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martes, 17 de enero de 2012

LA SOMBRA DEL ABETO


La lluvia aún caía generosamente sobre los tejados de París y Mara mucho se temía que el último paseo de las vacaciones tendrían que darlo con los chubasqueros puestos. Aún así, pasear por Paris no es lo mismo que pasear por el Franco, con o sin chubasqueros. Se apearían del metro en Alésia y recorrerían alegremente la Avenida de Maine, en busca de los jardines atlánticos, sus favoritos. Allí se besaron por primera vez y esta tarde, doce años después, se volverían a prometer amor eterno. Luego se perderían por los infinitos recovecos que las calles de Montparnasse les ofrecían y, a última hora de la tarde harían sus maletas, de regreso al hotel. Por la noche harían dulcemente el amor y se quedarían dormidos uno junto al otro.

Llegaron exhaustos a casa. El vuelo de regreso había torturado la maltrecha espalda de Mara y una terrible migraña había asaltado a Julián durante todo el vuelo. El calor que reinaba esos días en Santiago de Compostela les impidió dormir la primera noche, y desvelados ambos, decidieron deshacer las maletas y separar los regalos que harían a sus amistades a la vuelta de las vacaciones de verano. Mara se pasó más de dos horas delante del ordenador portátil, seleccionando aquellas fotografías que más le interesaba imprimir, desechado aquellas en las que uno de los dos enamorados salía desfavorecido, o bien representaba una pose o situación redundante, y es que la memoria de 16 GB que habían llevado en la cámara les había permitido sacar infinidad de fotografías. Al fin se dio por vencida cuando el grupo de instantáneas todavía sobrepasaba el centenar, y mientras despertaba a Julián, que se había quedado dormido junto a ella, al cobijo de una de sus novelas de detectives, informó a éste de que eran ya las ocho y media, y que el trabajo los esperaba a ambos.

A media mañana, durante su descanso para el café, Mara dejó la tarjeta de memoria en un establecimiento para revelado de fotografías y volvió a su despacho lo más rápidamente que el tráfico y su maltrecha espalda se lo permitieron. Se pasó casi todo el día sin trabajar, saturada por la avalancha de preguntas de sus compañeras, que no dejaban de repetir una y otra vez lo mucho que la envidiaban, demandando cada vez más detalles acerca de las dos semanas que ella y su novio se habían pasado en el norte de Francia. Julián, por su parte, vio como su turno transcurría de forma rutinaria, y sólo los clientes que eventualmente salpicaban el mostrador de recepción en busca de un recambio le ofrecían una pizca de conversación en el anodino discurrir de su existencia. Todavía no eran las seis y media cuando Mara lo telefoneó y le preguntó si le importaría pasar a recoger las fotografías que había dejado para revelar esa misma mañana, ya que ella había quedado con unas amigas al salir del trabajo, para tomarse unas cañas. Le dijo simplemente que lo haría y le colgó. Una hora más tarde entraba por la puerta de la tienda de fotografía.

Después de dirigirse al chico del mostrador y decirle que buscaba unas fotografías que una chica rubia, menuda y de nombre Mara había dejado allí por la mañana, se dispuso a revolver entre los cientos de paquetes de fotografías que colmaban una superpoblada mesa de exposiciones. Después de abrir tres paquetes, al fin dio con el que andaba buscando, en dónde pudo reconocer la triste sonrisa y la melancólica mirada de su novia. Pagó las fotografías y se encaminó a su casa. Seguramente Mara llegaría tarde y hoy le tocaría cenar sólo. Una frugal cena compuesta por una cerveza, unos pocos nachos con queso y un bombón francés traído directamente de Paris fue todo lo que Julián cenó esa noche, sin parar de hacer zapping por todos los canales de la infame televisión española.
 
