viernes, 21 de septiembre de 2012

EL AULLIDO DE LA CARACOLA


Inspirado en "La caracola del Culip IV", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/mzbdEwMv

Cuentan los arqueólogos que la han descubierto que se trata de una caracola excesivamente grande, desproporcionada. Su tamaño alcanza los dos palmos y medio y ambos lados de la misma presentan sendas perforaciones, tal vez anclajes de una correa utilizada por un marino para llevar la caracola al cuello, con el fin de comunicarse con tierra o bien para prevenir a la tripulación de un abordaje; algo parecido a lo que los marinos de hoy día designan como bocina de niebla. La han encontrado a unos veinticinco metros de profundidad, entre las maravillas sumergidas que transportaba en su barriga una embarcación romana hace mucho tiempo, en otro mundo —veinte siglos dan para que el mundo dé muchas vueltas.

La labor de interpretación de los restos arqueológicos resulta casi tan importante como la propia exhumación de las pruebas que los descubridores rescatan de las entrañas del tiempo, y así, todo el equipo se reúne en torno de la ya famosa caracola y conjeturan tanto de sus posibles usos como acerca de la causa del naufragio del navío. El jefe de la expedición parece mantenerse a propósito en un segundo plano, dejando que sus pupilos sean los que conciban y rebatan sus propias teorías. Pronto llegan a la conclusión de que la causa más plausible del hundimiento haya sido un terrible golpe de mar, producido por una inesperada tormenta, habiendo resultado fatal en las proximidades de la costa.

De vuelta a su cuartel general, los arqueólogos comunican sus descubrimientos a Íñigo, un joven estudiante impedido por su invalidez física, que rara vez es testigo directo de los hallazgos de sus compañeros. Su labor se limita al campo de la exploración teórica y documental de las conquistas del resto de la expedición. Después de documentar gráficamente el objeto rescatado, se dispone a estudiarlo con la ayuda de una herramienta infográfica que el propio instituto para el que trabaja ha diseñado, en colaboración con una prestigiosa universidad extranjera. Si se aplica durante la noche y se esfuerza lo suficiente tal vez pueda encontrar algo que resulte de ayuda a sus compañeros, así que abre su programa favorito de música, carga una playlist con más de cuarenta horas de música de los años setenta y se sirve una taza de café recién hecho. Va a ser una noche muy larga.

Al día siguiente un par de muchachos acompañan a Íñigo en su reclusión académica, aunque sólo uno de ellos permanece todo el tiempo junto al joven investigador. El otro, con la caracola debajo del brazo y una autorización del director del departamento, se dirige a una universidad vecina en donde le espera un experto forense en modelación facial, que colabora habitualmente con los arqueólogos. Con la ayuda de este moderno genio escultor pretenden dar forma a una boquilla que les permita, veinte siglos después, hacer sonar la misteriosa caracola. Entre los miembros del safari marino se encuentra un antiguo aprendiz de trompeta, que ha aceptado encantado la filarmónica propuesta.

Las semanas van transcurriendo y poco a poco aumenta el botín que la expedición consigue rescatar de la hundida embarcación. Al mismo tiempo, los progresos del forense terminan por dar sus frutos y la boquilla que ha de hacer sonar de nuevo la vetusta caracola es ya una realidad. Íñigo, sin embargo, se ha perdido en una maraña casi interminable de documentos antiguos, viejos y nuevos tratados sobre navegación y costumbres romanas, fenicias y de un sinfín de culturas mediterráneas. Pero sus éxitos han sido escasos y sólo ha podido determinar con seguridad que los dos orificios producidos a ambos lados de la caracola no pretendían servir de enganche de la misma, tal y como había conjeturado en un principio, sino que se habían practicado con el fin de producir dos sonidos totalmente distintos. La naturaleza de los mismos era todavía objeto de estudio para el tenaz estudiante.

De vuelta en el cabo de Creus, el grueso de la expedición permanece expectante a los meneos del trompetista, que exagera sus movimientos, consciente del momento de gloria que le toca protagonizar. Extrae ceremoniosamente la caracola de la maleta que la protege de golpes y arañazos y muy lentamente se dispone a introducir parte de la boquilla fabricada para la ocasión. Varios intentos fallidos de hacerla sonar no dan al traste con las esperanzas del muchacho, que de una y mil maneras sopla buscando el huidizo sonido, que ha permanecido oculto durante casi dos mil años. Finalmente se le ocurre tapar uno de los agujeros con un sobrante de arcilla plástica, muy común en el equipo de campo de toda expedición arqueológica. Ahora si, la caracola resucita y sale de su largo letargo, emitiendo un débil y desmayado sonido. No contento con la enclenque sinfonía, y herido en su orgullo, el frustrado trompetista decide obturar el otro agujero y volver a intentarlo.

Harto de documentos e interpretaciones ortodoxas, Íñigo decide dar un vuelco a su investigación y echar mano de otros escritos más heterodoxos, apócrifos tal vez. Entre ellos encuentra un viejo manuscrito de un conocido cronista romano, que había narrado célebres acontecimientos de la época, como el incendio de Roma a manos de Nerón o la erupción del Vesubio. El estilo animado y novelesco del autor sin duda ha contribuido al menosprecio de su obra, y por lo general nadie lo suele tener en cuenta en sus investigaciones. 

El tratado que ahora ocupa toda la atención de Íñigo relata con sumo detalle ciertas leyendas marítimas acerca de un monstruo cefalópodo, y describe ciertas armas y artilugios que habrían de mantenerlo a raya, tales como la propia Torre de Hércules o determinados artefactos resonantes. Entre éstos últimos figura una especie de caracola, cuya procedencia se restringe a las profundidades de la costa de Creta, y que puede ser articulada mediante la obturación de dos perforaciones practicadas en sendos lados de la concha. Según se obstruya uno u otro agujero, la caracola emitirá un sonido de reclamo o de espanto, que habrá de mantener a raya o convocar al monstruo descrito en el pergamino como un pulpo de más de cuarenta brazas de longitud.

Por fin logra obturar el otro agujero y de nuevo se dispone a soplar el aire dentro de la caracola. Su minuto de fama se ha convertido en un cuarto de hora. Sonríe a la congregación y sopla animadamente, esperando la más bella de las sinfonías. El aullido que logra arrancar de la caracola hiela el corazón de todos los presentes.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LEGITIMA DEFENSA

Inspirado en "La juez, el fiscal y el Gorrinín", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/eRbzSrtl

Allison apenas había tocado el primer plato y creía que el segundo tenía mejor pinta, así que se dispuso a probar el rulo de carne con guarnición, aunque sin demasiado entusiasmo. El agente Mallone tampoco parecía tener mucha hambre y ahora encendía un cigarrillo con la colilla del anterior. Su nerviosismo era evidente. Una vez más balbuceó unas pocas palabras ininteligibles. Allison lo miraba con gesto grave y su ansiedad acababa de dar paso a la exasperación. “¿Quieres dejarlo ya? Puede que esto no sea Times Square, pero en este pueblo todo el mundo nos conoce. Haz el favor de hablar más bajo”.

Los poco más de treinta mil habitantes de la pequeña ciudad situada al noroeste del estado de Maine se habían estremecido días atrás por el asesinato de un ayudante del sheriff, supuestamente producido a manos de unos maleantes de la zona. Sin tiempo para reponerse, dos días más tarde, algunos de estos facinerosos serían acribillados a balazos a la salida de un pub local, liquidados por compañeros del agente fallecido. Nadie había visto nada y nadie quiso hacer declaración alguna. Faltaría más. Cómo nadie podría haber visto nada aquel sábado por la noche, con medio pueblo golpeándose en el aparcamiento de los bares de moteros y los drive-in.

Todo había comenzado unos meses atrás cuando Sam Cortigan, el difunto ayudante del sheriff, había perseguido y dado caza, junto con varios compañeros, a los dos compinches que minutos antes habían sustraído varias pertenencias de su coche patrulla, entre las que se encontraban su cartera y el sistema GPS del vehículo. Cortigan se disponía a esposar a uno de los cómplices cuando éste sacó una navaja y le propinó varios cortes en la pantorrilla, haciéndole sangrar profusamente. Mallone intentó mediar en la refriega y también recibió lo suyo, llevándose dos grandes incisiones en el antebrazo; un par de tajos adornaban desde entonces su pómulo izquierdo.

Despojado de toda paciencia Mallone desenfundó su arma, echó a Sam a un lado y se cargó al malvado rufián a sangre fría. El otro bellaco ni siquiera tuvo tiempo de decir “Esta boca es mía”, alguien le había hundido una rodilla en la nuca. Su cuerpo pareció echarse a tierra y hacerse el muerto, como si el agente Mallone fuese uno de esos enormes oso Kodiak de los documentales.

Alguien había visto en el asesinato de James Bidou la oportunidad perfecta para joder a Mallone y a sus chicos, y un gran sector del pueblo se volcó con el juicio del agente, que si bien es cierto que ostentaba la hoja de servicio con más detenciones de todo el condado, no era menos verdad que solía excederse en su cometido, aplicando demasiado celo en el cumplimiento de su deber. Pocas semanas más tarde tuvo lugar la vista oral, y la fecha del juicio quedó establecida pocos meses después.

Todo el proceso resultó ser una farsa, y aunque el juicio se celebraría con un jurado popular, pronto quedó claro que la mayor parte de sus miembros estaba comprada o coaccionada, y que los restantes preferían no meterse en líos en un pueblo en donde los jueces, fiscales y miembros de la policía no pernoctaban con los bajos fondos en un burdo intento por intentar guardar las apariencias. Unas apariencias que se habían perdido hacía bastante tiempo.

