miércoles, 14 de noviembre de 2012

UNA DE SHERLOCK HOLMES

Inspirado en "El tornillo del Graf Spee", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/4xIburU2

—¡Watson! ¡Corra! ¡Venga aquí, pronto!

El buen doctor despegó furibundamente sus ojos de las crónicas de sucesos de «The Times» y trotó a través de la estancia que hacía las veces de salón en las dependencias que compartía con el mejor y más famoso detective de todos los tiempos, Sherlock Holmes. El médico se había licenciado del ejército de su graciosa majestad hacía ya unos cuantos años, y desde entonces se había ido a vivir junto con el excéntrico investigador, colaborando en los gastos de las habitaciones que compartían en el 221B de Baker Street.

Al fin ingresó en la habitación de su amigo. El aspecto de la dependencia era lamentable, como de costumbre. Sherlock Holmes se había encerrado en su cuarto un indeterminado día de la pasada semana, aprovechando el viaje que el doctor Watson había realizado al sur del condado de Kent, con motivo de una visita de cortesía. Desde entonces sólo la señora Hudson se había atrevido a entrar en las habitaciones del detective y, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se había permitido pasar más allá del quicio de la puerta. Ahora Watson entraba a tropel en el improvisado laboratorio del genio londinense.

—¡Holmes! Dígame, por favor. ¿Qué ha sucedido? —preguntó sin aliento.

—No se alarme, mi buen amigo —Sherlock Holmes estaba de pie sobre una sucia y húmeda alfombra, con gesto triunfal—. Al fin he podido extraer algo de provecho de mi investigación.

John Watson miraba receloso al tenaz alquimista que, ataviado con su habitual batín y acompañado de unas extrañas gafas de cristal, que cubrían una amplia superficie de su cara, le acercaba una silla al tiempo que le tendía cordialmente una mano para que tomase asiento. El tupé del detective permanecía sorprendentemente tieso, como si un resorte lo hubiese dejado en semejante postura. Su apariencia tenía además el mismo aspecto que el pavo asado de las pasadas navidades, que el propio Sherlock Holmes se había empeñado en preparar con la intención de sorprender al buen doctor, que se había limitado a decir «Lo ha conseguido, Holmes. Me ha sorprendido».

—¿Quiere hacerme el favor, doctor? ¿Le importaría probar esto? —Sherlock Holmes colocó delante del médico un plato de postre con alguna suerte de souffle cremoso, poco apetitoso, a juzgar por el aspecto del mismo. Ante la vacilona mirada de Watson, Sherlock Holmes aclaró el motivo de su petición— Verá, Watson. Creo que he inventado una nueva salsa. Deliciosa, como usted podrá comprobar de inmediato.

—Es que... —Watson trató de negarse pero le faltó convicción— Está bien. ¿Usted la ha probado, Holmes? No es que no me fíe, pero...

—¡Oh! Vamos, Watson. No sea usted gallina. Pruébelo sin miedo, sea buen chico.

Por fin se decidió a probar el soufflé, adornado con la misteriosa salsa, que parecía estar compuesta por dos salsas distintas mezcladas, tal y como se podía colegir de los tonos amarillento y verdoso de la misma. El doctor quedó prendado con el resultado y en su rostro se dibujó la misma expresión de satisfacción, perplejidad y orgullo que acostumbraba a mostrar cada vez que su compañero esgrimía sus lógicas y sesudas explicaciones, esclareciendo los múltiples enigmas e incógnitas que componían cada uno de sus casos, que sólo el genio de Sherlock Holmes era capaz de desentrañar.

—¡Bravo, Holmes! Es maravilloso. ¿Cómo lo ha logrado?

—Casi me da vergüenza admitirlo, pero el mérito es todo de la señora Hudson. Fue ella quien, negligentemente, me hizo tropezar mientras recogía parte de la vajilla con la que me ha estado sitiando durante los últimos días —Watson asistía perplejo al discurso de su amigo.

—Al parecer, amigo mío, su torpeza ha provocado que yo mezclase una sal de azufre con un reactivo bastante peligroso. Mi habilidad y destreza, junto con la rapidez de mis movimientos, han evitado un pequeño y engorroso desastre.

—No comprendo, Holmes, qué relación tiene todo eso con el sabrosísimo adobo que acabo de probar —el doctor Watson se había levantado por fin de la mesa. Sherlock Holmes continuó con su disertación.

—El caso es que he expulsado de inmediato a nuestra patrona y ella ha dejado toda la vajilla apilada en esa mesa auxiliar de la que usted acaba de levantarse —el doctor Watson permanecía atento, jugueteando con su bigote—. Como bien sabe, doctor, hoy la señora Hudson ha preparado una excelente «caldeirada» de abadejo, condimentada únicamente con un excelente aceite de oliva virgen extra. Traído de España, por supuesto. Esos bárbaros desconocen muchas de las veleidades de nuestro tiempo, pero ¡vive Dios que saben cocinar!

—No querrá decir que ha mezclado usted el aceite de oliva —Watson ya había identificado uno de los dos ingredientes de la exquisita salsa holmesiana— con algo dulce; tal es el regusto que ha dejado en mi paladar.

—Bravo, doctor. Le felicito. Se trata de miel. Miel española, para más señas.

—¿Me deja usted probar de nuevo, Holmes?

—Podrá usted hartarse cuando hayamos atendido a nuestro cliente, Watson. Sin duda se trata de algo verdaderamente urgente, a juzgar por los sofocados pasos que lo acercan a nosotros.

Unos pocos segundos más tarde se presentaba ante la extraña pareja un pequeño hombrecillo de cetrino aspecto, recortadas facciones y oscuro y descuidado cabello. El detective le ofreció asiento y le sugirió que tomase un par de bocanadas de aire antes de comenzar con el relato de su problema.

William Pearson, que así se llamaba el visitante de sus dependencias, era un simple mercader de objetos antiguos, un anticuario, en palabras más modernas. Al parecer, se había hecho con un cargamento que había arribado a Londres unos días antes, repleto de jugosas materias y elementos. Ofreció varios de ellos al detective privado, que rápidamente rehusó por carecer de interés para sus investigaciones y tratados.

Sherlock Holmes lamentó no poder servirle de ayuda e invitó a su visitante a abandonar la estancia, agradeciendo cortésmente la visita que les había dispensado. El menudo invitado pidió antes poder acudir al lavabo, alegando una repentina indisposición. Desapareció apresuradamente ante la atónita mirada del doctor Watson, que apenas tuvo tiempo de comunicarle a su  enigmática visita que él mismo podía atenderlo, en calidad de médico doctor.

Un par de minutos más tarde el señor Pearson salía del lavabo con renovados ánimos. Una vez estuvo de nuevo frente a Sherlock Holmes volvió a ofrecerle algo que el detective juzgó de inmediato como algo prodigioso, mostrando en esta ocasión toda su atención e interés. William Pearson apenas tuvo tiempo para abrir la boca y ofrecer al sabueso el nuevo objeto cuando éste atajó sus intenciones y le ofreció veinte guineas de oro por la mercancía. Desapareció entre los trastos de su cuarto y regresó contando un gran puñado de monedas relucientes, que descuidadamente depositó sobre la mesa del salón, al tiempo que arrebataba el valioso objeto de las manos de Mister Pearson. A continuación dió las buenas tardes a su invitado y cerró tras de él la puerta de las habitaciones.

—Rápido, Watson. Haga su equipaje. Nos vamos. Diga a la señora Hudson que nos llame un simón. Debemos ponernos en marcha cuanto antes.
—Holmes, ¿a qué viene tanta prisa? —el doctor contemplaba confiado e ignorante el objeto que Sherlock Holmes todavía sostenía entre sus delgados dedos de experto violinista—. ¿Es que se ha vuelto usted loco, amigo mío?

—Para nada, mi buen doctor, estoy muy cuerdo.

—¿A dónde piensa dirigirse tan precipitadamente?

—A Suiza, por supuesto. Es mi deseo cerrar un episodio del pasado. Si tenemos éxito en esta arriesgada empresa, tal vez pueda usted regalar al mundo el relato del más épico y peligroso de mis casos; en el supuesto de que salgamos victoriosos. Debemos enfrentarnos una vez más con el  «Napoleón del Crimen».

El doctor Watson quedó asombrado al escuchar de nuevo, tantos años después, una mención al profesor James Moriarty. El propio Holmes había regresado, literalmente, de la muerte en aquellas cataratas de Reichenbach. Pero el eminente matemático y genio criminal había perecido en ellas, estaba seguro.

—Holmes, amigo mío. ¿Quiere usted decir que...?

—Observe bien este objeto que he adquirido recientemente por veinte guineas de oro, Watson. ¿No le trae recuerdos a la memoria? Vamos, haga un pequeño esfuerzo, mi buen amigo. ¿Se acuerda ya?

El rostro de John H. Watson era un poema para Sherlock Holmes, que escrutó perfectamente, dándose perfecta cuenta de que el buen doctor había caído por fin en la cuenta.

—Perfectamente, doctor. ¡A la aventura, Watson!

jueves, 8 de noviembre de 2012

THE EYES OF A CHILD — « »

Inspirado en "Un joven con un violín", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/z7ZheXyq

El joven violinista rasgaba una y otra vez las cuerdas del vetusto instrumento con la ayuda del desgastado arco, que parecía mucho más viejo que el propio violín. Poco a poco el centenar de cuerdas original que conformaban el arco había ido perdiendo, paulatinamente, algunos de sus córdeos inquilinos. Con todo, el sonido que el bermejo intérprete arrancaba a las cuatro cuerdas resultaba embriagador, y pocos eran los que se resistían a aminorar el agitado paso de camino a sus trabajos y ocupaciones. Sin embargo su pequeña hacienda, consistente en unas pocas monedas desparramadas sobre el interior de la funda del «Guarnerius», no crecía al mismo ritmo que los entusiasmados transeúntes que se detenían y festejaban en silencio el goce que les producían las hermosas melodías del solista.

