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jueves, 8 de noviembre de 2012

THE EYES OF A CHILD — « »

Inspirado en "Un joven con un violín", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/z7ZheXyq

El joven violinista rasgaba una y otra vez las cuerdas del vetusto instrumento con la ayuda del desgastado arco, que parecía mucho más viejo que el propio violín. Poco a poco el centenar de cuerdas original que conformaban el arco había ido perdiendo, paulatinamente, algunos de sus córdeos inquilinos. Con todo, el sonido que el bermejo intérprete arrancaba a las cuatro cuerdas resultaba embriagador, y pocos eran los que se resistían a aminorar el agitado paso de camino a sus trabajos y ocupaciones. Sin embargo su pequeña hacienda, consistente en unas pocas monedas desparramadas sobre el interior de la funda del «Guarnerius», no crecía al mismo ritmo que los entusiasmados transeúntes que se detenían y festejaban en silencio el goce que les producían las hermosas melodías del solista.

Un pequeño rapaz había permanecido atento a su recital, deleitándose con cada una de las notas que extraía del violín, pero su corta edad lo hacía pulular nerviosamente de un lado a otro; el pequeño zagal hacía ímprobos esfuerzos por mantenerse atento al espontáneo concierto. Consciente de ello se dirigió al pequeño y le preguntó si le gustaría sentarse durante un rato en su taburete. El chico pareció escrutar algo en su rostro y finalmente asintió con una leve inclinación de su cabeza y se sentó a unos pocos pasos del virtuoso músico, que veía como poco a poco se congregaba a su alrededor una pequeña pero silenciosa multitud. Al igual que el pequeño mozalbete la muchedumbre disfrutaba también del gratuito recital de violín y, al igual que él, tampoco había reparado en la necesidad de contribuir con unas pocas monedas al mermado erario del músico. Harto de tanto caradura, nuestro joven amigo decidió poner fin a tanto descaro.

El hábil violinista terminó brillantemente de ejecutar una preciosa pieza compuesta por él mismo. El gentío allí congregado vibró desde la primera hasta la última nota, y una gran mayoría ardía en deseos de aplaudir el gran talento del violinista y acercarse a saludar al experto músico pero, algunos por vergüenza, otros por no tener que desprenderse del vil metal, permanecieron en sus puestos, atentos al siguiente fragmento del concierto. Ninguno reparó en los hábiles movimientos del joven intérprete, que repentinamente afinó el instrumento musical no en por intervalos de quintas, sino de cuartas. Desplazó además un diminuto émbolo que acortaba ligeramente el volumen de la cavidad de resonancia del violín y  finalmente volvió a afinar el instrumento en intervalos de cuartas, justo después de desenrollar una de las sujeciones del clavijero, lo que dividió la cuerda afinada en «sol» en dos, aunque sólo a un tercio de la altura del violín.

Volvió a dirigirse al joven muchacho, que permanecía expectante, repantigado sobre el taburete que minutos antes le había cedido. Con gesto grave le preguntó si nadie lo andaba buscando, si nadie se habría percatado de su ausencia, pero el pequeño muchacho volvió a concentrarse de nuevo en su pálido rostro, dejándose transportar por la armonía de sus palabras, y se limitó a menear la cabeza de un lado a otro, a modo de respuesta. Con gran pesar en su corazón volvió a tocar de nuevo.

El rubio intérprete tocó una vez más las piezas que habían sonado en la plaza unos minutos antes, o eso al menos sería lo que el oído de cualquiera de nosotros sería capaz de percibir. Lo cierto es que las extrañas modificaciones que emprendió en su instrumento, junto con la novedosa afinación en intervalos de cuartas, había creado un extraño compendio de sonidos, y el violinista era ahora capaz de interpretar dos melodías de forma simultánea, superpuestas. Una de ellas resultaría casi imperceptible incluso para el mejor de los aparatos sonoros modernos, pero se alzó manifiestamente responsable de lo que a continuación sucedió.

Arrebatada por un extraño y colectivo colapso, la multitud congregada alrededor del solista comenzó a agitarse violentamente y uno tras otro cayeron los cuerpos del convulso gentío, exudando sangre por sus oídos. El niño contemplaba horrorizado como sus semejantes se retorcían de dolor. No pudo contener la náusea y vomitó. Frente a él, el violinista no daba crédito a la resistencia del muchacho, que ahora lo miraba profundamente impresionado, al borde de la demencia. Se quedó mirándolo durante un rato más, visiblemente trastornado, sin dejar de tocar la espantosa y endeble melodía.

El pequeño logró finalmente hacer acopio de fuerzas y se alejó a toda prisa del maremágnum de cadáveres que el joven y apuesto violinista había dejado tras de sí al término de su último recital. El chaval corría calle arriba, sin prestar atención al tráfico que circulaba por la calzada, ajeno al autobús que también circulaba calle arriba. El joven intérprete trató de alertar al zagal con un clamoroso grito, pero el chico siguió corriendo, sin inmutarse. El conductor del autocar trató de disuadir al mozalbete, haciendo rugir el claxon del vehículo, pero ni el violinista ni el chófer lograron desanimar al muchacho en su empeño por cruzar la calle. Terminó dando con sus huesos debajo del autobús y el violinista comprendió finalmente la causa de la inusitada resistencia del muchacho a su insidiosa rapsodia, así como el motivo de tanto meneo de cabeza y el descaro del muchacho al mirarlo de hito en hito.

miércoles, 31 de octubre de 2012

UNO DE LOS NUESTROS


Inspirado en "El francotirador precoz", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/EcBXEWbv


Si estás leyendo esto, es que estoy muerto, así que me importa una mierda lo que puedas pensar de mi. A pesar de todo voy a contarte mi historia, no porque piense que necesite contarla antes de dejar este mundo de mierda, ni tampoco porque crea que si no la cuento yo, nadie se hará cargo de ella. ¡Que vá, hombre! Te la voy a contar porque no tengo otra cosa mejor que hacer hasta que llegue el amanecer, cuando sea sumariamente ejecutado por un pelotón de fusilamiento que yo mismo he escogido, hombre por hombre. No es que haya ido casa por casa eligiendo uno por uno a mis asesinos; más bien han sido ellos los que me han escogido a mi, con motivo de mis acciones. Ellos son los hermanos y padres de muchos a los que he ido dejando por el camino.

Digo que no tengo nada mejor que hacer porque no voy a poder dormir. No es que no pueda dormir la noche antes de mi propia ejecución, ni mucho menos. He dormido como un niño pequeño cuando asesiné a mi propio padre, momentos después de que él mismo matase a mi madre con sus propias manos. ¡Que puto barbaro! Yo al menos utilicé la culata de mi fusil. Lo dejé terminar porque yo ya sabía lo frustrante que puede resultar que te interrumpan mientras cometes el más puro acto de humanidad. Matar.

Pero vaya, se me está yendo el tiempo y me temo que no soy muy buen narrador. Soy consciente de que el trance en el que estoy sumergido tampoco ayuda mucho a que os presente mis ideas de forma clara y ordenada. En fin, ya es algo tarde para remediarlo. Como iba diciendo, escribo esta nota porque no voy a poder dormir. Padezco de insomnio. Siempre lo he padecido, desde que era pequeño. La verdad es que mi primera muerte fue producto de una de esas interminables noches de verano. Adjunto a esta nota he dejado escrita una lista de todas las muertes de las que me considero responsable, directa o indirectamente. La cifra total asciende a ciento veinticinco.

Si alguien me pidiese que escogiese una entre todas, sin duda me quedaría con aquel alférez imbécil que un par de muchachos y yo matamos hace dos años, en Durango. El muy gilipollas sólo pretendía ayudar a unas señoras a cruzar un pequeño riachuelo. Una de las mujeres estaba embarazada y a ella también la matamos. La violamos hasta matarla, y también a la vieja. El alférez se había liado a tiros con nosotros nada más asomarnos por el camino. Nosotros ni siquiera los habíamos visto, pero se conoce que él nos había estado vigilando, seguramente rezando para que no lo viésemos, ni a él ni a las mujeres. El caso es que le hicimos muchas perrerías. Lo atamos a las ruedas de un carro y le dimos un par de vueltas por el lecho del río. Lo follamos por el culo con nuestras bayonetas y le hicimos pasar un carro por encima. Casi podías oír cómo le crujían los huesos. Finalmente lo echamos de nuevo al río, para que se ahogara. No creo que se haya salvado.

Coño, menuda mierda es esto de escribir. Se te va el tiempo volando. No debe de faltar mucho tiempo para que amanezca, ni para que a mi se me salgan las tripas por la boca. Cuando un pelotón de fusilamiento de estos cabrones de mierda mata a un hijo de puta como yo, no suele dispararle a la cabeza, ni tampoco al corazón. Le dispara a los huevos, a la barriga y a las piernas. Quieren que sufra. Total, al final acabarán pegándome un tiro en la cabeza para certificar la muerte. No me da miedo. Sé que no me queda mucho tiempo, pero eso es lo bueno. Al menos no voy a sufrir. No tanto como algunos de los que me he llevado por delante.

No os lo vais a creer. Hace escasos minutos han bombardeado el cuartel y también los calabozos. He oído un par de pepinazos y múltiples detonaciones. Luego las escopetas y fusiles se han puesto a escupir balas y un poco más tarde un grupo de soldados (los reconozco, no son voluntarios) se ha presentado en mi celda y ha comenzado a hablar en italiano. No entiendo mucho de lo que me han dicho, pero han sido muy amables, me han dejado seguir escribiendo, para que termine mi historia. Pero creo que todavía no termina aquí. Me han dicho que me necesitan en el sur, que muchos maricones pretenden huir en barco y que les iría bien alguien como yo, alguien que les echase una mano.

Me levanto y me pongo mi abrigo. Sé que a mediodía tendré que quitármelo, estamos a finales de marzo y el calorcito se va notando ya, pero a estas horas se agradece llevar algo puesto sobre los hombros. Termino de escribir estas líneas y prendo fuego a la nota en dónde he anotado mis ciento y pico víctimas. He olvidado el número exacto. Debe de ser la excitación de la promesa de una lista mucho más numerosa. Salgo al patio del cuartel y me dirijo a uno de los oficiales italianos. «Andiamo».

sábado, 20 de octubre de 2012

UNA HISTORIA VERDADERA

Inspirado en "Aquel malvado y digno Drácula", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/LUgnjc6i

Querido lector, es para mi un placer volver a verte por estas páginas. Una vez más te invito a que goces con las maravillas que se esconden tras estos párrafos, a que te estremezcas con los horrores que te he preparado y, ¿por qué no?, a que reflexiones durante el breve e intenso instante que te ocupe leer estas modestas líneas que, de alguna manera, son tuyas y mías a un mismo tiempo.

Como bien has podido ojear al principio de la narración, la historia que hoy te acerco es un relato veraz, aunque provenga del mismo lugar que todas las otras historias que hemos compartido hasta el momento: de mi imaginación. No ignoro, querido lector, que te percatas de la estrecha similitud que existe entre una persona mentirosa y un creador de historias, y lo cierto es que ambas especialidades se sustentan sobre la misma base. A saber, la complicidad de una tercera persona. Uno no puede mentirle a alguien que no esté dispuesto a tragarse el anzuelo y tampoco se puede pretender escribir una historia si nadie se va a tomar la molestia de leerla. Es por esto que hoy no sólo te traigo una historia verdadera, sino que además te voy a mostrar cómo se construye.