Mara llegó a casa sobre las doce y media y encontró a Julián en su más clásica estampa, recostado en el sofá, devorando ávidamente una de sus muchas novelas. Le dio un tierno beso y dejó su bolso y las llaves sobre la mesita de la sala de estar, encima de la cual descansaba el paquete con las fotografías de su viaje al norte de Francia. Lo cogió y se acurrucó al lado del incansable lector, que ya le había hecho hueco en el sofá, junto a su cojín preferido, regalo de cumpleaños de su mejor amiga Paula. Rompió el celofán que el dependiente de la tienda de revelado había puesto en la solapa del sobre, y sacó las fotos para verlas una a una, detenidamente. No logró recordar haber sacado las dos o tres primeras, y cuando llegó a la cuarta, se convenció de que aquellas no eran las fotos de su viaje. En ellas, aparecía una chica de su misma altura y sorprendentemente parecida en los rasgos faciales, pero definitivamente esas no eran las fotografías que había dejado para que se las revelasen.

Dejó las fotografías en manos de un estupefacto Julián, que se había apartado de su libro cuando oyó decir a Mara que se había equivocado de fotografías. Trató de entender cómo demonios se había podido confundir, y terminó por comprender que simplemente no había prestado demasiada atención al cotejo de las fotografías. Al tiempo que Mara comprobaba que efectivamente la tarjeta de memoria contenía sus fotografías, Julián pasó una por una las más de cien reproducciones ante sus ojos, y lo que pudo observar estuvo a punto de perturbarlo sobre manera. Al parecer, no todas las fotografías pertenecían a la misteriosa chica, que tanto se le parecía a Mara, si no que también había instantáneas de ambos, durante los días que estuvieron en Paris, aunque no recordaban haberlas tomado, ya que aparentaban estar tomadas desde distintos ángulos y lugares.

Pero eso no era todo. Entre las más de cien fotografías que conformaban el paquete, ahora sostenía en sus manos una fotografía que ignoraba que hubiese sido tomada. Se trataba de una fotografía tomada justo al lado de una iglesia, allí mismo, en Santiago de Compostela, en la Colegiata del Sar. Lo imposible de la fotografía residía en el tiempo que hacía que se había tomado, pues el aspecto que presentaba era de unos veinte años atrás, cuando Julián peinaba suaves y brillantes bucles de oro, y en el lugar en que había sido tomada, pues por aquellos años, Julián vivía en un bonito pueblo pesquero, lejos de la capital gallega. No pudo más que echarse la mano a la incipiente calva que desde años le había producido la única herencia que su padre le había legado en vida. En un frenético intento por dar explicación a la terrible serie de acontecimientos que amartillaba sus sienes, trató vanamente de encontrar el archivo original en la tarjeta de memoria. Por más que buscó no logró encontrarla.

Se guardó la fotografía en su cazadora con protecciones y tomó el caso y  los guantes de un rincón del salón, mientras oía como Mara lo instaba a permanecer a su lado. Al tiempo que escuchaba las lamentaciones y sollozos de su novia, Julián atravesó la puerta de su casa. La Colegiata del Sar estaba a unos pocos kilómetros y en motocicleta, no tardaría en llegar ni cinco minutos. Aparcó la moto en la entrada principal de la iglesia, justo al lado de la entrada al parque infantil, y echó mano de la fotografía que había guardado en su bolsillo; en ella aparecía apoyado en uno de los contrafuertes del edificio, mientras sonreía en relajada actitud. Se acercó al lugar en dónde supuestamente había descansado hace más de veinte años y nada de aquel rígido conglomerado de piedras y argamasa le llamó poderosamente la atención.

Buscó y buscó por las cercanías de aquellos muros la posibilidad de una marca, efigie o símbolo que pudiera darle alguna pista de la razón que lo había llevado allí hacía años, sin que él pudiese si quiera recordarlo, pero sus ímprobos esfuerzos lo desalentaron. Finalmente, siguiendo una especie de corazonada, trató de determinar la posición exacta en la cual se había tomado la fotografía, y con ella en la mano, fue retrocediendo poco a poco, al tiempo que cambiaba ligeramente la dirección de alejamiento, guiándose por una imaginaria línea que había trazado sobre la fotografía, y que proyectaba sobre el contrafuerte de la iglesia.