Un pequeño rapaz había permanecido atento a su recital, deleitándose con cada una de las notas que extraía del violín, pero su corta edad lo hacía pulular nerviosamente de un lado a otro; el pequeño zagal hacía ímprobos esfuerzos por mantenerse atento al espontáneo concierto. Consciente de ello se dirigió al pequeño y le preguntó si le gustaría sentarse durante un rato en su taburete. El chico pareció escrutar algo en su rostro y finalmente asintió con una leve inclinación de su cabeza y se sentó a unos pocos pasos del virtuoso músico, que veía como poco a poco se congregaba a su alrededor una pequeña pero silenciosa multitud. Al igual que el pequeño mozalbete la muchedumbre disfrutaba también del gratuito recital de violín y, al igual que él, tampoco había reparado en la necesidad de contribuir con unas pocas monedas al mermado erario del músico. Harto de tanto caradura, nuestro joven amigo decidió poner fin a tanto descaro.

El hábil violinista terminó brillantemente de ejecutar una preciosa pieza compuesta por él mismo. El gentío allí congregado vibró desde la primera hasta la última nota, y una gran mayoría ardía en deseos de aplaudir el gran talento del violinista y acercarse a saludar al experto músico pero, algunos por vergüenza, otros por no tener que desprenderse del vil metal, permanecieron en sus puestos, atentos al siguiente fragmento del concierto. Ninguno reparó en los hábiles movimientos del joven intérprete, que repentinamente afinó el instrumento musical no en por intervalos de quintas, sino de cuartas. Desplazó además un diminuto émbolo que acortaba ligeramente el volumen de la cavidad de resonancia del violín y  finalmente volvió a afinar el instrumento en intervalos de cuartas, justo después de desenrollar una de las sujeciones del clavijero, lo que dividió la cuerda afinada en «sol» en dos, aunque sólo a un tercio de la altura del violín.

Volvió a dirigirse al joven muchacho, que permanecía expectante, repantigado sobre el taburete que minutos antes le había cedido. Con gesto grave le preguntó si nadie lo andaba buscando, si nadie se habría percatado de su ausencia, pero el pequeño muchacho volvió a concentrarse de nuevo en su pálido rostro, dejándose transportar por la armonía de sus palabras, y se limitó a menear la cabeza de un lado a otro, a modo de respuesta. Con gran pesar en su corazón volvió a tocar de nuevo.

El rubio intérprete tocó una vez más las piezas que habían sonado en la plaza unos minutos antes, o eso al menos sería lo que el oído de cualquiera de nosotros sería capaz de percibir. Lo cierto es que las extrañas modificaciones que emprendió en su instrumento, junto con la novedosa afinación en intervalos de cuartas, había creado un extraño compendio de sonidos, y el violinista era ahora capaz de interpretar dos melodías de forma simultánea, superpuestas. Una de ellas resultaría casi imperceptible incluso para el mejor de los aparatos sonoros modernos, pero se alzó manifiestamente responsable de lo que a continuación sucedió.

Arrebatada por un extraño y colectivo colapso, la multitud congregada alrededor del solista comenzó a agitarse violentamente y uno tras otro cayeron los cuerpos del convulso gentío, exudando sangre por sus oídos. El niño contemplaba horrorizado como sus semejantes se retorcían de dolor. No pudo contener la náusea y vomitó. Frente a él, el violinista no daba crédito a la resistencia del muchacho, que ahora lo miraba profundamente impresionado, al borde de la demencia. Se quedó mirándolo durante un rato más, visiblemente trastornado, sin dejar de tocar la espantosa y endeble melodía.

El pequeño logró finalmente hacer acopio de fuerzas y se alejó a toda prisa del maremágnum de cadáveres que el joven y apuesto violinista había dejado tras de sí al término de su último recital. El chaval corría calle arriba, sin prestar atención al tráfico que circulaba por la calzada, ajeno al autobús que también circulaba calle arriba. El joven intérprete trató de alertar al zagal con un clamoroso grito, pero el chico siguió corriendo, sin inmutarse. El conductor del autocar trató de disuadir al mozalbete, haciendo rugir el claxon del vehículo, pero ni el violinista ni el chófer lograron desanimar al muchacho en su empeño por cruzar la calle. Terminó dando con sus huesos debajo del autobús y el violinista comprendió finalmente la causa de la inusitada resistencia del muchacho a su insidiosa rapsodia, así como el motivo de tanto meneo de cabeza y el descaro del muchacho al mirarlo de hito en hito.

miércoles, 31 de octubre de 2012

UNO DE LOS NUESTROS


Inspirado en "El francotirador precoz", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/EcBXEWbv


Si estás leyendo esto, es que estoy muerto, así que me importa una mierda lo que puedas pensar de mi. A pesar de todo voy a contarte mi historia, no porque piense que necesite contarla antes de dejar este mundo de mierda, ni tampoco porque crea que si no la cuento yo, nadie se hará cargo de ella. ¡Que vá, hombre! Te la voy a contar porque no tengo otra cosa mejor que hacer hasta que llegue el amanecer, cuando sea sumariamente ejecutado por un pelotón de fusilamiento que yo mismo he escogido, hombre por hombre. No es que haya ido casa por casa eligiendo uno por uno a mis asesinos; más bien han sido ellos los que me han escogido a mi, con motivo de mis acciones. Ellos son los hermanos y padres de muchos a los que he ido dejando por el camino.

Digo que no tengo nada mejor que hacer porque no voy a poder dormir. No es que no pueda dormir la noche antes de mi propia ejecución, ni mucho menos. He dormido como un niño pequeño cuando asesiné a mi propio padre, momentos después de que él mismo matase a mi madre con sus propias manos. ¡Que puto barbaro! Yo al menos utilicé la culata de mi fusil. Lo dejé terminar porque yo ya sabía lo frustrante que puede resultar que te interrumpan mientras cometes el más puro acto de humanidad. Matar.

Pero vaya, se me está yendo el tiempo y me temo que no soy muy buen narrador. Soy consciente de que el trance en el que estoy sumergido tampoco ayuda mucho a que os presente mis ideas de forma clara y ordenada. En fin, ya es algo tarde para remediarlo. Como iba diciendo, escribo esta nota porque no voy a poder dormir. Padezco de insomnio. Siempre lo he padecido, desde que era pequeño. La verdad es que mi primera muerte fue producto de una de esas interminables noches de verano. Adjunto a esta nota he dejado escrita una lista de todas las muertes de las que me considero responsable, directa o indirectamente. La cifra total asciende a ciento veinticinco.

Si alguien me pidiese que escogiese una entre todas, sin duda me quedaría con aquel alférez imbécil que un par de muchachos y yo matamos hace dos años, en Durango. El muy gilipollas sólo pretendía ayudar a unas señoras a cruzar un pequeño riachuelo. Una de las mujeres estaba embarazada y a ella también la matamos. La violamos hasta matarla, y también a la vieja. El alférez se había liado a tiros con nosotros nada más asomarnos por el camino. Nosotros ni siquiera los habíamos visto, pero se conoce que él nos había estado vigilando, seguramente rezando para que no lo viésemos, ni a él ni a las mujeres. El caso es que le hicimos muchas perrerías. Lo atamos a las ruedas de un carro y le dimos un par de vueltas por el lecho del río. Lo follamos por el culo con nuestras bayonetas y le hicimos pasar un carro por encima. Casi podías oír cómo le crujían los huesos. Finalmente lo echamos de nuevo al río, para que se ahogara. No creo que se haya salvado.

Coño, menuda mierda es esto de escribir. Se te va el tiempo volando. No debe de faltar mucho tiempo para que amanezca, ni para que a mi se me salgan las tripas por la boca. Cuando un pelotón de fusilamiento de estos cabrones de mierda mata a un hijo de puta como yo, no suele dispararle a la cabeza, ni tampoco al corazón. Le dispara a los huevos, a la barriga y a las piernas. Quieren que sufra. Total, al final acabarán pegándome un tiro en la cabeza para certificar la muerte. No me da miedo. Sé que no me queda mucho tiempo, pero eso es lo bueno. Al menos no voy a sufrir. No tanto como algunos de los que me he llevado por delante.

No os lo vais a creer. Hace escasos minutos han bombardeado el cuartel y también los calabozos. He oído un par de pepinazos y múltiples detonaciones. Luego las escopetas y fusiles se han puesto a escupir balas y un poco más tarde un grupo de soldados (los reconozco, no son voluntarios) se ha presentado en mi celda y ha comenzado a hablar en italiano. No entiendo mucho de lo que me han dicho, pero han sido muy amables, me han dejado seguir escribiendo, para que termine mi historia. Pero creo que todavía no termina aquí. Me han dicho que me necesitan en el sur, que muchos maricones pretenden huir en barco y que les iría bien alguien como yo, alguien que les echase una mano.

Me levanto y me pongo mi abrigo. Sé que a mediodía tendré que quitármelo, estamos a finales de marzo y el calorcito se va notando ya, pero a estas horas se agradece llevar algo puesto sobre los hombros. Termino de escribir estas líneas y prendo fuego a la nota en dónde he anotado mis ciento y pico víctimas. He olvidado el número exacto. Debe de ser la excitación de la promesa de una lista mucho más numerosa. Salgo al patio del cuartel y me dirijo a uno de los oficiales italianos. «Andiamo».

martes, 23 de octubre de 2012

FRANCO Y HITLER: ESOS LOCOS BAJITOS

Inspirado en "Dunkerke y Melilla (por ejemplo)", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/C8XkyerP

Tal día como hoy, el 23 de Octubre de 1940, se reunían en Hendaya, en la estación de trenes de la localidad fronteriza francesa, dos pequeños pero matones dictadores. Dos grandísimos hijos de puta, oiga. Dos pobres hombres que habían venido a este cruel mundo con un solo cojón y, claro, aprovechaban cualquier ocasión para que el personal no se percatase de su falta de huevos.