Pueden contarte mil cosas acerca de cómo se escribe un cuento o un relato, una novela o un ensayo, pero lo cierto es que sólo existen dos formas de hacerlo. Totalmente opuestas, tal y como yo lo veo. Por un lado tenemos al artesano, que planea todos y cada uno de sus movimientos, como si de un ajedrecista se tratase, y por otro lado tenemos al artista, que tiene más que suficiente con un golpe de su varita mágica (las musas, la inspiración, ...) para escribir de corrido relatos, ensayos, novelas e incluso colecciones completas. Ambos son virtuosos y deben ser considerados como tal, pues tanto el artista como el artesano comparten objetivo y objeto de ser: el arte de narrar historias.

Este humilde servidor tuyo trata de hacer las dos cosas, en la medida en que le resulta posible, si bien tiene mucha más tendencia al artista que al artesano. Me he propuesto muchas veces, demasiadas, trabajar de forma habitual y cotidiana, aunque jamás lo he podido lograr. Sigo prometiéndome a mi mismo que algún día seré capaz de confeccionar un horario de trabajo, más o menos razonable, que pueda cumplir con el paso del tiempo. De momento tendré que contentarme con escribir a rachas, como he venido haciendo desde que nos citamos de cuando en vez en estas páginas.

El mayor problema que uno tiene que afrontar al escribir por rachas es que depende enormemente de sus sensaciones, llegando en numerosas ocasiones a verse esclavo de ellas. Las emociones te imposibilitan, te impiden escribir y no sólo te interrumpen la concentración, sino que coartan tu capacidad de inventiva. Acaban por anularte y te mentiría si te dijera que he aprendido a vivir con ello. Es horrible. Así, si uno tiene un mal día, como el que he tenido yo hoy, es muy difícil que logre sacar algo bueno de su sesera. Uno acaba siendo consciente, a través de la experiencia, que es mejor no darle vueltas. Sal a dar un paseo, hazte una paja o lee algo. Cualquier cosa, pero ni se te ocurra pensar en que puedas escribir algo. Estás condenado miserablemente al fracaso.

Aunque tenga cierta tendencia a un determinado tipo de relato, o a un tipo concreto de personaje, no pretendo escribir siempre sobre lo mismo, y me gustaría que diferentes lectores como tú, con diferentes y variadas expectativas, se pudiesen encontrar en estas páginas tuyas/mías los más variados temas y situaciones. La razón es simple. Imagina que en tu casa recibes visitas muy a menudo. No estaría bien que siempre invitases a tus visitas a pastas o a ganchitos. Sería una buena idea que tuvieses a mano unas birras, unas patatas, un par de chorizos, un poco de pan, …, tú ya me entiendes. De la misma forma que sería una buena idea no sólo tener música negra de los años veinte en tu iTunes. Bájate un par de discos variados y podrás comprobar cómo tus visitas te lo agradecen. Es lo que yo llamo el ejemplo de la caja de galletas «Surtido Cuétara». Se tiene que dar muy mal la cosa para que a uno de tus invitados no le guste ni una sola de las galletas del surtido.

Por todo ello la historia que os relato hoy es la siguiente:

«Edahul el Grande reinaba sobre todos los mundos y sobre todas las eras, pero una profecía perturbó la paz universal, prolongada durante miles de millones de años. El oráculo había predicho que Kalithi, el hijo que Edahul había engendrado con una hembra mortal, moriría a manos de su propio hermano, el tétrico señor de las tinieblas Mibarck. La muerte de Kalithi desencadenaría una guerra que traería consigo el ocaso de la sagrada orden del Fanganor, cuyo paladín era Edahul el Grande.

»Cuando Kalithi hubo cumplido los veintitrés años su padre se le apareció al mozo y a su madre, preveniéndoles de las malvadas intenciones del pérfido Mibarck. Edahul agasajó al hermoso Kalithi con una espada de oro y lo envió tras los pasos de su hermano, a través de los helados pasos del norte de Debanen. Kalithi persiguió con empeño y persistencia a Mirbarck durante más de dos ciclos, pero las huellas de su hermano sobre la nieve rara vez eran recientes y muchas veces tuvo que volver sobre sus propios pasos, temiendo perder la pista de su presa.

»Viendo cada vez más cerca su declive, Edahul concedió a Kalithi el dominio del tiempo, mientras que a cambio otorgaba a Mirbarck el don de la invisibilidad. Finalmente Kalithi acortó la distancia que lo separaba de su hermano y al fin pudo verlo a lo lejos, en medio de una tormenta de hielo. Se acercó a él con su espada desenvainada, rápido como el trueno, y lo atravesó de parte a parte. La sangre del joven Kalithi se desparramaba sobre el blanco manto de nieve, sustrayendo la poca vida que quedaba en sus entrañas.

»La muerte del bello Kalithi no desencadenó guerra alguna, aunque la cabeza del oráculo rodó por el suelo del palacio de Edahul el Grande. Tras ella rodó también la cabeza del paladín de Fanganor, cortada con una dorada espada, empuñada por el nuevo señor de los tiempos y de las eras, el maquiavélico Mibarck. Desde entonces el hombre ha dejado de creer en dioses y en sus benéficas atenciones. Desde entonces reina el mal en el mundo de los hombres.

sábado, 6 de octubre de 2012

LA BIBLIOTECA DE DON EDUARDO

Inspirado en "Mezclado, no agitado", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/AYoTxkpr

UNO

Recuerdo perfectamente que sucedió en el mes de Octubre, aunque ignoro el año. Yo debía de tener unos doce o trece años y por aquel entonces estaba internado en uno de los muchos colegios que el Estado tenía concertados con la curia. He olvidado si se trataba de un colegio de maristas, dominicos, de hermanitas descalzas o de cualquier otra casa de putas, eso me trae sin cuidado ahora mismo. Lo único relevante del tema es que yo me pasaba los años más dulces de mi infancia en esa maldita prisión del alma, en ese turbio desierto de la imaginación y, aunque ahora mire atrás con cierta indiferencia y sin animadversión, lo cierto es que de pequeño pensaba para mis adentros que bien se los podía haber llevado el diablo a todos. Especialmente al hermano Juan.

Mi padre murió en extrañas circunstancias unos dos años antes y al poco tiempo mi madre rehizo su vida al lado de un caballero llamado don Eduardo Tristán, que había hecho fortuna trabajando codo con codo con mi difunto padre. Mi hermana era unos cuantos años mayor que yo y pronto fue cortejada por el hijo de un millonario, que la desposó y se la llevó muy lejos de la casa familiar. En cuanto a mi, Florian, heredé sin más pudor el apellido de mi padre postizo. He de ser justo con don Eduardo —nunca se me ha ocurrido dirigirme a él como padrastro, y mucho menos como padre o papá— y reconocerlo como un gran caballero y un buen tutor, a pesar de los pesares. Yo no ignoraba que suya había sido la idea de internarme en ese mugriento colegio, pero el viejo (tendría unos diez o doce años más que mi padre y quince más que mi madre) era lo que se dice un tío con un par. Y bien puestos que los tenía.

Veréis, yo me pasé casi todo el primer año de internado en una continua guerra encubierta con el hermano Juan. A mi no me caía bien y resultaba obvio que yo a él tampoco y, aunque procuraba no darle muchas razones para espolear su antipatía hacia mi, siempre se las arreglaba para castigarme por esta u otra chiquillada. Me tenía frito, la verdad, pero nunca dí muestras de desfallecer y jamás he tratado de socavar ayuda ajena ni anexionar a nadie a mi causa, pues era para mi todo un reto enfrentarme al infame cura. Aquella tarde de Octubre fue cuando el hermano Juan me pilló leyendo a escondidas una novela prohibida. No creáis que existía una lista con dos tipos de novelas, por un lado las permitidas y por otro lado las vedadas. Ni mucho menos. Todas las novelas estaban prohibidas, vaya usted a saber el porqué, aunque en este caso resulta obvio el motivo de la prohibición, ya que se trataba de «La piel del tambor», de Arturo Pérez-Reverte. Yo me sentía tan atraído por Macarena como por el padre Quart, al que deseaba tener como maestro y no al cenizo del hermano Juan.

Los internos que vivíamos relativamente cerca del colegio teníamos la oportunidad de pasar los largos fines de semana en casa, y recuerdo bien que aquel año la festividad de la Hispanidad nos permitió unas pequeñas vacaciones de cuatro días. El hermano Juan se había molestado en acompañarme a casa aquella tarde de miércoles y pretendía poner a don Eduardo al corriente de mis díscolas lecturas, apuntándose así un tanto en el marcador de nuestra particular guerra sucia. Subimos al piso de arriba y encontramos a mi padrastro en su estudio. El religioso mostró a don Eduardo la novela que me había requisado y, con un repulsivo gesto triunfal que pausadamente dirigió hacia mí, pareció invitar allí mismo a que mi tutor me azotara. O a que me meara encima; no pude escrutar bien esa nauseabunda mirada. El caso es que mi padrastro se portó cojonudamente aquel día de Octubre y quiso dejarle dos cosas muy claras al hermano Juan. En primer lugar le dijo que la novela era suya y no mía, así que más valía que se la devolviese. En segundo lugar le comunicó muy tranquilamente, como si le estuviese diciendo al peluquero cómo deseaba el corte de pelo, que volvería a prestármela, pues el estar internado en un colegio religioso no era motivo suficiente para que yo hiciera la vista gorda al resto del mundo. Eso era cosa de los curas, no de su hijo.

El hermano Juan no pareció encajar muy bien la reacción de don Eduardo y pronto se enzarzaron en una pequeña disputa. Mi madre solía descansar en una habitación contigua, aquejada de terribles jaquecas que la asediaban día y noche, aunque había aprendido a convivir con ellas. Mi padrastro no lo ignoraba y tomó del brazo al hermano Juan y se lo llevó escaleras abajo, sacándolo al jardín. Me dejó así el camino libre para introducirme en su estudio, en el que nunca había estado a solas. A través de las ventanas podía oírlos discutir más nítidamente y, con mi madre seguramente recostada, no corría peligro de que me descubrieran.

La disposición del estudio era ligeramente distinta que en tiempos de mi padre, que sólo estaba interesado en tratados navales. En cambio, la biblioteca de don Eduardo era mucho más amplia, aunque todos los volúmenes parecían iguales, como si sólo se tratase de cientos de tomos idénticos de una misma enciclopedia, tal y como sucede con los libros de contabilidad. No andaba descaminado en mis reflexiones, pues tomando un libro cualquiera pude ver que se trataba de una especie de diario, aunque no del todo escrito del modo usual. Lo hojeé distraídamente durante un rato, deteniéndome cada poco tiempo a escuchar una discusión que pronto dejaría paso al insulto limpio. Pude comprobar que las anotaciones que contenía el volumen que sostenía en mis manos databan de unos cinco años atrás, así que decidí coger uno más reciente.