Justo cuando creyó encontrarse exactamente en la misma posición en la que se había tomado la fotografía, noto cómo la superficie debajo de sus pies cambiaba de textura. Lentamente, asustado por la indescriptible sensación que lo embargaba, abrió las piernas para ver, todo lo malamente que se lo permitía un viejo abeto, situado delante de una farola, a más de treinta metros a sus espaldas, lo que se encontraba debajo de sus extremidades inferiores. La sorpresa pudo ser mayúscula, de no haber sucedido lo que aconteció inmediatamente. Al parecer, debajo de sus pies y cubiertas de una gruesa capa de húmedo musgo, se hallaban talladas en piedra dos huellas de botas idénticas a las que él calzaba para montar en moto, exactamente iguales a las que ahora mismo llevaba.



Sin tiempo para sorprenderse por su hallazgo, el mundo a sus pies cedió y de repente se vio descendiendo por un interminable y oscuro, muy oscuro tobogán de piedra, que desgarraba poco a poco una cazadora de motero que todavía no había podido demostrar su eficacia en un percance de tráfico, pero que ahora estaba justificando todos y cada uno de los cientos de dólares que le había costado. Al final de su vertiginoso descenso, la cazadora, hecha añicos, no pudo evitar del todo que sus hombros y espalda sufriesen lo indecible a causa de las dolorosas rascaduras y magulladuras que habían ido recolectando durante el mareante descenso.

Ante Julián se presentó una oscura figura, de gutural voz y de unos dos metros de altura. Conforme se iba acercando a Julián, todavía tendido y examinando sus múltiples cortes y arañazos, su estatura parecía decrecer, mientras su voz se iba endulzando, poco a poco. El atónico muchacho, que ya andaba por la treintena, logrose poner en pie, al tiempo que un sorprendido hombre trajeado, escrupulosamente de negro, le tendía una mano, más en actitud caballeresca que de ayuda. Dijo, por fin:

—No te esperaba hasta dentro de treinta y cinco años. Me sorprende verte aquí.

El siniestro personaje contó a Julián muchas cosas, entre ellas que, efectivamente, antes de poder disfrutar de su edad dorada, pasaría a engrosar las filas de lo tenebroso. Hablaron y discutieron sobre muchos aspectos, pero sólo uno cayó como una losa sobre el corazón del joven coruñés; se trataba de los diez años que deberían transcurrir hasta que su amada Mara se presentase ante el oscuro personaje. Julián preguntó acerca de la posibilidad de dilatar dicha visita lo máximo posible, y el siniestro personaje, como buen vendedor, le reveló la posibilidad de dilatarla o de contraerla, siempre a costa del propio tiempo que le quedaba a él mismo. Finalizada la reunión, Julián aspiró un polvo que el tétrico personaje le ofreció, al tiempo que acordaba sobre su moto, con la cazadora intacta.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL PRIMER DÍA


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Lo notifico. El brazo izquierdo lo muevo trabajosamente y la cadera parece chirriarme a cada paso que doy. También lo notifico. Al cabo de unos minutos ya casi no puedo moverme y comienzo a descargar el arma. Varios muertos y muchos más heridos es el balance de la falta de criterio de mi instructor de la academia. Siempre supuse que dentro de mi cabeza las cosas no iban demasiado bien, pero esto es el colmo. Fin de la transmisión. “Menuda escaramuza. Informe al vicepresidente. Dígale que los nuevos T133 todavía no están preparados para la patrulla. Pero lo estarán...”

CALMA TOTAL


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso, así que lo intento con el derecho. Es inútil, no dará resultado. No lograré moverme; lo he intentado mil veces, día tras día, con yermo resultado. Siento como mi pecho se expande y se contrae con lento ritmo, en una especie de firme coraza. Mis ojos completamente abiertos vagan desesperadamente intentando comprender, y se encuentran con los satíricos y burlones gestos de un pequeño mocoso, que parece prestar demasiada atención a mi aspecto para poder entender mi angustia. Es su madre quien de un pequeño empujón lo devuelve al mundo real, “Deja en paz a ese maniquí y date prisa”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TRAICIÓN