El juicio quedó visto para sentencia mucho antes de lo previsto. Ninguno de los agentes que había presenciado la ejecución de Bidou dio a entender que el agente Mallone había abusado de la fuerza ni aprovechado su ventajosa posición, y que la lamentable muerte de James Bidou, un emigrante haitiano sin empleo, tuerto de un ojo, había sido tristemente ocasionada durante un ejercicio de defensa propia, ya que según el criterio de los agentes, Mallone habría muerto de no haberse defendido.

Robert Mallone pagó la cuenta del restaurante y encendió un nuevo cigarrillo. Allison y él habían sido novios durante el instituto, cuando Mallone era un prometedor quarterback y ella soñaba con cambiar el mundo detrás de un púlpito como el que solía utilizar en el club de debate del High Corner Institute. Casi veinte años después el seguía pegando buenas patadas, mientras que ella había renunciado por completo a cambiar nada del mundo que la rodeaba. Su rostro reflejaba una expresión grave y seria, aunque la tierna mirada que le dirigía indicaba que todavía sentía algo por él.

—Acuéstate temprano, Bob. Y afeitate. No querrás presentarte...

—Descuida, lo haré —la interrumpió posando un dedo en sus labios—. Me portaré bien. Ella dejó que mantuviese el dedo sobre sus labios un rato más.

—Y nada de beber. Hoy será mejor que no te pases por el Frampton’s.

—Sólo un trago. Mañana es mi gran día.

Robert Mallone llegó a su casa muy tarde, de madrugada. Se acostó vestido y apenas durmió un par de horas; tenía el tiempo justo para afeitarse y presentarse en el juzgado con unos veinte minutos de antelación, para causar buena impresión. De camino al baño echó un vistazo a su viejo traje de policía, el que había llevado el día de su graduación en la Academia de Boston. Se presentaría ante todos como un agente modelo, para que todo el mundo pudiese ver el daño que le habían hecho todos los rumores y habladurías que se habían vertido sobre él durante los meses que había durado todo el proceso, y durante el cual se había visto despojado no sólo de empleo y sueldo, sino de todo el respeto de la comunidad. Hoy recuperaría ese respeto. Lo recuperaría con creces. No pensaba perdonarles ni un sólo ápice del mismo. Lo tomaría a manos llenas, como en los viejos tiempos.

Salió del cuarto de baño en calzoncillos, recién afeitado, y tras ponerse los pantalones y anudarse la corbata, se enfundó en la chaqueta del uniforme. Se quedó perplejo cuando vio el lamentable estado en que se encontraba una de las mangas de la americana, completamente ajada y llena de tajos aquí y allá. Un profundo dolor recorrió su antebrazo, como si algo lo hubiese seccionado limpiamente. La sangre comenzó a brotar. Estupefacto logró despojarse de la chaqueta, y con horror pudo contemplar cómo la blanca camisa se teñía ahora de un rojo escarlata, empapando su brazo. A tirones fue capaz de desasirse de la camisa, y desconcertado pudo contemplar cómo las viejas cicatrices de su brazo se abrían ahora como la mantecosa carne de un cochino al que abren en canal.

Volvió apresuradamente al cuarto de baño y un grito de horror se ahogó en su garganta cuando presenció cómo las cicatrices de su cara se abrían, lacerando su rostro de forma macabra. Ahora no sólo sangraba por sus viejas heridas, sino que otras más recientes se hendían en su temblorosa carne. Un nuevo tajo le mutiló parte del ojo derecho, que comenzó a supurar un gelatinoso líquido, de aspecto insalubre y pútrido. El ojo parecía ahora un funesto e infecto caramelo relleno de blandiblú. Mallone era ahora presa de un insoportable dolor que recorría todo su cuerpo por las sanguinolentas autopistas que luchaban por desmembrarlo. Incapaz de soportar semejante tortura se arrojó a la calle, deseando terminar sus días con el cráneo aplastado.

Una pequeña multitud comenzaba a amontonarse alrededor del cuerpo del agente Mallone, todavía con vida. El horror fue apoderándose poco a poco de los presentes, que espantados eran testigos de cómo el sanguinolento amasijo de carne que yacía a sus pies se estremecía en busca de un descanso que no le era concedido, helando sus corazones. Finalmente cesó todo movimiento. Durante unos instantes todos se miraban unos a otros perplejos, escudriñando atónitamente cuáles podrían haber sido las causas de tal desgracia.

Al otro lado de la calle, en el parque, un espigado hombre de color se levantaba lentamente de un banco, ignorando el periódico de la mañana, en el que se había filtrado la noticia de la absolución del agente Mallone: “Robert Mallone absuelto. La juez McNutter resuelve legítima defensa. El jurado, clave en el proceso”. El hombre de color atravesó parsimoniosamente la carretera, y echó un vistazo por encima, con su ojo bueno. El otro era de cristal. Con gesto cansado abandonó la improvisada charcutería, arrojando a una papelera cercana un pequeño muñeco vestido de policía, con varios cortes en las mangas y completamente teñido de salsa de tomate.

jueves, 6 de septiembre de 2012

MANOLO Y LA VALKIRIA (Y EL VERDEROL)


Inspirado en "Manolo y la valkiria", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/JdN0NTGL

No podía quitarle el ojo de encima. La escultural rubia descansaba sobre uno de sus costados, ofreciéndole los generosos senos, y aunque unas cien yardas separaban ambas embarcaciones, Manolo sabía que la valkiria interpretaba los sensuales movimientos de su sinfonía para él sólo. Permanecía incluso ajena a las atenciones que su acompañante le dispensaba, haciendo un grosero ademán al cóctel que el mancebo le ofrecía, como queriéndole decir «¡Pero hombre, déjame un poco tranquila! ¡No ves que le estoy enseñando las tetas al señor!».

Manolo se descojonaba en su fuero interno. «Será calzonazos el tío». Aunque él, Manolo Frutos Sánchez, también tenía lo suyo. Tenía bastante dónde rascar, como suele decirse. Y tanto que sí. Su mujer no sólo no estaba tan buena como la hermosa noruega, ¡qué va!, sino que la gruesa cintura y su volumétrica figura habían fagocitado todo el encanto y atractivo de los que había hecho gala en su juventud. No obstante  Rosa —que así se llamaba la respetable—, conservaba esa gracia sevillana que hacía de ella una mujer jovial y alegre, aunque totalmente carente de paciencia, a juicio del propio seguidor bético. En estas reflexiones se encontraba Manolo cuando volvió a recibir una reprimenda de su mujer.

—¡Quillooo! ¡Espabila, hombre! Que me estás echando crema en el pelo…

Manolo balbuceó una disculpa, siempre pendiente del embriagador vaivén de los senos de la valkiria. Rosa censuró de nuevo su actitud y le sugirió que echase un nuevo lance. Manolo le obedeció y, tras matar de un largo sorbo su caliente cerveza, recogió el sedal y puso un poco de caballa en el anzuelo. Largó distante el sedal y su vista se perdió en el manso Mediterráneo, imaginándose una vez más cómo serían al tacto esas bronceadas y generosas tetas.

Le fue bien la pesca. Logró capturar cinco peces en media hora. Ahora su mujer se estaba bañando en las tibias aguas de la cala mallorquín y Manolo recogía de nuevo el sedal, preñado con un hermoso verderol, tal vez demasiado grande para su especie. Al intentar retirar el anzuelo del pesado verderol tropezó con el cubo y fue trastabillando hasta el borde de la embarcación, arrojando involuntariamente por la borda el resto de la carnada. Manolo miró furioso al pescado. «Estarás contento», le espetó, intentando desembarazarse de la exasperación que lo embargaba. «Ha sido por tu culpa». Le respondió el verderol que lo sentía y le pidió perdón. Manolo aceptó sus disculpas y el pez le pidió un favor a Manolo.

La vikinga seguía a lo suyo, tostándose al sol. Mostraba ahora a Manolo su precioso culo en pompa, tan apetecible. Minutos antes se había quedado sola en la cubierta de la lancha, como solo estaba ahora Manolo, que oía trastear bajo sus pies a su inquieta señora, que seguramente se estaba cambiando. Era pudorosa la andaluza, no como la noruega, que enseñaba sus encantos a todo aquel que quisiera admirarse de ellos. En ese ambiente casi íntimo preguntó Manolo al verderol qué favor quería que le hiciese y qué podría el pescado darle a cambio. El verderol sólo pedía la libertad de su padre, cautivo en el cubo de Manolo.

A cambio prometía entregarle un pequeño tesoro, consistente en decenas de monedas de oro, procedentes de un pequeño bergantín hundido a pocas yardas de allí. El velero había partido de Cartagena cientos de años atrás, preñado de doblones de oro con destino a Génova. Los cañones de una embarcación morisca habían puesto fin a su viaje de forma prematura. Para dar fe de su historia el verderol regurgitó una verdosa y rancia moneda de oro, y prometió a Manolo muchas más como aquella. Manolo atendió a las razones que se le daban y liberó no sólo al padre del verderol, sino a todos y cada uno de los forzosos inquilinos de su cubo de pesca.

Finalmente el verderol también fue devuelto al agua y Manolo mantuvo la vista fija en la mar durante un buen rato, con el corazón henchido de esperanza. Pasaron los minutos e incluso habrían pasado las horas si Rosa no lo hubiera exhortado para que volviesen a tierra, al puerto de Palmanova. Manolo no supo inventarse una historia convincente que contarle a su mujer, que encerrara un pretexto que lo motivara a regresar al mar. «Vas a volver para recrearte en esa guarra, ¿no es verdad?». «Si no te vienes ahora mismo conmigo, no volverás a verme, Manolo. Te lo juro».