El siguiente tomo que cogí en mis manos estaba lleno de anotaciones en color rojo —el resto del volumen y el anterior estaba escrito con tinta negra— y todas ellas llevaban consigo una fecha. Me detuve un instante para leer una en concreto y topé con el nombre de un hombre que había muerto en la fábrica de mi padre, en tiempos en los que don Eduardo aún no era su socio. Yo había oído contar su triste historia cientos de veces. Al parecer el mecanismo de una máquina se había trabado, el hombre había intentado desatascar el engranaje y la máquina se lo había tragado, destrozándolo. Tuvieron que enterrarlo en efigie, poco menos, al estilo de los pocos afortunados que el Santo Oficio quemaba en rebeldía, al no poder chamuscar in situ.

Continué pasando las hojas y me aterró ver escrito el nombre de mi padre. Una de las anotaciones hechas en color rojo correspondía a la fecha en que había muerto, y justo debajo figuraba el nombre de mi padre, «K. Friedel». A su lado sólo podía leerse una escueta nota, «Muerto en extrañas circunstancias». Dejé el volumen en su sitio y me dirigí hacia el tomo que reposaba sobre la mesa de roble de mi padrastro, abierto por la mitad, y aterrado pude comprobar que los más recientes registros relataban con todo lujo de detalle cómo el hermano Juan me había descubierto leyendo «La piel del tambor» y, más impactante aún, daba cuenta de las palabras exactas que mi padre y el cura se habían dirigido.

Aunque eso no fue nada comparado con lo que leí a continuación,  que perforó la cubierta de mi sentido común, haciéndolo explosionar con una ensordecedora detonación. Don Eduardo había descrito con cirujana precisión mi intromisión en su despacho, hojeando inocentemente varios de los volúmenes, encontrando finalmente el que se refería a mi padre, así como al inconcluso volumen. De repente me percaté de que ya no escuchaba discutir a nadie en el jardín y comprendí que debía abandonar cuanto antes el estudio, aunque durante una fracción de segundo dudé si continuar leyendo las últimas anotaciones del diario. Decidí que mi integridad física era más importante y abandoné a toda velocidad la estancia, jurando volver.



DOS

Han pasado dos meses desde que me he introducido furtivamente en el despacho de mi padre y aunque no he vuelto a verlo, debo esperar de él que su actitud hacia mí haya cambiado. La mía ha cambiado mucho, a pesar de no entender muy bien qué significa todo lo que he podido ver y leer en su despacho. No ha dejado de enviarme libros al internado, y ahora, además de terminar «La piel del tambor», he leído también «El Club Dumas» y «La tabla de Flandes», que me han encantado. Don Eduardo me ha hecho llegar otros libros pero no los he disfrutado tanto, aunque hay uno por encima de todos que me ha dejado fascinado. Se trata de..., bueno, creo que me estoy distanciando un poco del hilo argumental de la historia que he venido a contarle. Lo cierto es que desde aquella tarde de Octubre me siento mucho más disperso que de costumbre. Perdone usted el paréntesis. Sigamos con lo que he venido a relatarle.

Decía que no he vuelto a casa desde hace dos meses y, aprovechando el puente de la Constitución, he regresado por unos días. En casa sólo he encontrado a mi madre. Don Eduardo se ha ausentado unos días del hogar. No se lo había dicho hasta ahora, pero se ha metido en política y un nuevo partido ha solicitado su presencia en la capital. Tengo entendido que volverá mañana, así que tengo el firme propósito de volver a su despacho en busca de su siniestro diario. Creo que mi madre guarda una copia de las llaves de todas las cerraduras de la casa, y mi intención es franquear el estudio de don Eduardo mientras mi madre se echa en sus habitaciones, intentando aplacar la migraña vespertina.

Finalmente entro en la funesta habitación en la que pasa el tiempo mi padrastro. Nada hay sobre el escritorio así que recorro con la vista los estantes en donde descansa el último volumen de la macabra enciclopedia de don Eduardo. Lo extraigo despacio de su lugar de reposo y lo deposito suavemente, con una especie de caricia, en la desierta mesa de roble. No pierdo el tiempo y lo abro por la última página escrita. Lo estudio detenidamente y reconozco al instante que la penúltima entrada relata su marcha a la capital, mi vuelta a la casa y una nueva intromisión en su feudo privado.

Ya no me dejo sorprender, aunque no puedo evitar inquietarme al leer la última de las anotaciones hechas por mi padrastro. Está escrita con tinta roja y mi nombre figura en ella, «F. Tristán». Junto a mi nombre asiste impasible la fecha del día de hoy y la tétrica inscripción «Muerto en extrañas circunstancias». Permanezco impávido durante un largo instante, tras el cual decido actuar. Extraigo una pequeña navaja del bolsillo de mi chaqueta y recogo la manga de la camisa. Inmediatamente me practico un corte no demasiado profundo, con la esperanza de que todo acabe lo antes posible.


EPILOGO

El doctor Etxeberría terminó de leer el relato en silencio. Sus ojos buscaron las frías e inexpresivas retinas de Florian y éstas se le clavaron como dos trozos de pedernal. El facultativo dejó sobre su mesa el relato que el muchacho había escrito la noche anterior. Se quitó los anteojos y se dirigió al chico.

—Florian, hijo. Es una historia muy bonita, pero difícil de creer.

—Lo sé, señor. Por eso se la he enseñado a usted. Nadie más la ha leído.

—Entiendo —el gesto receloso del doctor no pasaba inadvertido para Florian—. Aunque no comprendo cómo es posible que, bueno, que...

El joven que el doctor Etxeberría tenía delante era muy espabilado y el matasanos no sabía si abordar directamente ciertas cuestiones sobre la imaginación del muchacho. Florian no le dio demasiado tiempo para pensarlo.

—¿Que siga vivo? ¿Es eso lo que no entiende, doctor?

—Es muy sencillo —continuó relatando el joven Florian—. Saqué mi navaja y me hice un corte, no muy profundo. Con la punta de la hoja humedecida en mi propia sangre completé mi nombre, «F. Tristán», con una rayita horizontal, convirtiéndolo en el nombre de mi propio padrastro, «E. Tristán».

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LEGITIMA DEFENSA

Inspirado en "La juez, el fiscal y el Gorrinín", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/eRbzSrtl

Allison apenas había tocado el primer plato y creía que el segundo tenía mejor pinta, así que se dispuso a probar el rulo de carne con guarnición, aunque sin demasiado entusiasmo. El agente Mallone tampoco parecía tener mucha hambre y ahora encendía un cigarrillo con la colilla del anterior. Su nerviosismo era evidente. Una vez más balbuceó unas pocas palabras ininteligibles. Allison lo miraba con gesto grave y su ansiedad acababa de dar paso a la exasperación. “¿Quieres dejarlo ya? Puede que esto no sea Times Square, pero en este pueblo todo el mundo nos conoce. Haz el favor de hablar más bajo”.

Los poco más de treinta mil habitantes de la pequeña ciudad situada al noroeste del estado de Maine se habían estremecido días atrás por el asesinato de un ayudante del sheriff, supuestamente producido a manos de unos maleantes de la zona. Sin tiempo para reponerse, dos días más tarde, algunos de estos facinerosos serían acribillados a balazos a la salida de un pub local, liquidados por compañeros del agente fallecido. Nadie había visto nada y nadie quiso hacer declaración alguna. Faltaría más. Cómo nadie podría haber visto nada aquel sábado por la noche, con medio pueblo golpeándose en el aparcamiento de los bares de moteros y los drive-in.

Todo había comenzado unos meses atrás cuando Sam Cortigan, el difunto ayudante del sheriff, había perseguido y dado caza, junto con varios compañeros, a los dos compinches que minutos antes habían sustraído varias pertenencias de su coche patrulla, entre las que se encontraban su cartera y el sistema GPS del vehículo. Cortigan se disponía a esposar a uno de los cómplices cuando éste sacó una navaja y le propinó varios cortes en la pantorrilla, haciéndole sangrar profusamente. Mallone intentó mediar en la refriega y también recibió lo suyo, llevándose dos grandes incisiones en el antebrazo; un par de tajos adornaban desde entonces su pómulo izquierdo.

Despojado de toda paciencia Mallone desenfundó su arma, echó a Sam a un lado y se cargó al malvado rufián a sangre fría. El otro bellaco ni siquiera tuvo tiempo de decir “Esta boca es mía”, alguien le había hundido una rodilla en la nuca. Su cuerpo pareció echarse a tierra y hacerse el muerto, como si el agente Mallone fuese uno de esos enormes oso Kodiak de los documentales.

Alguien había visto en el asesinato de James Bidou la oportunidad perfecta para joder a Mallone y a sus chicos, y un gran sector del pueblo se volcó con el juicio del agente, que si bien es cierto que ostentaba la hoja de servicio con más detenciones de todo el condado, no era menos verdad que solía excederse en su cometido, aplicando demasiado celo en el cumplimiento de su deber. Pocas semanas más tarde tuvo lugar la vista oral, y la fecha del juicio quedó establecida pocos meses después.

Todo el proceso resultó ser una farsa, y aunque el juicio se celebraría con un jurado popular, pronto quedó claro que la mayor parte de sus miembros estaba comprada o coaccionada, y que los restantes preferían no meterse en líos en un pueblo en donde los jueces, fiscales y miembros de la policía no pernoctaban con los bajos fondos en un burdo intento por intentar guardar las apariencias. Unas apariencias que se habían perdido hacía bastante tiempo.

El juicio quedó visto para sentencia mucho antes de lo previsto. Ninguno de los agentes que había presenciado la ejecución de Bidou dio a entender que el agente Mallone había abusado de la fuerza ni aprovechado su ventajosa posición, y que la lamentable muerte de James Bidou, un emigrante haitiano sin empleo, tuerto de un ojo, había sido tristemente ocasionada durante un ejercicio de defensa propia, ya que según el criterio de los agentes, Mallone habría muerto de no haberse defendido.

Robert Mallone pagó la cuenta del restaurante y encendió un nuevo cigarrillo. Allison y él habían sido novios durante el instituto, cuando Mallone era un prometedor quarterback y ella soñaba con cambiar el mundo detrás de un púlpito como el que solía utilizar en el club de debate del High Corner Institute. Casi veinte años después el seguía pegando buenas patadas, mientras que ella había renunciado por completo a cambiar nada del mundo que la rodeaba. Su rostro reflejaba una expresión grave y seria, aunque la tierna mirada que le dirigía indicaba que todavía sentía algo por él.

—Acuéstate temprano, Bob. Y afeitate. No querrás presentarte...

—Descuida, lo haré —la interrumpió posando un dedo en sus labios—. Me portaré bien. Ella dejó que mantuviese el dedo sobre sus labios un rato más.

—Y nada de beber. Hoy será mejor que no te pases por el Frampton’s.

—Sólo un trago. Mañana es mi gran día.

