiene muchas mas funciones de las que hubieses podido sospechar. Entre ellas se encuentra el poder purificar la atmósfera local del casco. Nunca sabrás que el casco ha de salvar tu vida una vez te introduzcas en las aguas fecales, ya que ha de mantenerte a salvo de nocivas sustancias.


Inmediatamente descienden dos de tus tres compañeros, y mientras uno te indica que no te detengas, el otro se entretiene con una especia de mochila, manipulando lo que por el rabillo del ojo juzgas como un pequeño artefacto. Continúas tu marcha por las cloacas, detrás del soldado que se ha quedado a tu lado, que ahora ha tomado la delantera y las riendas de tu destino, por así decirlo.

Al cabo de un tiempo oyes una sorda explosión, estás segur@ de que se trata del artefacto que tu otro compañero manipulaba al pie de la entrada de aguas fecales. No puedes evitar estremecerte, te detienes y escuchas con detenimiento cualquier sonido que te indique que todavía sigue con vida. Es uno de ellos, es un soldado, ¿o no? No sabes nada de tus compañeros de fuga –ahora son eso, cariño, tus compañeros de fuga- pero no ignoras que te están echando una mano. No puedes evitar conmoverte por sus gestos hacia ti, supones que se juegan el cuello ayudándote y lamentas que se puedan encontrar en peligro.

Cuando ves a tu segundo compañero atravesar la nube de humo y escombros que te separaba de el, sientes alivio en tu corazón, y te sorprendes a ti mism@ suspirando. No intentas ocultarlo, pero piensas que quizás tus compañeros no se han percatado. De inmediato comprendes que tu tercer compañero no ha tenido tanta suerte, así puedes entenderlo al ver como tu recién llegado compañero menea la cabeza de un lado a otro, en respuesta al izado de mentón que le habría dedicado previamente tu otro compañero.

Lamentas profundamente su pérdida, mas aun cuando sabías desde el principio que el caería primero, al enfrentar solo a las tropas que os acosaban. Sin tiempo para lamentos, los soldados te apremian a seguir con la marcha. Llevan razón, no es momento para lamentar pérdidas o tal vez tengan ellos que lamentar muy pronto tu propia pérdida.

Durante un buen rato continuáis la marcha por el entramado de tuberías fecales, y aunque de vez en cuando os encontráis con algún que otro recodo incómodo y estrecho, la marcha en general os resulta cómoda, juzgando el sitio en dónde os encontráis.

Aunque no lo has notado, hace ya un buen rato que las aguas que discurren bajo vuestras rodillas son puras y cristalinas, carentes de sustancias nocivas, ya que sin darte cuenta habéis pasado por la zona en donde se añaden los depuradores de agua. Ahora dejáis la canalización del agua para adentraros en unas galerías húmedas y lugrubes, abandonadas hace tiempo a toda actividad.

Por ella seguís vuestro camino, todavía sin haber intercambiado ni una sola palabra entre los tres. Tus compañeros de huida tampoco han articulado sonido alguno. Al final de un estrecho pasillo natural, de una gruta en la roca, imaginas, puedes ver algo de luz, aunque débil, ya que está anocheciendo. Os encamináis hacia el final de la gruta, y atravesáis la delgada línea de vegetación que os separa del bosque cerrado.

Camináis un poco mas antes de detener la marcha; ocupas un lugar cercano a los soldados –no dejan de ser soldados por mucho que los consideres compañeros de huida- pero al otro lado de una pequeña elevación en el terreno, a modo de mesa, que hace de separación perfecta entre ellos y tu.

Al cabo de un rato, uno de ellos se levanta y se dirige a ti, con una voz mecánica, que te sobrecoge: “Tenemos poco tiempo, nos falta la luz y pronto no tendremos energía. Debes ver algo…”. Toma tus manos y te invita a levantarte, una vez lo tienes en frente de ti, se quita el caso y puedes ver que su aspecto no es humano, es una especie de Cyborg, un robot gelatinoso. Su otro compañero se despoja también de su casco, para tranquilizarte –no lo consigue, ni mucho menos…-, ya que ha visto el gesto de desolación que ahora adorna tu cara.