Manolo ignoró las palabras de su mujer. Rosa estaba segura de que Manolo volvería a hacerse a la mar para verle las tetas a la puerca nórdica, pero lo cierto es que Manolo nunca volvió a ver a Anneka, que así se llamaba la graciosa escandinava, como tampoco jamás volvió a ver al verderol, que resultó ser un embustero, pues ningún bergantín se había hundido en las proximidades de Palmanova. Manolo pronto descubriría que el doblón de oro no era más que una modesta aleación de latón, aunque nunca tendría la oportunidad de contárselo a su mujer, pues Rosa, a diferencia del verderol, sí tenía palabra.

martes, 28 de agosto de 2012

EL CASO DE LA ROPA DE NIÑA

Inspirado en "Ropa de Niña", de Arturo Pérez-Reverte, 
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/aEZBjGjO



Todos teníamos una copia de la ya famosa fotografía, que formaba parte del nutrido y macabro dossier del caso. Varios de mis compañeros y yo mismo creíamos que se habían producido demasiadas desapariciones como para considerarlo un solo y único caso, aunque ese era el deseo del capitán Fernández, así que desde un principio todos lo tratamos como El Caso de la Ropa de Niña. Como decía, todos teníamos una copia de la última instantánea, la que había cobrado cierta relevancia en los medios, gracias al bombo y difusión que se le habían dado en las prósperas redes sociales, y ya eran siete las fotografías tomadas a sendas vetustas señoras y a sus maletas caídas en desuso. Lo cierto es que nunca se trataba de la misma maleta, aunque la señora parecía ser indiscutiblemente la misma en todos los retratos. Esto lo había estado ignorando la opinión pública desde el principio de la investigación, que se remontaba a mayo del 2007, cuando había desaparecido esa pequeña de ojos manchados.

La gente ignora lo mucho que las autoridades violan su intimidad al exponerse pública e inconscientemente en las redes sociales, mientras cuelga fotos suyas y de sus amigos tomando el sol en cualquier destino de playa, cual lagartijas panzas arriba, o cuando exhibe a los más beodos de la pandilla al público escarnio de las malas lenguas, tras haber contemplado la enésima cogorza del borracho de turno o la no menos vergonzosa pose de la fulana enseña-bragas. Y es gracias a esta ignorancia que la policía puede dar con pistas que de otra forma se perderían para siempre en incontables carretes de fotos, tarjetas de memoria y otros dispositivos afines. Hoy en día todos nosotros llevamos dentro un periodista dentro, capaz de hacer la mejor de las fotografías mucho antes de que se personen en el escenario del crimen los medios acreditados. ¿Saben cuántas nuevas especies se descubren cada año gracias a las fotografías colgadas en las redes sociales? Sólo les diré que muchas menos que pistas nos proporcionan la misma cantidad de fotografías.

La rápida difusión que se había dado a esta nueva fotografía nos había permitido por fin situar a nuestro objetivo en una zona concreta, dentro de unos márgenes temporales que hasta entonces sólo habíamos conocido en las más optimistas predicciones. El grueso del grupo se desplazó a Gijón por carretera, no era plan espantar a la perdiz haciendo gala de todo el poderío aéreo del que disponíamos. Además, parte de la delegación se quedaría en León, mientras que otros dos grupos se dirigirían al este hacia Santander y al oeste hacia Ribadeo, desde dónde se acercarían paulatinamente el uno al otro, en busca de nuestro trofeo. Yo viajaba en el grupo más numeroso, el que se dirigía directamente a Gijón. Allí nos instalamos en un céntrico hotel, en dónde recibimos la autorización —¿necesito aclarar que no se trataba de una autorización oficial?— de intervenir todos y cada uno de los dispositivos conectados a internet en un radio de veinte kilómetros.

Dedicamos las pocas horas que quedaban del día a patrullar las calles de Gijón, discretamente ataviados con un sencillo uniforme consistente en un pantalón chino color café con leche y una camisa blanca de manga corta. Cada uno calzaba a su antojo; yo había optado por unas cómodas sandalias que no me impedirían correr si fuese necesario. Por la noche encargamos ingentes cantidades de comida y café al servicio de habitaciones y estuvimos estudiando minuciosamente una por una todas las fotografías que habíamos recopilado por el día, con la ayuda de nuestras antenas instaladas en el interior de las camionetas que se habían paseado por Ribadeo, León, Santander y algunas otras localidades vecinas, incluyendo por supuesto a Gijón. El escrutinio de las imágenes no arrojó nada nuevo a nuestra investigación, salvo un par de delitos menores perpetrados durante la toma de las fotografías, que no serán reflejados aquí.
Fue el segundo día el que nos puso de nuevo tras la pista de la sospechosa número uno en el Caso de La Ropa de Niña. Uno de nuestros agentes apostados en Ribadeo había salido a dar un paseo matutino, muy de mañana, tal y como tenía por costumbre. Tras abandonar el Hotel Eo, en dónde se estaba alojando con otros cuatro agentes, tomó dirección al centro de la villa, encontrándose en la Plaza de España. Allí aminoró la marcha y contempló fascinado la decrépita torre que en otros tiempos había sido orgullo y divisa de la ciudad. Se recreó durante un breve instante, recordando los muchos veranos que había pasado en el vecino Ayuntamiento de Barreiros, aunque conocía bien la villa Ribadense. Continuó su paseo hacia la calle de San Roque, a la que llegó después de atravesar una de sus favoritas rúas, como las llaman en Galicia, aunque desconocía su nombre. Sólo recordaba los puestos de los hippies y un bar llamado La Lira, en dónde gustaba de saborear la siempre bien tirada caña y sus excelentes tapas, extraordinariamente generosas y elaboradas.
Cruzó distraídamente San Roque, mientras se dejaba llevar por el sueño de poseer algún día un inmueble en dicha calle. De forma reflexiva torció a la izquierda, a la altura de una vieja capilla y continuó por una corta y concurrida calle, en dónde se apiñaban ya numerosas y destartaladas furgonetas repletas de mercancías que sus dueños esperaban no tener que empaquetar de nuevo al final del día. Lentamente fue esquivando uno tras otro los puestos de los vendedores, la mayoría aún en proceso de ensamblaje, mientras mostraba la mejor de sus sonrisas, esa que nos habían enseñado en la academia. Tras unos pocos pasos más la encontró. Casi tropieza con ella y al principio quiso esgrimir de nuevo su corporativa sonrisa y pareció intentar esbozar una sincera disculpa, pero siguió adelante, de forma automática. Echó la mirada atrás en una sólo ocasión, en la que se aseguró de reconocer a la anciana que casi un centenar de agentes perseguía, ataviada con las mismas ropas que tanto habían sido estudiadas en los últimos dos días. No había duda, era ella.

Sus compañeros atravesaron el pueblo en tiempo record y se reunieron con él, lo que no les llevó más de cinco minutos. Al fin tomaron posiciones alrededor de la anciana, que seguía sentada junto a su maleta cerrada, aunque decidieron solamente custodiarla, impedir que se pudiera marchar. Al fin y al cabo no iría a ninguna parte sin que ellos se lo permitiesen. Dieron aviso al grupo de Gijón, que esta vez sí, hizo alarde de toda su fuerza y señorío y se desplazó al lugar en helicóptero en menos de veinte minutos. El aparato bien podría haber aterrizado en un campo de fútbol cercano pero el agente al mando entendió que no había tiempo que perder —ciento y pico metros separaban al campo de fútbol del mercadillo— y dio orden de tomar tierra en la finca contigua, levantando una incómoda y confusa nube de polvo que hubo de desintegrarse al mismo tiempo que veinte agentes más hacían acto de presencia en la pequeña calle, entre ellos el capitán Fernández.

Yo me acerqué a la anciana por su izquierda, formando parte del grupo de agentes que habían entrado en la pequeña calle del mercadillo a través de la calle San Roque. El capitán en cambio había penetrado en la estrecha y corta rúa a través de la calle principal del pueblo, por la misma por la que habían acudido los agentes que media hora antes dormían placenteramente en el Hotel Eo. Desde mi posición pude ver la cara del capitán, que reflejaba mayúscula sorpresa al comprobar que la anciana que era centro de todas las miradas no era la misma que habíamos estado buscando. El capitán Fernández buscó los ojos del agente que había dado aviso, pidiendo explicaciones. El agente juró repetidas veces que se trataba de la mujer que perseguían, pero que no era la que ahora mismo los miraba distraída y algo divertida. La anciana llamó a su lado al capitán, que se arrodilló frente a ella, “Ha dejado esto para usted”, dijo mientras abría la maleta. “Ha dicho que no se preocupe, que pronto tendrá noticias suyas”. El capitán echó un vistazo dentro. La maleta no contenía ropa de niña. Si había en cambio ropas de vieja, una peluca gris y una horrible y arrugada careta.

jueves, 5 de julio de 2012

EL MARTILLO DE ORO


(Ilustración: David Ribas)



UNO

El martillo descansaba ya entre las sábanas y toallas, planchadas y pulcramente dobladas. Se dirigió a la cocina y se preparó un sándwich de pavo, lechuga, tomate y mahonesa y abrió una botella de vino. Se sirvió una copa y cenó frente al televisor. Comió sin ganas, despacio, intentando saborear la insípida carne. Cuando hubo terminado fregó el plato y lavó la copa. Se cepilló los dientes y se metió en cama. Pronto se quedó dormido, aunque su sueño sólo duró un par de horas. 