Robert Mallone llegó a su casa muy tarde, de madrugada. Se acostó vestido y apenas durmió un par de horas; tenía el tiempo justo para afeitarse y presentarse en el juzgado con unos veinte minutos de antelación, para causar buena impresión. De camino al baño echó un vistazo a su viejo traje de policía, el que había llevado el día de su graduación en la Academia de Boston. Se presentaría ante todos como un agente modelo, para que todo el mundo pudiese ver el daño que le habían hecho todos los rumores y habladurías que se habían vertido sobre él durante los meses que había durado todo el proceso, y durante el cual se había visto despojado no sólo de empleo y sueldo, sino de todo el respeto de la comunidad. Hoy recuperaría ese respeto. Lo recuperaría con creces. No pensaba perdonarles ni un sólo ápice del mismo. Lo tomaría a manos llenas, como en los viejos tiempos.

Salió del cuarto de baño en calzoncillos, recién afeitado, y tras ponerse los pantalones y anudarse la corbata, se enfundó en la chaqueta del uniforme. Se quedó perplejo cuando vio el lamentable estado en que se encontraba una de las mangas de la americana, completamente ajada y llena de tajos aquí y allá. Un profundo dolor recorrió su antebrazo, como si algo lo hubiese seccionado limpiamente. La sangre comenzó a brotar. Estupefacto logró despojarse de la chaqueta, y con horror pudo contemplar cómo la blanca camisa se teñía ahora de un rojo escarlata, empapando su brazo. A tirones fue capaz de desasirse de la camisa, y desconcertado pudo contemplar cómo las viejas cicatrices de su brazo se abrían ahora como la mantecosa carne de un cochino al que abren en canal.

Volvió apresuradamente al cuarto de baño y un grito de horror se ahogó en su garganta cuando presenció cómo las cicatrices de su cara se abrían, lacerando su rostro de forma macabra. Ahora no sólo sangraba por sus viejas heridas, sino que otras más recientes se hendían en su temblorosa carne. Un nuevo tajo le mutiló parte del ojo derecho, que comenzó a supurar un gelatinoso líquido, de aspecto insalubre y pútrido. El ojo parecía ahora un funesto e infecto caramelo relleno de blandiblú. Mallone era ahora presa de un insoportable dolor que recorría todo su cuerpo por las sanguinolentas autopistas que luchaban por desmembrarlo. Incapaz de soportar semejante tortura se arrojó a la calle, deseando terminar sus días con el cráneo aplastado.

Una pequeña multitud comenzaba a amontonarse alrededor del cuerpo del agente Mallone, todavía con vida. El horror fue apoderándose poco a poco de los presentes, que espantados eran testigos de cómo el sanguinolento amasijo de carne que yacía a sus pies se estremecía en busca de un descanso que no le era concedido, helando sus corazones. Finalmente cesó todo movimiento. Durante unos instantes todos se miraban unos a otros perplejos, escudriñando atónitamente cuáles podrían haber sido las causas de tal desgracia.

Al otro lado de la calle, en el parque, un espigado hombre de color se levantaba lentamente de un banco, ignorando el periódico de la mañana, en el que se había filtrado la noticia de la absolución del agente Mallone: “Robert Mallone absuelto. La juez McNutter resuelve legítima defensa. El jurado, clave en el proceso”. El hombre de color atravesó parsimoniosamente la carretera, y echó un vistazo por encima, con su ojo bueno. El otro era de cristal. Con gesto cansado abandonó la improvisada charcutería, arrojando a una papelera cercana un pequeño muñeco vestido de policía, con varios cortes en las mangas y completamente teñido de salsa de tomate.

martes, 17 de enero de 2012

LA SOMBRA DEL ABETO


La lluvia aún caía generosamente sobre los tejados de París y Mara mucho se temía que el último paseo de las vacaciones tendrían que darlo con los chubasqueros puestos. Aún así, pasear por Paris no es lo mismo que pasear por el Franco, con o sin chubasqueros. Se apearían del metro en Alésia y recorrerían alegremente la Avenida de Maine, en busca de los jardines atlánticos, sus favoritos. Allí se besaron por primera vez y esta tarde, doce años después, se volverían a prometer amor eterno. Luego se perderían por los infinitos recovecos que las calles de Montparnasse les ofrecían y, a última hora de la tarde harían sus maletas, de regreso al hotel. Por la noche harían dulcemente el amor y se quedarían dormidos uno junto al otro.

Llegaron exhaustos a casa. El vuelo de regreso había torturado la maltrecha espalda de Mara y una terrible migraña había asaltado a Julián durante todo el vuelo. El calor que reinaba esos días en Santiago de Compostela les impidió dormir la primera noche, y desvelados ambos, decidieron deshacer las maletas y separar los regalos que harían a sus amistades a la vuelta de las vacaciones de verano. Mara se pasó más de dos horas delante del ordenador portátil, seleccionando aquellas fotografías que más le interesaba imprimir, desechado aquellas en las que uno de los dos enamorados salía desfavorecido, o bien representaba una pose o situación redundante, y es que la memoria de 16 GB que habían llevado en la cámara les había permitido sacar infinidad de fotografías. Al fin se dio por vencida cuando el grupo de instantáneas todavía sobrepasaba el centenar, y mientras despertaba a Julián, que se había quedado dormido junto a ella, al cobijo de una de sus novelas de detectives, informó a éste de que eran ya las ocho y media, y que el trabajo los esperaba a ambos.

A media mañana, durante su descanso para el café, Mara dejó la tarjeta de memoria en un establecimiento para revelado de fotografías y volvió a su despacho lo más rápidamente que el tráfico y su maltrecha espalda se lo permitieron. Se pasó casi todo el día sin trabajar, saturada por la avalancha de preguntas de sus compañeras, que no dejaban de repetir una y otra vez lo mucho que la envidiaban, demandando cada vez más detalles acerca de las dos semanas que ella y su novio se habían pasado en el norte de Francia. Julián, por su parte, vio como su turno transcurría de forma rutinaria, y sólo los clientes que eventualmente salpicaban el mostrador de recepción en busca de un recambio le ofrecían una pizca de conversación en el anodino discurrir de su existencia. Todavía no eran las seis y media cuando Mara lo telefoneó y le preguntó si le importaría pasar a recoger las fotografías que había dejado para revelar esa misma mañana, ya que ella había quedado con unas amigas al salir del trabajo, para tomarse unas cañas. Le dijo simplemente que lo haría y le colgó. Una hora más tarde entraba por la puerta de la tienda de fotografía.

Después de dirigirse al chico del mostrador y decirle que buscaba unas fotografías que una chica rubia, menuda y de nombre Mara había dejado allí por la mañana, se dispuso a revolver entre los cientos de paquetes de fotografías que colmaban una superpoblada mesa de exposiciones. Después de abrir tres paquetes, al fin dio con el que andaba buscando, en dónde pudo reconocer la triste sonrisa y la melancólica mirada de su novia. Pagó las fotografías y se encaminó a su casa. Seguramente Mara llegaría tarde y hoy le tocaría cenar sólo. Una frugal cena compuesta por una cerveza, unos pocos nachos con queso y un bombón francés traído directamente de Paris fue todo lo que Julián cenó esa noche, sin parar de hacer zapping por todos los canales de la infame televisión española.
 
Mara llegó a casa sobre las doce y media y encontró a Julián en su más clásica estampa, recostado en el sofá, devorando ávidamente una de sus muchas novelas. Le dio un tierno beso y dejó su bolso y las llaves sobre la mesita de la sala de estar, encima de la cual descansaba el paquete con las fotografías de su viaje al norte de Francia. Lo cogió y se acurrucó al lado del incansable lector, que ya le había hecho hueco en el sofá, junto a su cojín preferido, regalo de cumpleaños de su mejor amiga Paula. Rompió el celofán que el dependiente de la tienda de revelado había puesto en la solapa del sobre, y sacó las fotos para verlas una a una, detenidamente. No logró recordar haber sacado las dos o tres primeras, y cuando llegó a la cuarta, se convenció de que aquellas no eran las fotos de su viaje. En ellas, aparecía una chica de su misma altura y sorprendentemente parecida en los rasgos faciales, pero definitivamente esas no eran las fotografías que había dejado para que se las revelasen.

Dejó las fotografías en manos de un estupefacto Julián, que se había apartado de su libro cuando oyó decir a Mara que se había equivocado de fotografías. Trató de entender cómo demonios se había podido confundir, y terminó por comprender que simplemente no había prestado demasiada atención al cotejo de las fotografías. Al tiempo que Mara comprobaba que efectivamente la tarjeta de memoria contenía sus fotografías, Julián pasó una por una las más de cien reproducciones ante sus ojos, y lo que pudo observar estuvo a punto de perturbarlo sobre manera. Al parecer, no todas las fotografías pertenecían a la misteriosa chica, que tanto se le parecía a Mara, si no que también había instantáneas de ambos, durante los días que estuvieron en Paris, aunque no recordaban haberlas tomado, ya que aparentaban estar tomadas desde distintos ángulos y lugares.

Pero eso no era todo. Entre las más de cien fotografías que conformaban el paquete, ahora sostenía en sus manos una fotografía que ignoraba que hubiese sido tomada. Se trataba de una fotografía tomada justo al lado de una iglesia, allí mismo, en Santiago de Compostela, en la Colegiata del Sar. Lo imposible de la fotografía residía en el tiempo que hacía que se había tomado, pues el aspecto que presentaba era de unos veinte años atrás, cuando Julián peinaba suaves y brillantes bucles de oro, y en el lugar en que había sido tomada, pues por aquellos años, Julián vivía en un bonito pueblo pesquero, lejos de la capital gallega. No pudo más que echarse la mano a la incipiente calva que desde años le había producido la única herencia que su padre le había legado en vida. En un frenético intento por dar explicación a la terrible serie de acontecimientos que amartillaba sus sienes, trató vanamente de encontrar el archivo original en la tarjeta de memoria. Por más que buscó no logró encontrarla.

Se guardó la fotografía en su cazadora con protecciones y tomó el caso y  los guantes de un rincón del salón, mientras oía como Mara lo instaba a permanecer a su lado. Al tiempo que escuchaba las lamentaciones y sollozos de su novia, Julián atravesó la puerta de su casa. La Colegiata del Sar estaba a unos pocos kilómetros y en motocicleta, no tardaría en llegar ni cinco minutos. Aparcó la moto en la entrada principal de la iglesia, justo al lado de la entrada al parque infantil, y echó mano de la fotografía que había guardado en su bolsillo; en ella aparecía apoyado en uno de los contrafuertes del edificio, mientras sonreía en relajada actitud. Se acercó al lugar en dónde supuestamente había descansado hace más de veinte años y nada de aquel rígido conglomerado de piedras y argamasa le llamó poderosamente la atención.

Buscó y buscó por las cercanías de aquellos muros la posibilidad de una marca, efigie o símbolo que pudiera darle alguna pista de la razón que lo había llevado allí hacía años, sin que él pudiese si quiera recordarlo, pero sus ímprobos esfuerzos lo desalentaron. Finalmente, siguiendo una especie de corazonada, trató de determinar la posición exacta en la cual se había tomado la fotografía, y con ella en la mano, fue retrocediendo poco a poco, al tiempo que cambiaba ligeramente la dirección de alejamiento, guiándose por una imaginaria línea que había trazado sobre la fotografía, y que proyectaba sobre el contrafuerte de la iglesia.