Inmediatamente comienza a transmutarse, su cara se transforma en un rostro humano. Conoces esa cara, te resulta familiar, pero ignoras de quien pueda tratarse. Vuelve a dirigirse a ti, pero esta vez su voz es cálida, amable, cercana, y una vez mas, familiar: “Teniente, es usted posiblemente la única persona capaz de poner fin a esta pesadilla. En la valija que portan estos soldados estáaaaa…”.

El rostro de la persona que se dirigía a ti se desvanece entre el amasijo de cables, hierros y piezas mecánicas que conforman el verdadero rostro del soldado. Su cuello ha cedido y su cabeza reposa ahora sobre su pecho, al igual que la cabeza de su otro compañero. Han debido de quedarse sin baterías, energía o lo que demonios utilicen estos malditos soldados para subsistir, en el peor de los momentos.

Desolad@, te sientas sobre tus rodillas, dejas que un par de lágrimas discurran por cada una de tus mejillas y meditas de nuevo que hacer. Esta vez no tendrás alternativas, serás tu mism@ quien decida que camino tomar, que acciones llevar a cabo y que punto de partida será el siguiente para continuar el relato. Podrás simplemente dar un primer paso e indicar el camino a seguir o podrás ser valiente –recibiendo cumplida recompensa- y trazar tu propio destino durante un buen rato, Tú decides. Buena suerte y ánimo.

ESCENA TERCERA

Estiras tu mano derecha para alcanzar el casco blanco que reposa sobre la mesa de la estancia, con un solemne gesto de determinación y de aceptación de las circunstancias. Sabes que tu única posibilidad pasa por dejar cuanto antes la habitación en dónde te encuentras.

Rápidamente, y con un fugaz vistazo, localizas una especie de bata blanca con la que limpias la mayor parte de sangre de las suelas de tus zapatillas; se ha coagulado por completo y no seguirá manchando, pero el andar sobre el calzado podría dejar algún rastro indeseable que a buen seguro acabaría con cualquier posible escapatoria.

Decididamente, con los nervios destrozados, el corazón en un puño y la garganta seca, sales de la habitación. Cierras la puerta detrás de ti y te encaminas rápidamente por el interminable pasillo que se extiende a tu izquierda, al final del cual puedes ver como un pequeño grupo de gente uniformada exactamente de la misma forma que tú, acude a la histriónica llamada de las alarmas, cuyo sonido inunda desde hace un buen rato todas las estancias del complejo en el que te encuentras.

Apuras un poco más el paso e intentas alcanzar cuanto antes al grupito que te precede, ya que será mejor que tu puesta en escena ante los cientos, quizá miles, de soldados –no te imaginas que se trate de funcionarios reunidos a la hora de la comida, ni tampoco de grupos de fans que por diversión recreen escenas de la Guerra de las Galaxias, tal y como ha tenido lugar este fin de semana en la capital gallega…- sea cuanto más natural mejor, y pase lo más desapercibida posible.

Entrar ‘de la mano’ de un reducido grupo de soldados aumentará a buen seguro la credibilidad de tus temblorosos y nerviosos gestos, que irán aumentando conforme te acerques más y más a la posición que has de ocupar en la maraña de soldados que se dan cita en el centro de la enorme pista de despegue que has contemplado a través de la habitación que acabas de abandonar.

Después de torcer un par de esquinas alcanzas el reducido grupo de soldados que perseguías, que ahora forma parte a su vez de un nutrido grupo de una veintena de hombres. Rápidamente alcanzáis la salida del complejo entramado de pasillos para dirigiros a una zona la pista de despegue que apenas te permite distinguir mucho más de lo que has podido contemplar a través de la ventana.


Tu grupo es uno de los últimos que ha acudido a la llamada de las alarmas, y la formación está ahora completa. Comienza a sonar un estruendoso anuncio por megafonía, aunque eres incapaz por completo de comprender nada de lo que se le está comunicando a las tropas, pero no necesitas hacer demasiadas suposiciones para imaginar que tú eres el objeto de tal muestra de organización.