Aquella reunión de Hendaya no sirvió para nada. Cada uno de ellos se subió al famoso vagón del «Erika» —en el que había llegado Adolfo desde París, unos minutos antes de que se presentase el Generalísimo— con un monólogo preparado y de ahí no hubo dios que bajase de la burra a ninguno de los angelitos. Y eso que días antes habían mandado a sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer y Joachim von Ribbentrop, el mismo que un año antes había firmado con su homónimo ruso el famoso Pacto Ribbentrop-Molotov. Famoso por ser un pacto de mentirijillas, ya se sabe.

Para simplificar mucho la cosa diremos que Hitler pretendía que Franco diera al Tercer Reich el visto bueno para invadir la estratégica Gibraltar (planeada para el 10 de enero de 1941) y que cediese una isla en Canarias y otra en Guinea Ecuatorial, por eso de la supremacía naval. Quería también establecer una o dos bases militares en territorio español. Franco, por su parte, se tiró de la moto e imploró al führer que le cediese media África septentrional y un cachito de Francia. Si más tarde Hitler se hacía con Gibraltar, Franco también se la pedía.

Franco sabía que Gran Bretaña no estaba vencida y que Estados Unidos pronto entraría en la contienda, así que echó para atrás el deseo de Hitler de tomar el Peñón. El führer, por su parte, no quería enemistarse con Petain ni con Mussolini, así que lo de ceder los citados terrotorios a España, como que no. Lo cierto es que Hitler habría podido darle a Paco lo que el Generalísimo le hubiera pedido, sin temer para nada lo que por un lado el traidor de Petain o el teatrero de Mussolini —ya os hablaré de este pájaro en otra ocasión, que da para mucho el tío— dijeran o dejaran de decir. Porque hay que ver lo inútiles que salieron los muchachos.

El gabacho ya se había bajado los pantalones ante Hitler unos meses antes, en el mismo vagón en el que Alemania había firmado los armisticios de 1918. Durante años los franceses anduvieron paseando el vagón por todo París, pavoneándose del amaño que habían hecho firmar a von Hindenburg, para dejarlo en 1927 en un museo. Hitler lo mandó quitar del museo y allí firmaron el armisticio de 1940 él y el amigo Petain. Acto seguido mandó volar el vagón. Luego Petain condenaría a muerte a Charles de Gaulle, emigrado a Inglaterra, aunque ya se sabe, luego De Gaulle volvió triunfal a Francia e incluso perdonó la vida de Petain, condenado a muerte por alta traición. Hoy De Gaulle tiene un aeropuerto y el Petain sigue sin tener vergüenza.

Hitler también quiso encontrarse con Winston Churchill y proponerle un apaño bastante guapo, en palabras del bigotudo. Hitler dejaría a Inglaterra y a su Commonwealth que piratease por los mares de todo el mundo (bueno, por el Mar del Norte y poco más) siempre y cuando el formidable gordito dejara que Hitler campase a sus anchas por toda Europa, algo que ya casi pudo hacer el solito. Churchill tubo que soportar ver como ardía su querida Londres, noche tras noche, durante 86 interminables jornadas. Y es que Hitler sabía como presionar a la peña.

Franco terminó por mandar a la famosa División Azul a luchar contra el enemigo comunista aunque, eso sí, los disfraces y los juguetes los ponía Alemania. Mussolini acabó colgado por las patas de atrás, junto con su última amante, en una gasolinera de Milán. Le dieron tantas hostias que al final se le hinchó la cara como una pelota de baloncesto. En cuanto a Churchill, mandó a tomar por el culo a Hitler y guió a los aliados a la victoria. Más tarde recibió el Nobel de Literatura por contarnos cómo había sido eso de la Segunda Guerra Mundial, exactamente por "su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos". No dejen, si tienen ocasión, de acercarse a la obra de Sir Winston Leonard Spencer-Churchill. Merece la pena.

sábado, 20 de octubre de 2012

UNA HISTORIA VERDADERA

Inspirado en "Aquel malvado y digno Drácula", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/LUgnjc6i

Querido lector, es para mi un placer volver a verte por estas páginas. Una vez más te invito a que goces con las maravillas que se esconden tras estos párrafos, a que te estremezcas con los horrores que te he preparado y, ¿por qué no?, a que reflexiones durante el breve e intenso instante que te ocupe leer estas modestas líneas que, de alguna manera, son tuyas y mías a un mismo tiempo.

Como bien has podido ojear al principio de la narración, la historia que hoy te acerco es un relato veraz, aunque provenga del mismo lugar que todas las otras historias que hemos compartido hasta el momento: de mi imaginación. No ignoro, querido lector, que te percatas de la estrecha similitud que existe entre una persona mentirosa y un creador de historias, y lo cierto es que ambas especialidades se sustentan sobre la misma base. A saber, la complicidad de una tercera persona. Uno no puede mentirle a alguien que no esté dispuesto a tragarse el anzuelo y tampoco se puede pretender escribir una historia si nadie se va a tomar la molestia de leerla. Es por esto que hoy no sólo te traigo una historia verdadera, sino que además te voy a mostrar cómo se construye.

Pueden contarte mil cosas acerca de cómo se escribe un cuento o un relato, una novela o un ensayo, pero lo cierto es que sólo existen dos formas de hacerlo. Totalmente opuestas, tal y como yo lo veo. Por un lado tenemos al artesano, que planea todos y cada uno de sus movimientos, como si de un ajedrecista se tratase, y por otro lado tenemos al artista, que tiene más que suficiente con un golpe de su varita mágica (las musas, la inspiración, ...) para escribir de corrido relatos, ensayos, novelas e incluso colecciones completas. Ambos son virtuosos y deben ser considerados como tal, pues tanto el artista como el artesano comparten objetivo y objeto de ser: el arte de narrar historias.

Este humilde servidor tuyo trata de hacer las dos cosas, en la medida en que le resulta posible, si bien tiene mucha más tendencia al artista que al artesano. Me he propuesto muchas veces, demasiadas, trabajar de forma habitual y cotidiana, aunque jamás lo he podido lograr. Sigo prometiéndome a mi mismo que algún día seré capaz de confeccionar un horario de trabajo, más o menos razonable, que pueda cumplir con el paso del tiempo. De momento tendré que contentarme con escribir a rachas, como he venido haciendo desde que nos citamos de cuando en vez en estas páginas.

El mayor problema que uno tiene que afrontar al escribir por rachas es que depende enormemente de sus sensaciones, llegando en numerosas ocasiones a verse esclavo de ellas. Las emociones te imposibilitan, te impiden escribir y no sólo te interrumpen la concentración, sino que coartan tu capacidad de inventiva. Acaban por anularte y te mentiría si te dijera que he aprendido a vivir con ello. Es horrible. Así, si uno tiene un mal día, como el que he tenido yo hoy, es muy difícil que logre sacar algo bueno de su sesera. Uno acaba siendo consciente, a través de la experiencia, que es mejor no darle vueltas. Sal a dar un paseo, hazte una paja o lee algo. Cualquier cosa, pero ni se te ocurra pensar en que puedas escribir algo. Estás condenado miserablemente al fracaso.

Aunque tenga cierta tendencia a un determinado tipo de relato, o a un tipo concreto de personaje, no pretendo escribir siempre sobre lo mismo, y me gustaría que diferentes lectores como tú, con diferentes y variadas expectativas, se pudiesen encontrar en estas páginas tuyas/mías los más variados temas y situaciones. La razón es simple. Imagina que en tu casa recibes visitas muy a menudo. No estaría bien que siempre invitases a tus visitas a pastas o a ganchitos. Sería una buena idea que tuvieses a mano unas birras, unas patatas, un par de chorizos, un poco de pan, …, tú ya me entiendes. De la misma forma que sería una buena idea no sólo tener música negra de los años veinte en tu iTunes. Bájate un par de discos variados y podrás comprobar cómo tus visitas te lo agradecen. Es lo que yo llamo el ejemplo de la caja de galletas «Surtido Cuétara». Se tiene que dar muy mal la cosa para que a uno de tus invitados no le guste ni una sola de las galletas del surtido.

Por todo ello la historia que os relato hoy es la siguiente:

«Edahul el Grande reinaba sobre todos los mundos y sobre todas las eras, pero una profecía perturbó la paz universal, prolongada durante miles de millones de años. El oráculo había predicho que Kalithi, el hijo que Edahul había engendrado con una hembra mortal, moriría a manos de su propio hermano, el tétrico señor de las tinieblas Mibarck. La muerte de Kalithi desencadenaría una guerra que traería consigo el ocaso de la sagrada orden del Fanganor, cuyo paladín era Edahul el Grande.

»Cuando Kalithi hubo cumplido los veintitrés años su padre se le apareció al mozo y a su madre, preveniéndoles de las malvadas intenciones del pérfido Mibarck. Edahul agasajó al hermoso Kalithi con una espada de oro y lo envió tras los pasos de su hermano, a través de los helados pasos del norte de Debanen. Kalithi persiguió con empeño y persistencia a Mirbarck durante más de dos ciclos, pero las huellas de su hermano sobre la nieve rara vez eran recientes y muchas veces tuvo que volver sobre sus propios pasos, temiendo perder la pista de su presa.