Justo cuando creyó encontrarse exactamente en la misma posición en la que se había tomado la fotografía, noto cómo la superficie debajo de sus pies cambiaba de textura. Lentamente, asustado por la indescriptible sensación que lo embargaba, abrió las piernas para ver, todo lo malamente que se lo permitía un viejo abeto, situado delante de una farola, a más de treinta metros a sus espaldas, lo que se encontraba debajo de sus extremidades inferiores. La sorpresa pudo ser mayúscula, de no haber sucedido lo que aconteció inmediatamente. Al parecer, debajo de sus pies y cubiertas de una gruesa capa de húmedo musgo, se hallaban talladas en piedra dos huellas de botas idénticas a las que él calzaba para montar en moto, exactamente iguales a las que ahora mismo llevaba.



Sin tiempo para sorprenderse por su hallazgo, el mundo a sus pies cedió y de repente se vio descendiendo por un interminable y oscuro, muy oscuro tobogán de piedra, que desgarraba poco a poco una cazadora de motero que todavía no había podido demostrar su eficacia en un percance de tráfico, pero que ahora estaba justificando todos y cada uno de los cientos de dólares que le había costado. Al final de su vertiginoso descenso, la cazadora, hecha añicos, no pudo evitar del todo que sus hombros y espalda sufriesen lo indecible a causa de las dolorosas rascaduras y magulladuras que habían ido recolectando durante el mareante descenso.

Ante Julián se presentó una oscura figura, de gutural voz y de unos dos metros de altura. Conforme se iba acercando a Julián, todavía tendido y examinando sus múltiples cortes y arañazos, su estatura parecía decrecer, mientras su voz se iba endulzando, poco a poco. El atónico muchacho, que ya andaba por la treintena, logrose poner en pie, al tiempo que un sorprendido hombre trajeado, escrupulosamente de negro, le tendía una mano, más en actitud caballeresca que de ayuda. Dijo, por fin:

—No te esperaba hasta dentro de treinta y cinco años. Me sorprende verte aquí.

El siniestro personaje contó a Julián muchas cosas, entre ellas que, efectivamente, antes de poder disfrutar de su edad dorada, pasaría a engrosar las filas de lo tenebroso. Hablaron y discutieron sobre muchos aspectos, pero sólo uno cayó como una losa sobre el corazón del joven coruñés; se trataba de los diez años que deberían transcurrir hasta que su amada Mara se presentase ante el oscuro personaje. Julián preguntó acerca de la posibilidad de dilatar dicha visita lo máximo posible, y el siniestro personaje, como buen vendedor, le reveló la posibilidad de dilatarla o de contraerla, siempre a costa del propio tiempo que le quedaba a él mismo. Finalizada la reunión, Julián aspiró un polvo que el tétrico personaje le ofreció, al tiempo que acordaba sobre su moto, con la cazadora intacta.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL PRIMER DÍA


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Lo notifico. El brazo izquierdo lo muevo trabajosamente y la cadera parece chirriarme a cada paso que doy. También lo notifico. Al cabo de unos minutos ya casi no puedo moverme y comienzo a descargar el arma. Varios muertos y muchos más heridos es el balance de la falta de criterio de mi instructor de la academia. Siempre supuse que dentro de mi cabeza las cosas no iban demasiado bien, pero esto es el colmo. Fin de la transmisión. “Menuda escaramuza. Informe al vicepresidente. Dígale que los nuevos T133 todavía no están preparados para la patrulla. Pero lo estarán...”

CALMA TOTAL


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso, así que lo intento con el derecho. Es inútil, no dará resultado. No lograré moverme; lo he intentado mil veces, día tras día, con yermo resultado. Siento como mi pecho se expande y se contrae con lento ritmo, en una especie de firme coraza. Mis ojos completamente abiertos vagan desesperadamente intentando comprender, y se encuentran con los satíricos y burlones gestos de un pequeño mocoso, que parece prestar demasiada atención a mi aspecto para poder entender mi angustia. Es su madre quien de un pequeño empujón lo devuelve al mundo real, “Deja en paz a ese maniquí y date prisa”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TRAICIÓN


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Me hundo y siento cómo la presión aumenta sobre mi cuerpo y mi mente comienza a perder el dominio de sí misma. Unos metros más y ya no podré aguantar la respiración. La temida y placentera sensación de borrachera comienza a apoderarse de mí y ahora poco importan la traición y la infidelidad de mi mujer, que me ha vendido por unas pocas piedras preciosas. Un enorme blanco se dispone a echarme de este mundo a dentelladas, pero parece pensárselo dos veces al verme tragar agua y sonreírme cual poseso al pensar en el regalo que he dejado en cubierta.

jueves, 10 de noviembre de 2011

SANGRE


Tal vez si hubiera preguntado dónde. Tal vez si se hubiera molestado en escucharle... Rudy bebía ahora con ahínco de una bolsa sanguínea que ya estaba por la mitad; a sus pies, otras cuatro habían sido despojadas del vital líquido. Rudy sentía cómo la vida se insuflaba poco a poco por sus venas, tal era su metabolismo de vampiro. Un par de bolsas más y no tendría que volver a sobornar a Michael en un par de semanas, que ahora corría hacia él vociferando y con el rostro desencajado. El mismo rostro desencajado que ahora mismo mostraba Rudy, tras leer "CONTAMINADO: SIDA" en las bolsas vacías.

MADISON AVENUE


Tal vez si hubiera preguntado dónde. Si sólamente se hubiera parado un sólo instante, tal vez todo el horror y todo el dolor desatados no habrían sido en vano y las vidas de una familia no habrían sido segadas inútilmente. Tal vez ahora mismo Philip Mason, ex agente de la CIA, no estaría sentado en la silla eléctrica, y tal vez Carlos Rubio, jefe del cartel Chinchilla, no se habría evadido del país. Tal vez si el viejo Philip no se hubiera visto ciego de ira y no hubiese irrumpido en el 123 de Madison Avenue en lugar del 123 de Madison Street...

SAIKO


Fue entonces cuando el guerrero ronin dio por perdida la batalla. Suavemente retiró el filo de su forjada katana, con un suave y grácil movimiento descendente, que acabó por desarmarlo. Su oponente, con la fría meticulosidad de lo cotidiano, separó su cabeza del tronco de su ahora sí, ex-propietario. Su último pensamiento fue para la pequeña Saiko, que pronto sería liberada en cuanto la noticia de su muerte llegase a oídos del señor feudal. El viejo muere y la niña vive. Le parecía justo. Una macabra sonrisa parecía atisbarse en sus ya fríos labios, separados unos dos metros y medio de su cuerpo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

SOMBRAS DEL PASADO


Faltaba muy poco para el amanecer y nadie transitaba todavía por las mojadas calles de Boston. Entró por la puerta de atrás y se quitó el abrigo, unos dos kilos más pesado que cuando se lo había puesto por la mañana; dobló y guardó una capucha de poliester y sus viejos guantes de cuero, lavó concienzudamente el sanguinolento cuchillo, y se fue directamente a la cama. Durmió unas dos horas y a las nueve y media fue despertado por la sirvienta, que como cada sábado se había ido a pasar la noche con su novio, en el East End. Robert Brammer se tomó dos huevos duros para desayunar, un par de tostadas de mermelada de arándanos y una buena taza de café.


Dió la mañana libre a Susan y se lió un apestoso cigarrillo que se fumó mientras bajaba hacia el centro, por la bulliciosa calle Gloucester. Hacía muchos años que odiaba esa marca de tabaco en concreto, pero le sentaba bien después de haber comido los indigestos huevos que Susan le preparaba a diario; la fuerza de la costumbre había aportado también su granito de arena, así que continuaba fumando el asqueroso tabaco. Las conversaciones de la multitud parecían mucho más atropelladas y exaltadas que de costumbre, y salvo unas cuantas palabras sueltas, por lo general carentes de sentido y con cierto tono de amargura, no pudo entender absolutamente nada. Por fin llegó al 123 de Flak Street.

En la puerta le estaba esperando Seamus, el viejo pastor belga. Dejó que el cánido le acompañase por las escaleras, y antes de que Robert se dispusiera a tocar el timbre, una voz al otro lado de las escaleras atrajo su atención. Mary estaba preparando la tierra para plantar unos bulbos que le habían traído desde el viejo continente. Ella decía continuamente que no echaba de menos Inglaterra, pero Robert era mucho más observador de lo que Ewan pudiera serlo nunca, y los tristes ojos de la mujer contaban una historia diferente.

Fue hacia ella y se saludaron cordialmente, con menos efusividad que en otras ocasiones. Su aventura se había terminado hacía mucho, mucho tiempo. Entraron juntos en la casa y Mary, tras dejar sus herramientas en una pequeña estancia justo al lado del recibidor, se lavó las manos mientras informaba a su marido de la llegada de Robert. Los tres habían sido siempre muy buenos amigos, e incluso después de la muerte de Irene, los lazos que los unían se habían mantenido firmes y en su sitio. Era su amistad sincera y deliciosamente afectuosa.

Después del almuerzo Ewan y Robert se quedaron a solas mientras Mary preparaba el café. Eran ingleses pero se habían adaptado al café con gran rapidez y entusiasmo. Ewan aprovechó la ausencia de la mujer para poner al corriente a Robert del suceso de la noche anterior, que esa mañana parecía ser la comidilla de todo el mundo, con la excepción de Robert y tal vez algún que otro despistado de la vida social de Boston. Ewan le contó que esa mañana temprano, poco después del amanecer, una chica había sido encontrada muerta, degollada por dos finos tajos hechos posiblemente con un afilado cuchillo. Habían extraído el riñón derecho de la víctima y desparramado sus intestinos por todo el callejón en dónde Julia Writer había encontrado su atroz final.

Cuando Mary entró con la bandeja de las pastas y el café, advirtió de inmediato el cambio que se había perfilado en el rostro de Robert. Ewan se lo había contado, y a juzgar por la pálida expresión de su cara, no se había ahorrado ni el menor de los detalles. Estaba furiosa, y no porque su marido hubiese incumplido su palabra —lamentablemente, en los últimos tiempos, lo hacía con quizás demasiada frecuencia—, sino por lo trastornado que se veía Robert. 

Durante la investigación de la muerte de Annie Chapman y las otras cuatro prostitutas, Robert se había visto acosado por la prensa y salpicado por la investigación policial. Durante varios años tuvo que sufrir en el domicilio familiar las idas y venidas de infinidad de agentes de la ley, provocando el lamentable estado mental de su madre, que finalmente había muerto, aquejada de una terrible fiebre. Una vez absuelto y libre de toda sospecha, cedió a la presión de su padre y se instaló en la hacienda que su viejo tío Milius tenía en Boston, recibiendo para ello parte de su herencia por adelantado.