Permaneces en tu posición durante todo el comunicado, imitando como bien puedes la marcialidad del las tropas que se extienden a lo largo y ancho de la pista de despegue en la que te encuentras. De repente la megafonía ensordece y todos los integrantes de la marabunta humana de la que ahora formas parte alza su mano derecha al cielo para luego colocarla sobre sus cabezas, con la palma abierta y el pulgar sobre sus coronillas. Haces lo mismo que todos ellos, aunque con un ligero retraso que nadie parece haber percibido. De momento todo va bien, te felicitas por ello y te das ánimos.

No te has dado cuenta de la presencia de un grupo de transportes situados a la derecha de tu posición, pero ahora todos y cada unos de los cientos de soldados congregados junto a ti en la pista de despegue –ahora que los tienes tan cerca has podido constatar que se trata sólo de unos cuatrocientos hombres, quizás quinientos, y no de miles- se dirige a ellos para recoger un arma.

Al recoger tu arma te das cuenta de lo ligera que es ésta. Su tamaño es considerable, del que tendría un rifle de asalto de las películas y series policíacas que tanto te gustaban, pero te sorprende lo poco que pesa. Dirías que casi no pesa nada, le echas un rápido vistazo y compruebas dos cosas: para empezar, parece más bien un juguete que el arma de un soldado, pues su exterior está decorado con extraños motivos e incomprensibles símbolos propios de un arma de atrezzo; también te sorprende el hecho de que no te hayan dado ni un solo cargador supletorio, pero enseguida te das cuenta de que el arma no lleva cargadores. Ignoras cual puede ser su munición, pero desde luego no es convencional.

Aún ensimismad@ en tus pensamientos y en el tacto del arma, un grupo de tres soldados te sorprende por detrás y te apremia a que los acompañes. No late tu corazón, tus nervios te mantienen al borde del desmayo y tus cuerdas vocales son incapaces por completo de crear la menor de las vibraciones. Es por eso que simplemente te limitas a asentir con la cabeza y te pones en marcha, tras ellos.

Al contrario que la mayoría de los soldados, éstos tres se dirigen a una edificación menor, como si de un cobertizo o cuarto de herramientas se tratase. Con recelo los acompañas, mientras intentas imaginar como demonios puedes accionar el mecanismo de fuego del arma, ya que carece de un gatillo o disparador. Una y otra vez te repites: ‘Me han dado un juguete para ir a la guerra, que suerte la mía!’

Dos de los soldados que te preceden entran en lo que al final resulta ser un terminal en dónde se introducen elementos químicos para la depuración de las aguas fecales del recinto. El tercero permanece atento a los alrededores, montando guardia.

Entras en la terminal. Apenas hay más de cuatro metros cuadrados en toda la estancia, formada por una pequeña plataforma sobre la que uno de los soldados está ahora arrodillado; contemplas como retira la tapa del saliente de las tuberías que circulan por debajo de la pequeña edificación. En la parte de atrás de la sala de depuración hay una puerta entreabierta, opuesta a la de entrada, y que es la que os proporciona la luz necesaria para poder ver.

El soldado que hasta ahora permanecía de pie tiende su mano hacia ti y te invita a introducirte en el conducto de las aguas fecales, cuando de repente oyes el rugir de las armas al otro lado de la puerta principal. El tercer soldado está respondiendo al fuego de sus propios compañeros de ejército.

Llegado de nuevo el momento, tendrás que tomar una decisión. Decide entre estas tres posibilidades y podremos volver a vernos muy pronto. a) Aceptas ciegamente la mano del soldado que tienes ante ti y te introduces por la boca de la tubería, que ahora muestra al descubierto el torrente de aguas fecales. b) Intentas zafarte de los soldados que permanecen junto a ti para poder dirigirte a la puerta trasera del recinto, intentando iniciar de nuevo tu huida a través de ella. c) Haces frente a los soldados que os están atacando, intentando cubrir al tercer hombre de tu improvisada compañía. Ignoras cómo hacer fuego con el arma que portas, pero guardas la esperanza de que no tardarás demasiado tiempo en saber cómo disparar.