»Viendo cada vez más cerca su declive, Edahul concedió a Kalithi el dominio del tiempo, mientras que a cambio otorgaba a Mirbarck el don de la invisibilidad. Finalmente Kalithi acortó la distancia que lo separaba de su hermano y al fin pudo verlo a lo lejos, en medio de una tormenta de hielo. Se acercó a él con su espada desenvainada, rápido como el trueno, y lo atravesó de parte a parte. La sangre del joven Kalithi se desparramaba sobre el blanco manto de nieve, sustrayendo la poca vida que quedaba en sus entrañas.

»La muerte del bello Kalithi no desencadenó guerra alguna, aunque la cabeza del oráculo rodó por el suelo del palacio de Edahul el Grande. Tras ella rodó también la cabeza del paladín de Fanganor, cortada con una dorada espada, empuñada por el nuevo señor de los tiempos y de las eras, el maquiavélico Mibarck. Desde entonces el hombre ha dejado de creer en dioses y en sus benéficas atenciones. Desde entonces reina el mal en el mundo de los hombres.

lunes, 8 de octubre de 2012

EL MAYOR GOL DE LA HISTORIA


Inspirado en "Cuartos de final en Goes", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/GPtDcHwA

Aprovechando la coyuntura de un nuevo «partido del siglo» —y ya van unos cuantos— entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid Club de Fútbol me permito hoy desempolvar un viejo capítulo de nuestra historia, recordándoles un soberbio gol. Tal vez no haya sido un tanto de la más bella de las facturas, pero eso sí, está considerado como el mayor gol de la historia. No hablo del emotivo gol de don Andrés Iniesta en Johannesburgo, que hizo campeón al equipo español, ni de aquel majestuoso zapatazo de Zinedine Zidane en la final de aquella Copa de Europa del 2002, la Novena de los madridistas. Ni siquiera voy a hablarles del gol de Dios, aquel que le marcó Diego Maradona a los perros de Albión, eso sí, con la manita. Aunque tengan mucho que ver los ingleses en esta historia. Pasen y vean.

Corría el año 1700 cuando se moría, el día de todos los santos, el último miembro de la rama española de los Austrias, Carlos II, hijo de Felipe IV. El tal Carlos fue llamado el «Hechizado», aunque un apodo menos condescendiente y más ajustado a la realidad hubiese sido «memo» o, directamente, «mentecato». Lo cierto es que el pobre hombre no tuvo la culpa de que sus antepasados con lazos de consanguinidad se hubiesen pasado los años fornicando entre sí, obteniendo como resultado al malpocado regente que, por cierto, era más feo que un pecado. A decir verdad, hasta aquí no hay mayor problema. Que se muere Carlos II, pues que ocupe el trono su hijo y santas pascuas. Ah, que no tuvo hijos. Bueno, entonces que lo ocupe un miembro de la casa real austríaca y todos contentos —por aquella época ni siquiera existían aspiraciones republicanas como tal, aunque el respetable ya llevaba tiempo con los cojones hinchados de tanto rey hijo de la grandísima puta—. Pues tampoco, porque Carlitos decide nombrar como sucesor a un sobrino-nieto suyo, un franchute que pronto sería conocido como Felipe V. Ya la tenemos liada.

No se me pierdan, que ahora viene lo bueno. El trono de España es reclamado por austríacos y franceses, que gozan del apoyo de parte de las tropas españolas, los fieles a Felipe V. Como los galos siempre se han llevado de pena con todo dios, entre las filas fieles al archiduque Carlos se encuentran Portugal, el Reino de Gran Bretaña, Saboya, el Sacro Imperio, Prusia y las Provincias Unidas (hoy Holanda). La Guerra de Sucesión Española estaba servida, y no vería su fin hasta que en 1713 se firma el archiconocido Tratado de Utrecht.

Los dos bandos se dieron de hostias en tres frentes: en Flandes y el Rin, en el frente italiano y por supuesto en la península ibérica. De la campaña española data la toma de Gibraltar por parte de los ingleses. El 4 de Agosto de 1704 arribó a la bahía de Algeciras una flota de navíos ingleses y holandeses compuesta por unos 12.000 hombres y 1.500 cañones, que debieron hacer frente a los casi 80 soldados borbónicos, 300 milicianos mal preparados y 120 cañones, 40 de ellos inservibles. Aún así, Gibraltar aguantó unas cinco horas de bombardeos, hasta que un batallón de 350 soldados catalanes, hartos de tanta bomba y tanta hostia, saltaron de los barcos e iniciaron el asalto terrestre. Desde entonces se conoce a la playita en donde desembarcaron como «Catalan Bay».

La trifulca se termina, como hemos dicho, con la firma del Tratado de Utrecht, en 1713. Todos ganan. Austria obtuvo parte de los Países Bajos católicos y varias posesiones en Italia, a cambio de renunciar al trono español. Francia gana el trono de España para Felipe V, que se convierte así en el primer Borbón español, aunque pierde importantes posesiones en favor de Inglaterra, que se hace con Terranova, la Acadia, la isla de San Cristóbal en las Antillas y la bahía de Hudson. Inglaterra es la gran vencedora, que obtiene de España no sólo Gibraltar sino también Menorca, confirmando así su supremacía en el Mediterráneo y en las rutas de comercio, gracias a sus privilegios en el mercado de esclavos, mediante el «derecho de asiento».

España también ganó. Ganó a un acérrimo monarca, que entre sus grandes virtudes contaba con la mayor de las destrezas negociadoras. Vean si no. Los ingleses, años después de lo de Utrecht permitieron recobrar Gibraltar. Jorge I de Inglaterra propuso a Felipe V recuperar el Peñón, siempre y cuando el obstinado Borbón interrumpiera el asedio de Sicilia. El regente con el reinado más longevo de España insistió en Sicilia y declinó la oferta del primer monarca de la casa de Hanover de Inglaterra e Irlanda.

Pero aún hay más. El Príncipe-Elector del Sacro Imperio Romano Germánico propuso de nuevo al monarca Borbón recuperar la soberanía de Gibraltar a cambio de parte de la isla española de Santo Domingo. Otra vez nones. El monarca español (francés, no lo olvidemos) dijo que antes muerto, que de eso nada. Se tuvo que tragar sus palabras cuando fueron los propios franceses los que arrebataron Santo Domingo a la corona española. Al final ni una cosa ni otra. En Sicilia se habla italiano y en Gibraltar español. ¡Ah, no! ¡Que se habla inglés, tú!

Lo dicho, que a los españoles nos han colado un buen gol. Y ahora espérate a que la UEFA (con otro gabacho al frente) no nos cuele otro y acceda a conceder a Gibraltar permiso para jugar competiciones europeas. A más de uno iba a darle la risa. Otros en cambio estarían muy orgullosos al ver eso de Gibraltar - Español. Aunque el mayor gol de la historia nada ha tenido que ver con Gibraltar ni con su soberanía, sino con las reales posaderas del Borbón, que ya lleva entre nosotros 300 años. Y decir que no ha salido ni uno bueno.

sábado, 6 de octubre de 2012

LA BIBLIOTECA DE DON EDUARDO

Inspirado en "Mezclado, no agitado", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/AYoTxkpr

UNO

Recuerdo perfectamente que sucedió en el mes de Octubre, aunque ignoro el año. Yo debía de tener unos doce o trece años y por aquel entonces estaba internado en uno de los muchos colegios que el Estado tenía concertados con la curia. He olvidado si se trataba de un colegio de maristas, dominicos, de hermanitas descalzas o de cualquier otra casa de putas, eso me trae sin cuidado ahora mismo. Lo único relevante del tema es que yo me pasaba los años más dulces de mi infancia en esa maldita prisión del alma, en ese turbio desierto de la imaginación y, aunque ahora mire atrás con cierta indiferencia y sin animadversión, lo cierto es que de pequeño pensaba para mis adentros que bien se los podía haber llevado el diablo a todos. Especialmente al hermano Juan.

Mi padre murió en extrañas circunstancias unos dos años antes y al poco tiempo mi madre rehizo su vida al lado de un caballero llamado don Eduardo Tristán, que había hecho fortuna trabajando codo con codo con mi difunto padre. Mi hermana era unos cuantos años mayor que yo y pronto fue cortejada por el hijo de un millonario, que la desposó y se la llevó muy lejos de la casa familiar. En cuanto a mi, Florian, heredé sin más pudor el apellido de mi padre postizo. He de ser justo con don Eduardo —nunca se me ha ocurrido dirigirme a él como padrastro, y mucho menos como padre o papá— y reconocerlo como un gran caballero y un buen tutor, a pesar de los pesares. Yo no ignoraba que suya había sido la idea de internarme en ese mugriento colegio, pero el viejo (tendría unos diez o doce años más que mi padre y quince más que mi madre) era lo que se dice un tío con un par. Y bien puestos que los tenía.

Veréis, yo me pasé casi todo el primer año de internado en una continua guerra encubierta con el hermano Juan. A mi no me caía bien y resultaba obvio que yo a él tampoco y, aunque procuraba no darle muchas razones para espolear su antipatía hacia mi, siempre se las arreglaba para castigarme por esta u otra chiquillada. Me tenía frito, la verdad, pero nunca dí muestras de desfallecer y jamás he tratado de socavar ayuda ajena ni anexionar a nadie a mi causa, pues era para mi todo un reto enfrentarme al infame cura. Aquella tarde de Octubre fue cuando el hermano Juan me pilló leyendo a escondidas una novela prohibida. No creáis que existía una lista con dos tipos de novelas, por un lado las permitidas y por otro lado las vedadas. Ni mucho menos. Todas las novelas estaban prohibidas, vaya usted a saber el porqué, aunque en este caso resulta obvio el motivo de la prohibición, ya que se trataba de «La piel del tambor», de Arturo Pérez-Reverte. Yo me sentía tan atraído por Macarena como por el padre Quart, al que deseaba tener como maestro y no al cenizo del hermano Juan.