Varios años más tarde el destino depararía a Robert el grato reencuentro con sus viejos amigos, que acompañados de Irene y Peter Norton, se habían unido a él en el Nuevo Mundo. Peter encontraría una prematura muerte a manos de Irene y, aunque nunca se había podido demostrar nada, Robert siempre supo que ella se había librado de Peter para poder estar con él, tal y como sugería el hecho de haberse casado de nuevo sólo unos pocos meses después de haber enviudado. Hoy el viudo era él y los viejos fantasmas de la persecución policial, la prensa y las habladurías volvían de nuevo a su vida, y la larga sombra de Jack se cernía sobre su apesadumbrado ánimo.

Dos nuevos asesinatos fueron perpetrados en Boston en el escaso periodo de un mes, con las mismas características que el que había acabado con la vida de la joven Julia Writer, y por supuesto, de igual forma que se habían cometido los asesinatos de la calle Whitechapel, en Londres. De nuevo la gente hablaba a espaldas de Robert. Todos conocían el carácter afable del inmigrante inglés y pocos eran los que no disfrutaban con su grata compañía, aunque una mayoría ignoraba cómo se ganaba la vida, ya que, a pesar de haber disfrutado años de la generosa parte de la herencia de su tío Milius, muchos creían que ésta se había consumido ya. Niños y mayores eran tratados de forma exquisita por Robert, que ahora veía como el recelo y la desconfianza se instalaban una vez más en sus vecinos y conocidos.

La investigación oficial no dio frutos y Robert nunca fue formalmente acusado por los asesinatos, pero una investigación paralela, llevada a cabo por el sargento David Jones, a raíz de unas declaraciones de Susan Fincher, arrojó algo de luz sobre el caso del destripador de Boston, sobrenombre por el cual empezaba a conocerse al responsable de las muertes de las jóvenes. Al parecer, en una ocasión, Susan se había peleado con su novio un sábado por la tarde. Un problema de celos, felizmente resuelto, según palabras de la sirvienta. El caso es que esa noche la muchacha se había quedado a dormir en la hacienda de Robert Brammer —siendo éste ajeno a los planes de Susan—, relatando al sargento Jones cómo su patrón había vuelto a casa poco antes del amanecer, entrando por la puerta trasera de la finca, con lo que le pareció un cuchillo en una mano y una especie de capucha en la otra.

No tardó en esclarecerse que Robert Brammer era el verdugo de una institución penitenciaria de Weymouth, una localidad costera próxima a Boston. Brammer dijo haber necesitado el cuchillo para quitar la vida de un moribundo perro atropellado por su carruaje, y al parecer satisfizo la curiosidad del sargento Jones, que le pidió disculpas con quizás demasiad efusividad, al tiempo que agradecía la colaboración cuidadana de la señorita Fincher. Robert acogió con bondad las disculpas del sargento y se mostró comprensivo con la actitud de Susan.

Lo que nunca llegó a saber la opinión pública, ni pudo esclarecer investigación alguna, fue que la misma enfermedad que había acabado con la madre de Robert Brammer, galopaba ahora sin riendas por la sique de su hijo. La esquizofrenia que Robert sufría había sido el silencioso cómplice que había tomado el mando de su voluntad, y sería la misma que esa preciosa noche de octubre acabaría con la vida de Susan Fincher, tras haberle seccionado el cuello, degollándola con dos finos tajos.

lunes, 26 de septiembre de 2011

SÁBANAS. SEGUNDA PARTE Y EPÍLOGO. VERSIÓN ALTERNATIVA


La señora Sullivan corrió frenéticamente hacia el rellano, empujó la entreabierta puerta y se lanzó escaleras abajo. Todo rastro de raciocinio o lucidez se había evaporado ya de su cabeza, y eran simples impulsos instintivos los que ahora atendían la tienda situada en lo alto de su cabeza. Se deslizó por las escaleras con más rapidez que las arcadas que asoman por la boca del estómago cuando uno se ha pasado toda la tarde comiendo pastel de carne. Había olvidado por completo que tal vez alguien podría estarla esperando, justo en el comienzo del jardín, en el preciso lugar en el que ahora se encontraba.

Se detuvo, dejó de correr y completó el tramo que la separaba de las sábanas caminando a buen ritmo, sin darse prisa pero sin concederse tampoco ninguna pausa o vacilación. Mientras caminaba pudo constatar que efectivamente las sábanas volvían a flotar ligeramente, dejándose llevar por el caótico vaivén en el que las corrientes de aire las sumergían. Cuando hubo llegado al pie de la mojada colada, el agua no era lo único que chorreaba. Un rastro de fresca sangre de vaca que ella nunca llegaría a identificar goteaba ahora formando un pequeño charco que empapaba la vegetación.

Recordó una conversación que tuvo con Amy Waters en tercero. «¿Por qué crees entonces que son verdes y no blancos?», había preguntado Amy. Lucy pensó durante un rato y sólo acertó a responder que tal vez eran verdes los que eran verdes y blancos los que eran blancos. Quizás los habría rojos y amarillos ella lo ignoraba. Creía en definitiva que los colores de las batas de los cirujanos los dictaba la moda, como todo lo demás. ¿Qué otra explicación podría haber? «Es por la sangre, so mema», había revelado Amy por fin. «Si fuesen blancos, el contraste con la sangre habría sido horrible, y a mucha gente le habría dado un patatús al despertarse y ver su sangre esparcida por toda la bata de un matasanos. El verde disimula bastante bien el color de la sangre, ¿sabes?». Puede que eso fuera cierto en los hospitales, con todas esas lámparas y bombillas arrojando su luz difusa por todas partes, pero allí, en su jardín de Nueva Inglaterra, el rojo carmesí de aquel ignoto y pastoso líquido parecía contrastar muy bien con el verde de su césped.
 
Sintió arcadas. Se obligó a si misma a seguir allí de pie, presentando batalla a las válvulas y cierres de su estómago, que amenazaban con abandonar el barco y echarse a los botes salvavidas. Resistió y pudo contener el vómito. Cuando el control sobre si misma se hubo restituido se irguió y se dispuso a examinar en detalle el manchado juego de sábanas. La caligrafía parecía distinta a las veces anteriores, aunque sólo estaba elucubrando. Lo que desde luego sí era nuevo de esta vuelta eran las pequeñas manchas de sangre que pudo distinguir sobre las esquinas de las sábanas. Parecía como si alguien las hubiera sujetado deliberadamente por los extremos.


 ¡De eso se trataba! Alguien había sostenido las sábanas cuando había comenzado la sonata para campanitas número diecinueve en la mayor de Lucy Sullivan. Así que no lo había pillado por poco. Desde el salón no pudo haber visto al responsable porque éste se había escondido tras las sábanas. Pensó que si tal vez el frustrado pintor de basílicas había permanecido escondido mientras ella observaba las inmóviles sábanas, había tenido que huir precisamente cuando ella bajaba por las escaleras. Por tanto, debía haber todavía un rastro que delatase su presencia justo dónde ella se encontraba. Este reciente hallazgo detonó una explosión de júbilo y despreocupación en lo más profundo de su ánimo y sintió cómo las fuerzas volvían a ella. «No volváis a dejarme», pensó.

Comenzó a buscar alrededor de sus pies, de adentro a afuera y en espiral. La pista que andaba buscando no tardó en aparecer; se trataba de unas pisadas en la hierba, justo al lado de uno de los bordes de la sábana. Junto al hundido césped había unas ligeras manchas que sólo pudo contemplar bien al agacharse, pero que resultaban evidentes. Había gotas de sangre dentro de varias de las pisadas que logró identificar, lo cual demostraba que la persona que había estado jugando con sus sábanas las había pisado después de que cayera la sangre al césped.

Sólo unos metros bastaron para señalarle la dirección que había tomado el mezquino responsable de sus crispados nervios. Todo parecía indicar que se había dirigido hacia la casa de Philip y Sarah Pennyman. Sin embargo, lo que no tuvo tiempo a comprobar fue que las pisadas de ida habían traído también al misterioso pintor desde casa de los Pennyman, pero los sollozos de Terry la habían alejado para siempre de llegar a semejante conclusión. Se había hecho daño no sabía muy bien con qué, y aunque las explicaciones de Terry resultaron poco convincentes y esclarecedoras, pensó que tal vez por hoy había tenido bastante, y que estaba bien dejarlo por el momento.

Esa noche creyó haber resuelto el misterio. Philip Pennyman. Philip o Sarah Pennyman. Uno de los dos era el responsable. De eso parecía estar segura. Era poco creíble que alguien hubiese estado utilizando el jardín de sus vecinos para iniciar sus incursiones en el suyo propio sin que éstos, o al menos uno de los dos, no se hubieran dado cuenta. A menos claro que ambos estuviesen metidos en esto hasta las rodillas. Tal vez se habían estado turnando para llevar a cabo el ritual de los mensajitos, y no pudo evitar pensar que tal vez eso era amor, en una variante muy retorcida, desde luego, pero amor al fin y al cabo. Siguió con sus cavilaciones un rato más y por fin se quedó dormida.

Al día siguiente quiso llevar a Terry a la consulta del doctor Stevens para asegurarse de que no era importante que lo que le había ocurrido al chico el día anterior. El muchacho pareció haber olvidado que la había llamado a gritos, asegurando que se encontraba bien y que quería seguir con su colección de mariposas. Tras comprobar que el chico parecía estar ciertamente sano como una lechuga, le dio un beso tierno sobre le mejilla izquierda y dejó que se fuera a jugar al arroyo. Nada reseñable ocurrió ese día y Lucy Sullivan disfrutó de un agradable y apacible final de semana que no volvería a disfrutar durante mucho, mucho tiempo.

La nueva semana trajo consigo un ligero descenso de las temperaturas, y aunque el clima en esa parte del estado era bastante cambiante por esas fechas, Lucy no pudo evitar mostrar cierto pesar por el mal tiempo que se avecinaba. El verano era lo bastante aburrido sin su marido como para tener que soportar encima las inclemencias del tiempo. Se resignó y quiso aprovechar el que posiblemente sería el único día de la semana que no llovería, así que volvió a tender una nueva colada, antes de que se pusiera a llover durante los próximos días. Esa tarde Mike y ella pasarían la tarde juntos, ya que los técnicos de mantenimiento estaban instalando la nueva maquinaria y el señor Phelam había liberado de la jornada vespertina a Mike y a sus compañeros de turno.
 
Al caer el sol Lucy escuchó el repicar de las campanitas, y sobresaltada abandonó la cómoda postura que hasta entonces había encontrado en el pecho de su marido. Rápidamente bajó las escaleras y esta vez el rojo carmesí del repetitivo mensaje se hallaba escrito en las sábanas del muchacho. Miró furiosamente hacia el jardín de su vecino y no pudo encontrarlo. Siguió girando la cabeza y cerca del arroyo, al pie de un árbol pudo distinguir la silueta de su hijo, que suavemente rasgaba la línea del horizonte. Corrió hacia él apresuradamente, y al llegar a su lado, se agachó y lo abrazó fuertemente. Notó que al niño le faltaba la respiración y que luchaba incansablemente por recuperar el aliento, como si en lugar de haber estado apaciblemente sentado allí durante un buen rato, hubiese llegado junto al arroyo poco antes que ella.