Se despertó de madrugada, con la misma y extraña resolución que lo había hecho despertarse a la orilla de aquel río, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! El Molbo. Tenía la impresión de que habían nacido y muerto varios siglos desde entonces. En realidad no recordaba cuánto tiempo había transcurrido, aunque le daba lo mismo. El tiempo nunca se deslizaba con la misma rapidez. En aquella ocasión había dispuesto de meses, incluso años, entre un derribo y otro. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora apenas transcurrían unas pocas semanas entre una demolición y otra, síntoma inequívoco de que el trabajo estaba llegando a su fin.

Se dio una ducha y se puso su camiseta de la pantera rosa y unos viejos y raídos vaqueros, los más cómodos. Se ató sus deportivas nuevas y metió un par de calcetines y calzoncillos en una pequeña mochila. Preparó unos cuantos sándwiches para el camino y metió un par de botellas de agua en el zurrón. Se pasó la mochila por detrás del hombro derecho y tiró de la puerta de su casa. Dejó la llave puesta por fuera, con todo el llavero colgando, tal vez alguien pudiera necesitar vivir en la casa que él jamás volvería a ver.

Caminó durante unos cuarenta y cinco minutos, atento como siempre a las señales. Muy de cuando en vez los indicios eran más y más nítidos, y debía agudizar sus sentidos si no quería desviarse demasiado del punto establecido. Siguió caminando durante media hora y al fin encontró lo que andaba buscando. Un muchacho de unos trece años, de gesto cetrino, aporreaba incansablemente un muro de adobe de unos dos metros de altura, que se extendía a lo largo de unos setenta u ochenta metros, más allá de las oscuras brumas que se confundían con las extrañas sombras que proyectaba una vieja y descolorida farola de muelle.

—Nunca podrás derribarlo tú solo, y mucho menos con ese juguete —le dijo al mulato muchacho, que ahora lo miraba con suspicacia—. Tal vez me dejes intentarlo a mí.

—Tío, ¿quién cojones eres? ¿Y qué mierda haces aquí? Verás como…

Ignorando la vehemente verbosidad del chico comenzó a rebuscar en su mochila, que ahora descansaba a sus pies. Extrajo finalmente el dorado mazo y enarcó sus cejas en un delicado pero severo gesto. El chico retrocedió dos pasos, con la boca abierta y repentinamente mudo.

Con un par de martillazos hizo más daño del que podría haber hecho el moreno muchacho durante toda la noche, abriendo dos enormes boquetes en un muro de ladrillo que ahora parecía querer venirse abajo con pasmosa facilidad. Le hicieron falta no obstante unos cuantos martillazos más. El dorado martillo arrancaba increíbles destellos a la oscura noche, y con cada descarga, el hombre ganaba no menos de tres o cuatro kilogramos de escombro a un muro que rápidamente adelgazaba al mismo ritmo que lo hubieran hecho las jóvenes pupilas de una loca profesora de baile.




 El muro cedió. No quedó piedra sobre piedra y, aunque los escombros no levantaban más de medio palmo de altura, el muro ya no estaba allí. Como si el dorado mazo se lo hubiera comido, o como si el sólo contacto del adobe con el precioso martillo hubiera hecho que la gran mayoría del muro desapareciera por arte de magia, quién sabe si vagaría ahora por alguna otra dimensión. Cuando hubo terminado metió de nuevo la preciosa herramienta entre los enseres de su mochila, que no había sufrido ni el menor de los arañazos. Se dirigió al chico, que había permanecido callado y perplejo durante todo el derribo, y con un murmullo se despidió de él, atravesando la imaginaria línea sobre la que había reposado el muro.

DOS

Cada vez que atravesaba el lugar en dónde anteriormente se había erguido un muro tenía la misma sensación de vacío. Sabía por su propia experiencia que jamás volvería al lugar en dónde se había levantado la anterior pared, y que cada vez eran menos los muros que todavía quedaban por derribar. Eso lo consoló. Su trabajo estaba cada vez más cerca de concluir y tal vez alguien, en algún lugar, estuviese dispuesto a explicarle el sentido de su cometido, un cometido que había desempeñado durante demasiado tiempo, y que lo había privado de todas y cada una de las emociones que veía en sus semejantes. ¿Semejantes? ¿Acaso él era igual que el resto de la gente? Por supuesto que no.

En el transcurso de un par de semanas no logró acertar a vislumbrar absolutamente ni una sola señal, ni un solo indicio que indicase la situación de su siguiente trabajo, aunque se mantuvo siempre ojo avizor. Comenzó sin embargo a buscarse un lugar en dónde poder resguardarse de las inclemencias del tiempo, pues aunque los sentimientos y relaciones humanas le eran extraños, la inflexibilidad de los fenómenos meteorológicos le dejaba entrever, muy a las claras, que tal vez lo separasen de éstos no más que unas pocas y caprichosas peculiaridades. 

Durante una de sus caminatas de reconocimiento se topó, por pura casualidad, con el siguiente muro que debería sucumbir a su dorado y pesado martillo. Una escuálida mujer, de aspecto desvalido, trataba inútilmente de arañarlo con un punzón, tratando quizás de dejar un mensaje reivindicativo. Era la primera vez que hallaba el emplazamiento de su siguiente misión sin haber seguido previamente ningún rastro. Su naturaleza le impidió entretenerse a meditar acerca de las posibles implicaciones o sobre su significancia y, sin demora, enseguida extrajo de nuevo su áureo martillo. Una vez más, y con los atónitos ojos de su fortuita compañera como único testigo, se dispuso a derribar a golpes el muro que reposaba delante de él. Como de costumbre, el muro pareció desaparecer ajo las acometidas de su preciosa herramienta, para finalmente desaparecer y no dejar más evidencia de su existencia que unas pocas piedras amontonadas, bajo una espesa nube de polvo, dispersa en el justo instante en que nuestro hombre franqueaba el extinto muro.

TRES

Los días dieron paso a las semanas, las semanas dieron paso a los meses y, ¿acaso los meses no dieron paso a los años? Lo hicieron, aunque ya hemos dicho que el transcurso del tiempo es traicionero, y su discurrir es a veces engañoso, y mucho más para un hombre cuya desazón le impide gozar de los vínculos que la tierra, el hombre y los animales le ofrecen. Durante todo este tiempo nuevos muros fueron sucumbiendo a los golpes de su martillo, alzándose unas veces para socorrer a hombres pobres y otras veces a mujeres ricas. Unas veces a hombres negros y otras veces a hombres blancos, aunque no demasiadas. 

Uno por uno todos y cada uno de los muros levantados por los hombres fue cayendo, hasta que sólo uno de ellos, el más vergonzoso y vil de todos los muros quedó en pie. Este último muro no sólo gozaba de los más recios y poderosos cimientos, sino que no eran pocos los que se cuidaban de que ningún hombre, mujer o niño tratase si quiera de arañarlo. Cualquier intento de demolición era castigado con la muerte; cualquier simple acercamiento era severamente castigado. Representaba este último muro todos y cada uno de los miedos y sombras que acechan día a día el espíritu de los hombres.

No pudo sin embargo resistir el último muro el envite del dorado martillo que golpe a golpe, en un memorable asalto, logró derribar tras el más feroz de los combates que hasta la fecha había protagonizado, vaciándose en el transcurso del mismo. Una vez más, y tras demoler el postrero tabique, el hombre del martillo dorado cruzó una vez más, la última, la invisible línea que había sustentado la realidad del ya extinto muro.

CUATRO

Siempre caminaba un poco tras haber echado abajo una muralla. Esta vez era diferente, pues no quedaban muros que ser derribados. Se dirigió al mar. Se sentó en la arena, al lado de unas piedras, y contempló la puesta de sol. Al poco rato arrojó el martillo al mar, que para su asombro, flotó. Se recostó, al tiempo que el sol buscaba cobijo al otro lado del horizonte. Siguió con la vista el bamboleo del martillo, que seguía flotando. Cuando el astro rey hubo privado al mundo de su luz directa, sintió cómo le fallaban las fuerzas y extendió todo su cuerpo sobre la sombría arena. Al mismo tiempo el martillo se hundía.

ESCENA PRIMERA - EL VECINO DE JESUS


ESCENA PRIMERA

—Empiezo a estar harto de esta mierda.

Comenzó a quitarse las sandalias y sus maltrechos y sudorosos pies parecieron querer expandirse como el vino que se desparrama sobre un mantel de lino. Llevaban cuarenta días fuera de su hogar y en ese tiempo había obrado seis milagros. Sus seis primeros milagros. No creían sin embargo que fueran a ser suficientes, y mucho se temían que por muchas proezas que llevara a cabo, éstas nunca llegarían a ser lo bastante convincentes. El milagro definitivo, el que persuadiese a judíos y romanos, debería sufrirlo en sus propias carnes. Habían hablado del tema cientos de veces durante las últimas semanas, en el transcurso de su largo viaje de vuelta a casa. 

—Vamos, hombre. No es para tanto.

Josué lo ayudó a quitarse las sandalias y posteriormente introdujo los pies de Jesús de Nazaret en una pequeña y sucia palangana, a medio llenar con agua de loto. El agua calmó sus huesos y músculos al mismo tiempo que irritaba sus heridas y ampollas. No se quejó y dejó hacer a su vecino. Josué siempre había vivido dos casas más allá del taller de su padre y su relación siempre había sido fantástica. Habían decidido que Jesús fuera el Mesías por una sencilla cuestión estética. Jesús era más alto, poseía mejor dicción y su bello rostro y sus gráciles formas lo hacían mucho mejor candidato que Josué, demasiado enjuto y de rostro vulgar. Era éste, sin embargo, el auténtico artífice de la conjura.

—¿Qué no es para tanto? Esta vez casi nos descubren.