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Me hundo y siento cómo la presión aumenta sobre mi cuerpo y mi mente comienza a perder el dominio de sí misma. Unos metros más y ya no podré aguantar la respiración. La temida y placentera sensación de borrachera comienza a apoderarse de mí y ahora poco importan la traición y la infidelidad de mi mujer, que me ha vendido por unas pocas piedras preciosas. Un enorme blanco se dispone a echarme de este mundo a dentelladas, pero parece pensárselo dos veces al verme tragar agua y sonreírme cual poseso al pensar en el regalo que he dejado en cubierta.

miércoles, 26 de octubre de 2011

SOMBRAS DEL PASADO


Faltaba muy poco para el amanecer y nadie transitaba todavía por las mojadas calles de Boston. Entró por la puerta de atrás y se quitó el abrigo, unos dos kilos más pesado que cuando se lo había puesto por la mañana; dobló y guardó una capucha de poliester y sus viejos guantes de cuero, lavó concienzudamente el sanguinolento cuchillo, y se fue directamente a la cama. Durmió unas dos horas y a las nueve y media fue despertado por la sirvienta, que como cada sábado se había ido a pasar la noche con su novio, en el East End. Robert Brammer se tomó dos huevos duros para desayunar, un par de tostadas de mermelada de arándanos y una buena taza de café.


Dió la mañana libre a Susan y se lió un apestoso cigarrillo que se fumó mientras bajaba hacia el centro, por la bulliciosa calle Gloucester. Hacía muchos años que odiaba esa marca de tabaco en concreto, pero le sentaba bien después de haber comido los indigestos huevos que Susan le preparaba a diario; la fuerza de la costumbre había aportado también su granito de arena, así que continuaba fumando el asqueroso tabaco. Las conversaciones de la multitud parecían mucho más atropelladas y exaltadas que de costumbre, y salvo unas cuantas palabras sueltas, por lo general carentes de sentido y con cierto tono de amargura, no pudo entender absolutamente nada. Por fin llegó al 123 de Flak Street.

En la puerta le estaba esperando Seamus, el viejo pastor belga. Dejó que el cánido le acompañase por las escaleras, y antes de que Robert se dispusiera a tocar el timbre, una voz al otro lado de las escaleras atrajo su atención. Mary estaba preparando la tierra para plantar unos bulbos que le habían traído desde el viejo continente. Ella decía continuamente que no echaba de menos Inglaterra, pero Robert era mucho más observador de lo que Ewan pudiera serlo nunca, y los tristes ojos de la mujer contaban una historia diferente.

Fue hacia ella y se saludaron cordialmente, con menos efusividad que en otras ocasiones. Su aventura se había terminado hacía mucho, mucho tiempo. Entraron juntos en la casa y Mary, tras dejar sus herramientas en una pequeña estancia justo al lado del recibidor, se lavó las manos mientras informaba a su marido de la llegada de Robert. Los tres habían sido siempre muy buenos amigos, e incluso después de la muerte de Irene, los lazos que los unían se habían mantenido firmes y en su sitio. Era su amistad sincera y deliciosamente afectuosa.

Después del almuerzo Ewan y Robert se quedaron a solas mientras Mary preparaba el café. Eran ingleses pero se habían adaptado al café con gran rapidez y entusiasmo. Ewan aprovechó la ausencia de la mujer para poner al corriente a Robert del suceso de la noche anterior, que esa mañana parecía ser la comidilla de todo el mundo, con la excepción de Robert y tal vez algún que otro despistado de la vida social de Boston. Ewan le contó que esa mañana temprano, poco después del amanecer, una chica había sido encontrada muerta, degollada por dos finos tajos hechos posiblemente con un afilado cuchillo. Habían extraído el riñón derecho de la víctima y desparramado sus intestinos por todo el callejón en dónde Julia Writer había encontrado su atroz final.

Cuando Mary entró con la bandeja de las pastas y el café, advirtió de inmediato el cambio que se había perfilado en el rostro de Robert. Ewan se lo había contado, y a juzgar por la pálida expresión de su cara, no se había ahorrado ni el menor de los detalles. Estaba furiosa, y no porque su marido hubiese incumplido su palabra —lamentablemente, en los últimos tiempos, lo hacía con quizás demasiada frecuencia—, sino por lo trastornado que se veía Robert. 