ESCENA SEGUNDA

Sin tiempo que perder te arrojas a la puerta de la estancia, la dejas atrás y comienzas una frenética huida a través de las innumerables esquinas que conforman el pasillo que has escogido al abandonar la habitación en dónde has, digámoslo así, recobrado tu consciencia.

Inmediatamente te das cuenta de que será muy fácil seguir tus huellas pues tus zapatillas, todavía ensangrentadas y húmedas, son el perfecto reclamo para alguien que se proponga seguirte el rastro haciendo el menor de los esfuerzos. Te las quitas y anudas sus cordones entre si, para pasártelas alrededor del cuello y llevarlas lo más cómodamente posible sin tener que utilizar las manos.

Tienes la impresión de encontrarte en una especie de hospital, aunque todavía no has podido ver ni un solo médico o enfermera, ni tan siquiera un paciente o celador. Quizás te encuentres en el ala abandonada de alguna institución investigadora, quién sabe. Prosigues tu marcha a buen ritmo, hasta que suena la alarma e instintivamente te detienes, con un sobresalto.

Es posible que lo mejor sea intentar resguardarte en una de las múltiples habitaciones que supones hay al otro lado de las puertas que has ido dejando tras de ti. Puede que alguna de ellas tenga una ventana que te indique parte de tu paradero, como pudiera ser algún que otro monumento o calle de tu ciudad. Te paras un segundo a pensar detenidamente sobre esa última idea y caes en la cuenta de que desconoces por completo en dónde vives. Tampoco recuerdas quien eres, y mucho menos que estás haciendo en un lugar como este.

Te echas las manos al cuello para intentar limpiar las zapatillas –te hace daño correr tan deprisa por los pasillos de este maldito lugar- y notas una especie de cicatriz que discurre desde cerca de tu oreja izquierda hasta la base de la nuca, en un sinuoso trazado aleatorio, piensas. Desconoces el tiempo que has llevado esa cicatriz, pero intuyes que pueda tratarse de un regalito de quién ahora te busca desesperadamente.

Mientras buscas un paño o toalla con que limpiar las zapatillas echas un vistazo a los gravados y esquemas que adornan la habitación. En un principio te parece cirílico y crees estar en Rusia o en uno de sus consulados, pero más tarde recuerdas esas viejas y estúpidas camisetas que la gente solía llevar en los ’90 y descartas el alfabeto cirílico como base del idioma en que están escritas las reproducciones que cuelgan de la pared.

No has visto nunca un idioma semejante, salvo quizás en los jeroglíficos de la antigua civilización egipcia, que tanto te entusiasma y tanto adoras. Ignoras si se trata de un idioma, alfabeto o código que hayas podido ver antes, pero de nuevo te asalta una extraña sensación de seguridad: no crees en absoluto que pertenezcan a este planeta.

Al mirar por la ventana puedes comprobar como decenas, quizás miles de personas forman filas, en lo que te parece a simple vista una enorme, descomunal pista de despegue, espoleados por la alarma que no deja de sonar y por unos cuantos más que los dirigen frenéticamente. Puedes distinguir en todos ellos la misma vestimenta que la tuya, salvo que todos ellos portan un horrible casco –demasiado hortera, a tu parecer- blanco con visera roja. Exactamente uno igual que el que descansa sobre la mesa en dónde has dejado tus zapatillas rojiblancas.

Deberás tomar una decisión, deberás elegir de nuevo tu destino. a) Puedes intentar esconderte en la habitación en la que te encuentras y esperar que no te busquen en ella. b) Puedes volver sobre tus pasos e intentar recuperar el revólver que has dejado caer en la primera habitación en la que has estado –te maldices por no tenerlo ya contigo-, ya que quizás sin armas sea una completa insensatez el dar un solo paso más. c) Puedes coger el casco a tu disposición y ataviarte como la mayoría de las personas reunidas en la gran pista de despegue que hay al otro lado de la ventana e intentar pasar desapercibid@ entre todos ellos. Que harás…?

ESCENA PRIMERA


Te encuentras de pie sobre tus zapatillas de deporte, ensangrentadas. Eres incapaz por completo de recordar cómo demonios has llegado a la habitación en la que te encuentras, en la que no estás sól@; un cadáver te acompaña, adornado con un tiro en la cabeza. En tus manos reposa un viejo revolver del treinta y ocho, todavía humeante, que cae al suelo nada más percatarte de su presencia.