Sus manos sostenían las del muchacho y lo aupó con delicadeza y con firmeza al mismo tiempo. No dijo nada y el muchacho pareció entender que se había hecho tarde y que su madre simplemente lo había ido a buscar para cenar. A medio camino el muchacho se soltó de la mano de su madre y corrió hacia la casa, con grácil paso. Al llegar al pie de la colada, Lucy sintió las manos pegajosas, se las miró y pudo ver cómo una sustancia carmesí, de densa consistencia se había adherido a ellas. Desgraciadamente pudo ver también como Philip Pennyman le obsequiaba con una de sus perturbadoras miradas. No hizo ni un solo gesto que pudiese delatar que le había prestado la menor atención. Giró sobre sus talones y entró en el garaje. Mientras se lavaba las manos pensó cómo había llegado a mancharse, y por muchas vueltas que le dio, siempre llegaba a la misma conclusión. Ella todavía no había tocado las sábanas cuando echó a correr al encuentro de Terry. Lo había abrazado. Lo había aupado. Había recorrido medio camino con el muchacho sosteniendo su mano, pero no había tocado las sábanas.


 El impacto en la mente de Lucy fue brutal. De repente todo su mundo estaba patas arriba; súbitamente tenía la sensación de que nada o nadie era real, de que ella misma debería estar seguramente loca de remate si pretendía creer que todo esto podía estar sucediendo de la forma en que se estaba desarrollando. «Las cosas son blancas o negras», se repetía una y otra vez. «Si es de día no puede ser de noche, y viceversa. No es posible que el Norte haya ganado la guerra y que ahora los blancos estén recogiendo el algodón de los negros». La mente de Lucy se encontraba en una encrucijada. Ahora más que nunca, luchaba una intestina batalla consigo misma que tal vez no podría ganar nunca.
 
Lucy Sullivan se mostró taciturna durante los días siguientes, descuidando sus tareas domésticas y llegando incluso a ignorar dónde o qué se encontraba haciendo Terry durante la mayor parte del día. Mike había vuelto al trabajo y ella y el muchacho se habían quedado solos, como había venido sucediendo durante todo el verano, y a la mujer se le hacía muy incómodo, a veces insoportable, compartir la misma habitación que el chico o sobrellevar incluso su propia presencia. Es por eso que volvió a dejarle comer en el salón, mientras veía la televisión, siempre y cuando no dijese nada a su padre. Terry así se lo había prometido, y aunque ahora mismo el muchacho formaba parte del saco de personas repugnantes que echaría a un río helado de Maine en invierno para ver cómo luchaban por evitar ahogarse, tenía la certeza de que el muchacho no hablaría. Que dios le perdonase, pero era cierto que había llegado a aborrecer al chico.

Aún con todo no pudo ni de lejos entrever su final. Este sobrevino varios días después, al mediodía de un soleado jueves. A Lucy Sullivan jamás se le habría ocurrido pensar que un día u otro tenía mejor o peor pinta para morir, pero de haber sido así, seguramente habría pensado que, en efecto, se trataba de un precioso día para morir. Mike se encontraba en el jardín, cortando leña. Pronto terminaría la época estival y una buena reserva de leña era indispensable para poder resistir el gélido invierno de Nueva Inglaterra y sus despiadados descensos de temperatura. Lucy había acabado de recoger los platos y los estaba fregando cuando oyó una vez más el estridente sonido de las campanitas. De haber comido en un restaurante chino esa misma mañana, Lucy habría recibido un mensaje muy parecido a éste en su galletita de la suerte: «Hoy de nuevo oirás las campanitas. Pero no temas, cariño. Serán las últimas.»

Bajó las escaleras gritando y chillando como nunca lo había hecho. Cuando llegó al pie de las sábanas, ni su marido ni el chico se hallaban cerca. Mike no había terminado su labor, había aún decenas de leños que estaban esperando ser descuartizados, y el hacha estaba clavada en un gran leño cortado por la mitad. Lo que si pudo encontrar fue de nuevo el carmesí mensaje escrito una vez más sobre sus pálidas sábanas. Al pie de las mismas, una bota de Mike se había quedado embarrada y se la había dejado atrás. Un poco de sangre había goteado desde la blancura mancillada de las sábanas hasta el empeine de su bota, silencioso testigo del viaje que Lucy estaba a punto de emprender. Ese último «Te Quiero» condujo a Lucy a locura y a su trágico final.

Subió lentamente las escaleras con la bota en sus manos, repasando mentalmente todo lo acontecido desde las últimas seis semanas. Contó las escaleras. Diecinueve. Mike y ella se habían casado un diecinueve de Junio, y un año y pocos meses después, en Octubre, había nacido Terry. Hoy era día diecisiete, pero se convenció a sí misma de que le resultaría imposible esperar. Lo haría hoy mismo. Dejó la bota perlada de sangre justo delante de la puerta del baño, cerró la puerta con llave y se abrió las venas con una cuchilla que su marido había estrenado esa misma mañana. Eso la reconfortó.






EPILOGO





Truman Boulder se había ido recostando poco a poco conforme escuchaba pacientemente y con cierto desinterés el relato de los acontecimientos. Ahora que había terminado, se dirigió a ella.

—Está bien señora Sullivan, ahora descanse. No se incorpore todavía, permanezca tumbada un rato más, si es tan amable —El doctor Boulder la volvió a mirar. Una extraña sensación de malestar recorría su espina dorsal—. Bien, puede levantarse ahora.

Lucy Sullivan comenzó lentamente a incorporarse. La cabeza le pesaba una tonelada y se sentía mareada. Un ligero zumbido se había instalado en su cabeza pero parecía irle bien. Finalmente adoptó una postura semi erguida y se sintió mejor. Por fin habló.

—Dígame, doctor Boulder, ¿estoy loca? —espetó con un sutil tono de reproche.

—Oh, no, querida. Usted no está loca —creyó mentir el facultativo—, sólo necesita un poco de ayuda, una puesta a punto, si me lo permite. Y creo conocer a quién puede proporcionársela.

Truman Boulder pulsó un botón e inmediatamente se accionó un mecanismo que descorrió una enorme cortina. Al otro lado de la misma, un diáfano cristal separaba la estancia de una pequeña sala de espera en la que pacientemente aguardaban Terry y Mike Sullivan. Lucy se puso de pie y miró al otro lado del cristal, pero no consiguió ver nada, de modo que se acercó un par de pasos e inclinó la cabeza, tras lo cual profirió un desgarrador grito que se introdujo en el cerebro del doctor Boulder como si un reactor hubiese despegado en sus propias narices.

—¡¡Dios mío, es él!! ¡¡Dios mío, no!! ¡¡Es él!! ¡¡Es él!!

—¡Tranquilícese, señora Sullivan! —corrió intentando asirla.

—¡Oh, no! ¡Es mi hijo! ¡Mi hijo Jamie!

viernes, 23 de septiembre de 2011

VIAJAR

Se hallaba conmovida. Una gran emoción recorría todo su ser y por primera vez, en toda su vida, haría un viaje. Tenía quince años y desconocía lo que uno siente al pasarse unas pocas horas en el asiento de un viejo coche, camino de la playa. 

Había visto películas, leido libros, hojeado revistas y, epistemológicamente hablando, conocía todos y cada uno de los aspectos que un viaje podría  ofrecerle, incluidas las codiciadas y enriquecedoras experiencias personales que tanto anhelaba, pero nunca se había movido de su casa.


Por encima de todo deseaba sentir el sol en sus pálidas mejillas; poder sentir la brisa del mar alborozando sus cabellos y caminar largas horas a la orilla del mar, junto a las bulliciosas gaviotas. Cada día suspiraba por vivir la inocente y flemática vida de la gente que se va de vacaciones. 

Cada día lo deseaba más y más. Hoy por fin daría comienzo su ansiado viaje. Unos pocos kilómetros separaban el hospital St. James de la casa que durante toda su vida había compartido con su secuestrador. Hoy por fin sería libre. Hoy viajaría...

SÁBANAS. SEGUNDA PARTE Y EPÍLOGO


SEGUNDA PARTE

La amenazadora conclusión a la que había llegado todavía la aturdía. Echó un último vistazo a las inmóviles sábanas, suplicando desesperadamente a un dios de bondad y de amor que las moviera por ella. Se conformaba con un ligero vaivén, aunque no le haría ascos a una suave brisa, algo que de forma casi imperceptible le ayudara a aferrarse al que parecía ser el último y recóndito escondite de la cordura de su mente. No sucedió nada.

Muy lentamente se incorporó —se había sentado sin percatarse siquiera de ello— y con gesto resignado salió del salón, bajando a continuación los diecinueve escalones que separaban la planta principal de la casa del sótano. Durante esos diecinueve escalones tuvo tiempo de serenarse un poco y reunir de nuevo todas las fuerzas que le restaban, que non eran demasiadas. Una vez se hubo encontrado cara a cara con la sábana que permanecía tendida delante de ella, alzó por fin la mirada y tuvo que contener un grito. Allí estaba. Una vez más encontró lo que andaba buscando, escrito en un rojo carmesí que a punto estuvo de lacerarle el cerebro. Quiso taparse la boca pero no llegó a tiempo y temió que Terry pudiese haberla oído. No fue así.

Su inmediata reacción fue golpear la sábana, en una mezcla de impotencia y desahogo. No le sorprendió lo que sucedió a continuación. Había cerrado ambos puños y sus antebrazos se mostraban ahora dispuestos para descargar el golpe, mientras sus brazos permanecían paralelos al suelo. Pero sus esfuerzos eran en vano. No podía moverse. Ahí estaba, de pie, con los brazos extendidos, dispuestos a descargar toda su ira contra una no tan impoluta sábana blanca y no era capaz ni siquiera de acercarse a menos de un palmo. La repentina inmovilidad hizo trizas su raciocinio y lo único lógico que acertó a pensar estaba relacionado con esos endiablados tebeos que leía su hijo, y que al parecer hablaban de telekinesia y de campos de fuerza que no podían ser franqueados por los mortales. 


«Ya ves, al final todos esos cuentos resultarán ser ciertos y terminarán por hacerse un hueco en nuestras vidas. Las reuniones de los domingos en casa de tía Martha no volverán a ser las mismas», rió ligeramente divertida. Comprobó que al dejar de pensar en las sábanas sus brazos se iban relajando poco a poco, mientras se iba separando paulatinamente de ellas. No tardó en cruzar por su cabeza la absurda idea de que las sábanas no dejarían que las maltratase y tendría que buscar su alivio en otra parte. Incapacitada para llevar a cabo su absurda venganza, y terriblemente frustrada, dio media vuelta y se fue por dónde había venido, con los nervios hechos añicos y la seguridad de que nunca más volvería a ser la misma.

El pavo sería lo único que acapararía toda la atención de Lucy Sullivan en lo que restaba de esa apacigua y tranquila mañana de verano. Terry desapareció por completo de su atenta vigilancia, ahora negligente. El muchacho estaba siendo bien educado y, como suele decirse, comenzaba a hacer acopio de bonitos y caros muebles que con el paso del tiempo iría aculando justo dos centímetros debajo de su preciosa cabellera. Más tarde ella llegaría a recordar ese día como el primer día en que había comenzado a distanciarse del chico.