Los internos que vivíamos relativamente cerca del colegio teníamos la oportunidad de pasar los largos fines de semana en casa, y recuerdo bien que aquel año la festividad de la Hispanidad nos permitió unas pequeñas vacaciones de cuatro días. El hermano Juan se había molestado en acompañarme a casa aquella tarde de miércoles y pretendía poner a don Eduardo al corriente de mis díscolas lecturas, apuntándose así un tanto en el marcador de nuestra particular guerra sucia. Subimos al piso de arriba y encontramos a mi padrastro en su estudio. El religioso mostró a don Eduardo la novela que me había requisado y, con un repulsivo gesto triunfal que pausadamente dirigió hacia mí, pareció invitar allí mismo a que mi tutor me azotara. O a que me meara encima; no pude escrutar bien esa nauseabunda mirada. El caso es que mi padrastro se portó cojonudamente aquel día de Octubre y quiso dejarle dos cosas muy claras al hermano Juan. En primer lugar le dijo que la novela era suya y no mía, así que más valía que se la devolviese. En segundo lugar le comunicó muy tranquilamente, como si le estuviese diciendo al peluquero cómo deseaba el corte de pelo, que volvería a prestármela, pues el estar internado en un colegio religioso no era motivo suficiente para que yo hiciera la vista gorda al resto del mundo. Eso era cosa de los curas, no de su hijo.

El hermano Juan no pareció encajar muy bien la reacción de don Eduardo y pronto se enzarzaron en una pequeña disputa. Mi madre solía descansar en una habitación contigua, aquejada de terribles jaquecas que la asediaban día y noche, aunque había aprendido a convivir con ellas. Mi padrastro no lo ignoraba y tomó del brazo al hermano Juan y se lo llevó escaleras abajo, sacándolo al jardín. Me dejó así el camino libre para introducirme en su estudio, en el que nunca había estado a solas. A través de las ventanas podía oírlos discutir más nítidamente y, con mi madre seguramente recostada, no corría peligro de que me descubrieran.

La disposición del estudio era ligeramente distinta que en tiempos de mi padre, que sólo estaba interesado en tratados navales. En cambio, la biblioteca de don Eduardo era mucho más amplia, aunque todos los volúmenes parecían iguales, como si sólo se tratase de cientos de tomos idénticos de una misma enciclopedia, tal y como sucede con los libros de contabilidad. No andaba descaminado en mis reflexiones, pues tomando un libro cualquiera pude ver que se trataba de una especie de diario, aunque no del todo escrito del modo usual. Lo hojeé distraídamente durante un rato, deteniéndome cada poco tiempo a escuchar una discusión que pronto dejaría paso al insulto limpio. Pude comprobar que las anotaciones que contenía el volumen que sostenía en mis manos databan de unos cinco años atrás, así que decidí coger uno más reciente.

El siguiente tomo que cogí en mis manos estaba lleno de anotaciones en color rojo —el resto del volumen y el anterior estaba escrito con tinta negra— y todas ellas llevaban consigo una fecha. Me detuve un instante para leer una en concreto y topé con el nombre de un hombre que había muerto en la fábrica de mi padre, en tiempos en los que don Eduardo aún no era su socio. Yo había oído contar su triste historia cientos de veces. Al parecer el mecanismo de una máquina se había trabado, el hombre había intentado desatascar el engranaje y la máquina se lo había tragado, destrozándolo. Tuvieron que enterrarlo en efigie, poco menos, al estilo de los pocos afortunados que el Santo Oficio quemaba en rebeldía, al no poder chamuscar in situ.

Continué pasando las hojas y me aterró ver escrito el nombre de mi padre. Una de las anotaciones hechas en color rojo correspondía a la fecha en que había muerto, y justo debajo figuraba el nombre de mi padre, «K. Friedel». A su lado sólo podía leerse una escueta nota, «Muerto en extrañas circunstancias». Dejé el volumen en su sitio y me dirigí hacia el tomo que reposaba sobre la mesa de roble de mi padrastro, abierto por la mitad, y aterrado pude comprobar que los más recientes registros relataban con todo lujo de detalle cómo el hermano Juan me había descubierto leyendo «La piel del tambor» y, más impactante aún, daba cuenta de las palabras exactas que mi padre y el cura se habían dirigido.

Aunque eso no fue nada comparado con lo que leí a continuación,  que perforó la cubierta de mi sentido común, haciéndolo explosionar con una ensordecedora detonación. Don Eduardo había descrito con cirujana precisión mi intromisión en su despacho, hojeando inocentemente varios de los volúmenes, encontrando finalmente el que se refería a mi padre, así como al inconcluso volumen. De repente me percaté de que ya no escuchaba discutir a nadie en el jardín y comprendí que debía abandonar cuanto antes el estudio, aunque durante una fracción de segundo dudé si continuar leyendo las últimas anotaciones del diario. Decidí que mi integridad física era más importante y abandoné a toda velocidad la estancia, jurando volver.



DOS

Han pasado dos meses desde que me he introducido furtivamente en el despacho de mi padre y aunque no he vuelto a verlo, debo esperar de él que su actitud hacia mí haya cambiado. La mía ha cambiado mucho, a pesar de no entender muy bien qué significa todo lo que he podido ver y leer en su despacho. No ha dejado de enviarme libros al internado, y ahora, además de terminar «La piel del tambor», he leído también «El Club Dumas» y «La tabla de Flandes», que me han encantado. Don Eduardo me ha hecho llegar otros libros pero no los he disfrutado tanto, aunque hay uno por encima de todos que me ha dejado fascinado. Se trata de..., bueno, creo que me estoy distanciando un poco del hilo argumental de la historia que he venido a contarle. Lo cierto es que desde aquella tarde de Octubre me siento mucho más disperso que de costumbre. Perdone usted el paréntesis. Sigamos con lo que he venido a relatarle.

Decía que no he vuelto a casa desde hace dos meses y, aprovechando el puente de la Constitución, he regresado por unos días. En casa sólo he encontrado a mi madre. Don Eduardo se ha ausentado unos días del hogar. No se lo había dicho hasta ahora, pero se ha metido en política y un nuevo partido ha solicitado su presencia en la capital. Tengo entendido que volverá mañana, así que tengo el firme propósito de volver a su despacho en busca de su siniestro diario. Creo que mi madre guarda una copia de las llaves de todas las cerraduras de la casa, y mi intención es franquear el estudio de don Eduardo mientras mi madre se echa en sus habitaciones, intentando aplacar la migraña vespertina.

Finalmente entro en la funesta habitación en la que pasa el tiempo mi padrastro. Nada hay sobre el escritorio así que recorro con la vista los estantes en donde descansa el último volumen de la macabra enciclopedia de don Eduardo. Lo extraigo despacio de su lugar de reposo y lo deposito suavemente, con una especie de caricia, en la desierta mesa de roble. No pierdo el tiempo y lo abro por la última página escrita. Lo estudio detenidamente y reconozco al instante que la penúltima entrada relata su marcha a la capital, mi vuelta a la casa y una nueva intromisión en su feudo privado.

Ya no me dejo sorprender, aunque no puedo evitar inquietarme al leer la última de las anotaciones hechas por mi padrastro. Está escrita con tinta roja y mi nombre figura en ella, «F. Tristán». Junto a mi nombre asiste impasible la fecha del día de hoy y la tétrica inscripción «Muerto en extrañas circunstancias». Permanezco impávido durante un largo instante, tras el cual decido actuar. Extraigo una pequeña navaja del bolsillo de mi chaqueta y recogo la manga de la camisa. Inmediatamente me practico un corte no demasiado profundo, con la esperanza de que todo acabe lo antes posible.


EPILOGO

El doctor Etxeberría terminó de leer el relato en silencio. Sus ojos buscaron las frías e inexpresivas retinas de Florian y éstas se le clavaron como dos trozos de pedernal. El facultativo dejó sobre su mesa el relato que el muchacho había escrito la noche anterior. Se quitó los anteojos y se dirigió al chico.

—Florian, hijo. Es una historia muy bonita, pero difícil de creer.

—Lo sé, señor. Por eso se la he enseñado a usted. Nadie más la ha leído.

—Entiendo —el gesto receloso del doctor no pasaba inadvertido para Florian—. Aunque no comprendo cómo es posible que, bueno, que...

El joven que el doctor Etxeberría tenía delante era muy espabilado y el matasanos no sabía si abordar directamente ciertas cuestiones sobre la imaginación del muchacho. Florian no le dio demasiado tiempo para pensarlo.

—¿Que siga vivo? ¿Es eso lo que no entiende, doctor?

—Es muy sencillo —continuó relatando el joven Florian—. Saqué mi navaja y me hice un corte, no muy profundo. Con la punta de la hoja humedecida en mi propia sangre completé mi nombre, «F. Tristán», con una rayita horizontal, convirtiéndolo en el nombre de mi propio padrastro, «E. Tristán».

miércoles, 3 de octubre de 2012

CARTAS AL DIRECTOR

Inspirado en "El cáncer de la gilipollez", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/7uTFWcug

David y yo solíamos vernos una vez por semana. Nos tomábamos un par de copas y a continuación pedíamos algo para comer. Casi siempre se trataba de unas raciones de esto, un pincho de lo otro, pero nunca nos decidíamos por el menú del día ni por un plato combinado, aunque el bar en el que quedásemos se tratase de un local de comidas o un restaurante, de los que abundan en la capital.