Desconoces la identidad de la persona a la que estás contemplando desde tu erguida posición, pero un olor ocre invade tus fosas nasales y no sabes por cuanto tiempo podrás permanecer en la habitación. Te agachas sobre el cuerpo, aún caliente, y tratas de averiguar si conoces o no al dueño del cuerpo que descansa a tus pies, inmóvil.

Sus rasgos no te resultan familiares, aunque si su vestimenta, que reconoces exactamente igual que la tuya, consistente en un simple pantalón de algodón gris, como desteñido después de quizá demasiados lavados, unas zapatillas de deporte blancas, sin ninguna característica peculiar y un jersey de lana azul, con una especie de insignia bordada en la parte izquierda del pecho.

No resistes por más tiempo el olor a sangre coagulándose y decides salir de la habitación. Te diriges a la puerta y tras flanquearla oyes las voces de dos o quizás más personas, pero eres incapaz de reconocer el idioma en el que mantienen su conversación. De repente te invade una extraña sensación, un relámpago ha tomado forma en tu cerebro y una apremiante sensación te impele a actuar.

Antes de que te des cuenta, te habrás decidido por una de estas tres alternativas: a) Vuelves rápidamente a la habitación con el fin de atrincherarte, esperando que el revólver contenga alguna otra bala más que la que ha servido para acabar con la vida de tu, hasta hace podo, compañero de habitación y uniforme. b) Esperas lo más tranquil@ posible a que las personas que has oído se acerquen y confías en que, salvando las distancias del idioma, puedan arrojar algo de luz a tu actual situación, explicándote quién eres y que estás haciendo allí. c) Decides salir de la habitación tomando la dirección opuesta a la de las personas que has oído hablar entre si, no sabes que estás haciendo allí ni mucho menos quién eres y crees que será mejor darte un poco más de tiempo antes de entrar en contacto con nadie.

CAGHÁCHEMA, MEU REI

(Relato presentado ao Concurso das Letras Galegas 2011 Caramuxo. Cuarto posto.)



Mike Bonner sentaba na segunda fila; en fronte, o capitán McCurnigal de Scotland Yard. McCurnigal explicaba a situación ós homes que facían garda esa mañá. ‘Vas petar a boa porta’, pensou Mike. Durante semanas alguén colocara varias bombas lapa en diversos colexios de Inglaterra. Hoxe Mike sería o primeiro artificieiro en chegar.

Philip Reston, ó mando de catro dos mellores homes da RAF, seguía una pista falsa, cerca de Glasgow. Era listo como un allo, pero seguía o protocolo. Este dicía que en ausencia do artificieiro xefe, tomaría o mando o membro do equipo con maior experiencia. Mike dispuña de pouco máis de dúas horas para desactivar a bomba.

—Pareces canso, Mike. ¿Durmiche ben? Tes mala cara…

—Ou, si. Non te preocupes, estou ben. Só que…

—¿Lembrache adiantar o reloxo unha hora, Mike?

—¿¿¡¡Que!!??

Mike non esperou a oir o que o sarxento lle dicía. Botou a correr deixando tras de si unha tambaleante silla e un estupefacto capitán. Tiña menos dunha hora para chegar ao colexio Lois Pereiro e desactiva-los casi catrocentos gramos de Combinado Catro que colocara días atrás. Agora corría contra o reloxo. Corría contra un reloxo ao que lle faltaba unha hora…

DALGHO HAI QUE MORRER

(Relato presentado ao Concurso das Letras Galegas 2011 Caramuxo. Sétimo posto.)

Lois Pereiro estaba acabado. Sempre fora listo como un allo pero o tempo fórao privando das habilidades que noutrora o fixeran lenda. Aínda lle encargaban traballos, pero cada vez menos. Lois comezara a traballar para o Equipo 6 ao volver da Guerra de Camariñas, e dende aquela o seu ascenso fora imparable, pero outra vaca no millo reclamaba agora o seu pasto.