 Mike Sullivan acostumbraba a llegar a casa un poco antes de la una y cuarto de la tarde y ese día no hizo una excepción. Terry caminaba junto a él y cargaba de buena gana con el pequeño bolso de su padre, cruzado sobre el pecho, y con su gorra de trabajo. Ambos parecían felices y recubiertos de una doble capa antioxidante que los protegía de las preocupaciones. Lucy pediría una de esas para Navidad.

El almuerzo transcurrió veloz, como de costumbre, y una vez dieron cuenta de un buen trozo de pavo cada uno, un poco de verdura y una buena porción de pastel —Terry tomó la más generosa de las tres, y habría repetido si le hubiesen dejado— Mike abrió la ventana del salón para no impregnar la casa con el humo de su pipa. El aroma del tabaco que Mike Sullivan fumaba era particularmente denso, con infinidad de fragancias que lo hacían delicioso e insoportable a un mismo tiempo, y que a muy pocas personas dejaba indiferente. Lucy se había acostumbrado al hediondo aroma del tabaco de su marido, pero hoy parecía mareada al respirarlo.
 
Advirtió que tanto Mike como Terry la miraban con cierto pasmo, y pudo darse cuenta de que se encontraba pálida, a pesar que ninguno de ellos dijo ni una sola palabra. Mentalmente pidió permiso para abandonar momentáneamente la unidad familiar, y ella misma se lo concedió. Los hombres no parecieron observar nada fuera de lo común. Una vez en el lavabo pudo comprobar que efectivamente su tez había palidecido ligeramente, pareciendo cobrar por momentos un aparatoso tono cetrino que pronto desapareció con el suave masaje de ambas manos enjabonadas sobre su enjuto rostro.

Se concedió unos segundos antes de volver al salón junto a los chicos, que aprovechó para auto sermonearse delante del espejo. Se reprochó su falta de aplomo y sus nervios de mantequilla. Revolvió la repisa del lavabo en busca de unas píldoras que tragó a duras penas, ayudándose de un poco de agua. Inmediatamente echó un nuevo vistazo a su rostro, en el que comenzaba a formarse una histriónica risa, y cerró de golpe la puertecilla de la repisa, al tiempo que vio, a través del espejo, el mensaje que había escrito en la puerta: «oreiuQ eT».

El shock que sufrió la mantuvo en cama durante las dos semanas siguientes. Mike tuvo que ausentarse del trabajo y el señor Phelam accedió finalmente a no echarlo de la fábrica. Todo el mundo en el pequeño pueblo de Humblog había oído decir que el doctor Stevens había sido el que había evitado que echasen a Mike. Y no había resultado tarea fácil, pues el señor Phelam ya tenía preparado un finiquito para Mike y su familia —una pequeña cantidad que resultaba poco más que limosna—, aconsejado por sus abogados, que consideraban inapropiada la falta de compromiso de Mike con la empresa en unas fechas que tachaban de cruciales para el futuro de la empresa. El señor Sullivan jamás tendría la oportunidad de devolverle el favor a Roger Stevens.

El día en que Lucy Sullivan se había desmayado, Mike la había llevado al piso de arriba, a la habitación que compartían. Jamás la había cargado en brazos con tanta facilidad, parecía como si de los cuarenta y ocho kilos que pesaba ella se hubiesen quedado la mitad por el camino. El niño había esperado todo el tiempo de pie, al lado de las escaleras. La grave expresión del rostro de su padre le confirmó de alguna manera que ahora sí podía entrar en el baño. Mientras tanto, su padre cruzó por su lado sin prestarle la menor atención y se dirigió al garaje, salió al jardín y recogió la ropa que empezaba ya a cuartearse. Con mucho cuidado había dejado las sábanas para el final, y dejando la ropa seca en una tina, introdujo las sábanas en la lavadora. Esa misma noche las tendería y volvería a recogerlas poco antes del amanecer, dejándolas en la misma tina que el resto de la colada; ahora, fregaba distraídamente sus manos manchadas de sangre.

Subió de nuevo las escaleras, pausadamente, pensativo y todavía con un gesto grave en su cara, que no se borraría en los próximos días. Miró al chico. Ahora era él quién se disponía a bajar al garaje para deshacerse del cubo y del paño que había utilizado para limpiar la puerta del baño en dónde su madre había sufrido una crisis nerviosa de la que nunca se recuperaría. Mike paseó la mano por la cabeza del niño, y finalmente embarulló el pelo del muchacho, que respondió a la caricia de su padre con una ligera sonrisa de complicidad.

 Durante los siguientes días Lucy se mostró incapaz de luchar contra su conmoción, sumiéndose por momentos más y más en un trance que la devoraba tanto física como síquicamente. Al sexto día pareció mejorar repentinamente y el doctor Stevens dejó por fin de temer por su seguridad. Dio instrucciones precisas a Mike de cómo cuidar de su esposa y le dijo al chico que tendría que portarse como un hombre y ayudar a su padre en todo lo necesario.  

La siguiente semana transcurrió con la misma rutina que transcurre cualquier semana de una familia americana media abocada al cuidado de un enfermo terminal o crónico. Al principio todo el mundo se siente un poco fuera de lugar y no sabe muy bien como ha de comportarse, incluido el enfermo, pero esa sensación termina por diluirse con el paso de los días y al final todos asumen su rol en el juego. Eso es lo que le estaba pasando a Mike y al pequeño Terry, que había resultado ser un cocinero de mucho cuidado.

El decimocuarto día de reposo de Lucy, los chicos le habían preparado unas tortitas para desayunar, un vaso de zumo de naranja recién exprimido y una buena taza de café, con mucho azúcar, como a ella le gustaba. Su aspecto era casi radiante. Le había sentado bien el descanso y había ganado algo de peso, cosa no muy común en la mayoría de las personas que se ven obligadas a quedarse encamadas un par de semanas. Mike la miró con ternura y sonrió al pensar que hoy quizás tendría que emplearse a fondo si decidía llevarla de nuevo sobre sus brazos.

Por la mañana permaneció todavía en cama, recostada sobre la almohada, mientras hojeaba unos viejos libros de historia europea, una de las pasiones de su juventud, pero tenía el firme propósito de levantarse esa misma tarde. En sus manos descansaba un volumen sobre Alejandro Magno, uno de sus personajes históricos predilectos. El sopor del mediodía la hizo arremolinarse a un lado de la cama, mientras se decía a si misma que sólo echaría una pequeña cabezadita. La humedad que sintió en su entrepierna la despertó bruscamente. Notó las sábanas impregnadas de un líquido demasiado viscoso para ser orina, pero se dispuso a cambiarlas de inmediato, no deseaba que ni Mike ni Terry se enterasen. Dio un pequeño respingo y salio de la cama deshaciéndola, dejando al descubierto un horrible mensaje escrito en un implacable rojo carmesí.

Mike Sullivan estaba cortando leña en el patio trasero de su casa, con Terry a su lado, que hojeaba satisfecho su nuevo álbum de mariposas, ¡ya tenía dos! Ambos oyeron un punzante y agudo grito que provenía de la habitación en la que había dormido Lucy las últimas dos semanas, levantando sus cabezas al tiempo que la ventana se rompía en mil pedazos y escupía a Lucy al vacío. El lacerante y persistente grito se prolongó hasta que el suelo recibió el cuerpo ya inerte de Lucy, con un último sonido amortiguado.


EPILOGO




Mike Sullivan acababa de salir de la consulta del doctor Fulton y éste estrechaba su mano con un marcado gesto paternal. Todavía con la mano de Mike entre la suya, se dirigió a su secretaria.

—Betty, ¿quieres dar cita al señor Sullivan para el próximo martes? —preguntó mientras enseñaba sus impolutos dientes, pagados con el dinero de los lunáticos a los que atendía.

—Claro, doctor Fulton. Venga por aquí, señor Sulllivan —a Mike la sonrisa de Betty no le parecía tan forzada como la de Peter Fulton.

El doctor Fulton salió a fumarse un cigarrillo y se encontró con Roger Stevens practicando el mismo sucio y repugnante vicio. Hablaron del tiempo, de la huelga de personal y por fin, de Mike Sullivan. Es mentira eso de que los médicos guardan el secreto acerca de sus pacientes. Y no quieran saber lo que hacen los curar con las confesiones que les hace la gente…

Peter Fulton se frotaba las manos. Mike Sullivan era una mina de oro, y eso que todavía estaba empezando con él. El martes vendría el chico y «Eso será de traca», le había dicho al doctor Stevens, que mascullaba algo entre dientes. El doctor Fulton seguía hablando y decía que creía conocer el origen de la locura de Lucy: Jamie, su hijo no nato. No paraba de repetir una y otra vez las teorías del comportamiento que había oído una y mil veces en la universidad, sin darse cuenta de la creciente palidez del doctor Stevens. Por fin Roger dijo algo que Peter pudo comprender, aunque hablaba entre sollozos.

—Pobre mujer. La hemos matado —había comenzado a decir, con toda la atención del doctor Fulton puesta en él—, sólo nosotros la hemos matado. Nunca debimos haberlo hecho, pero lo hicimos y ahora pagaremos por ello.

Fulton estaba estupefacto, pero sospechaba que el doctor Stevens no pararía de hablar hasta decir todo lo que necesitaba decir. Así que no abrió la boca y le dejó continuar.
 
—La cárcel no es castigo para un hombre como yo, de setenta y dos años, seguramente pueda evadirla, pero no podré escapar nunca de mi cruel destino —hizo una intrigante pausa, al tiempo que encendía un nuevo cigarrillo—…, el último, lo prometo.

Peter Fulton trató de darle un golpecito, como si se tratase de una televisión con una antena defectuosa, para que continuase. Definitivamente, el morbo y la sordidez eran parte del impulso vital que este hombre buscaba todos los días al levantarse por las mañanas.  El doctor Stevens apuró una última calada y prosiguió entre sollozos.

—¿Te han hablado alguna vez del hijo muerto de los Sullivan? Claro que si, este pueblo es pequeño y el deporte regional es el cotilleo. No les culpo.

—Sí, Roger. Pues claro —asintió con renovado interés.

—Pues debes saber que el chico no nació muerto —confesó al fin Roger Stevens—. Ni siquiera se murió al poco tiempo de nacer. Se lo entregamos a una familia que no podía tener hijos. No fue una buena idea, por supuesto, pero tampoco parecía mala con cinco de los grandes en cada uno de nuestros bolsillos —dijo al tiempo que encendía un nuevo cigarrillo y se adentraba con él en el hospital, ya todo le importaba una mierda.

—Cielos, Roger… —Peter Fulton acababa de echar el desayuno.

El doctor Fulton solicitó esa misma tarde poder echar un vistazo a unos viejos archivos del hospital, según él para documentarse para un trabajo que estaba haciendo el colaboración con una universidad del condado. Allí fue donde finalmente averiguó el nombre de la familia que se había llevado a Jamie. Lo que el doctor Fulton no pudo averiguar fue el trato que esa familia había dado a Jamie, el cual había permanecido la mayor parte de su vida recluido en el sótano de la casa de Philip y Sarah Pennyman con las cuerdas vocales extirpadas.