Habíamos tenido la idea de quedar siempre en una boca de metro distinta. Desde ella, buscaríamos un local en el que permaneceríamos las siguientes tres o cuatro horas y durante las cuales nos contaríamos que tal nos había ido la semana. Al principio decidimos quedar en Abrantes y luego continuar alfabéticamente, hasta agotar todas las paradas de metro, pero pronto decidimos que sería más divertido y estimulante que cada uno escogiese una estación un par de horas antes de la hora de la cita.

Yo siempre tenía muchos chascarrillos que detallar, ya que dirijo la sección de “Cartas al director” de una revista de publicación semanal, aunque en los últimos tiempos, mis historias languidecían al confrontarlas con las anécdotas que David protagonizaba de semana en semana. Yo tenía la ligera impresión de ser el amigo que asiste impávido a las aventuras de su viejo compañero de fatigas. No era extraño que yo me sintiese como el viejo doctor Watson cuando veía y oía las mismas cosas que Sherlock Holmes siendo por completo incapaz de transitar por los lógicos caminos de la observación que su compañero de habitaciones de Baker Street, y mucho menos llegar a las mismas conclusiones. Las historias que a veces me contaba David rozan lo inverosímil y la histeria, y de no haberse tratado de mi amigo, al cual conozco desde hace muchos y buenos años, yo no hubiese creído ni una sola de las palabras que me contaba.

Una vez me contó que lo habían seleccionado para un concurso televisivo, uno de esos en los que varios aspirantes se juegan conjuntamente una gran suma, y en el que se debe escoger entre cuatro opciones que el presentador pone a disposición de los participantes. Todos los concursantes jugaban en la misma partida, por turnos, y si uno fallaba, entraba el siguiente, que automáticamente participaba con la misma cantidad de dinero que había ganado el siguiente, aunque la cifra total se veía reducida. Pues bien, David concursó en tercer lugar y ya no abandonó el sillón hasta la última pregunta. Fue acertando todas y cada una de las preguntas hasta que llegó a la pregunta final, momento en el que decidió pasar y dejar el turno al siguiente rival, que estupefacto, no lograba entender por qué David no se había arriesgado a continuar. No tenía nada que perder y quince mil euros que ganar. El nuevo concursante acertó la pregunta y se llevó el dinero.

Sin ir más lejos, la semana pasada me sorprendió con una revelación que con gran esfuerzo he tenido que aceptar como verdadera, debido al indiscutible peso de las pruebas. Pero no adelantemos acontecimientos. Lo encontré a la salida de la boca de metro, como siempre. Su aspecto estaba muy desatendido y apenas sí podía distinguirse a mi amigo de entre las sucias y descuidadas vestimentas que llevaba. A pesar de hacer un par de comentarios acerca de su apariencia, David no pareció darle demasiada importancia y casi a empujones me introdujo en el primer bar que encontramos. Nos dirigimos hacia una esquina, ocupando un par de sillas alrededor de una mugrienta mesa, justo debajo de un enorme y obsoleto aparato de televisión de unos trescientos años de antigüedad. Ahora parecía prestarme algo más de atención que unos minutos antes, pero no paraba de mirar a su alrededor, una y otra vez, con sus ojos saltones e intranquilos. Finalmente se decidió a hablar.

Al fin comprendí cuál era el motivo de su extraño comportamiento y de su negligente higiene personal, pues una vez sentados el uno frente al otro, su terrible olor corporal parecía arremolinarse alrededor de la mesa como uno más. Dejamos que la camarera nos tomara nota —por primera vez en muchos años hicimos una comida juntos a base de ginebra y cola en mi caso y de whisky sólo en el caso de David— y por fin me lo dijo. No quiso darle un nombre concreto, pero aseguró poder predecir acontecimientos futuros. Dijo que siempre había tenido extrañas sensaciones, de esas que todos tenemos y que llamamos “deja-vu”, aunque las suyas parecían ser extrañamente vívidas y reales. Entre copa y copa me fue relatando toda clase de vaticinios, pronósticos y predicciones que había hecho durante los últimos tiempos. Mi amigo me relató cómo siempre había sido propenso a toda suerte de adivinación, aunque hasta ese momento lo hubiese relacionado más bien con la suerte y el azar y no con una especie de sentido extra, denominación que utilizamos desde entonces. Así se explicaba ahora su asombrosa capacidad para ganar las porras de los partidos, para prever siempre con pasmosa exactitud el tiempo que haría en sus viajes —evitando así el engorroso equipaje de más— e incluso comenzamos a pensar que tal vez su nueva capacidad pudiese estar detrás de su extraordinario ojo para escoger siempre el más delicioso de los pinchos, el más fresco de los vinos y la más sabrosa de las mujeres, si se me lo permite.

Durante las casi dos horas que duró su intervención yo me limité a asentir educadamente cada cierto tiempo, tratando de no interrumpir su disertación. David supo apreciar mi postura en un segundo plano, y cuando hubo terminado, debió ver mi semblante cubierto por una nube de escepticismo, lo cual supo transmitirme con exquisito tacto. Yo le comenté que le creía, es decir, que pensaba que lo que él creía era cierto. Ahora bien, que yo creyera que de buenas a primeras David había sido ungido con el don de la adivinación y la clarividencia distaba ciertamente de lo que estaba dispuesto a aceptar. Él sabía que yo reaccionaría así, y se propuso revelarme tres hechos que, según he tenido que concederle, no eran susceptibles de ser adivinados fácilmente, y que según David, ocurrirían en los próximos días. Me habló de unas terribles inundaciones en el sur de España, de la dimisión de un alto cargo político de la capital y de la victoria deportiva de un equipo por el que nadie apostaría ni un sólo céntimo. Tras formular estas predicciones se despidió de mi hasta la semana siguiente.

Jamás he vuelto a ver a mi amigo. Ustedes no van a creerme si les digo que lo que David había vaticinado acabó por cumplirse. Tal vez crean que en lo tocante al equipo desahuciado es muy posible que alguien lo haya podido prever, y que incluso haya apostado a su favor, para sacarse un dinerillo. Yo también lo creo así. Ahora bien, ¿cómo podemos explicarnos que haya predicho la dimisión de un alto cargo de la política madrileña y unas inundaciones en el sur de España? Ustedes conocen tan bien como yo la respuesta. No podemos explicarlo. Aunque tal vez pueda servirnos de ayuda lo que me resta por contarles.

Me enteré de la muerte de David por una misiva dirigida a la sección “Cartas al Director” de una conocida revista semanal, de la cual soy el máximo responsable, y de la que ya les he hablado. En realidad no me enteré de la muerte de mi amigo a través de la mencionada epístola, sino que en ella se me adelantaba el funesto acontecimiento. La carta no venía firmada y por no venir, ni siquiera había llegado a mi por los canales habituales. Simplemente apareció un buen día sobre mi escritorio. Fue inútil interrogar a mis subordinados. Nadie tenía ni la más remota idea de cómo había llegado el pliego a mi mesa. Como digo, en ella se me daba a conocer (con macabra antelación) la muerte de mi amigo.

El tono de la carta daba a entender que había sido redactada por una mujer carente de cultura y educación, a juzgar por el lamentable lenguaje y la deficiente escritura de la misma. En síntesis pregonaba mi amistad con el difunto, que le había sido referida a la mujer por nuestro común amigo. La señora decíase conocedora no sólo de la buenaventura de David sino de la mía propia, y solicitaba mis servicios, que deberían consistir en devolverle cierto colgante que ella misma le había regalado a David. Me sugería —aunque noté cierto ímpetu taxativo en sus palabras— que no tocase el amuleto con mis propias manos, ya que era muy antiguo y delicado, y que me sirviese de un paño o guante para introducirlo en la caja de madera que a buen seguro encontraría junto al colgante. Aseguró que David moriría en cuanto yo terminase de leer la carta y se citaba conmigo unos días después, en un concurrido acceso del más famoso de los parques locales.

Inmediatamente descolgué el teléfono y llamé a mi amigo. No obtuve respuesta al llamar a su casa así que lo intenté con el teléfono móvil. Mi ansiedad iba in crescendo y al terminar los siete u ocho tonos de llamada, mi corazón latía desbocado. Abandoné mi despacho a toda prisa, con la gabardina en una mano y la carta de la vieja agorera en la otra. Al abrirse las puertas del ascensor mi sorpresa fue mayúscula, pues mi mano derecha sólo sostenía un doblado y amarillento papel en blanco.

EPILOGO

Después del funeral de mi amigo David me las ingenié para acompañar a su viuda a casa, y con un absurdo pretexto, mientras ella me preparaba una taza de té, sustraje del estudio de mi difunto compañero una pequeña caja de madera, que todavía reposa en mis temblorosas manos. He intentado reunir las fuerzas necesarias que me permitan vencer el terror que ahora mismo experimento hacia este pequeño trozo de madera. Llevo dos días sin dormir y hoy por fin me he decidido a abrir la caja.

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL AULLIDO DE LA CARACOLA


Inspirado en "La caracola del Culip IV", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/mzbdEwMv

Cuentan los arqueólogos que la han descubierto que se trata de una caracola excesivamente grande, desproporcionada. Su tamaño alcanza los dos palmos y medio y ambos lados de la misma presentan sendas perforaciones, tal vez anclajes de una correa utilizada por un marino para llevar la caracola al cuello, con el fin de comunicarse con tierra o bien para prevenir a la tripulación de un abordaje; algo parecido a lo que los marinos de hoy día designan como bocina de niebla. La han encontrado a unos veinticinco metros de profundidad, entre las maravillas sumergidas que transportaba en su barriga una embarcación romana hace mucho tiempo, en otro mundo —veinte siglos dan para que el mundo dé muchas vueltas.