No había emoción en su voz. El tiempo de amonestarse mutuamente había pasado ya. Cada uno de ellos había intentado eludir su parte de responsabilidad en el último trabajo, reprochándoselo al otro. Lo cierto es que el sordomudo había interpretado su papel demasiado pronto, y salvo unos pocos niños presentes en las primeras escaleras de la Decápolis, nadie más había percibido que el doliente se había curado un instante antes de que Jesús le impusiese sus manos. Habían pagado al sordomudo por su silencio, más generosamente de lo acostumbrado, y se habían retirado a la sombra de un olivo. Jesús hizo prometer a Josué que en adelante buscaría candidatos más competentes.



Necesitaban más hombres para llevar a cabo sus aspiraciones. Echadas las cuentas, decidieron que al menos necesitarían unos veinte milagros más, llevados a cabo a lo largo y ancho de toda la provincia. Josué había sugerido además una especie de corro cuyo cometido principal sería seguir en todo momento al Mesías, un grupo de gente no demasiado grande que alabara sus enseñanzas y ensalzara sus milagros, al mismo tiempo que actuaría de guardia personal. El último capítulo del sordomudo había levantado suspicacias acerca de la seguridad personal de Jesús, y siempre era mejor prevenir que lamentar. El tema del dinero no era problema. Esa misma tarde se reunirían con el procurador de Jerusalén y le plantearían la cuestión. Poncio Pilatos había sido designado prefecto de Judea por Tiberio, que le había encomendado la tarea de romanizar dicha provincia. Pilatos lo odiaba profundamente y durante años conspiró clandestinamente contra él. Se había hecho rodear de varios activistas anti imperialistas, entre los que destacaba un joven astuto y confiado llamado Barrabás.  

Jesús y Josué acudieron a la residencia del prefecto justo después de la caída del sol. Lo que ocurrió esa tarde noche iba a alterar el curso de sus planes y muy posiblemente el devenir de la historia de la humanidad. ¿Qué es lo que ocurrió esa tarde noche?


OPCION A:
La despiadada e incontenible fuerza de la naturaleza decide tomar parte en la conjura, apostando fuerte. Da la vuelta a sus dos cartas y se toma un largo sorbo de vino.

OPCION B:
El ingenio de un hombre tristemente olvidado en las notas de los historiadores se nos muestra al fin, a través de una sencillez y audacia que trastocará a más de uno.

OPCION C:
Toda la barbarie y crueldad del hombre hacen acto de presencia, amenazando con perturbar toda acción posterior, desgarrando el tejido del sentido común, conduciéndonos por sendas que no debieran ser transitadas.

OPCION D:
Cualquier otra cosa que se os ocurra. Ya sea mediante la acción o a través de nuevos personajes. 

lunes, 26 de marzo de 2012

ALOUMIÑOS


UN


Os primeiros e tenues raios de sol penetraban xa a través das entornadas contras da habitación cando escoitou soar o teléfono. Ergueuse pausamente e, mentras cunha man premía o botón do receptor, coa outra buscaba infructuosamente por un paquete de tabaco que non se atopaba na mesiña de noite. Maldeciu entre dentes e percatouse de que o seu interlocutor o oira, pois estrañáballe moito que o primeiro que lle preguntase fóse se se atopaba ben. Díxolle que si e falaron un cachiño. Despois despedíronse e repetiulle unha vez máis que el mesmo se faría cargo.

—Non te preocupes, xa me encargo eu. ¿A que hora estaredes alí?

—Sobre as catro e media, cinco. Como toda a vida.

—Moi ben. Falo eu con Torron e con Miguel. Vémonos alí.

Colgou o teléfono e aguantou o aire nos pulmóns durante un anaco, que lentamente foi liberado, ao tempo que se lle figuraba demasiado fresco e pouco enrarecido para tratarse das oito e media da mañá dun día de parranda. Decidiu liar un pito tranquilamente, no seu sofá preferido, ao carón dun botellín de cervexa que esquecera meter na nevera. O seu apartamento era frío e o refrixerador estaba escarallado, polo que a diferencia entre unha cousa e outra non era moita. Despois de botar unha pequena mexada, sentou comodamente no sofá e prendeu o cigarro. Deixou que o fume do mesmo entrase paseniño, moi pouco a pouco, e comezou a lembrar aquela última tarde de ensaio. Daquelo facía xa case dez anos.


DOUS


Vituco comezaba o ensaio arrancando os primeiros acordes de «Adiante», que en menos dun ano se convertera no máis grande éxito da banda ata o momento. O tema comezaba a modiño, case que de vagar, para ir medrando lenta e inexorablemente ata alcanzar un éxtase colectivo que nin propios nin extraños coñeceran endexamais.

«O tempo pasa, e é que o tempo non para
Mentres arredo das nostalxias do pasado, pero
Os cemiterios vanse enchendo de amoras
O corazón vai baleirando de amizades... »

As primeiras veces que ensaiaran a canción nin o propio Vituco fóra quen de percibir todo o potencial do tema, e moito menos dera en imaxinar que sería capaz de abrirlles un mercado e un público que ata o de aquela se lles mantera a unha distancia prudencial, pero que agora non só enchía as salas de concertos e os campos das festas de todo o país, se non que conectaba co grupo e coa súa filosofía a niveis máis profundos. A forza da canción chegaba incluso a esgotalos física e mentalmente durante os ensaios, que comezaban e remataban cun tema que os entendidos calificaban xa de buque insignia dunha banda que disfrutaba do seu mellor momento.

Aquel martes pola tarde todo se torcería para a banda de Aríns. Ao rematar o primeiro pase de «Adiante», Xaco percibiu algo que máis tarde, no seu foro interno e ao amparo dunhas cervexas, sumerxido na tensa calma que o envolvía todo mentras esperaban que alguén os chamase do hospital, se lle cravou na alma como un coitelo que se funde no propio corazón, empuñado polo mellor amigo, que se burla de ti na mentras di que non pasa nada, que deas media volta e que comeces a andar, co coitelo chantado no peito.

O gaiteiro non tocaba esa primeira peza do ensaio e moitas veces nin sequera ocupaba o seu posto ata que esta finalizaba, xa que os coros de «Adiante» os facían Duarte e Xan, e na canción non soaba o instrumento galego por antonomasia. Ese día ademais estaba a banda sóa no cortello, xa que Mó Ni Ka estaba arriba pintando un cadro de escuros tonos, cunha terrible torre como motivo principal, e ninguén viñera ver o ensaio dos Ruxe. Asi que tranquilamente, e sen presa por rematar a súa media de Estrella, Xaco se deleitaba coa primeira revisión que o grupo lle facía ó tema que á postre se ía converter no máis emblemático da banda de Aríns.

A peza finalizou como de cotío, cos rapaces extenuados e cun brillo nos seus ollos que dicía ben claro que iso era o que máis lles gustaba facer, e que non o cambiarían por nada nin por nadie. Xaco deixou que o último trago de cervexa baixara de vagar pola súa gorxa e fitou a Vituco con orgullosa satisfacción, mentras percibía algo que máis tarde Antón e Miguel definirían como «a típica fatiga de Víctor ao rematar de grabar un disco», hipótese corroborada por Álex cun pequeno asentimento de cabeza. Un repentino e superficial cambio na expresión do cantante, demasiado débil como para que o percibise alguén que non compartise con el anos e anos de experiencias e recordos, se pousou durante unhas décimas de segundo na faciana de Vituco, ao que pareceu cambiarlle o ánimo.

O ensaio proseguiu polos derroteiros habituais, ora con Miguel propoñendo algún que outro acertado arranxo, ora con Xaquín demostrando unha vez máis a súa grande destreza coa gaita, sempre baixo a atenta e benefactora mirada de Álex, que dende a súa privilexiada posición tiña conta do resto dos seus compañeiros. Sen présa pero sen pausa ían debullando tema a tema o repertorio do seu próximo concerto, para o que aínda faltaban un par de semanas, e que de novo os levaría a tocar en Ourense, no Derrame Rock.

Non foi ata pasadas as dez e media cando o tivo lugar o desastre. Xa estaban esgotados cando comezaron a tocar por segunda vez o fatídico tema. Antón sentía molestias no antebrazo e xa non sabía cómo carallo poñer a muñequeira, pero non se queixou, cousa que V escrutou perfectamente no seu xesto, dedicándolle o mellor dos seus sorrisos e decíndolle coa mirada «por hoxe estivo ben, pero aínda non rematamos, tio». O resto dos membros da banda, axenos á complicidade do baixo e do cantante, amañabanse o mellor que podían para rematar co ensaio. Tocaron de marabilla e fixeron unha das mellores versións que recordaban, e calquera que os vise, lles gustara ou non a súa música, non tería máis remedio que aplaudilos con todo o seu corazón, agradecidos de poderen asistir a semellante demostración de entrega e dedicación. Non eran músicos, eran seis amigos que compartían un modo de vida e unha forma de entendela.

O cantante caeu como un saco de patacas nada máis rematar o ensaio. Nun primeiro momento ergueuse polo seu propio pé, pero a segunda vez que intentou dar dous pasos seguidos, deu de novo cos seus ósos no reformado chan do cortello. Entre todos o recolleron e o levaron para o sofá, onde puideron ver claramente a palidez do seu rostro. Xan remexía o botiquín de primeiros auxilios, buscando un pouco de alcol para que Vituco o ulise. Torroncho xa marchara pola porta, na procura de Mó Ni Ka. O cantante de Ruxe-Ruxe acordou por última vez, entre os seus compañeiros. Sevilla estaba de xeonllos, xusto diante del, dándolle pequenas labazadas tratando de que acordase. Ao seu lado, Xaco e Miguel o agarraban, impedindo que caese de morros, pero non recoñeceu a ningún deles. De novo sentiu como a cabeza lle pesaba unha tonelada e non puido resistilo máis. Deixouse ir.