Miguel presentárase na casa de Lois ao solpor e apenas o deixara falar. Recriminoulle a falta de profesionalidade do seu último traballo e quixo facerlle entender que, coma el mesmo, só obedecía ordes. Despois de latricaren un pouco máis, Miguel dou media volta e volveu por onde viñera, meténdolle a Lois unha bala no corazón.

(...)

—O traballo está feito, xefe.

—Moi ben. Unha cousiña, Miguel...

—Diga, xefe.

—Hai algo que deberas saber acerca de Lois.

—Non se preocupe, xefe, estou de volta e media.

—¿De verdade? Non sabía que...

—Desculpe xefe, pero vostede ten cousas máis importantes que saber.

—Certo, Miguel—dou media volta á silla e seguiu cos seus asuntos, ó tempo que continuaba dicindo—: ¿Desde cando sabes que era teu pai?

—Supoño que sempre o souben... pero son un profesional.

DERIVA

(Relato enviado ó fanzine online 'Leda Magazine')


El 23 de Noviembre de 2053 había sido un día terrible para Steve. Su esposa se había largado con uno de sus antiguos compañeros del instituto y además había descubierto que su hija era adicta a la tempoína. Como si eso no fuese suficiente, tenía la sensación de que su viejo perro Malin la palmaría en pocos días. Sin tiempo para recuperarse, los rayos de sol de un nuevo y horripilande día lo saludaban a través de las raídas cortinas de su vieja caravana. A las siete y treinta y dos de la mañana de lo que mucho se temía sería otro lunes de mierda en la fábrica de aerocartuchos, Steve estaba tan muerto como la mayoría de los más de doce mil millones de seres humanos que superpoblaban el planeta Tierra.

No fue hasta el mediodía en Arkansas cuando la gente por fin pudo comprender lo que se le venía encima. Desoyendo la Resolución 314 del Consejo Interplanetario, una flota procedente del planeta Leda, no demasiado numerosa pero sí lo suficientemente bien armada, abrió fuego contra los más de dos mil puntos estratégicos de abastecimiento de energía nuclear del planeta. En poco menos de dos horas, más de la mitad de la población mundial fue diezmada por la radiación desencadenada tanto por las explosiones de las centrales nucleares como por la acción del poder destructivo de las armas Ledianas. A las 14,00 horas de la Costa Oeste el Orden Planetario puso fin al ataque, despues de una brutal batalla que tuvo lugar en el que pronto se convertiría en el extinto Cinturón de Asteroides, adonde se había retirado la flota invasora. Para entonces el noventa y dos por ciento de la vida sobre la faz de la Tierra había visto truncada su existencia. La flota del Orden Planetario abandonó el Sistema Solar con la misma rapidez con la que habían atacado los Ledianos.

Casi medio siglo despues el planeta trata de reponerse de la irracional agresión, al tiempo que la raza humana recupera su capacidad de aglomeración y una nueva sociedad brota de las cenizas de la anterior. Con toda la industria del planeta hecha añicos, el Orden Planetario había dejado de lado a los pocos habitantes de la Tierra, considerando nulo el provecho que podría sacar de una civilización en ciernes. La nueva sociedad que ahora emerge carece de hombres y mujeres de ciencia y que rindan culto al intelecto; se trata más bien de una gran tribu ancestral que, privada de la energía que la sustentaba, ha vuelto ahora por sus fueros y se dedica a recolectar lo poco que la calcinada Madre Tierra le ofrece.

El malogrado Cinturón de Asteroides proveía al Sistema Solar en general y a la Tierra en particular de un sustento gravitatorio que, a modo de complicado y perfectamente enrgasado engranaje, mantenía a los planetas y sus satélites en su cotidiano baile cósmico. Su desaparición había propiciado la apertura cada vez mayor de la órbia de la Tierra, volviéndola más y más excéntrica y ralentizado su traslación alrededor del Sol; tanto que había tardado ¡cerca de cuarenta años en alcanzar el apogeo de su nueva órbita! Ahora, con el perigeo separándola menos de cincuenta millones de kilómetros del Sol, la Tierra completaría su último movimiento de traslación...