La labor de interpretación de los restos arqueológicos resulta casi tan importante como la propia exhumación de las pruebas que los descubridores rescatan de las entrañas del tiempo, y así, todo el equipo se reúne en torno de la ya famosa caracola y conjeturan tanto de sus posibles usos como acerca de la causa del naufragio del navío. El jefe de la expedición parece mantenerse a propósito en un segundo plano, dejando que sus pupilos sean los que conciban y rebatan sus propias teorías. Pronto llegan a la conclusión de que la causa más plausible del hundimiento haya sido un terrible golpe de mar, producido por una inesperada tormenta, habiendo resultado fatal en las proximidades de la costa.

De vuelta a su cuartel general, los arqueólogos comunican sus descubrimientos a Íñigo, un joven estudiante impedido por su invalidez física, que rara vez es testigo directo de los hallazgos de sus compañeros. Su labor se limita al campo de la exploración teórica y documental de las conquistas del resto de la expedición. Después de documentar gráficamente el objeto rescatado, se dispone a estudiarlo con la ayuda de una herramienta infográfica que el propio instituto para el que trabaja ha diseñado, en colaboración con una prestigiosa universidad extranjera. Si se aplica durante la noche y se esfuerza lo suficiente tal vez pueda encontrar algo que resulte de ayuda a sus compañeros, así que abre su programa favorito de música, carga una playlist con más de cuarenta horas de música de los años setenta y se sirve una taza de café recién hecho. Va a ser una noche muy larga.

Al día siguiente un par de muchachos acompañan a Íñigo en su reclusión académica, aunque sólo uno de ellos permanece todo el tiempo junto al joven investigador. El otro, con la caracola debajo del brazo y una autorización del director del departamento, se dirige a una universidad vecina en donde le espera un experto forense en modelación facial, que colabora habitualmente con los arqueólogos. Con la ayuda de este moderno genio escultor pretenden dar forma a una boquilla que les permita, veinte siglos después, hacer sonar la misteriosa caracola. Entre los miembros del safari marino se encuentra un antiguo aprendiz de trompeta, que ha aceptado encantado la filarmónica propuesta.

Las semanas van transcurriendo y poco a poco aumenta el botín que la expedición consigue rescatar de la hundida embarcación. Al mismo tiempo, los progresos del forense terminan por dar sus frutos y la boquilla que ha de hacer sonar de nuevo la vetusta caracola es ya una realidad. Íñigo, sin embargo, se ha perdido en una maraña casi interminable de documentos antiguos, viejos y nuevos tratados sobre navegación y costumbres romanas, fenicias y de un sinfín de culturas mediterráneas. Pero sus éxitos han sido escasos y sólo ha podido determinar con seguridad que los dos orificios producidos a ambos lados de la caracola no pretendían servir de enganche de la misma, tal y como había conjeturado en un principio, sino que se habían practicado con el fin de producir dos sonidos totalmente distintos. La naturaleza de los mismos era todavía objeto de estudio para el tenaz estudiante.

De vuelta en el cabo de Creus, el grueso de la expedición permanece expectante a los meneos del trompetista, que exagera sus movimientos, consciente del momento de gloria que le toca protagonizar. Extrae ceremoniosamente la caracola de la maleta que la protege de golpes y arañazos y muy lentamente se dispone a introducir parte de la boquilla fabricada para la ocasión. Varios intentos fallidos de hacerla sonar no dan al traste con las esperanzas del muchacho, que de una y mil maneras sopla buscando el huidizo sonido, que ha permanecido oculto durante casi dos mil años. Finalmente se le ocurre tapar uno de los agujeros con un sobrante de arcilla plástica, muy común en el equipo de campo de toda expedición arqueológica. Ahora si, la caracola resucita y sale de su largo letargo, emitiendo un débil y desmayado sonido. No contento con la enclenque sinfonía, y herido en su orgullo, el frustrado trompetista decide obturar el otro agujero y volver a intentarlo.

Harto de documentos e interpretaciones ortodoxas, Íñigo decide dar un vuelco a su investigación y echar mano de otros escritos más heterodoxos, apócrifos tal vez. Entre ellos encuentra un viejo manuscrito de un conocido cronista romano, que había narrado célebres acontecimientos de la época, como el incendio de Roma a manos de Nerón o la erupción del Vesubio. El estilo animado y novelesco del autor sin duda ha contribuido al menosprecio de su obra, y por lo general nadie lo suele tener en cuenta en sus investigaciones. 

El tratado que ahora ocupa toda la atención de Íñigo relata con sumo detalle ciertas leyendas marítimas acerca de un monstruo cefalópodo, y describe ciertas armas y artilugios que habrían de mantenerlo a raya, tales como la propia Torre de Hércules o determinados artefactos resonantes. Entre éstos últimos figura una especie de caracola, cuya procedencia se restringe a las profundidades de la costa de Creta, y que puede ser articulada mediante la obturación de dos perforaciones practicadas en sendos lados de la concha. Según se obstruya uno u otro agujero, la caracola emitirá un sonido de reclamo o de espanto, que habrá de mantener a raya o convocar al monstruo descrito en el pergamino como un pulpo de más de cuarenta brazas de longitud.

Por fin logra obturar el otro agujero y de nuevo se dispone a soplar el aire dentro de la caracola. Su minuto de fama se ha convertido en un cuarto de hora. Sonríe a la congregación y sopla animadamente, esperando la más bella de las sinfonías. El aullido que logra arrancar de la caracola hiela el corazón de todos los presentes.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LEGITIMA DEFENSA

Inspirado en "La juez, el fiscal y el Gorrinín", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/eRbzSrtl

Allison apenas había tocado el primer plato y creía que el segundo tenía mejor pinta, así que se dispuso a probar el rulo de carne con guarnición, aunque sin demasiado entusiasmo. El agente Mallone tampoco parecía tener mucha hambre y ahora encendía un cigarrillo con la colilla del anterior. Su nerviosismo era evidente. Una vez más balbuceó unas pocas palabras ininteligibles. Allison lo miraba con gesto grave y su ansiedad acababa de dar paso a la exasperación. “¿Quieres dejarlo ya? Puede que esto no sea Times Square, pero en este pueblo todo el mundo nos conoce. Haz el favor de hablar más bajo”.

Los poco más de treinta mil habitantes de la pequeña ciudad situada al noroeste del estado de Maine se habían estremecido días atrás por el asesinato de un ayudante del sheriff, supuestamente producido a manos de unos maleantes de la zona. Sin tiempo para reponerse, dos días más tarde, algunos de estos facinerosos serían acribillados a balazos a la salida de un pub local, liquidados por compañeros del agente fallecido. Nadie había visto nada y nadie quiso hacer declaración alguna. Faltaría más. Cómo nadie podría haber visto nada aquel sábado por la noche, con medio pueblo golpeándose en el aparcamiento de los bares de moteros y los drive-in.

Todo había comenzado unos meses atrás cuando Sam Cortigan, el difunto ayudante del sheriff, había perseguido y dado caza, junto con varios compañeros, a los dos compinches que minutos antes habían sustraído varias pertenencias de su coche patrulla, entre las que se encontraban su cartera y el sistema GPS del vehículo. Cortigan se disponía a esposar a uno de los cómplices cuando éste sacó una navaja y le propinó varios cortes en la pantorrilla, haciéndole sangrar profusamente. Mallone intentó mediar en la refriega y también recibió lo suyo, llevándose dos grandes incisiones en el antebrazo; un par de tajos adornaban desde entonces su pómulo izquierdo.

Despojado de toda paciencia Mallone desenfundó su arma, echó a Sam a un lado y se cargó al malvado rufián a sangre fría. El otro bellaco ni siquiera tuvo tiempo de decir “Esta boca es mía”, alguien le había hundido una rodilla en la nuca. Su cuerpo pareció echarse a tierra y hacerse el muerto, como si el agente Mallone fuese uno de esos enormes oso Kodiak de los documentales.

Alguien había visto en el asesinato de James Bidou la oportunidad perfecta para joder a Mallone y a sus chicos, y un gran sector del pueblo se volcó con el juicio del agente, que si bien es cierto que ostentaba la hoja de servicio con más detenciones de todo el condado, no era menos verdad que solía excederse en su cometido, aplicando demasiado celo en el cumplimiento de su deber. Pocas semanas más tarde tuvo lugar la vista oral, y la fecha del juicio quedó establecida pocos meses después.

Todo el proceso resultó ser una farsa, y aunque el juicio se celebraría con un jurado popular, pronto quedó claro que la mayor parte de sus miembros estaba comprada o coaccionada, y que los restantes preferían no meterse en líos en un pueblo en donde los jueces, fiscales y miembros de la policía no pernoctaban con los bajos fondos en un burdo intento por intentar guardar las apariencias. Unas apariencias que se habían perdido hacía bastante tiempo.

El juicio quedó visto para sentencia mucho antes de lo previsto. Ninguno de los agentes que había presenciado la ejecución de Bidou dio a entender que el agente Mallone había abusado de la fuerza ni aprovechado su ventajosa posición, y que la lamentable muerte de James Bidou, un emigrante haitiano sin empleo, tuerto de un ojo, había sido tristemente ocasionada durante un ejercicio de defensa propia, ya que según el criterio de los agentes, Mallone habría muerto de no haberse defendido.