TRES


Hai cousas que poden ser e cousas que non poden ser. Dentro das que non poden ser, hainas que non poden ser sen máis, porque non, e hainas que poden ser pero que é moi fodido que pasen, como por ejemplo que un rapaz de seis anos derribe un cazabombardeiro co oso dunha aceituna, por moi forte que o rapaz lle poida bater ao oso. Mó Ni Ka sabía esto perfectamente, pero negábase a deixar que o mundo decidise por ela, e por suposto negábase a crer que todos os médicos  e especialistas que atenderan a Vituco durante os últimos anos levaran razón. Non negaba que tivesen algo de razón, pero por deus bendito, non toda a razón.

A grandes rasgos, os médicos afirmaban que Víctor sufrira un tremendo desgaste nervioso que fóra tendo lugar ao longo dos anos, e a forma que tivo de materializarse dito desgaste, de forma tan repentina, non facía máis que corroborar os diagnósticos duns e doutros especialistas, dende neurólogos e cardiólogos ata inmunólogos, pasando por algún que outro pseudo-especialista sen escrúpulos, disposto a gañar catro pesos ofrecendo baldías promesas que se esvaecían máis rapidamente que os poucos aforros que a familia e amigos do cantante poñían á súa disposición. As tremendas consecuencias de tal desgaste nervioso se manifestaron nunha parálise case total que mantería a V dependente dunha cadeira de rodas o resto da súa vida e un prematuro alzehimer para o que nunca se está preparado, e que en pouco tempo se encargou de acabar con todas as esperanzas de recuperación do cantante e compositor.

Pasou o tempo e pouco a pouco propios e extraños foron olvidando ao carismático cantante de Aríns, da mesma forma que o adolescente olvida e relega os seus vellos xoguetes a un escuro curruncho da caixa de tesouros que noutro tempo prometeu conservar e protexer coa súa vida, pero que agora, é lei de vida, lle interesa máis ben pouco e lle serve aínda de menos utilidade nas tarefas diarias de seducción das mozas que se fixan nos seus preciosos e impersoais ollos azuis.
  

CATRO


Din os expertos e entendidos que a vida se lle fai a un máis longa e productiva se se move dun lado para outro, se ten un traballo que non o ate de por vida a un lugar concreto, ainda que ese lugar sexa a cidade ou aldea dos seus soños. O lugar soñado pode converterse no peor dos infernos se un non ten incentivos, se non experimenta certos cambios e se permanece por moito tempo atado a unha rutina que tarde ou cedo acabará por fundilo na máis terrible das depresións.

Afirman pois os expertos que a vida se lle pasa a un por diante nun periquete se é víctima do aburrimento, se durante demasiado tempo fai día tras día o mesmo que fixo a semana pasada, o mes anterior e durante os últimos 20 anos da súa vida. Sempre e cando a vida que un viva non sexa a carón dun enfermo crónico ou desvalido. Nese caso, os expertos poderían ir a tomar moito polo cú, porque non teñen ni puta idea. O que seguramente lle resulte axeno a esos expertos do carallo é que, como dicían os outros «Os milagros existen, ou non o ves?». E é que certo día un bo home tivo un soño moi interesante. Deixádeme que vo-lo conte.

No seu soño o home podía andar, non estaba supeditado o seu movemento a cadeira de rodas algunha, e camiñaba polos vellos carreiros da terra que o vira nacer. Non tiña nin frío nin calor e un fermoso día parecía ser todo o que necesitase para ser feliz. Pareceulle andar durante horas, aínda que non estaba moi seguro diso, pois parecía percorrer unha e outra vez o mesmo verde camiño. De súpeto atopouse cunha rapaciña pequena que lle sorría alegremente. A rapaza era fermosísima, moito máis que o soleado e brillante día que facía, moito máis que a gozosa sensación que tiña ao percorrer os vellos camiños que lembraba da súa infancia, e que parecía encher de gozo e xúbilo o seu corazón.

Non lembraba ter sido obxeto de sensación tan pracenteira en toda a súa vida. A rapaza tiña o pelo negro como o azabache e sostiña na man esquerda unha fermosa rosa vermella. Unha rosa vermella que xa vira nalgures. A rapaza pareceu falarlle pero o home non puido oir nada do que lle decía, así que se axeonllou e, ao tempo que collía a rosa que a rapaza lle tendía, escoitou como a rapariga lle decía que espertase, que non fixera chorar máis a mamá e que se puxera ben.

Abriu os ollos e alí estaba de novo a rapaza, a carón da súa branca cama de hospital, alumeada por unha fría e tenue luz flourescente, ao lado de Mó Ni Ka. Victor fitou a ambas mulleres e non tivo que preguntar nin tampouco tivo que ser respondido. A rapaza era certamente fermosa, o vía nos ollos da pequena, nos ollos da súa nai, que agora deixaba escapar unhas cálicas e delicadas bágoas dos seus preciosos ollos. As bágoas que agora pingaban sobre a súa man non eran de amargura, como as que derramara antano, senon de ledicia.
   
Mó Ni Ka bicouno con delicada tenrura e nese mesmo intre a muller puido comprender por fin que todo o que sufrira e todo polo que tivera que pasar pagara a pena, e que todo o tempo perdido sería finalmente restituído, dunha forma ou doutra. Apartouse suavemente, sen deixar de miralo e deixou sitio para que a pequena tamén o bicara. Vituco tendeulle a man, despacio e paseniñamente, invitando á pequena a que se acercase, para poder así imitar á súa nai. A pícara acercouse a modiño, e cando o seu pequeno vestido azul e branco rozou a cama do convalecente, abriu os beizos e volveu a falarlle, pero ao igual que no soño, non podía escoitar o que decía, asi que Víctor non tivo máis remedio que acercarse el mesmo á cativa. Por fin puido escoitar as súas verbas.

—Dareiche un bico cando espertes.


CINCO


A case que cento dez kilómetros por hora pola A-6, A Balbina circulaba ao límite da súa velocidade, cargada como ía coa banda de Aríns e todos os seus trebellos. Facía un par de horas que deixaran Madrid atrás, na fermosa mañá do primeiro de Novembro, e menos de hora e tres cuartos dende que parasen na primeira gasolineira, para mercar merdalladas que meter na boca, pra enganar á fame. Ao volante ía Sevilla, e ao seu carón, Vituco espertaba dun desacostumado e extraño sono. Foi Álex quen dou a boa nova ao resto dos ocupantes da furgoneta.

—Mirade pra ahí, por fin espertou.

—Carallo, meu. Levas unha hora roncando —Miguel saudouno dende os asentos de atrás.

—Buff, tíos. Tiven un soño raro de cojones.

O cantante desperezábase pouco a pouco, amosando a súa sorpresa por ter quedado frito no camiño de volta do grandioso concerto que deran no Irish Rover facía menos de doce horas. Dende o asento que tiña xusto detrás notou como lle chegaban as caricias que Mó Ni Ka lle facía na caluga, e deixouse estar, mentras a rapaza lle preguntaba se lle prestara o soño que tivera.

—Prestoume mogollón, tío. Prestoume mogollón.

martes, 17 de enero de 2012

LA SOMBRA DEL ABETO


La lluvia aún caía generosamente sobre los tejados de París y Mara mucho se temía que el último paseo de las vacaciones tendrían que darlo con los chubasqueros puestos. Aún así, pasear por Paris no es lo mismo que pasear por el Franco, con o sin chubasqueros. Se apearían del metro en Alésia y recorrerían alegremente la Avenida de Maine, en busca de los jardines atlánticos, sus favoritos. Allí se besaron por primera vez y esta tarde, doce años después, se volverían a prometer amor eterno. Luego se perderían por los infinitos recovecos que las calles de Montparnasse les ofrecían y, a última hora de la tarde harían sus maletas, de regreso al hotel. Por la noche harían dulcemente el amor y se quedarían dormidos uno junto al otro.

Llegaron exhaustos a casa. El vuelo de regreso había torturado la maltrecha espalda de Mara y una terrible migraña había asaltado a Julián durante todo el vuelo. El calor que reinaba esos días en Santiago de Compostela les impidió dormir la primera noche, y desvelados ambos, decidieron deshacer las maletas y separar los regalos que harían a sus amistades a la vuelta de las vacaciones de verano. Mara se pasó más de dos horas delante del ordenador portátil, seleccionando aquellas fotografías que más le interesaba imprimir, desechado aquellas en las que uno de los dos enamorados salía desfavorecido, o bien representaba una pose o situación redundante, y es que la memoria de 16 GB que habían llevado en la cámara les había permitido sacar infinidad de fotografías. Al fin se dio por vencida cuando el grupo de instantáneas todavía sobrepasaba el centenar, y mientras despertaba a Julián, que se había quedado dormido junto a ella, al cobijo de una de sus novelas de detectives, informó a éste de que eran ya las ocho y media, y que el trabajo los esperaba a ambos.

A media mañana, durante su descanso para el café, Mara dejó la tarjeta de memoria en un establecimiento para revelado de fotografías y volvió a su despacho lo más rápidamente que el tráfico y su maltrecha espalda se lo permitieron. Se pasó casi todo el día sin trabajar, saturada por la avalancha de preguntas de sus compañeras, que no dejaban de repetir una y otra vez lo mucho que la envidiaban, demandando cada vez más detalles acerca de las dos semanas que ella y su novio se habían pasado en el norte de Francia. Julián, por su parte, vio como su turno transcurría de forma rutinaria, y sólo los clientes que eventualmente salpicaban el mostrador de recepción en busca de un recambio le ofrecían una pizca de conversación en el anodino discurrir de su existencia. Todavía no eran las seis y media cuando Mara lo telefoneó y le preguntó si le importaría pasar a recoger las fotografías que había dejado para revelar esa misma mañana, ya que ella había quedado con unas amigas al salir del trabajo, para tomarse unas cañas. Le dijo simplemente que lo haría y le colgó. Una hora más tarde entraba por la puerta de la tienda de fotografía.