Durante la investigación de la muerte de Annie Chapman y las otras cuatro prostitutas, Robert se había visto acosado por la prensa y salpicado por la investigación policial. Durante varios años tuvo que sufrir en el domicilio familiar las idas y venidas de infinidad de agentes de la ley, provocando el lamentable estado mental de su madre, que finalmente había muerto, aquejada de una terrible fiebre. Una vez absuelto y libre de toda sospecha, cedió a la presión de su padre y se instaló en la hacienda que su viejo tío Milius tenía en Boston, recibiendo para ello parte de su herencia por adelantado.



Varios años más tarde el destino depararía a Robert el grato reencuentro con sus viejos amigos, que acompañados de Irene y Peter Norton, se habían unido a él en el Nuevo Mundo. Peter encontraría una prematura muerte a manos de Irene y, aunque nunca se había podido demostrar nada, Robert siempre supo que ella se había librado de Peter para poder estar con él, tal y como sugería el hecho de haberse casado de nuevo sólo unos pocos meses después de haber enviudado. Hoy el viudo era él y los viejos fantasmas de la persecución policial, la prensa y las habladurías volvían de nuevo a su vida, y la larga sombra de Jack se cernía sobre su apesadumbrado ánimo.

Dos nuevos asesinatos fueron perpetrados en Boston en el escaso periodo de un mes, con las mismas características que el que había acabado con la vida de la joven Julia Writer, y por supuesto, de igual forma que se habían cometido los asesinatos de la calle Whitechapel, en Londres. De nuevo la gente hablaba a espaldas de Robert. Todos conocían el carácter afable del inmigrante inglés y pocos eran los que no disfrutaban con su grata compañía, aunque una mayoría ignoraba cómo se ganaba la vida, ya que, a pesar de haber disfrutado años de la generosa parte de la herencia de su tío Milius, muchos creían que ésta se había consumido ya. Niños y mayores eran tratados de forma exquisita por Robert, que ahora veía como el recelo y la desconfianza se instalaban una vez más en sus vecinos y conocidos.

La investigación oficial no dio frutos y Robert nunca fue formalmente acusado por los asesinatos, pero una investigación paralela, llevada a cabo por el sargento David Jones, a raíz de unas declaraciones de Susan Fincher, arrojó algo de luz sobre el caso del destripador de Boston, sobrenombre por el cual empezaba a conocerse al responsable de las muertes de las jóvenes. Al parecer, en una ocasión, Susan se había peleado con su novio un sábado por la tarde. Un problema de celos, felizmente resuelto, según palabras de la sirvienta. El caso es que esa noche la muchacha se había quedado a dormir en la hacienda de Robert Brammer —siendo éste ajeno a los planes de Susan—, relatando al sargento Jones cómo su patrón había vuelto a casa poco antes del amanecer, entrando por la puerta trasera de la finca, con lo que le pareció un cuchillo en una mano y una especie de capucha en la otra.

No tardó en esclarecerse que Robert Brammer era el verdugo de una institución penitenciaria de Weymouth, una localidad costera próxima a Boston. Brammer dijo haber necesitado el cuchillo para quitar la vida de un moribundo perro atropellado por su carruaje, y al parecer satisfizo la curiosidad del sargento Jones, que le pidió disculpas con quizás demasiad efusividad, al tiempo que agradecía la colaboración cuidadana de la señorita Fincher. Robert acogió con bondad las disculpas del sargento y se mostró comprensivo con la actitud de Susan.

Lo que nunca llegó a saber la opinión pública, ni pudo esclarecer investigación alguna, fue que la misma enfermedad que había acabado con la madre de Robert Brammer, galopaba ahora sin riendas por la sique de su hijo. La esquizofrenia que Robert sufría había sido el silencioso cómplice que había tomado el mando de su voluntad, y sería la misma que esa preciosa noche de octubre acabaría con la vida de Susan Fincher, tras haberle seccionado el cuello, degollándola con dos finos tajos.