Robert Mallone pagó la cuenta del restaurante y encendió un nuevo cigarrillo. Allison y él habían sido novios durante el instituto, cuando Mallone era un prometedor quarterback y ella soñaba con cambiar el mundo detrás de un púlpito como el que solía utilizar en el club de debate del High Corner Institute. Casi veinte años después el seguía pegando buenas patadas, mientras que ella había renunciado por completo a cambiar nada del mundo que la rodeaba. Su rostro reflejaba una expresión grave y seria, aunque la tierna mirada que le dirigía indicaba que todavía sentía algo por él.

—Acuéstate temprano, Bob. Y afeitate. No querrás presentarte...

—Descuida, lo haré —la interrumpió posando un dedo en sus labios—. Me portaré bien. Ella dejó que mantuviese el dedo sobre sus labios un rato más.

—Y nada de beber. Hoy será mejor que no te pases por el Frampton’s.

—Sólo un trago. Mañana es mi gran día.

Robert Mallone llegó a su casa muy tarde, de madrugada. Se acostó vestido y apenas durmió un par de horas; tenía el tiempo justo para afeitarse y presentarse en el juzgado con unos veinte minutos de antelación, para causar buena impresión. De camino al baño echó un vistazo a su viejo traje de policía, el que había llevado el día de su graduación en la Academia de Boston. Se presentaría ante todos como un agente modelo, para que todo el mundo pudiese ver el daño que le habían hecho todos los rumores y habladurías que se habían vertido sobre él durante los meses que había durado todo el proceso, y durante el cual se había visto despojado no sólo de empleo y sueldo, sino de todo el respeto de la comunidad. Hoy recuperaría ese respeto. Lo recuperaría con creces. No pensaba perdonarles ni un sólo ápice del mismo. Lo tomaría a manos llenas, como en los viejos tiempos.

Salió del cuarto de baño en calzoncillos, recién afeitado, y tras ponerse los pantalones y anudarse la corbata, se enfundó en la chaqueta del uniforme. Se quedó perplejo cuando vio el lamentable estado en que se encontraba una de las mangas de la americana, completamente ajada y llena de tajos aquí y allá. Un profundo dolor recorrió su antebrazo, como si algo lo hubiese seccionado limpiamente. La sangre comenzó a brotar. Estupefacto logró despojarse de la chaqueta, y con horror pudo contemplar cómo la blanca camisa se teñía ahora de un rojo escarlata, empapando su brazo. A tirones fue capaz de desasirse de la camisa, y desconcertado pudo contemplar cómo las viejas cicatrices de su brazo se abrían ahora como la mantecosa carne de un cochino al que abren en canal.

Volvió apresuradamente al cuarto de baño y un grito de horror se ahogó en su garganta cuando presenció cómo las cicatrices de su cara se abrían, lacerando su rostro de forma macabra. Ahora no sólo sangraba por sus viejas heridas, sino que otras más recientes se hendían en su temblorosa carne. Un nuevo tajo le mutiló parte del ojo derecho, que comenzó a supurar un gelatinoso líquido, de aspecto insalubre y pútrido. El ojo parecía ahora un funesto e infecto caramelo relleno de blandiblú. Mallone era ahora presa de un insoportable dolor que recorría todo su cuerpo por las sanguinolentas autopistas que luchaban por desmembrarlo. Incapaz de soportar semejante tortura se arrojó a la calle, deseando terminar sus días con el cráneo aplastado.

Una pequeña multitud comenzaba a amontonarse alrededor del cuerpo del agente Mallone, todavía con vida. El horror fue apoderándose poco a poco de los presentes, que espantados eran testigos de cómo el sanguinolento amasijo de carne que yacía a sus pies se estremecía en busca de un descanso que no le era concedido, helando sus corazones. Finalmente cesó todo movimiento. Durante unos instantes todos se miraban unos a otros perplejos, escudriñando atónitamente cuáles podrían haber sido las causas de tal desgracia.

Al otro lado de la calle, en el parque, un espigado hombre de color se levantaba lentamente de un banco, ignorando el periódico de la mañana, en el que se había filtrado la noticia de la absolución del agente Mallone: “Robert Mallone absuelto. La juez McNutter resuelve legítima defensa. El jurado, clave en el proceso”. El hombre de color atravesó parsimoniosamente la carretera, y echó un vistazo por encima, con su ojo bueno. El otro era de cristal. Con gesto cansado abandonó la improvisada charcutería, arrojando a una papelera cercana un pequeño muñeco vestido de policía, con varios cortes en las mangas y completamente teñido de salsa de tomate.

jueves, 6 de septiembre de 2012

MANOLO Y LA VALKIRIA (Y EL VERDEROL)


Inspirado en "Manolo y la valkiria", de Arturo Pérez-Reverte,
Artículo en "Patente de Corso": http://t.co/JdN0NTGL

No podía quitarle el ojo de encima. La escultural rubia descansaba sobre uno de sus costados, ofreciéndole los generosos senos, y aunque unas cien yardas separaban ambas embarcaciones, Manolo sabía que la valkiria interpretaba los sensuales movimientos de su sinfonía para él sólo. Permanecía incluso ajena a las atenciones que su acompañante le dispensaba, haciendo un grosero ademán al cóctel que el mancebo le ofrecía, como queriéndole decir «¡Pero hombre, déjame un poco tranquila! ¡No ves que le estoy enseñando las tetas al señor!».

Manolo se descojonaba en su fuero interno. «Será calzonazos el tío». Aunque él, Manolo Frutos Sánchez, también tenía lo suyo. Tenía bastante dónde rascar, como suele decirse. Y tanto que sí. Su mujer no sólo no estaba tan buena como la hermosa noruega, ¡qué va!, sino que la gruesa cintura y su volumétrica figura habían fagocitado todo el encanto y atractivo de los que había hecho gala en su juventud. No obstante  Rosa —que así se llamaba la respetable—, conservaba esa gracia sevillana que hacía de ella una mujer jovial y alegre, aunque totalmente carente de paciencia, a juicio del propio seguidor bético. En estas reflexiones se encontraba Manolo cuando volvió a recibir una reprimenda de su mujer.

—¡Quillooo! ¡Espabila, hombre! Que me estás echando crema en el pelo…

Manolo balbuceó una disculpa, siempre pendiente del embriagador vaivén de los senos de la valkiria. Rosa censuró de nuevo su actitud y le sugirió que echase un nuevo lance. Manolo le obedeció y, tras matar de un largo sorbo su caliente cerveza, recogió el sedal y puso un poco de caballa en el anzuelo. Largó distante el sedal y su vista se perdió en el manso Mediterráneo, imaginándose una vez más cómo serían al tacto esas bronceadas y generosas tetas.

Le fue bien la pesca. Logró capturar cinco peces en media hora. Ahora su mujer se estaba bañando en las tibias aguas de la cala mallorquín y Manolo recogía de nuevo el sedal, preñado con un hermoso verderol, tal vez demasiado grande para su especie. Al intentar retirar el anzuelo del pesado verderol tropezó con el cubo y fue trastabillando hasta el borde de la embarcación, arrojando involuntariamente por la borda el resto de la carnada. Manolo miró furioso al pescado. «Estarás contento», le espetó, intentando desembarazarse de la exasperación que lo embargaba. «Ha sido por tu culpa». Le respondió el verderol que lo sentía y le pidió perdón. Manolo aceptó sus disculpas y el pez le pidió un favor a Manolo.

La vikinga seguía a lo suyo, tostándose al sol. Mostraba ahora a Manolo su precioso culo en pompa, tan apetecible. Minutos antes se había quedado sola en la cubierta de la lancha, como solo estaba ahora Manolo, que oía trastear bajo sus pies a su inquieta señora, que seguramente se estaba cambiando. Era pudorosa la andaluza, no como la noruega, que enseñaba sus encantos a todo aquel que quisiera admirarse de ellos. En ese ambiente casi íntimo preguntó Manolo al verderol qué favor quería que le hiciese y qué podría el pescado darle a cambio. El verderol sólo pedía la libertad de su padre, cautivo en el cubo de Manolo.

A cambio prometía entregarle un pequeño tesoro, consistente en decenas de monedas de oro, procedentes de un pequeño bergantín hundido a pocas yardas de allí. El velero había partido de Cartagena cientos de años atrás, preñado de doblones de oro con destino a Génova. Los cañones de una embarcación morisca habían puesto fin a su viaje de forma prematura. Para dar fe de su historia el verderol regurgitó una verdosa y rancia moneda de oro, y prometió a Manolo muchas más como aquella. Manolo atendió a las razones que se le daban y liberó no sólo al padre del verderol, sino a todos y cada uno de los forzosos inquilinos de su cubo de pesca.

Finalmente el verderol también fue devuelto al agua y Manolo mantuvo la vista fija en la mar durante un buen rato, con el corazón henchido de esperanza. Pasaron los minutos e incluso habrían pasado las horas si Rosa no lo hubiera exhortado para que volviesen a tierra, al puerto de Palmanova. Manolo no supo inventarse una historia convincente que contarle a su mujer, que encerrara un pretexto que lo motivara a regresar al mar. «Vas a volver para recrearte en esa guarra, ¿no es verdad?». «Si no te vienes ahora mismo conmigo, no volverás a verme, Manolo. Te lo juro».

Manolo ignoró las palabras de su mujer. Rosa estaba segura de que Manolo volvería a hacerse a la mar para verle las tetas a la puerca nórdica, pero lo cierto es que Manolo nunca volvió a ver a Anneka, que así se llamaba la graciosa escandinava, como tampoco jamás volvió a ver al verderol, que resultó ser un embustero, pues ningún bergantín se había hundido en las proximidades de Palmanova. Manolo pronto descubriría que el doblón de oro no era más que una modesta aleación de latón, aunque nunca tendría la oportunidad de contárselo a su mujer, pues Rosa, a diferencia del verderol, sí tenía palabra.