Después de dirigirse al chico del mostrador y decirle que buscaba unas fotografías que una chica rubia, menuda y de nombre Mara había dejado allí por la mañana, se dispuso a revolver entre los cientos de paquetes de fotografías que colmaban una superpoblada mesa de exposiciones. Después de abrir tres paquetes, al fin dio con el que andaba buscando, en dónde pudo reconocer la triste sonrisa y la melancólica mirada de su novia. Pagó las fotografías y se encaminó a su casa. Seguramente Mara llegaría tarde y hoy le tocaría cenar sólo. Una frugal cena compuesta por una cerveza, unos pocos nachos con queso y un bombón francés traído directamente de Paris fue todo lo que Julián cenó esa noche, sin parar de hacer zapping por todos los canales de la infame televisión española.
 
Mara llegó a casa sobre las doce y media y encontró a Julián en su más clásica estampa, recostado en el sofá, devorando ávidamente una de sus muchas novelas. Le dio un tierno beso y dejó su bolso y las llaves sobre la mesita de la sala de estar, encima de la cual descansaba el paquete con las fotografías de su viaje al norte de Francia. Lo cogió y se acurrucó al lado del incansable lector, que ya le había hecho hueco en el sofá, junto a su cojín preferido, regalo de cumpleaños de su mejor amiga Paula. Rompió el celofán que el dependiente de la tienda de revelado había puesto en la solapa del sobre, y sacó las fotos para verlas una a una, detenidamente. No logró recordar haber sacado las dos o tres primeras, y cuando llegó a la cuarta, se convenció de que aquellas no eran las fotos de su viaje. En ellas, aparecía una chica de su misma altura y sorprendentemente parecida en los rasgos faciales, pero definitivamente esas no eran las fotografías que había dejado para que se las revelasen.

Dejó las fotografías en manos de un estupefacto Julián, que se había apartado de su libro cuando oyó decir a Mara que se había equivocado de fotografías. Trató de entender cómo demonios se había podido confundir, y terminó por comprender que simplemente no había prestado demasiada atención al cotejo de las fotografías. Al tiempo que Mara comprobaba que efectivamente la tarjeta de memoria contenía sus fotografías, Julián pasó una por una las más de cien reproducciones ante sus ojos, y lo que pudo observar estuvo a punto de perturbarlo sobre manera. Al parecer, no todas las fotografías pertenecían a la misteriosa chica, que tanto se le parecía a Mara, si no que también había instantáneas de ambos, durante los días que estuvieron en Paris, aunque no recordaban haberlas tomado, ya que aparentaban estar tomadas desde distintos ángulos y lugares.

Pero eso no era todo. Entre las más de cien fotografías que conformaban el paquete, ahora sostenía en sus manos una fotografía que ignoraba que hubiese sido tomada. Se trataba de una fotografía tomada justo al lado de una iglesia, allí mismo, en Santiago de Compostela, en la Colegiata del Sar. Lo imposible de la fotografía residía en el tiempo que hacía que se había tomado, pues el aspecto que presentaba era de unos veinte años atrás, cuando Julián peinaba suaves y brillantes bucles de oro, y en el lugar en que había sido tomada, pues por aquellos años, Julián vivía en un bonito pueblo pesquero, lejos de la capital gallega. No pudo más que echarse la mano a la incipiente calva que desde años le había producido la única herencia que su padre le había legado en vida. En un frenético intento por dar explicación a la terrible serie de acontecimientos que amartillaba sus sienes, trató vanamente de encontrar el archivo original en la tarjeta de memoria. Por más que buscó no logró encontrarla.

Se guardó la fotografía en su cazadora con protecciones y tomó el caso y  los guantes de un rincón del salón, mientras oía como Mara lo instaba a permanecer a su lado. Al tiempo que escuchaba las lamentaciones y sollozos de su novia, Julián atravesó la puerta de su casa. La Colegiata del Sar estaba a unos pocos kilómetros y en motocicleta, no tardaría en llegar ni cinco minutos. Aparcó la moto en la entrada principal de la iglesia, justo al lado de la entrada al parque infantil, y echó mano de la fotografía que había guardado en su bolsillo; en ella aparecía apoyado en uno de los contrafuertes del edificio, mientras sonreía en relajada actitud. Se acercó al lugar en dónde supuestamente había descansado hace más de veinte años y nada de aquel rígido conglomerado de piedras y argamasa le llamó poderosamente la atención.

Buscó y buscó por las cercanías de aquellos muros la posibilidad de una marca, efigie o símbolo que pudiera darle alguna pista de la razón que lo había llevado allí hacía años, sin que él pudiese si quiera recordarlo, pero sus ímprobos esfuerzos lo desalentaron. Finalmente, siguiendo una especie de corazonada, trató de determinar la posición exacta en la cual se había tomado la fotografía, y con ella en la mano, fue retrocediendo poco a poco, al tiempo que cambiaba ligeramente la dirección de alejamiento, guiándose por una imaginaria línea que había trazado sobre la fotografía, y que proyectaba sobre el contrafuerte de la iglesia.

Justo cuando creyó encontrarse exactamente en la misma posición en la que se había tomado la fotografía, noto cómo la superficie debajo de sus pies cambiaba de textura. Lentamente, asustado por la indescriptible sensación que lo embargaba, abrió las piernas para ver, todo lo malamente que se lo permitía un viejo abeto, situado delante de una farola, a más de treinta metros a sus espaldas, lo que se encontraba debajo de sus extremidades inferiores. La sorpresa pudo ser mayúscula, de no haber sucedido lo que aconteció inmediatamente. Al parecer, debajo de sus pies y cubiertas de una gruesa capa de húmedo musgo, se hallaban talladas en piedra dos huellas de botas idénticas a las que él calzaba para montar en moto, exactamente iguales a las que ahora mismo llevaba.



Sin tiempo para sorprenderse por su hallazgo, el mundo a sus pies cedió y de repente se vio descendiendo por un interminable y oscuro, muy oscuro tobogán de piedra, que desgarraba poco a poco una cazadora de motero que todavía no había podido demostrar su eficacia en un percance de tráfico, pero que ahora estaba justificando todos y cada uno de los cientos de dólares que le había costado. Al final de su vertiginoso descenso, la cazadora, hecha añicos, no pudo evitar del todo que sus hombros y espalda sufriesen lo indecible a causa de las dolorosas rascaduras y magulladuras que habían ido recolectando durante el mareante descenso.

Ante Julián se presentó una oscura figura, de gutural voz y de unos dos metros de altura. Conforme se iba acercando a Julián, todavía tendido y examinando sus múltiples cortes y arañazos, su estatura parecía decrecer, mientras su voz se iba endulzando, poco a poco. El atónico muchacho, que ya andaba por la treintena, logrose poner en pie, al tiempo que un sorprendido hombre trajeado, escrupulosamente de negro, le tendía una mano, más en actitud caballeresca que de ayuda. Dijo, por fin:

—No te esperaba hasta dentro de treinta y cinco años. Me sorprende verte aquí.

El siniestro personaje contó a Julián muchas cosas, entre ellas que, efectivamente, antes de poder disfrutar de su edad dorada, pasaría a engrosar las filas de lo tenebroso. Hablaron y discutieron sobre muchos aspectos, pero sólo uno cayó como una losa sobre el corazón del joven coruñés; se trataba de los diez años que deberían transcurrir hasta que su amada Mara se presentase ante el oscuro personaje. Julián preguntó acerca de la posibilidad de dilatar dicha visita lo máximo posible, y el siniestro personaje, como buen vendedor, le reveló la posibilidad de dilatarla o de contraerla, siempre a costa del propio tiempo que le quedaba a él mismo. Finalizada la reunión, Julián aspiró un polvo que el tétrico personaje le ofreció, al tiempo que acordaba sobre su moto, con la cazadora intacta.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL PRIMER DÍA


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Lo notifico. El brazo izquierdo lo muevo trabajosamente y la cadera parece chirriarme a cada paso que doy. También lo notifico. Al cabo de unos minutos ya casi no puedo moverme y comienzo a descargar el arma. Varios muertos y muchos más heridos es el balance de la falta de criterio de mi instructor de la academia. Siempre supuse que dentro de mi cabeza las cosas no iban demasiado bien, pero esto es el colmo. Fin de la transmisión. “Menuda escaramuza. Informe al vicepresidente. Dígale que los nuevos T133 todavía no están preparados para la patrulla. Pero lo estarán...”

CALMA TOTAL


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso, así que lo intento con el derecho. Es inútil, no dará resultado. No lograré moverme; lo he intentado mil veces, día tras día, con yermo resultado. Siento como mi pecho se expande y se contrae con lento ritmo, en una especie de firme coraza. Mis ojos completamente abiertos vagan desesperadamente intentando comprender, y se encuentran con los satíricos y burlones gestos de un pequeño mocoso, que parece prestar demasiada atención a mi aspecto para poder entender mi angustia. Es su madre quien de un pequeño empujón lo devuelve al mundo real, “Deja en paz a ese maniquí y date prisa”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TRAICIÓN


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Me hundo y siento cómo la presión aumenta sobre mi cuerpo y mi mente comienza a perder el dominio de sí misma. Unos metros más y ya no podré aguantar la respiración. La temida y placentera sensación de borrachera comienza a apoderarse de mí y ahora poco importan la traición y la infidelidad de mi mujer, que me ha vendido por unas pocas piedras preciosas. Un enorme blanco se dispone a echarme de este mundo a dentelladas, pero parece pensárselo dos veces al verme tragar agua y sonreírme cual poseso al pensar en el regalo que he dejado en cubierta.

jueves, 10 de noviembre de 2011

SANGRE


Tal vez si hubiera preguntado dónde. Tal vez si se hubiera molestado en escucharle... Rudy bebía ahora con ahínco de una bolsa sanguínea que ya estaba por la mitad; a sus pies, otras cuatro habían sido despojadas del vital líquido. Rudy sentía cómo la vida se insuflaba poco a poco por sus venas, tal era su metabolismo de vampiro. Un par de bolsas más y no tendría que volver a sobornar a Michael en un par de semanas, que ahora corría hacia él vociferando y con el rostro desencajado. El mismo rostro desencajado que ahora mismo mostraba Rudy, tras leer "CONTAMINADO: SIDA" en las bolsas vacías.

MADISON AVENUE


Tal vez si hubiera preguntado dónde. Si sólamente se hubiera parado un sólo instante, tal vez todo el horror y todo el dolor desatados no habrían sido en vano y las vidas de una familia no habrían sido segadas inútilmente. Tal vez ahora mismo Philip Mason, ex agente de la CIA, no estaría sentado en la silla eléctrica, y tal vez Carlos Rubio, jefe del cartel Chinchilla, no se habría evadido del país. Tal vez si el viejo Philip no se hubiera visto ciego de ira y no hubiese irrumpido en el 123 de Madison Avenue en lugar del 123 de Madison Street...

SAIKO


Fue entonces cuando el guerrero ronin dio por perdida la batalla. Suavemente retiró el filo de su forjada katana, con un suave y grácil movimiento descendente, que acabó por desarmarlo. Su oponente, con la fría meticulosidad de lo cotidiano, separó su cabeza del tronco de su ahora sí, ex-propietario. Su último pensamiento fue para la pequeña Saiko, que pronto sería liberada en cuanto la noticia de su muerte llegase a oídos del señor feudal. El viejo muere y la niña vive. Le parecía justo. Una macabra sonrisa parecía atisbarse en sus ya fríos labios, separados unos dos metros y medio de su cuerpo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

SOMBRAS DEL PASADO


Faltaba muy poco para el amanecer y nadie transitaba todavía por las mojadas calles de Boston. Entró por la puerta de atrás y se quitó el abrigo, unos dos kilos más pesado que cuando se lo había puesto por la mañana; dobló y guardó una capucha de poliester y sus viejos guantes de cuero, lavó concienzudamente el sanguinolento cuchillo, y se fue directamente a la cama. Durmió unas dos horas y a las nueve y media fue despertado por la sirvienta, que como cada sábado se había ido a pasar la noche con su novio, en el East End. Robert Brammer se tomó dos huevos duros para desayunar, un par de tostadas de mermelada de arándanos y una buena taza de café.


Dió la mañana libre a Susan y se lió un apestoso cigarrillo que se fumó mientras bajaba hacia el centro, por la bulliciosa calle Gloucester. Hacía muchos años que odiaba esa marca de tabaco en concreto, pero le sentaba bien después de haber comido los indigestos huevos que Susan le preparaba a diario; la fuerza de la costumbre había aportado también su granito de arena, así que continuaba fumando el asqueroso tabaco. Las conversaciones de la multitud parecían mucho más atropelladas y exaltadas que de costumbre, y salvo unas cuantas palabras sueltas, por lo general carentes de sentido y con cierto tono de amargura, no pudo entender absolutamente nada. Por fin llegó al 123 de Flak Street.

En la puerta le estaba esperando Seamus, el viejo pastor belga. Dejó que el cánido le acompañase por las escaleras, y antes de que Robert se dispusiera a tocar el timbre, una voz al otro lado de las escaleras atrajo su atención. Mary estaba preparando la tierra para plantar unos bulbos que le habían traído desde el viejo continente. Ella decía continuamente que no echaba de menos Inglaterra, pero Robert era mucho más observador de lo que Ewan pudiera serlo nunca, y los tristes ojos de la mujer contaban una historia diferente.

Fue hacia ella y se saludaron cordialmente, con menos efusividad que en otras ocasiones. Su aventura se había terminado hacía mucho, mucho tiempo. Entraron juntos en la casa y Mary, tras dejar sus herramientas en una pequeña estancia justo al lado del recibidor, se lavó las manos mientras informaba a su marido de la llegada de Robert. Los tres habían sido siempre muy buenos amigos, e incluso después de la muerte de Irene, los lazos que los unían se habían mantenido firmes y en su sitio. Era su amistad sincera y deliciosamente afectuosa.

Después del almuerzo Ewan y Robert se quedaron a solas mientras Mary preparaba el café. Eran ingleses pero se habían adaptado al café con gran rapidez y entusiasmo. Ewan aprovechó la ausencia de la mujer para poner al corriente a Robert del suceso de la noche anterior, que esa mañana parecía ser la comidilla de todo el mundo, con la excepción de Robert y tal vez algún que otro despistado de la vida social de Boston. Ewan le contó que esa mañana temprano, poco después del amanecer, una chica había sido encontrada muerta, degollada por dos finos tajos hechos posiblemente con un afilado cuchillo. Habían extraído el riñón derecho de la víctima y desparramado sus intestinos por todo el callejón en dónde Julia Writer había encontrado su atroz final.

Cuando Mary entró con la bandeja de las pastas y el café, advirtió de inmediato el cambio que se había perfilado en el rostro de Robert. Ewan se lo había contado, y a juzgar por la pálida expresión de su cara, no se había ahorrado ni el menor de los detalles. Estaba furiosa, y no porque su marido hubiese incumplido su palabra —lamentablemente, en los últimos tiempos, lo hacía con quizás demasiada frecuencia—, sino por lo trastornado que se veía Robert. 

Durante la investigación de la muerte de Annie Chapman y las otras cuatro prostitutas, Robert se había visto acosado por la prensa y salpicado por la investigación policial. Durante varios años tuvo que sufrir en el domicilio familiar las idas y venidas de infinidad de agentes de la ley, provocando el lamentable estado mental de su madre, que finalmente había muerto, aquejada de una terrible fiebre. Una vez absuelto y libre de toda sospecha, cedió a la presión de su padre y se instaló en la hacienda que su viejo tío Milius tenía en Boston, recibiendo para ello parte de su herencia por adelantado.



Varios años más tarde el destino depararía a Robert el grato reencuentro con sus viejos amigos, que acompañados de Irene y Peter Norton, se habían unido a él en el Nuevo Mundo. Peter encontraría una prematura muerte a manos de Irene y, aunque nunca se había podido demostrar nada, Robert siempre supo que ella se había librado de Peter para poder estar con él, tal y como sugería el hecho de haberse casado de nuevo sólo unos pocos meses después de haber enviudado. Hoy el viudo era él y los viejos fantasmas de la persecución policial, la prensa y las habladurías volvían de nuevo a su vida, y la larga sombra de Jack se cernía sobre su apesadumbrado ánimo.

Dos nuevos asesinatos fueron perpetrados en Boston en el escaso periodo de un mes, con las mismas características que el que había acabado con la vida de la joven Julia Writer, y por supuesto, de igual forma que se habían cometido los asesinatos de la calle Whitechapel, en Londres. De nuevo la gente hablaba a espaldas de Robert. Todos conocían el carácter afable del inmigrante inglés y pocos eran los que no disfrutaban con su grata compañía, aunque una mayoría ignoraba cómo se ganaba la vida, ya que, a pesar de haber disfrutado años de la generosa parte de la herencia de su tío Milius, muchos creían que ésta se había consumido ya. Niños y mayores eran tratados de forma exquisita por Robert, que ahora veía como el recelo y la desconfianza se instalaban una vez más en sus vecinos y conocidos.

La investigación oficial no dio frutos y Robert nunca fue formalmente acusado por los asesinatos, pero una investigación paralela, llevada a cabo por el sargento David Jones, a raíz de unas declaraciones de Susan Fincher, arrojó algo de luz sobre el caso del destripador de Boston, sobrenombre por el cual empezaba a conocerse al responsable de las muertes de las jóvenes. Al parecer, en una ocasión, Susan se había peleado con su novio un sábado por la tarde. Un problema de celos, felizmente resuelto, según palabras de la sirvienta. El caso es que esa noche la muchacha se había quedado a dormir en la hacienda de Robert Brammer —siendo éste ajeno a los planes de Susan—, relatando al sargento Jones cómo su patrón había vuelto a casa poco antes del amanecer, entrando por la puerta trasera de la finca, con lo que le pareció un cuchillo en una mano y una especie de capucha en la otra.

No tardó en esclarecerse que Robert Brammer era el verdugo de una institución penitenciaria de Weymouth, una localidad costera próxima a Boston. Brammer dijo haber necesitado el cuchillo para quitar la vida de un moribundo perro atropellado por su carruaje, y al parecer satisfizo la curiosidad del sargento Jones, que le pidió disculpas con quizás demasiad efusividad, al tiempo que agradecía la colaboración cuidadana de la señorita Fincher. Robert acogió con bondad las disculpas del sargento y se mostró comprensivo con la actitud de Susan.

Lo que nunca llegó a saber la opinión pública, ni pudo esclarecer investigación alguna, fue que la misma enfermedad que había acabado con la madre de Robert Brammer, galopaba ahora sin riendas por la sique de su hijo. La esquizofrenia que Robert sufría había sido el silencioso cómplice que había tomado el mando de su voluntad, y sería la misma que esa preciosa noche de octubre acabaría con la vida de Susan Fincher, tras haberle seccionado el cuello, degollándola con dos finos tajos.